Capítulo 22 Ordenanza 633 #2
En condiciones normales, me habría echado a correr al ver aquel ataque. Nadie podía sobrevivir a algo así. Jamás habría podido crear un escudo o una protección lo suficientemente grande y poderosa para resistirlo.
Pero aquel día era diferente.
Aquel día éramos verdaderamente invencibles.
Ver todos aquellos ataques destruyéndose al tocar el escudo era, al mismo tiempo, un espectáculo hermoso y aterrador. Los conjuros parecían fuegos artificiales, mientras que el fuego de los dragones se extendía como lava sobre la barrera, que permanecía intacta.
Ellos parecían tan sorprendidos como nosotros.
A ese ataque le siguieron varios más, todos con el mismo resultado. Finalmente, algunas criaturas empezaron a acercarse a toda velocidad, solo para estrellarse contra el escudo, que parecía quemarlas en cuanto lo tocaban.
—Muy bien, amigos. Liberemos el infierno.
Ninguno de nosotros tuvo necesidad de mover los pies. Nuestras manos, los círculos de transmutación que proyectábamos y el poder de las Piedras Filosofales eran suficientes.
El Alquimista de la Explosión señaló con el dedo a un dragón que se disponía a embestir el escudo. La criatura explotó al instante, bañando en sangre a todos los que se encontraban debajo de ella.
Un chasquido de Ignacio calcinó a quienes se habían acercado a la barrera. Después, combinó sus poderes con Mireli, creando grandes ráfagas de viento y tornados de fuego.
El cielo dejó caer sobre ellos la tormenta eléctrica más grande que hubiera visto en toda mi vida.
El suelo se abría para tragarse a nuestros enemigos. Yo hice que se cubriera de enormes picos afilados que surgían a gran velocidad para devastarlos.
Los gigantes empezaron a explotar.
Mi telequinesis, amplificada de manera descomunal por el poder de la piedra, barría con los magos.
Nunca había visto a tantas criaturas morir en tan poco tiempo.
La gravedad las aplastaba de tal manera que podía escuchar el crujido de sus huesos a cientos de metros. El olor a sangre y ceniza inundó el ambiente de inmediato. Los gritos de miedo y dolor eran desgarradores.
Los vampiros que habían decidido luchar contra nosotros pertenecían a distintas especies. No solo estaban aquellos que podían caminar bajo la luz del día sin verse afectados, sino también los que eran alérgicos a la plata.
Sobre estos últimos realicé una transmutación que convirtió en plata el hierro presente en la sangre de sus cuerpos y en la sangre que habían consumido al alimentarse.
El efecto fue estremecedor.
Aquello no era una guerra.
Era una masacre.
Éramos como niños con una lupa bajo el sol, jugando a quemar hormigas.
Me sentí realmente mal. No tenían ninguna oportunidad. Era una lucha increíblemente desigual.
Incluso Alaric había participado. Dondequiera que apuntaba con la mano, dejaba una ola de muerte.
La masacre no duró más de cinco minutos antes de que emprendieran la retirada.
Ignacio y yo nos concentramos en quemar los cadáveres para impedir que incluso sus nigromantes pudieran revivirlos.
Un espeso manto de ceniza se extendía ante nosotros.
Dimos media vuelta y regresamos al cuartel general. Esperaba que nadie hubiera notado que, durante el ataque, había protegido a la Bruja de Fuego.
No sabía realmente por qué lo había hecho. Intenté convencerme de que era en agradecimiento por haberle perdonado la vida a Vulcan, pero había algo más: un sentimiento que no podía identificar.
Se lo atribuí al hecho de que me sentía incómodo luchando de una forma tan desigual contra seres que habían combatido honestamente contra mí.
La noticia de nuestra victoria se extendió como la pólvora. La esperanza regresaba a los soldados, quienes estaban entusiasmados no solo porque los invencibles habían recuperado toda su fuerza y esplendor, sino también porque prácticamente ya no era necesario que lucharan.
La mayoría de nuestros enemigos iniciaba la retirada en el momento en que veía que llevábamos con nosotros las Piedras Filosofales.
Aun así, solo quienes utilizábamos las piedras éramos conscientes de las poderosas secuelas psicológicas que dejaban.
Al portarlas, nos sentíamos poderosos, indestructibles, imparables. Éramos la viva personificación del mito que habíamos construido a nuestro alrededor.
Éramos violentos.
Nuestros pensamientos más oscuros y peligrosos se materializaban ante nuestros ojos.
La propia Botánica, que estaba en contra de utilizar la alquimia para matar, había esparcido con ayuda de Mireli unas esporas por el viento. Nuestros enemigos las inhalaron sin saber que, segundos después, un árbol empezaría a crecer desde sus entrañas.
Un bosque de árboles que llevaban puesta la piel de nuestros enemigos hizo vomitar a más de uno y nos dejó a todos con pesadillas que nos atormentaron durante días.
El olor a vísceras y sangre regresaba en el momento en que decidíamos utilizar las piedras.
Era como una droga.
El verdadero problema aparecía cuando dejábamos de usarla. En ese momento, el peso de todas nuestras acciones caía con una fuerza aplastante sobre nosotros.
Nos sentíamos mal.
Ya no matábamos como lo hacíamos normalmente: cometíamos verdaderas masacres.
