El Diario del Alquimista Capítulo 18 Una pausa siempre es buena
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Capítulo 18 Una pausa siempre es buena

Mi estómago me arrancó del mundo en el que Leo había vivido. Me resultó extraño cerrar el diario y encontrarme nuevamente en mi habitación. Mi cuerpo me pedía comida, pero mi mente estaba a siglos de distancia, en los años en los que Leo había alcanzado la cima dentro del Ejército.

Muchas veces creía que su forma de actuar era incorrecta, pero tampoco podía imaginar todo aquello por lo que había pasado.

Nadie me había dicho nada acerca de que, en algún momento, estuvo a punto de perder un brazo.

De hecho, en las pocas fotografías que había visto, su brazo parecía normal, salvo en aquella en la que salía junto a Vesta.

En esa fotografía, él tenía puestos unos guantes, pero creí que eran para complementar su atuendo, y no para esconder un accidente prácticamente mortal.

También era extraño saber que Leo podía pensar así de una mujer.

Había hecho algunas referencias, pero, según tenía entendido, Leo era una piedra en muchos aspectos.

No sentía remordimiento por calcinar personas hasta la muerte.

Estaba segura de que tenía mucho más aprecio por su laboratorio que por la mayoría de las personas y, aun así, esa misteriosa mujer llamada Nirash había tenido un efecto importante en él.

Me di cuenta, para mi sorpresa, de que aparentemente Leo y yo sí compartíamos bastantes cosas, al menos en cuanto a poderes se refería. Parecía que había heredado su habilidad para aprender poderes con gran velocidad.

Yo no tenía el ojo del alquimista. No tenía idea de qué se sentiría poder hacer todo eso y, pese a que en el diario Leo debía de tener aproximadamente mi edad y, evidentemente, sabía muchísimas más cosas que yo, me alegró darme cuenta de que ahora podía sentir casi de forma natural todas las presencias de la casa, aunque todavía tenía que concentrarme un poco.

También empecé a detectar más cosas que antes había pasado por alto. Al parecer, el palacio tenía mucha más vida de la que yo creía. Presencias mucho más débiles que las nuestras se movían por todos lados, intentando esquivar a las más fuertes.

Ahora tenía una pregunta más, y, poco a poco, mi interés por la magia aumentaba. Iba en contra de todo lo que había pensado unos días atrás, pero la magia resultaba algo tan natural… Se sentía bien usarla.

Me sorprendí a mí misma atrayendo un vaso con agua mediante telequinesis mientras leía.

No sabía qué se sentiría tener alquimia, pero supuse que debía de ser muy incómodo tener que esconder la magia, tal y como Leo había tenido que hacerlo.

También pensé en Vesta y en la pequeña enemistad que sentía hacia ella. Había decidido referirme a Leo de manera más amistosa cuando estuviera con ella, por el simple motivo de que eso la molestaría.

Siendo honesta, era algo bastante estúpido.

No era bueno hacer enojar a la que parecía ser la bruja más poderosa que conocía y que, además, vivía en el palacio; sobre todo a la bruja que me estaba entrenando y podía utilizar esos momentos para vengarse de mis palabras con sus acciones.

Aun así, el orgullo es algo muy poderoso.

Neritha, tal y como había prometido, fue a llevarme la comida y tuve la oportunidad de platicar un poco con ella.

—¿Por qué te interesa que lea el diario? Parece que eres la única que tiene interés en que lo lea.

—Porque hay muchas cosas que están mal en esta casa. No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que todo parecía perfecto.

Neritha suspiró, extrañando aquellos tiempos.

—¿Y qué pasó?

—No lo sé. Como ya sabes, Leo y Rubiel no vivían desde el principio con nosotros.

Desde que llegaron, tengo que decir que muchas cosas aquí cambiaron.

No puedo decir que empeoraron, pero sí se hicieron mucho más divertidas.

De la noche a la mañana, esta familia ganó a un par de locos que estaban dispuestos a dar su vida por nosotros a cambio de un plato de estofado y una cama donde dormir.

—¿Leo y Rubiel eran pobres?

—Ese par nunca tenía ni una moneda en la bolsa, pero tu padre podía transformar la arena del desierto en oro.

Así que eso nunca fue una limitación. Lo que no podían comprar, lo podían robar, así que no necesitaban nuestra ayuda.

Creo que lo que buscaban inconscientemente era una familia.

Podría decirse que decidieron adoptarnos.

Puede que Leo tuviera algún otro motivo. Desde que lo conocí, me pareció un jovencito muy distraído, pero, cuando empecé a tratarlo un poco más, me di cuenta de que en verdad tenía la cabeza en demasiadas cosas.

Tu padre tiene el defecto de pensar demasiado en las cosas. Eso muchas veces lo mete en más problemas de los que debería, pero también lo ha mantenido con vida.

—¿Qué otros motivos tenía Leo?

—Bueno, eso, mi niña, es algo que vas a tener que descubrir en ese diario. Eres una esperanza para mí. Puede que tú ayudes a lograr algo que Alexandra y yo hemos intentado sin éxito durante siglos.

Eso me hizo recordar algo.

—Neritha, ¿tú también eres inmortal?

—Así es, aunque no tengo poderes. Solo soy una humana inmortal.

—¿Cómo es posible?

—Tu padre me dio el elixir de la vida eterna. Lo preparó especialmente para mí, aunque seguramente yo habría sobrevivido por pura preocupación.

