El Diario del Alquimista Capítulo 22 Ordenanza 633 #3
78%

Capítulo 22 Ordenanza 633 #3

—Sí. Tus ojos brillaron por un momento.

—Vi algo.

Era la primera vez que lo confesaba. Me sentía como si estuviera loco. Aun así, le tenía mucha confianza a Alaric, aunque no la suficiente como para contarle que, además de la cámara, también había escuchado una voz que me exhortaba a no usar la piedra.

—Una puerta que no hemos descubierto. Quiero saber si existe en realidad.

—¿Una visión? Interesante. Cuentas conmigo. No pienso que estés loco; no tienes por qué sentir miedo cuando me cuentas esas cosas.

Evidentemente, había leído mi estado emocional. Sus poderes llegaban a ser muy incómodos en algunos momentos.

—Es aquí —dije frente a un muro.

—¿Estás seguro?

—Bastante. Reconozco las marcas de la pared.

—¿Y ahora?

Esa era una excelente pregunta. No lo había considerado.

—Mira, esa marca en la pared se parece a tu cristal.

—Tienes razón —dije, tocándola—. ¿Crees que…?

—Vale la pena intentarlo.

Rocé la marca con el cristal. Una parte de la pared metálica se hundió ligeramente y después se desplazó hacia un costado, dejando al descubierto una habitación cuyas luces se encendieron al instante.

—Muy bien. Tú la descubriste; tú primero —dijo Alaric, colocándose detrás de mí.

—¡Qué amable! —respondí con sarcasmo mientras entraba.

—No es lo que esperaba —dijo Alaric.

—Lo sé.

La verdad era que esperaba encontrar una habitación llena de armas o algo peligroso. Sin embargo, solo había una docena de pergaminos sobre una mesa.

Extendí con cuidado uno de ellos. Parecían terriblemente antiguos y estaban llenos de grabados y dibujos con referencias alquímicas y mágicas en distintos idiomas.

—Eso parece un mapa estelar.

—Sí, pero las estrellas tienen una alineación extraña.

—¿Será antiguo?

—Yo diría que sí, pero, al parecer, representa un ciclo que está por cumplirse de nuevo.

—Leo, creo que tienes que ver esto —dijo Alaric mientras abría otro pergamino.

Las palabras que había allí me dejaron helado.

—¿Una advertencia sobre los Dioses Primigenios?

—Eso parece. Dice algo acerca de un baño escarlata.

—¡Sangre!

Símbolos mágicos y alquímicos sangraban sobre una copa que contenía la figura de una estrella.

—No podemos permitir que nadie se entere de esto. Tenemos que robar los pergaminos y analizarlos con cuidado —dijo Alaric.

Era justo lo que yo estaba pensando, pero me sorprendió que fuera él quien lo sugiriera. Tenía muchos más problemas que yo cuando se trataba de cometer actos delictivos, como robar o mentir.

—Estoy de acuerdo.

Fuimos hasta su casa con los pergaminos escondidos entre nuestras ropas. Aquella noche nos resultó imposible dormir.

Eran difíciles de descifrar, pero lo que logramos comprender indicaba que las palabras de Eleazar eran ciertas: los Dioses Primigenios existían y, al parecer, necesitaban un gran sacrificio de sangre y emociones para regresar.

La guerra no sería suficiente. Necesitaban personas vivas de quienes alimentarse y el poder de algo tan fuerte como una estrella.

—¿Toda la guerra podría ser una trampa? ¿Una parte del ritual para hacerlos regresar? —preguntó Alaric.

—No lo sé. Tiene sentido si consideramos cómo se ha desarrollado todo. ¿Por qué otra razón habría comenzado la guerra si vivíamos en perfecta armonía?

—Eso no tiene sentido. Podría ser solo eso: una coincidencia.

—No lo creo. Eleazar dijo…

—Leo —interrumpió Alaric—, Eleazar te llenó la cabeza de supersticiones.

Me sentí herido cuando dijo eso y reaccioné con más violencia de la necesaria.

—Eleazar no me llenó la cabeza de supersticiones. ¿Para qué querían los antiguos habitantes del laboratorio tantas Piedras Filosofales, si no era para defenderse de algo increíblemente peligroso?

Mis palabras estaban cargadas de veneno.

Alaric suspiró.

—Lo siento mucho, Leo. No pretendía expresarme así de Eleazar. Tienes razón: algo muy peligroso tuvo que suceder para que crearan todo lo que hay en el laboratorio.

Sabía que él no estaba muy convencido de sus palabras, pero aun así agradecí su esfuerzo. Seguramente yo estaba actuando de una forma demasiado paranoica.

—¿Quieres dormir aquí? Es tarde para que regreses a tu casa.

—Pero los pergaminos…

—Yo voy a descifrarlos. Entiendo que esto es importante para ti y, si tienes razón, será importante para todos. Pero yo no estoy en el campo de batalla y tú sí. Necesitas descansar. Muerto no puedes hacer nada para detener esto, si Eleazar tenía razón.

Me vi imposibilitado para reprochar sus palabras. La verdad era que estaba exhausto y mis sueños no ayudaron mucho.

Durante los días siguientes ocurrió algo muy extraño para mí. Generalmente no soñaba con nada, pero aquellos últimos días mis sueños eran tan vívidos que despertaba aún más cansado que cuando me iba a dormir.

La Bruja de Fuego aparecía todas las noches en ellos. Conversábamos. Me seducía la forma en que hablaba y se movía. Captaba mi atención de maneras que no creía posibles.

