Capítulo 21 La sangre de los invencibles #2
Otros simplemente caían acribillados por cientos de balas. Las explosiones se combinaban con los conjuros y disparos de los magos, quienes en ese momento estaban tan asustados que su puntería era un verdadero asco.
La batalla duró solamente dos horas. Al terminar, habíamos perdido a un total de quinientos hombres y caminábamos por un campo cubierto de más de dos mil cadáveres.
Después de eso, la noticia se extendió como la pólvora. Ya no era necesario que todos los alquimistas asistiéramos a la misma batalla; bastaba con que uno de nosotros estuviera presente para extender el miedo entre los magos como fuego sobre hojas secas.
Mi habilidad para aprender ataques alquímicos y proyectar círculos de transmutación me permitía ganar batallas sin necesidad de que mis soldados pelearan en exceso, aunque aquello se volvía cada vez más difícil. Los ejércitos a los que nos enfrentábamos eran cada vez más poderosos.
Vulcan y yo volábamos sobre el campo de batalla, dirigiendo a los soldados y quemando enemigos con fuego y con el rayo de energía concentrada que Vulcan podía producir cuando atacábamos juntos.
Nuestros tanques de guerra eran impenetrables; nuestras armas, mortales. Nuestros sueños de victoria parecían cristalizarse frente a nosotros. Desde que los Sebakhem entramos en combate, no habíamos vuelto a perder ni una sola batalla.
Eso, desgraciadamente, estaba a punto de cambiar.
Aún tenía muchos trucos bajo la manga, pero no creí que me vería forzado a utilizar buena parte de ellos en una misma batalla.
Con la victoria prácticamente en la bolsa, nos dimos cuenta de que estaban enviando tropas nuevas. A diferencia de nuestros enemigos anteriores, aquellos eran mucho más poderosos.
Una ola de fuego, hielo, muerte y destrucción empezó a avanzar sobre nosotros sin piedad.
—¿Quién está comandándolos? —preguntó Iván con desesperación, al ver seres elementales de fuego y hielo.
Empecé a buscar frenéticamente con la mirada. Los más poderosos tendrían que estar dirigiendo el ataque.
Fue fácil encontrarlos.
Estaban justo en el centro de toda la destrucción.
Tenía que detenerlos.
—Dirige a las tropas. Yo me encargo.
—¡Leo, espera!
Hice caso omiso de sus palabras mientras subía sobre Vulcan. Momentos después, aterrizaba frente a Frigian y Nirash.
—Leo, no esperaba que estuvieras en este combate. Será todo un honor matarte.
—Puedes intentarlo.
Pese a que mi voz fue firme, mi confianza no lo era tanto. Había subestimado al Mago del Hielo y a la Bruja de Fuego.
Eran más poderosos de lo que pensaba.
Frigian empezó a reír y extendió las manos hacia mí. Sus dedos se cubrieron de puntas de hielo que empezó a disparar contra mí.
Fue gracias al ojo del alquimista que pude esquivar el ataque. Me acerqué tan pronto como pude y le di un fuerte golpe en la cara.
En ese momento, sentí que la Bruja de Fuego concentraba su energía a mis espaldas. Solo pude darme la vuelta para encontrarme frente a frente con ella. Su mano apuntaba a mi pecho, con una esfera de fuego.
Nunca creí que las enseñanzas acerca del cuerpo que me había dado Eleazar fueran a servirme tanto.
Mis manos atraparon su brazo y, usando alquimia, bloqueé sus canales de energía.
Después, pasé a su espalda y usé su propio poder para disparar contra Frigian, quien apenas tuvo tiempo de crear un escudo de hielo que detuviera el ataque.
—¡Maldito alquimista!
Nirash me lanzó por los aires con telequinesis mientras se aseguraba de que Frigian estuviera bien. Los dos me miraban con expresión asesina.
—Parece que nunca los hubieran tocado en una batalla —dije de forma burlona, disimulando el dolor que sentía en la espalda a causa de la caída.
—¡Nunca nos habían tocado! —gruñó Frigian.
Sus manos se cubrieron de hielo y las de Nirash, de fuego. Ambos juntaron las manos y una esfera de energía empezó a crecer entre ellos, para después transformarse en un rayo que dispararon hacia el lugar donde yo estaba.
Formé un escudo de alquimia justo antes de que el ataque me alcanzara, pero no podía resistirlo por mucho tiempo. El guante de mi mano derecha empezó a quemarse y mi mano izquierda se estaba congelando a una velocidad peligrosa.
Tenía que descomponer el ataque o, por lo menos, encontrar la manera de separarlo y desviarlo hacia ellos.
Desviarlo hacia ellos fue lo primero que pude lograr.
Proyecté un círculo de transmutación delante de mi escudo y buena parte de su energía regresó a sus dueños, dañándolos con su propio poder. Sin embargo, una fracción de aquella energía logró atravesar la defensa.
El fuego no le hizo nada a mi mano derecha, pero una lámina de hielo que se había formado sobre mi escudo me rasgó el abdomen. Cubrí rápidamente la herida con la gabardina mientras les apuntaba con la pistola, pese a que mi vista estaba borrosa.
Había utilizado una cantidad increíble de energía y mi cuerpo estaba exhausto.
Por la forma en que me miraban, pude darme cuenta de que nadie antes que yo había logrado detener aquel ataque. Sin embargo, ellos estaban mucho menos heridos que yo.
