Capítulo 19 La fuerza de mil soles
Dicen que siempre hay que encontrar el lado positivo de todas las situaciones, pero, verdaderamente, en este caso era bastante complicado. Había sido denigrado de ser el alquimista más poderoso de Auralia a ser un guía de turistas.
El lado positivo era que estaría más tiempo con Nirash; el lado negativo era que, junto con ella, estaba Frigian.
El lado positivo era que tenía la oportunidad de ridiculizar a Frigian con su propia ignorancia en temas alquímicos; el lado negativo era que tanto Frigian como Nirash eran increíblemente engreídos y parecía que el suelo que pisaban no los merecía.
—Y bien, ¿qué quieren conocer en Auralia?
—Todo —contestó automáticamente Frigian mientras congelaba un charco de agua que yo acababa de pisar, y Nirash lo evaporaba.
Aquella era una demostración de poder que no podía pasar por alto. Todas las personas de Auralia tenían ciertos traumas con la magia. Las historias de los horrores que se podían hacer con ella eran míticas y, por si fuera poco, había ejecuciones contra cualquiera que la practicara.
Cualquiera menos nuestros nuevos, y ahora queridos, visitantes.
—Leo.
Reconocería la voz de Hicoro en cualquier lugar.
—Perdón, ¿interrumpo algo?
—No, solo estaba…
Suspiré antes de contestar.
—Los voy a presentar. Nirash, Frigian, él es el teniente Rubiel Hicoro, de las fuerzas especiales.
—Un placer —dijo Frigian—. ¿Cuál es su relación con el alquimista?
—Soy su protector.
—No sabía que los alquimistas necesitaran a nadie que los protegiera.
La voz de Nirash era una mezcla de superioridad y burla.
—De hecho, los alquimistas no necesitamos protección.
Hicoro también se puso a la defensiva.
—Soy más bien como un guardaespaldas o, mejor dicho, su equipo personal de élite. ¿Para qué necesita un pelotón de soldados cuando me puede tener a mí?
Lo admito, en esa ocasión la modestia no fue el punto fuerte de Hicoro, pero no se lo reclamé.
—Si tú lo dices.
La Bruja de Fuego se distrajo viendo pasar a las personas. Habría jurado que estaba criticando la ropa que llevaban puesta unas muchachas aproximadamente de su edad.
—Leo, te quería preguntar por… Bueno, tú sabes.
Él se estaba refiriendo a las apuestas que hacíamos en las peleas callejeras en las que participaba.
—Claro, como siempre. ¿Gustas acompañarnos?
—Ni que fuera guía de turistas. ¿Tú vienes?
—No, tengo que…
No había nada más que decir. Hicoro entendió que el guía de turistas era yo y se alejó riendo escandalosamente y agitando la mano a modo de despedida.
—Qué interesante elemento tienes a tu servicio. Se le nota un poco…
Frigian movía la mano como si intentara agarrar algo intangible.
—Incompetente.
—De hecho, el teniente Hicoro no solamente es uno de los mejores soldados que tiene Auralia, sino que, además de eso, es mi hermano.
—Al fin de cuentas sigue órdenes, ¿no? Al igual que tú. Yo no les veo nada de especial, salvo que tu rango es mucho mayor que el suyo. Y si fuera tan buen soldado como dices, al menos tendría un rango más alto, ¿no lo crees?
Frigian asintió ante las palabras de Nirash.
De acuerdo, la Bruja de Fuego podía ser hermosa, pero su lengua estaba peligrosamente envenenada.
—¿Esa es tu arma? —preguntó Frigian mientras señalaba mi pistola.
—Sí, son exclusivas de los Sebakhem.
—¿Puedo verla?
—Si quieres, pero no va a funcionar contigo.
—¿Por qué no?
—Solo yo la puedo usar.
Frigian intentó disparar contra una caja de madera que estaba cerca. Evidentemente, mi pistola no disparó.
—Por lo que tengo entendido, estas cosas son algo así como catapultas de mano, ¿no?
—Son mucho más que eso —contesté con un tono amargo ante el insulto que acababa de hacerle a mi arma.
—No son más poderosas que una varita.
—La varita es innecesaria si sabes hacer magia, solo sirve para canalizar la energía.
—Cierto, me sorprenden sus conocimientos, alquimista, pero usted tampoco la podría usar.
—¿Puedo?
Contesté con una sonrisa macabra. Estaba seguro de que podría usarla.
—Adelante, ¿qué es lo peor que puede pasar?
Frigian parecía tener una confianza total en mi incapacidad e ignorancia sobre la magia.
Mi curiosidad era demasiada. Tenía activo el ojo del alquimista en el momento en que toqué la varita. Descubrí los materiales que la conformaban y los conjuros que habían usado para sellar dichos materiales en su interior.
También entendí cómo se utilizaba, aunque nunca antes había tenido una en mis manos. Era bastante simple: lo único que hacía era canalizar y amplificar la energía.
Dejé que una parte muy pequeña de mi energía fluyera hacia la varita, cuya punta empezó a brillar con un tono verde muy claro, tan tenue que solo yo fui consciente de ello. La luz del sol ocultó su tenue resplandor.
Sabía que podía hacerlo mejor, pero era imposible usar esa varita sin exponerme como practicante de las artes mágicas.
