Capítulo 21 La sangre de los invencibles
Dicen que la ignorancia es algo extremadamente peligroso, y nosotros fuimos víctimas de nuestra propia ignorancia. Solamente teníamos una idea muy vaga de lo que los seres mágicos podían hacer.
La guerra parecía no haber llegado a la ciudad de Auralia. La mayoría de sus habitantes vivía como si nada estuviera pasando en nuestras fronteras. Ni siquiera los Sebakhem nos habíamos visto involucrados.
El ejército decidió que lo más pertinente sería mandar solamente a los soldados y a los alquimistas de Segunda Orden. Eso no era algo nuevo; generalmente, era nuestra forma de combatir.
Habían pasado tres meses desde que la guerra comenzó, y el único cambio en nuestras vidas había sido el enclaustramiento de los Sebakhem en sus laboratorios para crear tantas armas y tantos métodos para curar a los soldados como nos fuera posible.
Aun así, nuestro bando empezaba a registrar una cantidad increíble de bajas, mientras los magos ganaban terreno poco a poco. No importaba lo que hicieran los alquimistas de Segunda Orden: seguían llegando más y más enemigos.
Para el cuarto mes de guerra, la situación estaba a punto de salirse de control. Fue entonces cuando se dio la noticia que todos nosotros estábamos esperando.
Entró en vigor la Ordenanza 33, que facultaba a los Sebakhem para intervenir en una guerra. Aquella ordenanza era temida por todo el mundo. Más de una persona consideraba el número 33 como el número de la muerte.
Por fin, los periódicos de Auralia estaban de acuerdo en sus titulares. Por dondequiera podían escucharse palabras de esperanza: los Sebakhem iban a luchar por la nación; las armas humanas iban a combatir; los perros del Estado habían recibido la orden de atacar.
Los invencibles habían sido liberados.
Invencibles.
Era tan grande el mito que nos rodeaba que nadie dudaba de que solo necesitaríamos un par de combates para poner fin a la guerra. Era imposible que el pueblo entendiera en ese momento que solamente éramos humanos.
Éramos personas con una sola diferencia: comprendíamos el funcionamiento de la naturaleza y podíamos utilizarla a nuestro favor. Pero podíamos sangrar, resultar heridos; teníamos miedo, estábamos nerviosos.
A pocas horas del combate, la emoción del pueblo era palpable en el ambiente. Por dondequiera que pasábamos, nos recibían con cariño, respeto y admiración.
Era como si ya hubiéramos ganado la guerra.
—Mamá, mamá, mira, es el Sebakhem Leo.
Un niño vino hacia mí. Estaba tan concentrado en mis pensamientos que me sobresaltó al colgarse de mi gabardina.
—¿Van a terminar con la guerra? ¿Van a matar a muchos magos?
La inocencia con la que hizo aquella pregunta me dejó helado.
—Es lo que vamos a intentar, niño.
El pequeño sonreía como si yo fuera un héroe.
—Cuando crezca, quiero ser un Sebakhem.
Sentí un peso en el estómago cuando escuché eso.
—¿Por qué quieres ser un Sebakhem?
Mientras hacía aquella pregunta, volteé a ver a la madre del niño. Junto a ella estaba un joven de aproximadamente mi edad. La mujer me observaba con ojos nostálgicos; casi habría podido jurar que vi tristeza en su rostro.
Era como si estuviera preocupada por mí.
—Porque nadie puede matar a un Sebakhem. Son invencibles.
Los nombres de varios alquimistas de Segunda Orden que habían sido amigos míos y ahora estaban muertos saltaron a mi mente, así como los rostros de los Sebakhem que habían muerto por culpa de Wilson.
Un suspiro escapó de mis labios sin que me diera cuenta.
—Ojalá fuera verdad, chico. Ojalá fuera verdad —dije mientras le revolvía el cabello con la mano.
Su madre se acercó a él.
—Tengan cuidado. Regresen vivos. Auralia los necesita.
Aquella señora estaba usando un tono de voz increíblemente extraño. Yo nunca había tenido una madre, pero esa mujer, que no me conocía y a la cual nunca había visto, me había hablado con tanta honestidad y tanta pasión como si estuviera viendo a uno de sus propios hijos partir a la guerra.
Sentí un nudo en la garganta. Los ojos me ardían y me picaban. No tenía ni idea de qué decirle.
Asentí con la cabeza y la señora me dio un abrazo mientras me deseaba suerte.
Cuando terminó de abrazarme, solo fui capaz de pronunciar un débil "gracias" antes de seguir mi camino hacia el cuartel general.
Ahí subiríamos al tren. El Escuadrón Alfa de los Sebakhem, junto con Vulcan y Hicoro, se dirigiría a una de las batallas.
Según había descubierto nuestro servicio de inteligencia, los seres mágicos pensaban mandar un ejército lo suficientemente grande como para acabar con los alquimistas de Segunda Orden que luchaban en la región oeste de Auralia.
Cada uno de nosotros iba armado con suficientes explosivos como para destruir un edificio, además de espadas, cuchillos, nuestras míticas pistolas, y alquimia.
Al llegar al frente, tuvimos un rato para coordinar a los pelotones bajo nuestra responsabilidad. Fue imposible no contagiarse de la atmósfera que se apoderó de los soldados ante nuestra llegada.
