Capítulo 19 La fuerza de mil soles #3
Los avances que ambas civilizaciones estaban teniendo eran enormes.
La cantidad de información y de datos nuevos que recibíamos nos sorprendía todos los días.
Las artes, la ciencia, la gastronomía… Todo crecía de una forma asombrosa.
Cosas que ambas civilizaciones consideraban mitos quedaron expuestas ante la luz de la verdad.
Cada vez resultaba más difícil para la mayoría de los Sebakhem ver a los seres mágicos como extraños. Nos estábamos encariñando con ellos, y ellos con nosotros.
Lo que parecía ser una firme amistad y una alianza que prometía un amplio desarrollo para ambas naciones era, para terror y tristeza de muchos de nosotros, similar a la solidez de un lago congelado: parecía firme y ofrecía seguridad, pero creo que ninguno de los dos bandos sospechaba que, bajo nuestros pies, el hielo comenzaba a romperse a una velocidad peligrosa.
Era como la calma antes de la tormenta.
Una tormenta verdaderamente devastadora.
Una tormenta que acabaría con todo lo que conocía.
Poco a poco, la situación se fue volviendo más y más tensa. Ambos bandos habían reportado varias desapariciones entre los suyos.
Ellos aseguraban que los alquimistas y los demás soldados mataban a los suyos, mientras que nuestro lado aseguraba haber encontrado personas que parecían haber sido atacadas por un animal enorme: algunas tenían el cuerpo drenado hasta la última gota de sangre; a otras, al parecer, se les había absorbido la vida por completo.
Todas ellas mostraban una expresión de terror tan grande que bien se podría decir que habían muerto de miedo. Muchos informes corroboraban aquello: había personas que morían de miedo durante esos misteriosos ataques.
Ninguna persona que yo conociera había podido ver aquellos cuerpos. Ningún alquimista del Escuadrón Alfa fue asignado a la investigación de dichos homicidios.
Sin embargo, los rumores no solamente eran fuertes, sino que, al parecer, también estaban fundamentados.
Gracias a mi posición como Sebakhem, pude poner mis manos en cada uno de los reportes.
Nunca pude ver los cuerpos, pero las fotografías eran un doloroso recordatorio de lo imprudentes que habíamos sido: habíamos permitido que un enemigo potencial entrara en nuestro territorio y ahora pagábamos las consecuencias de la forma más dolorosa posible, con la sangre de nuestra propia gente.
Como era de esperarse, se celebró un gran consejo de guerra al que asistieron los seres del mundo mágico. Ninguno de los dos bandos parecía estar dispuesto a aceptar que había tenido relación con los asesinatos.
Para ser honesto, nuestros argumentos eran mucho mejores que los suyos. Si bien nosotros teníamos cierta renuencia hacia la magia, no teníamos razones para matarlos. El fanatismo de los soldados y los alquimistas en contra de la magia no era tan grande, o al menos eso era lo que yo pensaba.
Por su parte, tenían muchas cosas en contra: los vampiros se alimentaban de sangre; sus demonios y criaturas mágicas se alimentaban de emociones y de energía vital; los licántropos eran bestias cuyos instintos los dominaban. No pensaban. Solo servían para una cosa: matar.
—Ustedes, los auralianos, han iniciado el ataque. Nuestra palabra es de honor y respetamos ese honor, cosa que, evidentemente, ustedes no hacen. Su promesa de brindarnos seguridad en su ciudad fue falsa —decía uno de los embajadores en el gran salón del consejo de guerra.
—Nuestra palabra es fiel. Nosotros les abrimos las puertas y les brindamos protección; ustedes no pudieron controlar ni a sus congéneres ni a sus instintos, y nuestra gente ha muerto por eso.
—Al igual que nuestra gente, asesinada por ustedes.
—¡Nosotros no hemos cometido ningún asesinato en su contra!
—¡Siempre están en guerra! No veo por qué habrían de pensar diferente en esta ocasión.
—Nadie mata a un auraliano y sale sin castigo —dijo nuestro presidente y comandante general de las Fuerzas Armadas de Auralia, en un tono tan sombrío que causó escalofríos.
—¿Eso es una declaración de guerra?
—No, si nos entregan a los responsables de las muertes.
—Lo mismo para ustedes. Han de saber que somos bastante tolerantes, pero, si no nos entregan a los responsables de la muerte de nuestros amigos, borraremos la Ciudad de los Alquimistas del mapa.
—La nación de Auralia acepta su declaración de guerra, aunque somos conscientes de que no tienen idea de lo que están haciendo. Nuestra nación es de guerreros. Pelearemos con la fuerza de mil soles para defendernos.
—No esperábamos nada menos que eso.
El embajador nos miró a los alquimistas presentes.
—Esperemos que sus armas humanas sean tan infalibles como ustedes creen.
Las demás amenazas fueron igual de educadas.
Para sorpresa de todos nosotros, empezaron a establecer acuerdos acerca de las batallas.
Prácticamente las habían acomodado en un calendario: había tiempo durante las noches para descansar y se decretó que ninguno de los dos bandos lanzaría ataques sorpresa.
Siempre se informaría al otro bando el día y el lugar en que se efectuaría la batalla.
—¿Entonces eso no es normal? —preguntó uno de los mellizos.
—Para nada —dije mientras volteaba a verlos.
Había olvidado que eran muy jóvenes y que ninguno de los dos había estado en una guerra. Por lo menos yo había dirigido varios pelotones durante pequeñas rebeliones, guerrillas y alguna que otra guerra en las fronteras.
—Quitar el factor sorpresa significa perder una evidente ventaja táctica, e informar incluso cuándo y dónde vamos a atacar es algo totalmente atípico.
—Bueno, ellos son muy civilizados —dijo Alaric, uniéndose a la plática.
—Claro, lo suficientemente civilizados como para entrar en una guerra.
—O lo bastante idiotas como para pelear contra nosotros —dijo el Alquimista del Hierro, con una voz que demostraba cuán deseoso estaba de matarlos.