El Diario del Alquimista Capítulo 19 La fuerza de mil soles #2
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Capítulo 19 La fuerza de mil soles #2

—Si tuviera una Piedra Filosofal, no tendría necesidad de cobrar, ya que tendría tanto oro como quisiera.

Sus mitos hablan acerca de la capacidad de la magia para volver inmortal a una persona, cosa que tampoco necesitaría si tuviera una, y no creo que haya alguna enfermedad que nuestros médicos no puedan tratar mejor que los suyos.

Hice una pausa antes de continuar.

—Además, tenía entendido, por lo que tú habías dicho, que los magos como tú eran todopoderosos. ¿Para qué necesitan una Piedra Filosofal?

Frigian me miró con evidente interés ante mi razonamiento.

—Los placeres de la vida son algo que no suelo despreciar con facilidad, y considero que la ambición puede ser una gran virtud. Es evidente que puedo hacer oro con magia, pero, si hay algo que puede reemplazar el conjuro que utilizo para producirlo, entonces es bienvenido.

Resultaba evidente que estaba mintiendo. Eleazar me había dicho que no se podía hacer oro mediante magia.

—Frigian, la magia no puede hacer oro.

—Permíteme contradecirte.

Con un movimiento de su varita, una moneda dorada apareció en la mesa.

Solo necesité un vistazo.

—Puede que eso funcione con la mayoría de las personas, pero te recuerdo que soy un alquimista. Eso es oro de tontos, no vale nada.

Frigian cerró los ojos, como si acabara de recordar que los alquimistas dedicábamos nuestra vida al estudio de los materiales.

—Eso, como tú ya has descubierto, era una broma. Esto es oro verdadero.

Un nuevo movimiento hizo desaparecer la moneda y dio paso a otra. Esta sí estaba hecha de oro sólido. El problema era que la había invocado desde su bolsa. Pude ver el flujo de energía y cómo su bolsa se arrugaba un poco al quedar más espacio en su interior.

—Es correcto, esto es oro, pero salió de tu bolsa.

Ambos nos hicimos un poco hacia atrás para que el mesero trajera las bebidas.

Frigian había decidido pedir la bebida más cara del menú. Eran dos pequeñas copas, una de color verde y otra azul.

La bebida era Raghs, increíblemente deliciosa. El problema era que también era un poderoso veneno. Primero tenías que tomar el antídoto y después podías beber el veneno más delicioso que jamás hubiera sido creado por un alquimista.

—Muy observador, Leo. Con esas habilidades, me parece extraño que no sepas dónde hay una Piedra Filosofal.

Una sensación de presión en la frente me recordó los tiempos en los que Eleazar me hacía practicar para evitar que pudieran leer mi mente usando magia.

Tardé un segundo en comprender lo que pasaba, y otro segundo en expulsar a Frigian de mi mente.

Mi mano se deslizó hasta la pistola y la puse sobre la mesa.

—Si vuelves a intentar entrar en mi mente, te voy a disparar sin importarme los acuerdos que existan, ¿entendido?

Mi voz tenía un claro tono de amenaza, aunque no elevé mucho el volumen.

—¿Lo sentiste? Además, me sacaste de tu mente. Increíble.

Jalé el martillo de mi arma para indicarle que estaba cargada.

—Lo lamento, es una costumbre que tengo. Nadie en Auralia se había percatado de ello. Prometo no volverlo a hacer.

Sentí un sudor frío en la espalda.

¿Cuántas cosas habrían averiguado ya esos seres?

Frigian dio un trago a su copa azul.

El momento de la venganza había llegado.

Mientras sus vías respiratorias se cerraban, guardé mi pistola.

—Me complace mucho que no vayas a usar ese truco de nuevo. La mente es un lugar privado y debería permanecer así, pero en esta ocasión te voy a perdonar.

Frigian había perdido el habla y empezaba a tener problemas para respirar mientras me veía claramente confundido y se tocaba la garganta.

—Lo que tomaste es Raghs. Es una de las bebidas más deliciosas que existen, pero también es un veneno mortal. Por eso las personas acostumbran tomar el antídoto antes de beber el veneno. Es algo que debiste haber leído en la carta, pero, bueno, creo que el daño ya está hecho.

Su color empezaba a volverse morado, las manos le sudaban y seguramente, en esos momentos, su campo de visión empezaría a volverse borroso.

Tomé el antídoto y le abrí la boca con brusquedad. Vertí el líquido verdoso y, mediante una transmutación con mi mano sobre su pecho, obligué al antídoto a neutralizar el veneno que ya corría por el sistema de Frigian.

Casi de inmediato, pudo respirar de nuevo.

—Tu moneda —dije con una sonrisa en el rostro—. Y, en el futuro, te recomiendo que me hables con la verdad o puede que no esté tan deseoso de neutralizar el siguiente veneno que te tomes.

—Gracias —dijo con una voz agitada—. Conserva la moneda, un recuerdo de este evento.

Debí haberme sentido insultado por ese gesto, pero la verdad era que tenía oro del mundo mágico en mis manos.

Siempre había querido una moneda de oro del mundo mágico y ya tenía en mente cientos de experimentos que podría hacer con ella, así que asentí con formalidad y guardé la moneda en mi bolsillo justo en el momento en que Nirash regresaba.