—Tienes razón —dije con tristeza por tener que regresarla—. No puedo usarla.
—Lo sabía, no es tan simple como una catapulta de mano. Las varitas tienen secretos en su interior.
—Hilos de plata y oro para canalizar la energía; roble blanco; los zafiros son para canalizar el hielo perpetuo encerrado en su interior, aunque, en realidad, se trata solamente de un diamante que tiene grabada una runa con algún compuesto de hierro, posiblemente tu sangre, para crear una conexión más eficaz, ¿cierto?
Pregunté con malicia mientras Frigian recuperaba su varita, casi con miedo por mis palabras.
—Es increíblemente ingenioso, no se me habría ocurrido.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy un alquimista —contesté con aire de superioridad.
—Tiene el don de comprender la materia al tocarla y, posiblemente, también al verla. Eso probablemente tiene que ver con el hecho de que no necesite trazar un círculo de transmutación.
Las palabras de Nirash me helaron la sangre. Ella no debía saber aquello. Si bien se había equivocado al pensar que era un don, cuando en realidad era una habilidad o un defecto genético de los atlantianos, en todo lo demás había acertado con preocupante puntería.
—En verdad esperaba algo más espectacular. ¿Hay algún lugar donde se pueda comer algo decente por aquí?
—Claro, síganme, por favor.
Aún no podía salir de mi asombro. La Bruja de Fuego había deducido algo que muchos Sebakhem tenían problemas para entender.
Mis pensamientos fueron interrumpidos nuevamente por Frigian.
—Y tu catapulta de mano, ¿es rápida?
—Demasiado.
—¿Más que mi magia? —preguntó, formando una esfera de hielo de manera desafiante.
—Adelante, haz la prueba.
Frigian lanzó la esfera de hielo al aire, hasta que alcanzó una altura bastante elevada. Después de eso, la esfera quedó suspendida en el aire y él formó entre sus dedos un copo de nieve peligrosamente afilado.
—¿Listo?
—Tú primero.
Frigian lanzó el copo de nieve contra la esfera. En verdad se movía a una velocidad mayor de la que esperaba, pero no más rápido que una bala.
Dos disparos consecutivos fueron suficientes para ganar esa pequeña riña de orgullos que estábamos teniendo. Una de mis balas destruyó su copo de nieve y la otra impactó contra la esfera de hielo.
—Como te dije, es más rápida que la magia.
Sorprendí a la Bruja de Fuego sonriendo por un instante antes de que Frigian volteara a verla con una cara de asombro idéntica a la de los niños cuando encuentran un juguete que quieren. En el momento en que Frigian vio a Nirash, ella retomó una expresión de seriedad.
Había pasado aproximadamente un mes desde que empecé a ser el "guía de turistas" de Frigian y Nirash.
Ambos me confundían bastante. Era evidente que muchas veces estaban impresionados por algunas cosas de Auralia; otras veces, yo era quien escuchaba con curiosidad sus historias sobre lugares del mundo mágico.
Sin embargo, los tres disimulábamos nuestras reacciones de sorpresa.
La razón era sencilla: todos éramos jóvenes, orgullosos y, pese a nuestra corta edad y nuestros avanzados conocimientos de magia —y, en mi caso, de magia y alquimia—, éramos increíblemente estúpidos e infantiles en muchos sentidos.
La persona que más me confundía era Nirash.
La Bruja de Fuego actuaba de maneras muy extrañas.
Generalmente, se podría decir que era una bruja, y no precisamente por sus poderes.
Trataba a todo el mundo como si todos fueran sus sirvientes, mantenía una perpetua mirada de superioridad adondequiera que volteara y parecía tener la absoluta confianza de que era la mujer más bella del mundo.
Cosa que, en realidad, no era cierta.
En Auralia había mujeres mucho más bellas que ella. Sin embargo, Nirash tenía algo. No sabría decir qué, pero había algo especial en ella que me atraía de una forma increíblemente poderosa.
No sabía si era el hecho de que fuera una bruja o la sutileza de sus movimientos. Puede que fuera el contorno de sus labios, los cuales, en más de una ocasión, me sorprendí preguntando cómo besarían. Puede que fuera la forma de sus ojos, el color de su cabello o la forma de sus manos.
No lo sé, pero esa mujer me atraía con más fuerza que cualquier otra que hubiera visto jamás.
—Alquimista, tengo una pregunta para ti —dijo Frigian en una ocasión mientras esperábamos a que trajeran la comida.
En ese momento, Nirash se había retirado al tocador.
—¿Qué pasa?
—Bueno, tengo entendido que ustedes, los alquimistas, tienen algo que nosotros consideraríamos una especie de artefacto mágico.
Por lo que sé, no tiene una forma definida y dicen que sus poderes son tan grandes que puede transformar el plomo en oro, dar la vida eterna, curar cualquier enfermedad y amplificar los poderes de una persona prácticamente hasta el infinito.
Creo que ustedes la llaman la Piedra Filosofal.
—Eso es lo que dicen los libros.
—¿Sabes dónde podría conseguir alguna?
—Lo siento, pero no.
—Tú eres un alquimista inteligente, ¿no podrías construir una para nosotros? Evidentemente, pagaríamos un precio excelente. Podrías pedir lo que quisieras.