Un muro de piedra nos separó y alguien me tomó en brazos.
—¡Retirada!
Era el Alquimista de la Tierra, quien me llevaba en brazos hacia el servicio médico.
—No, aún podemos ganarles.
—Leo, no estás en condiciones de pelear. Ese último ataque acabó con buena parte de nuestro ejército.
Fue en ese momento cuando fui consciente de que corríamos en línea recta. A mi izquierda y a mi derecha podían verse los rastros de quemaduras y congelación que habían arrasado con prácticamente todo nuestro ejército.
—¿Cómo pasó eso?
—Fue la parte que tu escudo no protegió. ¿Cómo rayos detuviste eso?
No llegué a contestar. Me solté de entre sus brazos y caí al suelo mientras vomitaba sangre a causa del esfuerzo.
Al menos tres pares de manos me tomaron por los brazos y me llevaron a una tienda, donde los médicos empezaron a atenderme. La anestesia nubló mi visión, volviendo borroso todo lo que había a mi alrededor, hasta que caí en un sueño profundo.
Cuando desperté, estaba en una sala del hospital de Auralia.
—Maldita sea. ¡Otra vez no! —dije, sin percatarme de que Hicoro, Iván y Alaric estaban junto a mi cama.
—Eso es lo que yo llamo una forma ingeniosa de despertar —dijo Hicoro, con una carcajada.
En ese momento sentí la tensión de unos puntos en el abdomen.
—Dime que tengo todo completo.
Volteé a ver a Alaric, y él respondió afirmativamente con una sonrisa.
—Solo estabas exhausto y un poco lastimado.
—¿Cómo hiciste eso? ¿Con qué nos atacaron?
Iván era el único que parecía estar al borde de un ataque de nervios.
—Usé un escudo y descompuse la energía. Nos lanzaron una combinación de energías elementales. No sabía que eso fuera posible —dije de manera pensativa.
—No podemos ganarle a eso —contestó el Alquimista de la Tierra, horrorizado.
—Desde luego que sí. Quiero alquimistas con poderes iguales peleando contra ellos.
—Dirás con poderes opuestos.
—No. Ellos solo van a servir de apoyo. El Mago del Hielo y la Bruja de Fuego pueden combinar los elementos, y están entrenados para pelear contra sus opuestos. Necesitamos atacar fuego contra fuego y hielo contra hielo.
Me acomodé un poco antes de continuar.
—Es peligroso, pero confío en que podamos, si no destruirlos, al menos entretenerlos un poco de esa forma.
Por lo menos, nosotros también podremos manipular parte de la energía que lancen.
Y ordena que los uniformes de los soldados lleven un círculo de interferencia que te voy a entregar tan pronto como pueda comer algo.
No va a volverlos inmunes, pero desestabilizará los conjuros que alcancen la tela, desviará parte de su energía y reducirá el daño.
—Leo, ¿estás seguro? —preguntó Alaric—. Luchar con los mismos poderes y confiar en un círculo que apenas va a interferir con sus conjuros… ¿Qué pasa si no funciona?
—No quiero neutralizar sus poderes. Quiero darles un escudo básico que desvíe o debilite tantos conjuros como sea posible.
Estaba físicamente herido, pero eso no era nada en comparación con la herida que había en mi orgullo. Pese a que todos decían que era un héroe y que nadie había logrado detener el ataque que me lanzaron, yo no estaba conforme.
Habían matado a casi todo mi ejército, me habían dejado fuera de combate y nos habían obligado a retirarnos. Era algo que no estaba dispuesto a tolerar.
Esa es una manía que nunca logré quitarme. Odiaba perder, pero odiaba aún más saber que había perdido hombres que estaban bajo mi responsabilidad.
Los días se fueron volviendo cada vez más oscuros, y la esperanza de terminar rápidamente la guerra se escapaba con los últimos rayos del sol en el horizonte.
Finalmente, pasó lo que todos temíamos cada vez que íbamos a la batalla: el primer invencible cayó en combate.
Después de él, le siguieron varios.
Muchos.
Demasiados Sebakhem.
Nuestros cementerios se cubrían de tristeza y de cuerpos caídos a manos de la magia. Ya no era una guerra; era una batalla por sobrevivir.
Las heridas en nuestros cuerpos eran constantes. En ese entonces, ya casi no recordaba cómo se sentía poder moverme sin sentir la punzada de algún moretón o el dolor sordo remanente de algún hueso roto que hubiera sido curado aceleradamente mediante alquimia.
El flamante dúo dinámico de la Bruja de Fuego y el Mago del Hielo se vio obligado a separarse gracias a las estrategias que estábamos utilizando. Ahora ambos peleaban con batallones separados, lo que hacía mucho más fácil atacarlos.
Los dos eran excelentes estrategas, aunque con diferencias evidentes.
Me di cuenta de que Frigian era un enemigo formidable. No solamente era increíblemente poderoso, sino que, fiel a su elemento, mantenía la cabeza fría incluso en las batallas más intensas.
Nirash era muy diferente. Era una buena estratega, pero no tanto como Frigian. Terminar con su ejército era relativamente fácil: solo era necesario hacerla enojar para que sus indicaciones fueran un asco.
El peligro radicaba en que ella era aún más poderosa que Frigian.