El Diario del Alquimista Capítulo 18 Una pausa siempre es buena #2
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Capítulo 18 Una pausa siempre es buena #2

Permanecieron un par de minutos en silencio. Seguramente ambos recordaban esos tiempos de los que hablaban.

—¿Y ya sabes quién te persigue esta vez? —preguntó Quilard.

—Tengo una idea, pero de momento solo me importa perderlos.

—Suena como un plan. Hemos llegado. ¿Algo más que decir?

Leo suspiró.

—No, creo que no, pero te voy a pedir un favor. Si alguien pregunta…

—Yo nunca te vi pasar por aquí —lo interrumpió Quilard.

—Gracias, amigo.

—De acuerdo, toma tu último respiro y agárrate bien.

Leo respiró profundamente y contuvo la respiración. Quilard se sumergió a una velocidad increíble. Aun así, descendieron durante más de un minuto.

Un campo de color esmeralda se ciñó al cuerpo de Leo. Segundos después, estaban frente a una piedra con brillos dorados en el fondo del mar.

Leo no era muy buen nadador. Aun así, logró llegar a la piedra y, después de despedirse de Quilard con un gesto de la mano, la tocó y desapareció.

Casi al instante, Leo reapareció en otro lugar. Podía sentir y oler el pasto debajo de él, y comenzó a toser al encontrarse nuevamente con la posibilidad de respirar. El humo de un poblado de aspecto medieval se veía en la lejanía.

Leo vio el pueblo y después miró hacia el bosque.

—¿Comida o armas?

Después de rascarse un momento la barbilla, empezó a caminar hacia el bosque.

—Armas, definitivamente armas.

No entendía a qué se refería. Podía verlo caminar por el bosque y escuchaba, gracias a sus sentidos aumentados, que compartíamos en sueños, cómo varias cosas lo seguían a su paso. Él parecía no darse cuenta de esto o, al menos, no le importaba.

Después de media hora de caminata, llegó hasta un grande y frondoso árbol y respiró profundamente. En ese momento, escuché que alguien más se acercaba.

—Tienes oro, sé que tienes oro. ¡DÁMELO!

Leo volteó a ver al hombre que acababa de gritarle con un gesto tranquilo.

—Dame un minuto, ahorita te atiendo.

El hombre tenía una espada en la mano y apuntaba a Leo con ferocidad.

—¿No sabes en qué problema estás metido, verdad? ¡Dame todo el oro que tengas!

Leo estaba inspeccionando el árbol y dándole la espalda al hombre, cosa que yo nunca hubiera hecho. Sorprendentemente, se veía increíblemente calmado, teniendo en cuenta que lo estaban amenazando con una espada.

—Ya te dije que te esperes. Estoy buscando algo.

—¿No sabes con quién estás hablando, verdad?

—Supongo que con algún tipo de ladrón de pacotilla que encontró una espada y cree que sabe usarla.

Las manos de Leo tocaron el árbol, y un resplandor esmeralda lo cortó por la mitad. Parecía que el árbol hubiera sido golpeado por un rayo. Solo que los bordes no estaban chamuscados.

En el centro del árbol había una espada y un sombrero.

La respiración del hombre a sus espaldas se aceleró y podía olerse el miedo.

—¿Qué demonios acabas de hacer?

Su voz temblaba y se escuchaba cómo la espada temblaba en sus manos a causa del miedo.

—Al fin, una espada decente y ¡mi sombrerito! —dijo Leo con una sonrisa, ignorando las palabras del bandido—. Creí que lo había perdido, y eso hubiera sido una verdadera lástima. Es uno de mis favoritos.

Lo dijo casi para sí mismo.

—¡Ya basta de trucos! ¡Dame el oro! —exigió el bandido mientras Leo se ponía el sombrero y ataba la espada con su vaina a la cintura.

—Lo siento, no acostumbro a ir con mucho oro. Generalmente es plata, aunque últimamente utilizo más mi tarjeta de crédito. Donde vivo suele funcionar mejor que el oro.

—¿Tarjeta de qué? ¡No te burles de mí!

