El Diario del Alquimista Capítulo 21 La sangre de los invencibles #3
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Capítulo 21 La sangre de los invencibles #3

Lo extraño de todo era que, pese a nuestras intenciones de matarnos, generalmente peleábamos con alegría.

Puedo decir con honestidad que Frigian me caía mucho mejor ahora que intentaba matarme. Después de una pequeña charla con tintes educados acerca de cómo nos mataríamos mutuamente, pasábamos a un combate lleno de altibajos.

Muchas veces resultaba ganador, pese a que nunca pude matarlo. Él, por su parte, me dejó fuera de combate muchas más veces de las que me hubiera gustado aceptar.

Ambos hicimos que nuestros ejércitos se retiraran más veces de las que nuestro orgullo habría considerado saludables.

Aun así, la mayor enemistad se produjo con Nirash. Puedo argumentar que buena parte de eso fue causado por Vulcan.

La batalla estaba llegando prácticamente a su fin cuando una mancha blanca cortó el cielo. No había visto a la Bruja de Fuego usar su pegaso desde el día en que llegó; desde allí se divertía calcinando soldados.

Vulcan y yo volamos hasta ella. Para mi sorpresa, aterrizó y me retó a duelo, mientras daba a su pegaso la orden de atacar a Vulcan.

—No te recomiendo que hagas eso. Mi hipogrifo está entrenado para luchar, mientras que tu caballo con alas solo es decorativo.

Al parecer, tanto su pegaso como ella eran igual de temperamentales. Sin decir nada, Nirash empezó a atacarme, mientras su pegaso intentaba darle de coces a Vulcan, quien lo esquivaba y lo observaba con diversión.

—Vulcan, ¿qué haces? ¡Ataca!

Antes de que el pegaso de la Bruja pudiera reaccionar, recibió un garrazo en el pecho. Después de eso, la batalla entre ambos se elevó hacia los cielos.

Era algo verdaderamente increíble, pero no podía distraerme. Me concentré en esquivar los ataques de la Bruja de Fuego y contraatacar. Para mi frustración, era sorprendentemente hábil realizando conjuros para protegerse de mis ataques.

Y, para ser honesto, no me emocionaba la idea de matar mujeres, pese a que ella era mi enemiga.

Antes de que pudiéramos volver a atacarnos, Vulcan estrelló entre nosotros al pegaso de Nirash. Con una garra sobre su cuello, levantó la cabeza, y una esfera concentrada de fuego salió de su pico, matando instantáneamente al animal.

—¡No! ¡Maldito alquimista, esto es tu culpa!

Sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Bueno, te dije que no era una buena idea pelear contra Vulcan.

Su respuesta fue una esfera de energía que disparó hacia mí a una velocidad tan grande que no tuve tiempo de crear un escudo lo suficientemente fuerte para resistirla. El golpe me lanzó varios metros y me sacó el aire de los pulmones, dejándome aturdido por un momento.

Nirash se acercaba a mí con una mirada asesina cuando sus soldados empezaron a rodearme. Vulcan los atacó y desvió su atención hacia él.

Con movimientos demasiado rápidos para ser humanos, los soldados rodearon a Vulcan y se dispusieron a atacarlo todos a la vez, pero una voz conocida los detuvo.

—¡No lastimen al hipogrifo!

—Pero, mi señora, es la bestia del alquimista.

—Es una orden. Yo misma mataré a quien le ponga un dedo encima a ese animal.

Nirash volvió a mirarme. Mi mente empezaba a despejarse, pero mi cuerpo aún se encontraba aturdido por el ataque.

—Pero no tengo ningún problema en matarte a ti.

Vulcan aprovechó que los soldados habían detenido el ataque para alzar el vuelo y aterrizar frente a mí en actitud defensiva.

—Vulcan, apártate. No quiero hacerte daño.

Estaba sorprendido. No creía que la Bruja fuera capaz de respetar nada de mi mundo, mucho menos algo que tuviera que ver conmigo.

Vulcan le contestó con un potente graznido, pero, pese a tenerla frente a él, no la atacó.

—Maldito animal —dijo uno de los soldados mientras apuntaba a Vulcan con una esfera de energía.

Nirash calcinó a los soldados antes de que alguno pudiera reaccionar. Había acabado con todos por la desobediencia de uno solo. Todo para proteger a Vulcan.

Mi hipogrifo aprovechó la distracción para levantarme del suelo y escapar conmigo.

Esa noche, mi mente era un torbellino de dudas.

¿Por qué la Bruja no había matado a Vulcan pese a que él había matado a su pegaso?

¿Por qué había matado a sus propios soldados para defenderlo?

¿Por qué Vulcan no la había atacado?

Dos días después, mandaron llamar a todos los Sebakhem del Escuadrón Alfa para planear la siguiente estrategia.

Los seres mágicos habían decidido atacarnos con toda su fuerza.

Durante esos dos días, habían liberado seres que superaban con creces nuestras habilidades: vampiros, licántropos, enormes y poderosos dragones, gigantes y elementales tan antiguos y poderosos que ninguno de los libros que había leído parecía capaz de recordarlos.

Ese día, el presidente llegó con una pequeña caja a la reunión de los alquimistas y ordenó que todos salieran de la sala.

Todos menos nosotros.

Alaric y yo reconocimos de inmediato el sello de la caja.

El consejo de guerra había decidido aprobar la ejecución de la ordenanza más temida por Alaric y por mí. Era una disposición tan antigua y fantasiosa que nadie creía que fuera real. Eran pocos quienes la conocían.

—Alquimistas —dijo el presidente—. Frente a ustedes, autorizo la ejecución de la Ordenanza 633.