Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #7
Hizo una profunda inhalación y, al exhalar, su aliento formó una nube característica de los días invernales, pese a que la temperatura era demasiado cálida como para que ese fenómeno se presentara normalmente.
Sus manos se cubrieron de escarcha, y dio un paso que congeló el pasto a su alrededor.
Después de eso, empezó a trazar movimientos elaborados y amplios con las manos, formando una enorme serpiente de hielo que danzaba al ritmo de sus gestos.
La serpiente fue creciendo hasta alcanzar un tamaño mayor que el de Frigian. En ese momento, inició una batalla contra ella. Sus golpes lanzaban puños y esferas de hielo que impactaban contra la criatura con la dureza de una roca.
Resultaba evidente que no solo quería demostrar su inmenso poder, sino también su sentido de la teatralidad.
No me impresionó demasiado.
Sabía que, si tenía que luchar con él, ganaría, aunque no sin esfuerzo.
De pronto, las luces del campamento perdieron intensidad. Todo quedó sumido en sombras multicolor, y una música suave invadió el ambiente.
Frente a nosotros, la penumbra se rompió con la aparición de varios elementales de fuego con forma de mujer de una belleza extraordinaria. Iniciaron una danza tan bella que hacía olvidar todos los problemas.
En el centro de aquellas elementales, una nueva llamarada brilló con más fuerza que las demás.
La Bruja de Fuego se materializó, y su baile tenía el poder de quitar el aliento.
Mientras ella bailaba, olvidé en dónde estaba, olvidé la razón por la que había ido, olvidé a las elementales y dejé de escuchar la música, que había aumentado de intensidad cuando ella apareció.
Me perdí de tal forma en su belleza, en su baile y en sus movimientos, que nuevamente no escuché el momento en que mencionaron su nombre.
—¿Qué dijo?
—Nirash —contestó Alaric, fascinado por el baile y por mi súbito cambio de estado de ánimo.
Nirash.
Por fin sabía su nombre.
Era extraño y misterioso, igual que ella.
Me encantó.
Su hipnótica danza era la verdadera personificación del fuego. Hermosa y poderosa, capaz de crear y destruir a voluntad.
No solo era increíblemente bella, sino que sus poderes también eran mayores de lo que había creído.
La música se volvía cada vez más rápida y violenta, al tiempo que su baile se acoplaba perfectamente a sus sonidos.
Sentí alivio por haber tenido que salir del banquete de bienvenida antes de bailar con ella.
Seguramente habría hecho el ridículo con mi patética y decadente forma de bailar.
Su baile terminó mucho antes de lo que me hubiera gustado.
Envuelta en fuego, la Bruja de Fuego parecía una flor saludando a la primavera. Esa noche, ni la luna ni las estrellas brillaron tanto como ella.
Entendía el fuego y sabía utilizarlo para realzar su belleza natural.
Nuevamente me di cuenta de que no había usado el ojo del alquimista. Era la segunda vez que olvidaba usar mis poderes por intentar memorizar su belleza.
Eso me causaba un sentimiento de lo más extraño.
Nunca me había pasado algo así; nada de eso tenía lógica. Cuando la veía, era como si mi mente se apagara.
Eso no podía ser normal.
Tenía que ser magia.
Era posible que ella creara un campo mágico que afectara de alguna manera mis poderes o mi mente. Su danza seguramente era un ritual de hipnosis, y por eso no había usado mis habilidades.
"O quizás —dijo una parte de mi mente—, quizás solamente te guste mucho esa mujer".
No, no podía ser.
Aunque, por otra parte, era hermosa. Pero no era posible que mi afilada mente perdiera objetividad solo porque una mujer me gustaba.
Era imposible.
Mi entrenamiento me había preparado para mantener la calma en situaciones de estrés y tortura. Eleazar me había criado para que mi mente pudiera separarse en tantas partes como hiciera falta, manteniendo la atención en mil y una cosas al mismo tiempo, sin descuidar ninguna.
Tenía que haber magia interfiriendo en todo eso.
Era una idea mucho más cómoda que aceptar que aquella mujer me parecía tan hermosa como para hacerme dejar de pensar.
—Fue hermosa… ¡HERMOSO! Quiero decir que fue hermoso. Nunca había visto una danza igual.
Nirash se rio discretamente cuando escuchó aquel torpe saludo.