—En serio, no me burlo. Son muy útiles, aunque los intereses son mortales. Eso me recuerda…

Leo hablaba con calma mientras hacía cuentas con los dedos. Parecía no ser consciente de que un ladrón desesperado lo amenazaba con una espada.

Mi padre había dicho alguna vez que los ladrones desesperados son los más peligrosos, porque están dispuestos a cualquier cosa por unas monedas.

—¿Qué día es?

El ladrón hizo lo que yo había estado esperando desde el principio: atacar a Leo con la espada.

Leo desenvainó su espada a una velocidad sobrehumana y partió la espada del ladrón por la mitad. Después, puso su espada contra el cuello del hombre.

—¿La Posada de Rosabelle sigue en pie?

—S-s-sí.

La voz del ladrón era el reflejo del miedo.

—¡Genial! Esa mujer hace un pan delicioso. Ahora, ¿qué haré contigo?

Diez minutos después, Leo caminaba hacia el pueblo tras haber dejado al ladrón colgado boca abajo de un árbol, utilizando unas ramas que había transmutado en una cuerda.

Poco antes de salir del bosque, Leo empezó a hablar con alguien a quien yo no lograba ni ver ni sentir. Sin embargo, podía escucharla. Era una voz femenina.

—Bonita espada, ¿cuándo la escondiste?

—Hace mucho. Tú estabas en el castillo en ese entonces.

—Es una descortesía por tu parte haberme ocultado eso.

—No te pongas en ese plan, tú lo sabes todo de mí.

—Sí, es cierto.

Después, la voz femenina rió.

—Mientras yo esté con Rosabelle, intenta conseguir algo de información.

—De acuerdo, pero tú me consigues dulces.

—Hecho. Además, necesito cigarros. Los míos se mojaron.

—Te dije que era mejor la ruta terrestre, pero nunca me haces caso.

—Tú sabes por qué no tomamos la ruta terrestre.

Cuando desperté, Leo seguía hablando con aquella extraña voz. Me sorprendió no haber podido ver ni sentir a nadie. Empecé a pensar que Leo podría estar alucinando.

Yo también oía la voz, aunque, si mis sueños estaban dentro de la cabeza de Leo, podía entenderse que también escuchara sus posibles alucinaciones. Como no estaba segura de ello, supuse que lo mejor sería no comentarle nada de esto a sus amigos, al menos no de momento.

Otra cosa que, siendo honesta, también me sorprendió mucho, quizá incluso más que descubrir que Leo mantenía amistades con serpientes gigantes, fue que no hubiera matado al ladrón.

Hasta ese momento había soñado y leído acerca de un Leo implacable, alguien que no dudaba en matar a quien fuera necesario. Ahora entendía que no le hubiera costado ningún trabajo matar a ese ladrón. Era un humano. Por eso no se había preocupado cuando lo amenazó con la espada.

Había muchas cosas que sentía que necesitaba preguntar, pero se las haría a Rubiel, de preferencia en presencia de Aika. El hecho de que ella preguntara tantas cosas me facilitaba obtener información.

Como era costumbre últimamente, me encontré con todos sentados en la mesa de la cocina. Los saludé y empecé a desayunar mientras les daba un rápido resumen de lo que había pasado con Leo hasta ese momento, omitiendo algunos detalles, desde luego.

Vesta y Azul se mostraron sorprendidos de que Leo fuera amigo de una serpiente gigante, y el hecho de que hubiera usado un portal provocó una enorme revuelta.

—Tenemos que ir por él —dijo Vesta.

—No sabemos ni en dónde tomó el portal. No sabemos si sigue en la Tierra. Es más, no sabemos si sigue en la misma dimensión —contestó Azul.

—Claro que lo sabemos. Sabemos en qué dimensión está.

—No, Vesta, no lo sabemos —contestó Rubiel tajantemente—. Conozco a Leo muchísimo mejor que tú en ese aspecto. Puede que ahora ya esté en otro lugar. Además, aunque siga en Rusk, te recuerdo que Leo es uno de los mejores ladrones que existen.

—No entiendo, ¿qué tiene que ver que sea bueno robando?

Extrañamente, pensar que Leo era un ladrón no me hacía sentir mal. En el fondo, sabía que solo robaba cosas que eran peligrosas para los demás o que necesitaba para algo bueno.