Despertaba confundido. Más de una vez estuve tentado a besarla en sueños.

Al despertar, siempre tenía la sensación de que no estaba solo, pero me resultaba imposible encontrar algo diferente en mi departamento o alguna evidencia de que alguien hubiera estado allí.

Aquella tortura se extendió durante semanas.

Un mes después del primer sueño, antes de una batalla, la Bruja de Fuego creó una pequeña burbuja que cruzó el campo y reventó a mi lado.

Su voz me acarició como el sol de la mañana.

—¿Dormiste bien, Leo?

Un rubor se apoderó de mi rostro. La noche anterior había estado a punto de besarla, y el hecho de que me preguntara eso significaba que, mediante algún tipo de magia que yo desconocía, estaba entrando en mis sueños.

Aquel día ordené un ataque monstruoso contra todo su ejército.

No dejamos un solo sobreviviente.

Sorprendentemente, mientras su ejército era arrasado por el mío, ella permanecía sentada sobre una colina.

Aprovechando la confusión de la batalla, me teletransporté a su lado.

Era una técnica que había aprendido de algunos magos y, aunque en condiciones normales aún no era capaz de desplazarme más de unos cuantos metros, pude llegar hasta ella gracias al aumento de poder que me otorgaba la Piedra Filosofal.

—¿Qué haces en mis sueños? —pregunté con un tono cargado de reproche.

Mi voz la sobresaltó. No esperaba que pudiera llegar hasta allí sin que se diera cuenta.

—Un enemigo cansado es más fácil de derrotar.

Tenía las manos en los bolsillos del pantalón y me quité el anillo sin que ella lo notara.

Si iba a matarla, lo haría con mis propios poderes.

—Vamos a ver qué tan fácil de derrotar soy ahora.

Unos grilletes de piedra se aferraron a sus manos, y le apunté con la pistola.

La mirada de la Bruja seguía tranquila.

—No me vas a matar. Yo lo sé.

Sentí que mi corazón latía con más fuerza.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Confío en ti.

Vulcan aterrizó frente a la Bruja de Fuego y me miró como si me suplicara que no la atacara.

—Vulcan, muévete.

Vulcan negó con la cabeza.

—Es una orden.

La Bruja desapareció en una explosión de fuego.

—¡Mira lo que hiciste! ¡La Bruja escapó!

Vulcan apoyó la cabeza sobre mi hombro, apenado. Aquello consiguió relajarme.

—No importa. Estabas en deuda con ella. Además, no estoy seguro de que hubiera podido disparar de todas maneras.

Aquella noche decidí cubrir mi habitación con círculos de transmutación que, en teoría, impedirían que entrara en mis sueños.

Sin embargo, lo que más me preocupaba era la razón por la que no había apretado el gatillo. Aquello no era común en mí, mucho menos la extraña sensación que experimenté cuando dijo que confiaba en mí.

Era una mentira. Yo lo sabía.

Pero no podía entender por qué aquellas palabras me habían paralizado ni por qué deseaba tanto que fueran ciertas.

Una semana después, me enteré de que ella y Frigian habían hecho una apuesta para descubrir cuál de los dos conseguiría matarme.

Decidí que todo lo sucedido en mis sueños y lo que la Bruja había dicho acerca de la confianza formaba parte de una estrategia para que bajara la guardia y pudiera matarme.

Al menos, conocer aquella apuesta explicaba por qué los dos parecían atacarme con especial interés.

Me complació saber que no era el único que estaba limitando el uso de la Piedra Filosofal.

Para entonces, ya teníamos suficiente control sobre las piedras como para decidir si utilizarlas o no, pese a llevarlas puestas durante todo el día. Por ello, nuestras batallas regresaban poco a poco a la normalidad.

Aunque no niego que, de vez en cuando, llegábamos a utilizar las piedras en el último momento para obtener una victoria apasionante.

Argumentábamos que las Piedras Filosofales estaban dejando de funcionar, al menos con nosotros. Para nuestra fortuna, ya no quedaban suficientes Sebakhem como para desperdiciarlos probando piedras con ellos.

Las teorías de Eleazar resultaron ser ciertas, por lo que Alaric y yo decidimos informar a los alquimistas del Escuadrón Alfa en los que más confiábamos.

Acabábamos de regresar del funeral del Alquimista de la Plata, quien había muerto a manos de Frigian. Frigian lo había matado con un golpe titánico de su martillo de guerra, cuya cabeza tenía una parte afilada, semejante a un hacha.

—¿Están seguros? —preguntó Iván.

Fue el primero que consiguió hablar. Botánica, Fuego, Viento, Tempestas, Gravedad y Hicoro permanecían en silencio.

—Estamos seguros —dijo Alaric.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Botánica con impotencia.

—Las leyendas dicen que necesitan civilizaciones tecnológicamente avanzadas y que van a alimentarse de los humanos, de sus emociones y de su energía vital.

De momento, lo que se nos ocurre es limitar tanto como sea posible el uso de las Piedras Filosofales.

Al parecer, la energía residual que libera alimenta algún tipo de fuente de poder, pero ignoramos cuál es.

—¿En verdad son tan poderosos? —preguntó Hicoro.

—Rubiel —dijo Gravedad—, destruyeron una ciudad llena de "Leos". ¿Tú qué crees?

Una parte de mí se sintió honrada al escuchar aquello, pero me fue imposible apartar de mi mente el recuerdo de mis padres ausentes por culpa de los Dioses Primigenios.