Capítulo 22 Ordenanza 633
—Señor, lo lamento, no estoy familiarizado con esa ordenanza —dijo Enric con un tono de seriedad pocas veces utilizado por él.
—Es entendible, Alquimista de la Gravedad. No deberías estarlo. De hecho, solo hay dos alquimistas en esta sala que podrían saber a qué me refiero.
El presidente acarició la caja de madera que tenía frente a él, tomándose un par de segundos para crear una pausa dramática mientras los alquimistas presentes se miraban entre sí con curiosidad.
—Leo, Alaric, vengan un momento, por favor.
Ninguno de los dos dijo nada, pero nos colocamos junto al presidente.
—¿Tienen alguna objeción ante lo que estoy a punto de hacer?
Sorprendentemente, su voz era honesta y transmitía cierta duda, como si lo que Alaric o yo pudiéramos decir fuera verdaderamente a influir en su decisión.
Alaric fue el primero en hablar.
—Señor, conoce los riesgos personales.
—Este escuadrón fue creado usando los parámetros de tus investigaciones. No debería haber ningún problema en ese aspecto.
Su voz reflejaba lo mucho que debía de haber considerado aquello.
—¿Leo?
—Con todo respeto, señor, es una idea monstruosa. No sabemos con certeza lo que podría pasar.
—Es una observación interesante, teniendo en cuenta que antes pasaste por encima de la autoridad del general Olister para hacerme una petición.
Hablaba del hecho de que, un par de semanas antes, le había solicitado que accediera a emplear en la guerra las naves que estaban en el laboratorio subterráneo.
—Aun así, agradezco tu honestidad, pero tengo que preocuparme por el bien de la nación. ¿Estarías dispuesto a mostrarles el funcionamiento de lo que tengo en esta caja?
—Necesitaría algo de tiempo para entender su funcionamiento, señor.
—Nuestros servicios de inteligencia tienen información sobre un ataque masivo que ocurrirá dentro de dos días.
—Espero poder descubrir cómo funcionan en ese tiempo.
—No lo entiendes, alquimista. Lo quiero en dos horas. Es una orden.
—Pero, señor —dijo Alaric, preocupado—, eso podría matar a Leo.
—Cierto. Por eso tú lo vas a acompañar. No quiero ningún error.
—¿De qué hablan? —preguntó Mireli.
—Leo, Alaric, hagan el favor de explicarles a sus compañeros de qué se trata. Recuerden que siguen bajo juramento.
Eso quería decir que no podíamos decir nada del Proyecto Atlantius y, afortunadamente, ninguno de ellos podría interrogarnos al respecto, gracias a las palabras del presidente.
—Lo que están a punto de escuchar es información clasificada. Les agradecería que no molestaran a sus compañeros con preguntas. Han jurado ante mí guardar el secreto. ¿Entendido?
—Sí, señor —contestaron a coro.
—Excelente. Leo, puedes empezar.
Tragué saliva. Sentía la boca seca.
—La Piedra Filosofal.
Las miradas de incredulidad fueron inmediatas.
—¿Existe? —preguntó Botánica—. Creí que era un mito.
En ese momento, el presidente abrió la caja para mostrarles su contenido. Estaba llena de anillos de diferentes medidas, y cada uno tenía una pequeña piedra de color rojizo.
—Es mítica —contestó Alaric—, pero su poder, al ser utilizado mientras transmutamos de la forma en que nosotros lo hacemos, puede resultar peligroso si no tenemos suficiente energía en el cuerpo para soportarlo.
—Cualquiera que no esté dispuesto a probarla puede negarse —dije, consciente de que era el líder del Escuadrón Alfa.
—Una actitud noble, pero no está en tus manos ofrecer eso, Sebakhem Leo —terció el presidente—. Aunque es verdad que resulta peligrosa. Varios alquimistas han muerto al intentar utilizarla. No todos tienen la fortaleza mental necesaria para manejar un catalizador tan poderoso.
El presidente apoyó una mano sobre la caja antes de continuar.
—Encontramos estas piedras hace siglos. Dicen que existen desde que existe Auralia, quizá incluso desde antes. Nunca han sido utilizadas con éxito. Si esto funciona, podríamos salvar la ciudad de Auralia; si no funciona, estamos perdidos.
Hizo una pausa breve.
—Soy consciente de que les estoy ordenando que pongan sus vidas en riesgo y, créanme, esto no me hace más feliz de lo que parecen estar Leo y Alaric, pero es necesario.
—¿Qué diferencia haría? —preguntó Iván.
—Todos podrían proyectar sus círculos de transmutación igual que Leo, pero su poder sería increíble. No se parece a nada que hayan experimentado antes.
—Entonces no le veo inconveniente —dijo Ignacio—. Leo, enséñanos a usarla.
Tomé un anillo que llevaba grabado mi círculo de transmutación en el interior. Supuse que aquello indicaba que había sido hecho para mí.
Sentí que la sangre circulaba más rápido en el momento en que lo toqué. Mi energía se elevó y, casi por instinto, usé el ojo del alquimista.
La composición de la piedra era fascinante: compleja, pero, al mismo tiempo, encerraba una simplicidad extraordinaria. Aun así, fui incapaz de entenderla, aunque supe cómo utilizarla.
