Capítulo 20 Un helado para romper el hielo
En infinidad de libros y películas había encontrado el tema de las guerras.
En las películas de ciencia ficción eran increíblemente divertidas; en más de una de ellas eran mis escenas favoritas.
Pero en ese entonces no tenía ni idea de que la magia existía.
No sabía nada de los demonios ni de lo peligrosos que en verdad podían llegar a ser sus ataques.
Sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo.
Leo, en ese entonces, debía tener aproximadamente mi edad.
Yo no me imaginaba a mí misma en una guerra a esa edad.
Era algo impensable, posiblemente más fantástico que el hecho de vivir en un palacio rodeado de seres mágicos, sin contar con que yo también tenía magia.
No podía imaginar cómo sería una guerra contra los seres que vivían en el palacio.
Rubiel entró a mi habitación, después de tocar, con un helado en cada mano. Su esposa lo seguía.
—Lamento interrumpir, pero teníamos helados y pensé que podrías querer uno.
—Gracias —dije, poniendo el diario junto a mí y tomando el helado.
—¿Ya aparecí? —preguntó Aika con curiosidad.
—No, aún no. Apenas estoy leyendo lo de la guerra.
El rostro de Rubiel reflejó un fugaz rictus de dolor ante el recuerdo.
—¿Tan mala fue?
—Bueno, salimos vivos, lo cual ya es una ventaja, pero nunca, en todos los siglos que llevo vivo, he visto una guerra tan terrible como esa.
—¿Peor que una bomba atómica?
Rubiel asintió.
—Mucho peor. Auralia era una ciudad de guerreros.
Si bien era conocida por la alquimia, el Ejército era formidable.
Teníamos mejor entrenamiento que todos los seres mágicos; teníamos miles de alquimistas que luchaban de día y, por las noches, fabricaban armas para darnos ventaja ante nuestros enemigos.
Tecnológicamente, teníamos la ventaja; militarmente, también. Estábamos en nuestro territorio.
—¿Entonces qué pasó?
—Era una batalla imposible. No solo la Ciudad de la Alquimia participó en la guerra; todos los pueblos y pequeñas ciudades que componían Auralia lucharon a nuestro lado. Aun así, no creo que jamás hubiéramos podido ganar.
Nosotros éramos una ciudad o, si lo quieres ver desde la geografía moderna, éramos un pequeño país.
Un pequeño país que luchaba contra un mundo.
Nuestros enemigos podían regenerarse. Sus médicos y curanderos podían reparar las heridas más terribles en cuestión de horas, mientras que nosotros necesitábamos semanas o incluso meses.
Aun así, matamos a tantos seres y criaturas mágicas que, desde entonces, no se ha registrado una matanza de tales magnitudes.
Aunque nuestro lado no podía presumir de haber obtenido la victoria, los cuerpos de nuestra gente llenaban los cementerios. La certeza de volver a ver el sol al día siguiente desapareció para todos los que estábamos en el ejército.
Yo mismo vi a todo mi escuadrón de las fuerzas especiales desaparecer en un solo día. Mis hermanos y hermanas de guerra murieron en mis brazos.
Rubiel tenía los puños cerrados con fuerza ante la impotencia de lo que contaba. Sus ojos estaban rojos y Aika puso una mano en su espalda para darle algo de consuelo.
—Pero era una guerra. No había nada que pudieras haber hecho.
Me sentí estúpida en el momento en que dije esas palabras.
—Eso es lo que todos nos decíamos, pero estoy seguro de que siempre había algo más que hacer. Siempre podríamos haber luchado con más fuerza. Podríamos haber matado a más enemigos.
—Pero ellos tenían magia. Ustedes solo tenían a los alquimistas.
—No. Los alquimistas nos tenían a nosotros.
Ellos fueron quienes se llevaron la peor parte. Sentían que, por tener poderes, era su responsabilidad asegurarse de que la mayor cantidad posible de nosotros regresara con vida. Cometieron actos de los que estoy seguro de que Leo, al menos, aún se arrepiente.
Nosotros matábamos como nos habían enseñado: un cuchillo, una bala, una bomba. Así matábamos nosotros.
Los alquimistas fueron forzados a cometer masacres. Nosotros matábamos a uno; ellos podían matar a cientos con una sola transmutación. No todos los alquimistas soportaron eso.
Hubo un silencio incómodo que se disolvió con un suspiro de Rubiel.
—Pero no todo fue malo. Esa guerra cambió nuestras vidas de formas que no puedes imaginar. Fue en esa época cuando tu padre y yo nos volvimos licántropos.
—¿En verdad? ¿Cómo es posible?
Suponía que, al estar en guerra con el mundo de la magia, intentarían alejarse de todo aquello que tuviera algo que ver con ella.
—Ya lo descubrirás. Es algo que no cambiaría por nada del mundo. Fue entonces cuando Leo y yo nos volvimos hermanos de una forma que antes no creíamos posible.
Supe que Rubiel decía la verdad. Una sonrisa le iluminaba el rostro mientras decía aquellas palabras.
—¿Cómo es posible que sigas peleando después de todo eso?
—Bueno, el instinto de supervivencia es fuerte. Además, en ese entonces no luchábamos por gusto; lo hacíamos porque todos en Auralia confiaban en nosotros.
Esta vez su voz dejaba ver orgullo.
—Si no hubiera sido por nosotros, estoy seguro de que Auralia aún estaría bajo el control de los magos.
—Creí que Auralia había sido destruida.
—Así es, y fue lo mejor para todos. Sé que suena ilógico, pero muy pronto lo entenderás todo.
Rubiel empezó a comer su helado, que ya comenzaba a derretirse.
—¿Quieres ver una película? —preguntó Aika.
Sentí que su comentario estaba totalmente fuera de lugar, pero Rubiel sonrió cuando escuchó a su esposa y le dio un beso en la frente.
—Creo que voy a leer un poco más.
—Está bien.
Aika dejó escapar una nota de tristeza al pronunciar aquellas palabras. Aun así, sabía que en ese momento no podía dejar de leer el diario. Cada página que leía me acercaba cada vez más a obtener toda la información que quería sobre mi mamá.
Era algo que me impulsaba a seguir adentrándome en el mundo de guerra, muerte y destrucción que Leo pintaba con palabras en su diario de viajes.