Capítulo 18 Una pausa siempre es buena #3
Por lo que había leído en el diario, su sentido de la justicia era bastante agresivo, pero muy definido.
Vesta contestó mi pregunta.
—Es imposible encontrar a Leo si él no lo permite. Puede desaparecer cuando quiera.
—¡Ya ven! Es igualito a una cucaracha.
Vesta castigó con la mirada a Azul por su comentario.
—Leo es tan bueno robando cosas porque fue entrenado para hacerlo.
Supongo que ahora los llaman espías, pero Leo recibió un entrenamiento que los demás soldados no recibimos.
Lo entrenaron para desaparecer si era necesario.
Sabe caminar en las sombras de tal forma que podrías estar frente a él, y no lo verías. Leo no quiere ser encontrado.
—Eso es clásico en él, pero generalmente manda alguna señal.
Vesta relajaba la voz cuando hablaba con Rubiel sobre Leo. Al parecer, todos tenían una idea de lo que era capaz, pero Rubiel parecía saberlo mejor que nadie, lo cual era lógico. Tenía entendido que él lo había acompañado toda su vida.
—Tú lo conoces. Él haría lo imposible para no ponernos en riesgo. Si no hemos recibido nada de él, quiere decir que lo que sea que lo está siguiendo es lo suficientemente peligroso y astuto como para impedirle ponerse en contacto con nosotros.
—Además, estoy seguro de que Leo lo va a hacer en cuanto pueda. Al primero que va a llamar es a Vulcan, y lo hará cuando sienta que es seguro.
—Pues yo estoy tranquila —dijo Neritha—. Al menos recordó que tiene que comer algo. Estará bien. Mejor platicamos, ¿qué has descubierto en el diario?
Neritha estaba haciendo todo esto con mala intención.
—Pues no mucho. Es extraño. Al parecer, Leo se enamoró de alguien.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó Azul.
—Cuando llegaron los seres mágicos a Auralia.
—No sabía que el alquimista se hubiera enamorado en ese entonces.
—Hoy vamos a suspender las clases, si no te molesta —dijo Vesta ignorando a su hermano—. Me duele un poco la cabeza.
Me sorprendió que el tono de su voz fuera tan amable.
—Sí, no hay problema.
—¿Puedo hablar contigo a solas? —me preguntó Rubiel.
—Claro.
Salimos al jardín hasta que llegamos junto a Vulcan.
—Lo siento, debí haber dicho esto antes. Espero que no te parezca raro.
Rubiel esperó a que dijera algo, pero, al encontrarse con mi silencio, continuó:
—Muy pocas personas conocen a Leo mejor que yo.
Es mi hermano, lo sé todo de él, o al menos todo lo importante y decente, además de muchas otras cosas que no lo son.
Todo ese diario lo escribió frente a mí.
Lo conozco bien porque estuve presente mientras ocurrieron muchas de esas cosas, pero hay algunos detalles que no puedes comentar en público.
—¿Cómo cuáles?
Las palabras de Rubiel no me molestaron. Las agradecí. Seguramente me había salvado de meter la pata en la cocina.
—Básicamente, la vida sentimental de Leo, al menos en lo que se refiere a Auralia.
—¿Después de eso no hay problema?
—No. Aunque no lo creas, la vida sentimental de Leo no es muy extensa que digamos.
—Tengo entendido que tú y él solían divertirse mucho en esos aspectos.
—No —contestó Rubiel, mucho más relajado—. Eso es vida carnal, y éramos muy jóvenes. Bueno, puede que no tanto, pero después lo entenderás.
Decidí resolver una duda.
—¿Qué cosas roba Leo?
—Bueno, la verdad es que no solo él es un ladrón.
Es mejor que yo, pero los dos somos los mejores y prácticamente los únicos ladrones de la casa.
En general, robamos armas, artefactos mágicos, escrituras antiguas, conocimientos, ese tipo de cosas.
Nada que pueda considerarse verdaderamente malo.
Nunca hemos robado a personas solo porque sí, siempre tenemos una buena razón.
Era una explicación razonable, teniendo en cuenta el mundo en el que vivían, y me ayudó a mejorar un poco mi idea acerca de Leo.
De regreso a mi habitación, pude ver, casi accidentalmente, a Vesta en el cuarto de Leo. Estaba acostada en su cama y sostenía un álbum con fotografías que tenía en su cubierta un extraño escudo rodeado de una serpiente que se mordía la cola.
Ese día no iba a obtener ninguna respuesta, y me sentía increíblemente nostálgica. Quería hablar con mis papás, pero tenía miedo. La llamada de Leo me había indicado que no era del todo seguro comunicarse fuera del palacio y, en lo que respectaba a mi vida virtual, seguía igual de desconectada.
Llegué a mi cuarto y me di cuenta de lo extraño que eso resultaba. Estaba en uno de los lugares más seguros del planeta, rodeada de seres capaces de matar con solo abrir y cerrar la mano, y yo misma estaba entrando en esa peligrosa categoría con alarmante facilidad.
Aun así, tenía miedo de ponerme en contacto con el mundo exterior.
Me sorprendí a mí misma dejando la fotografía de mi mamá en la mesa de noche y abriendo distraídamente el diario de Leo.
Había leído que se había enamorado de una mujer, o al menos que ella le había gustado mucho. También sabía que en ese diario debía de haber algo sobre mi mamá, así como respuestas a otras tantas preguntas que poco a poco iban formulándose y respondiéndose conforme leía.