Esa fue la primera vez que pude ver el futuro.
Solo por un instante.
Vi una cámara que no habíamos descubierto en el laboratorio del Proyecto Atlantius. Vi miles de cadáveres y escuché una voz femenina que, a pesar de no haberla oído nunca, me resultó dolorosamente familiar, como si fuera una parte de mí que hubiera olvidado.
Aquella voz me suplicaba que no usara la piedra.
—¿Leo, estás bien? —me preguntó Alaric.
Todos parecían alarmados.
—Sí —contesté, sin estar muy convencido de lo que decía—. Me perdí por un momento. Es magnífica.
Eso último era cierto. Había añorado tener una Piedra Filosofal entre mis manos, pero nunca pensé que, cuando por fin la tuviera, la utilizaría para matar.
Aun así, su poder era hipnótico. Jamás pensé llegar a sentir semejante cantidad de energía fluyendo por mi cuerpo, y me resultaba increíble que pudiera soportarla, al menos mientras no la utilizaba.
No tenía idea de qué pasaría cuando lo hiciera.
Pasé aquella tarde con Alaric y Hicoro en uno de los campos de entrenamiento. Se había dado la orden de desalojar las instalaciones. Necesitaba privacidad y, sobre todo, estar lo más solo posible por si no lograba controlar el poder de la piedra.
Sus efectos eran evidentes. El ojo del alquimista me mostraba círculos mucho más simples para realizar tareas que antes me habrían costado muchísimo trabajo y requerido varios círculos de transmutación.
También me mostraba otros tan complejos que jamás hubiera podido imaginarlos, mucho menos idearlos.
Los tres estábamos sorprendidos. La velocidad a la que podía transmutar se había incrementado de una forma asombrosa. Podía realizar transmutaciones a la velocidad del pensamiento y emplear una cantidad descomunal de energía.
Era tanto el poder que, al encontrarnos solos, decidí probar algo de magia. Creé una simple esfera de energía, utilizando únicamente la cantidad que debía equivaler a un empujón.
La esfera derribó varias paredes, que reintegré con una transmutación.
—Esto está mal. La piedra no debería ser utilizada para matar —dijo Alaric.
—Eleazar nunca habría aprobado que la usáramos así —contesté con nostalgia.
—¿De qué se quejan? Con eso podríamos ganar la guerra.
Hicoro estaba eufórico.
—¿A qué costo? —preguntó Alaric mientras observaba su anillo—. Con esto podemos cometer masacres.
—Hermano, no lo entiendes. La piedra afecta al portador. Te invita a usarla. Es algo demasiado seductor y su poder te impulsa a destruir. Por eso no debería ser utilizada para pelear.
—¿Qué tiene eso de malo?
Con desesperación, me di la vuelta y apunté con la mano hacia un edificio. Se redujo a escombros en cuestión de segundos y después se reintegró hasta recuperar su estado original.
—Yo no puedo hacer eso normalmente. Es demasiado grande para que lo transmute con mi propia energía. Esto está muy mal.
Pasé todo un día intentando explicarles a los alquimistas del Escuadrón Alfa cómo proyectar sus pensamientos para realizar transmutaciones. Afortunadamente, solo tenían facilidad para hacerlo con los círculos con los que se encontraban más familiarizados.
Al día siguiente, estábamos únicamente los miembros del Escuadrón Alfa, sin apoyo del ejército.
Por un momento, la confianza que todos teníamos en las piedras se tambaleó. Jamás habíamos visto un ejército de aquellas dimensiones.
Decenas de dragones estaban listos para atacarnos.
Lo que a la distancia parecían grandes edificaciones de piedra eran, en realidad, gigantes.
Los temibles perros infernales, perros demoníacos capaces de volverse invisibles cuando lo deseaban, nos miraban como si fuéramos su platillo favorito.
Cientos de elfos tenían listos sus arcos y espadas, mientras los magos caminaban hacia nosotros.
Vi tantas criaturas que no podía identificar que, por un momento, llegué a sentirme nervioso.
Ellos eran miles y nosotros apenas un puñado de alquimistas. La única diferencia era que teníamos en nuestras manos la Piedra Filosofal.
Las leyendas decían que no había nada que aquellas piedras no pudieran lograr. Esperaba que derrotar a un ejército de semejante magnitud estuviera dentro de sus posibilidades.
Las risas de burla e incredulidad se escuchaban por todo el campo de batalla. Era comprensible. Yo también me habría burlado si, teniendo un ejército de aquel tamaño, solo un puñado de alquimistas se hubiera presentado para enfrentarlo.
La principal diferencia era que ahora todas nuestras transmutaciones eran de color rojo, igual que la piedra, la cual, pese a haber sido utilizada durante todo el día anterior, no parecía desgastada en lo más mínimo.
Proyecté un círculo de transmutación que creó una barrera quinientos metros a nuestro alrededor. Los magos comprendieron que aquello indicaba que ese día no habría una charla antes de la batalla.
El cielo se oscureció con las flechas que volaban hacia nosotros.
Los dragones despegaron y lanzaron enormes llamaradas en nuestra contra. Los magos proyectaron una cantidad abrumadora de conjuros y hechizos, cuya luz se mezclaba con la de las esferas de energía que disparaban.