Poco a poco, el ánimo de los alquimistas que aún nos sentíamos mal se fue combinando con la excitación que solo se presenta ante una posible muerte.
La incertidumbre de no saber si regresaríamos con vida retumbaba al ritmo de los tambores de guerra que marcaban el paso de los soldados que caminaban detrás de nosotros.
Detrás de una pequeña colina había una pradera que, en otro tiempo, había sido una hermosa extensión verde y ahora se encontraba manchada de sangre, con rastros de explosiones y olor a muerte.
No había lugar en ese momento para el miedo. El instinto de supervivencia y el odio hacia los seres mágicos, después de haber visto a los heridos, eran lo que nos impulsaba a caminar hacia la batalla con un renovado sentimiento de valor.
Frente a nosotros, un ejército inmenso se disponía a atacar. Nosotros veíamos criaturas mágicas; ellos veían un ejército tan grande como el suyo, encabezado por cinco de los invencibles: Tempestas, el Alquimista del Fuego, el Alquimista de la Tierra, Gravedad y yo.
Nos acercamos al centro de la pradera mientras cinco generales del mundo mágico hacían lo mismo.
—Aún pueden retirarse. No les haremos daño.
—Estas son nuestras tierras. Si alguien tiene que irse, son ustedes —contesté como líder del Escuadrón Alfa de los Sebakhem.
—¿Así que ustedes son los invencibles? Espero que lo hagan mucho mejor que los patéticos alquimistas que matamos ayer —dijo otro de los generales.
Unos rayos recorrieron las manos de Odelle. Eso provocó que uno de los generales comenzara a reír.
—Este día conocerán el poder de Auralia —contestó Ignacio.
—Eso lo quiero ver.
Regresamos al mismo tiempo con nuestros respectivos bandos.
—¿No se retiran? —preguntó Hicoro.
—Evidentemente no, hermano.
—Genial. Tengo ganas de patear traseros mágicos.
En ese momento recordé la razón por la que Odelle había reaccionado así. Uno de sus primos era alquimista de Segunda Orden y había muerto hacía poco en combate.
Sabía que no podría limitarla, pero esperaba poder controlarla un poco.
Ella necesitaba venganza.
—Tempestas, quiero que los separes con rayos. Iván, enciérralos con muros de piedra. Ignacio, ya sabes qué hacer: calcina a tantos como puedas. Enric, aplástalos; quiero que se muevan lo más lento posible. ¿Entendido?
Un ligero asentimiento nos indicó que estábamos listos.
Los cuernos de guerra de los magos sonaban con fuerza y una lluvia de flechas venía hacia nosotros.
—¡Mantengan sus posiciones! —grité a los soldados antes de que se movieran.
Una parte de las flechas fue calcinada; otras cayeron como si fueran piedras, clavándose en el suelo antes de alcanzar su objetivo; el resto explotó en cientos de pedazos.
Fue increíblemente satisfactorio ver los rostros de sorpresa de los soldados y generales mágicos.
Unas nubes pesadas y gruesas se formaron sobre nosotros.
—¿Contestamos el ataque, señor? —preguntó uno de los soldados.
—Aún no. Ellos tienen flechas; nosotros tenemos a Tempestas.
Fue algo digno de ver: parecía que el cielo hubiera decidido tomar venganza contra los magos.
Una lluvia de rayos empezó a electrocutar y calcinar a los enemigos, que de inmediato ordenaron el ataque. Una marejada de personas y criaturas se acercaba a nosotros con intenciones mortales y con la esperanza de escapar de la lluvia de muerte que Tempestas estaba dejando caer sobre ellos.
Los grupos se dispersaban para alejarse del peligro que caía del cielo. Algunos magos intentaron salir del campo de batalla, solo para encontrarse con un gigantesco muro que empezaba a serpentear entre ellos como si fuera un laberinto.
De pronto, sus movimientos se volvieron increíblemente lentos. Algunos estaban tirados en el suelo ante la creciente gravedad que se cernía sobre ellos.
Los gritos de guerra se transformaron en gritos de miedo. No esperaban quedar separados y sin la posibilidad de moverse.
El grupo central, que aún avanzaba hacia nosotros, se encontró con un círculo de transmutación esmeralda, uno que le había visto usar a Alaric.
Todos ellos murieron en ese momento.
En los muros que los separaban empezaron a formarse estacas. Luego, las paredes se acercaban hasta aprisionarlos, causándoles una muerte dolorosa al ser perforados. Los rayos del cielo mataban a todo mago o criatura que tocaban.
Una serie de explosiones y transmutaciones mataba a nuestros enemigos sin que pudieran saber de dónde vendría el siguiente ataque.
Después de un par de minutos, el primer batallón que había avanzado hacia nosotros había sido aniquilado.
Más de trescientos magos y criaturas habían desaparecido de la faz de la tierra frente a los ojos de nuestros enemigos, mientras que en nuestro bando aún no se había derramado ni una gota de sangre.
—¡Ataquen!
El sonido de nuestras botas mientras corríamos hacia ellos se combinaba con el rugido de los rayos, que reinaba en el ambiente. Grandes columnas de fuego dejaban solo cenizas a su paso. Las espadas brillaban bajo el sol de la mañana, produciendo reflejos escarlatas al estar manchadas de sangre.