Neritha se rio maternalmente.

—Aun con todos los poderes que ves en esta casa, necesitan que alguien los cuide, los alimente y los regañe. Esa es mi misión en la vida.

—¿Y qué han intentado durante siglos?

Neritha me dio un beso en la frente.

—Descansa, mañana tienes que estar lista para Vesta.

Entendí que Neritha dejaría que yo encontrara la respuesta a esa pregunta.

Esa mujer tenía algo muy extraño: era increíblemente fácil encariñarse con ella.

No había magia de por medio. Era su forma de ser.

Siempre era buena con todo el mundo, sabía qué decir en cada momento y, al parecer, conocía secretos de los habitantes del palacio que otros ignoraban.

Después de la deliciosa cena que Neritha me había traído, el sueño se empezó a adueñar de mí. Esta vez el sueño no me sorprendió. Esperaba soñar con Leo.

Cada vez me resultaba más fácil concentrarme en los sueños de Leo. Afortunadamente, no parecía que hubiera muchos cambios desde la noche anterior. Leo seguía en la misma barca, rodeado de agua. Al parecer, seguía en el mar y, por lo que podía ver, no tenía un rumbo demasiado fijo, que digamos.

No podía ver nada que usara como referencia para navegar, ni siquiera las estrellas, como solían hacer los marineros. Era de día, y el paisaje azul del mar se mezclaba con el azul del cielo en el horizonte. Leo estaba protegido del sol gracias al techo que había en su barca.

Su pequeña embarcación dio un ligero salto, como si una ola más alta la hubiera golpeado. En ese momento, Leo se levantó sobresaltado y se golpeó la cabeza contra el techo.

—¡Auch! ¿Qué rayos?

La embarcación se movía cada vez con más violencia. Para cuando Leo logró salir de su improvisado tejado, pude ver, a una distancia que no dejaba lugar a dudas, algo que cruzó el agua como si fuera una víbora gigante.

—Lo que me faltaba —dijo Leo con disgusto, poniéndose de pie.

La descomunal serpiente dio un coletazo y rompió el mástil y la vela hecha de hojas de árbol. La cola pasó a escasos centímetros de Leo, quien apenas tuvo tiempo de agacharse.

Después de eso, una boca enorme, con unos colmillos más grandes que Leo, se abrió frente a él. Leo se cubrió la cabeza y gritó asustado, esperando la mordida que nunca llegó.

Una voz muy grave empezó a hablar.

—Buenos días, alquimista. ¿Cuánto tiempo sin vernos?

Leo volteó a ver a la gigantesca serpiente marina.

—¡Imbécil! ¡Me asustaste! ¡Además, rompiste mi barquito! ¡Eres un salvaje! ¡Yo no me llevo así contigo!

—A mí también me da gusto verte, y te recuerdo que me arrancaste una escama.

—¡Porque me querías comer!

Leo respiró profundamente para recuperar la calma.

—Me da gusto verte, Quilard. No esperaba encontrarme con un amigo por esta parte del mar. ¿Cómo me encontraste?

—Tu triste barquito huele a alquimia y, por cierto, tú apestas a veneno de vampiro. ¿Ahora qué les hiciste?

—Yo, nada. Ellos me atacaron.

Quilard miró a Leo con incredulidad.

—¡Te lo juro!

—De acuerdo, te creo, pero dime, ¿qué haces aquí?

—¿Qué parece que hago aquí?

—Adivino que estás perdido. El camino a Rusk está para allá.

Quilard apuntó con la cabeza al horizonte, a sus espaldas.

—¿En verdad?

Leo sacó su brújula del bolsillo y abrió la tapa. Miró la aguja, después el horizonte que Quilard había señalado y, por último, el sol. Se rascó la cabeza, confundido.

—¿Cómo demonios llegaste a ser pirata con ese asqueroso sentido de la orientación que tienes?

—Si sirve de consuelo, no me pierdo en tierra ni en aire.

—Pero ahora estás en agua.

Quilard empezó a reír y, de pronto, adoptó una expresión seria.

—¿Es seguro para ti ir a Rusk?

—No mucho, pero no tengo muchas opciones.

—¿Y tus armas?

—En mi casa —contestó Leo refunfuñando—. ¿Entonces, es para el oeste?

—Así es. ¿Quieres una mano?

—¿En verdad?

—Todo por un viejo amigo, aunque creo que lo mejor sería que destruyera ese pedazo de madera en el que viajas. Cualquiera que lo vea va a pensar que moriste. Eso, al menos, te dará algo de ventaja.

—Gracias, es algo que no voy a olvidar.

—No te preocupes. Aun con este pequeño viaje, sigo en deuda contigo.

Leo subió a la espalda de la serpiente, y esta mordió la barca antes de empezar a zigzaguear sobre la superficie del mar, casi sin crear oleaje.

—¿Y cómo te ha tratado la vida? —preguntó Leo para evitar que el silencio se apoderara del momento.

—Ya nada es como antes. De vez en cuando logro asustar a uno que otro marinero, pero los tiempos en los que respetaban a mi especie y nos ofrecían regalos para asegurar un buen viaje se terminaron hace siglos.

Ahora, como tú sabes, quedamos pocos, pero tú, mejor que nadie, sabes lo que se siente ser una especie en peligro de extinción.

—Lo sé. No es el mejor pensamiento que puedes tener al despertar solo, ¿cierto?

—Tú lo has dicho, viejo amigo. Tú lo has dicho.