Nuestras manos estaban manchadas con la sangre de miles de seres.
Siempre me había parecido increíblemente insultante que, mientras nosotros luchábamos y nuestras vidas, igual que las de los soldados, estaban en riesgo todos los días, los políticos y altos mandatarios organizaran fiestas para celebrar nuestras victorias.
Ese pensamiento cruzaba mi mente ante la inevitable celebración que tendría lugar aquella misma noche, después de eliminar por milésima vez al ejército de la Bruja de Fuego.
Aunque, para ser honesto, en ese momento no sabía que era ella quien comandaba el ataque.
No fue sino hasta que la tuve frente a mí cuando comprendí que aquel día podía matarla sin ninguna dificultad. Solo tenía que chasquear los dedos y habría desaparecido para siempre de la faz del planeta.
—¡Maldito asesino! —gritó mientras lanzaba un ataque que, en condiciones normales, me habría dejado fuera de combate.
Lo detuve sin ninguna dificultad.
Nadie se atrevía a acercarse a mí. En cierto modo, pese a encontrarnos en medio de la batalla, estábamos solos.
—Vete de aquí. No quiero hacerte daño.
Me sorprendió descubrir lo increíblemente honestas que eran aquellas palabras.
No quería que me atacara.
No quería tener que defenderme, porque, si lo hacía…
—Pues yo sí quiero hacerte daño.
Un nuevo ataque me tomó desprevenido. Mi instinto mágico reaccionó antes de que mi alquimia pudiera hacerlo.
Afortunadamente, pese a tratarse de magia, su color continuó siendo rojo, pues mi energía se encontraba inundada por el poder de la Piedra Filosofal.
Por un instante, su mirada reflejó una enorme sorpresa.
—Acabas de hacer magia —dijo casi en un susurro.
Me quedé sin habla.
Era imposible que se hubiera dado cuenta. No podía ser tan sensible como para detectar mi energía mágica detrás de la influencia de la piedra.
Aun así, sus palabras demostraban que, aunque estaba sorprendida, no parecía confundida.
—Lo sabía —dijo con un tono perverso en la voz—. Puedes hacer magia.
Saqué mi pistola mientras observaba un charco de sangre a sus pies. Pertenecía a un mago que yo había matado justo antes de que Nirash llegara.
Mediante telequinesis, lancé una gota de aquella sangre sobre su frente y disparé.
El cuerpo de la Bruja de Fuego se desplomó mientras la sangre escurría por su rostro.
No estaba muerta.
Había utilizado un conjuro para dejarla inconsciente, y la bala que disparé hacia su cabeza se evaporó mediante una transmutación al salir del cañón de la pistola.
Sin embargo, aquella pequeña treta logró que todos creyeran que había matado a la Bruja de Fuego.
El ejército enemigo comenzaba a dispersarse cuando ordené la retirada.
—Señor, aún podemos ganar. Tenemos la ventaja.
Mi mirada fue tan severa que el soldado se arrepintió de sus palabras y comenzó a movilizar a los demás para iniciar la retirada.
Esta vez, las condecoraciones que nos entregaron no se sintieron tan bien como antes.
Alaric fue quien notó mi estado de ánimo.
—Estás más pensativo que de costumbre. ¿Ya me vas a decir qué es lo que pasa?
—¿De qué hablas?
—Bueno, esa chica te ha estado observando durante toda la noche y tú ni siquiera te has dado cuenta.
Vi a una mujer de una belleza extraordinaria que me resultaba familiar, aunque no pude identificar a quién.
—Necesito tu ayuda.
—Lo que necesites.
—Tenemos que ir al laboratorio subterráneo. Hay algo que necesito revisar y nadie puede enterarse.
—Puedo arreglarlo, pero necesito unos minutos. ¿Tiene que ser ahora?
—De ser posible. Quiero aprovechar que todos están aquí.
—Muy bien. Te veo dentro de veinte minutos en el pasillo.
—Gracias.
A todos los que me preguntaron por mi repentina despedida les dije que sentía un cansancio enorme y un fuerte dolor de cabeza. Así pude llegar casi de inmediato al pasillo y esperar al Alquimista de la Vida.
La mujer que me había estado observando en el salón caminó por el pasillo con aspecto enfermizo.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
—Sí, gracias. Solo necesitaba un poco de aire fresco —dijo, apoyando una mano sobre mi hombro para sostenerse—. Tú eres Leo, ¿verdad?
—Sí —dije, regalándole una sonrisa a la hermosa mujer—. ¿Y tú eres…?
—Eso depende de ti.
Sus palabras me resultaron casi tan extrañas como sus acciones. Su mano pasó frente a mi rostro y el glamour se desvaneció ante mis ojos.
Me aparté de inmediato y saqué la pistola.
—¿Nirash? ¿Cómo demonios entraste aquí?
Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
—¡Lo sabía! —dijo con una alegría casi infantil—. Nos vemos luego, alquimista.
La Bruja de Fuego desapareció en el momento en que parpadeé. Segundos después, apareció Alaric.
—¿Qué haces?
—Nada —dije, guardando la pistola e intentando disimular mi confusión—. Vamos, no tenemos mucho tiempo.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó Alaric mientras recorríamos los pasillos desiertos del laboratorio del Proyecto Atlantius.
—¿Recuerdas cuando tomé la Piedra Filosofal por primera vez?