No había tardado mucho tiempo, pero todo había pasado demasiado rápido.

—Frigian, ¿estás bien?

—Perfectamente —contesté yo—. Me estaba mostrando cuánto tiempo podía aguantar la respiración. Sin duda, mucho más tiempo del que yo puedo presumir; yo perdí casi de inmediato.

Frigian volteó a verme con un gesto que denotaba agradecimiento ante la mentira piadosa que acababa de decir.

Para mi sorpresa, Frigian se empezó a mostrar más agradable conmigo después de ese evento. De hecho, al día siguiente llegó con una pequeña bolsita de unos dulces de consistencia extraña. Ellos los llamaban "gomitas".

La verdad era que en Auralia prácticamente no había dulces. Ese día descubrí que tenía una profunda debilidad por ellos y, para ser franco, los dulces del mundo mágico eran deliciosos. Nunca había probado nada parecido.

Frigian me ofreció una gomita y, durante todo el día, le estuve robando otras de su bolsa cuando él no se daba cuenta.

Mi conciencia me carcomió cuando, al final del día, Frigian vio con tristeza su bolsa vacía, sacó una nueva de entre su túnica y me la regaló. Decidí en ese momento que al día siguiente haría algo especial por ellos.

Se acercaba la hora de la comida y, para ser honesto, estaba harto de comer en restaurantes elegantes.

—¿Quieren comer en el mejor lugar de Auralia?

—Creí que este era el mejor lugar de Auralia —dijo Nirash.

—No, este es el lugar más elegante, no el mejor.

—Pues yo siempre estoy dispuesto a comer, así que sea bienvenido el mejor lugar de Auralia —dijo Frigian feliz.

La expresión de incredulidad de la Bruja de Fuego era inmensa en cuanto vio que llegábamos a un puesto callejero junto al cuartel de Auralia.

—Bienvenidos a la mejor comida que han probado en toda su vida.

Mi sonrisa era de pura satisfacción.

Roger, el dueño de ese pequeño puesto donde vendía comida similar a las hamburguesas, me reconoció inmediatamente. La verdad era que aquel hombre conocía a todos los Sebakhem de Auralia, y todos lo queríamos a él, pero, sobre todo, queríamos su deliciosa comida.

—¡Leo! Qué agradable sorpresa. ¿Lo mismo de siempre?

—Sí, por favor. Además, traigo seres mágicos. Quieren probar la mejor comida de Auralia.

—Pues entonces han llegado al lugar indicado. Les diría que tomaran asiento, pero no tengo.

Comenzó a reír con fuerza mientras lanzaba la carne a un viejo y gastado asador de carbón.

—¿Y cómo se supone que se come esto? —preguntó la Bruja de Fuego, mirando la hamburguesa con desconfianza.

—Con las manos, ¿con qué más?

Tomé la hamburguesa con las manos y Frigian me imitó.

—¿Es seguro? Digo, no se ve muy… saludable.

Frigian abrió muchísimo los ojos en cuanto le dio el primer mordisco.

—Por los dioses, esto es delicioso.

—Te lo dije.

—Tienes que probarlo.

Nirash veía su hamburguesa con desconfianza. Sin embargo, pude escuchar cómo su estómago reclamaba por tener comida frente a ella y no comerla.

La Bruja de Fuego hizo pequeños cortes mágicos y empezó a llevarse la comida a la boca en pedazos diminutos, usando telequinesis para asegurarse de que sus manos no tocaran aquello.

Tuvo la misma expresión que Frigian en el momento en que la probó por primera vez. Después de eso, empezó a comer con más entusiasmo del que le hubiera gustado mostrar.

—¿Hay algún límite con estas cosas? —preguntó Frigian a Roger, quien lo miró divertido.

—Solo tantas como puedas comer.

—Genial, dame otras cinco.

Roger explotó en una carcajada.

—Por fin alguien que come igual que el teniente Rubiel.

—Por favor, Roger, él no come, traga. Es un troglodita.

—Eso lo dices porque tú solo puedes comer una.

La Bruja de Fuego veía el plato de Frigian con una mirada extraña.

—Si la bruja come una más, entonces yo también —dije, mirándola.

Nirash titubeó un poco antes de contestar.

—N… Bueno, está bien.

Insistí en pagar la cuenta. Roger, evidentemente, nos dijo que podíamos regresar cuando quisiéramos.

Frigian había comido una cantidad increíble de comida, lo cual era bueno para su negocio.

El Mago del Hielo juró solemnemente recomendar su puesto a todos sus conocidos y, si todos los seres mágicos comían como Frigian, no me cabía la menor duda de que Roger se convertiría, en muy poco tiempo, en el hombre más rico de Auralia.

Extrañamente, el titubeo de Nirash me pareció particularmente lindo.

Cada vez que Frigian estaba lejos o ausente, ella se comportaba de una manera totalmente diferente. Era como si se relajara y se convirtiera en otra persona, alguien mucho más agradable con quien platicar.

Estaba seguro de que habría acabado odiándola de no ser por esos pequeños brillos bajo la superficie de su personalidad, que permitían adivinar a una persona maravillosa que, por alguna extraña razón, se mantenía detrás de una armadura casi perpetua e infranqueable.

Y yo estaba dispuesto a encontrar la manera de burlar esa armadura y conocer a la persona que se escondía detrás de ella.