—Gracias.
Su voz era cálida. Acariciaba como el fuego sin que mi piel se quemara. Solamente prendía fuego a mi alma y a mi corazón.
Era una situación muy extraña.
—¿Vulcan vino contigo?
—No, tenía cosas que hacer. Ya sabes, algunos de sus jinetes aún intentan montarlo.
"Eres un perfecto imbécil —pensé—. Si hubieras traído a Vulcan, podrías haberla invitado a dar una vuelta, tener un pretexto para pasar más tiempo con ella o encontrar algún tema de conversación en el que no parezcas idiota".
—Es una lástima, me hubiera gustado mucho saludarlo.
—Si quieres, podríamos…
Una voz me interrumpió.
Ese hombre se estaba ganando una bala en la cabeza.
—Alaric, Leo, ¡qué sorpresa tan agradable! No esperaba encontrarlos aquí.
Maldito Frigian.
—Nos eligieron por sorteo, nosotros tampoco sabíamos que vendríamos a verlos —contestó educadamente Alaric antes de que yo pudiera hablar.
Me preguntaba qué pasaría si le lanzaba una maldición mortal a Frigian.
Teóricamente, estábamos en un campamento mágico. Nadie sospecharía que un alquimista lo hubiera matado usando magia.
—Sí, todo fue obra del destino y de la suerte —dije, mirando por un instante a Nirash.
—Sí, mucha suerte, ¿verdad, Leo? —replicó Alaric.
Sentí el tono de reclamo y sarcasmo en sus palabras, pero las ignoré olímpicamente.
—Pero, por favor, permitan que les invite algo. Es un honor tener alquimistas de su categoría en nuestro campamento: el alquimista más poderoso de Auralia y, seguramente, el alquimista con mayor educación que existe.
Busqué a la Bruja de Fuego con la mirada, pero solo pude ver un destello de llamas.
Se había ido y, aparentemente, pasaría toda la noche en compañía de Frigian y Alaric, escuchándolos hablar de cosas aburridas.
—Lo siento, no podemos. Tenemos que regresar al cuartel.
—Vamos, Leo, no creo que les importe que desaparezcamos por unas horas.
—Excelente. Así se habla —dijo Frigian ante las palabras de Alaric—. Vengan conmigo.
Mientras lo seguíamos, reparé en un detalle que había pasado por alto.
—Oye, este idiota me dijo incivilizado.
Frigian estaba demasiado lejos, como para escucharnos.
—Tardaste mucho en darte cuenta —dijo Alaric conteniendo la risa—. Pero recordó que eres el más poderoso.
—Puedo demostrarle qué tan incivilizado y poderoso puedo ser.
—Leo, calma, seguramente lo dijo por tu ropa.
—¿Qué? ¿Ahora tú también tienes problemas con mi ropa?
—No, pero tenemos que aceptarlo: usas una bata de laboratorio como gabardina y nunca usas tus insignias ni tus condecoraciones, mientras que su túnica tiene grabados en oro.
—¿Y tú qué?
—Yo llevo el traje de gala.
—Ese no es el traje de gala. El de gala es negro, no azul marino.
—Ay, Leo, lo cambiaron hace dos meses.
—¿En verdad?
—Lo traías puesto ayer.
—¿Qué? ¿No era negro?
—Sabes, es impresionante cómo puedes distinguir cientos de elementos y miles de aleaciones solo con verlas, pero tu habilidad para la moda es completamente nula.
—Te juro que era negro.
—Frigian.
Él volteó a ver a Alaric al escuchar su nombre.
—¿De qué color era la ropa de Leo ayer?
—Azul marino, si mi memoria no me traiciona.
Muy bien. El Mago del Hielo se acababa de ganar el derecho de que escribiera su nombre en la bala que en algún momento le dispararía.
Tal y como era de esperarse, la plática fue increíblemente aburrida, sobre todo porque buena parte de ella se concentró en hablar de las reglas de etiqueta y del código de vestimenta de ambas culturas.
Yo solo entendí lo suficiente como para distinguir los rangos militares de aquellos seres.
A partir de esa noche, busqué en la ciudad y en sus alrededores a la Bruja de Fuego durante un mes.
Estaba prácticamente convencido de que había regresado a su dimensión cuando un soldado entró a mi laboratorio para darme una carta del General Olister, en la cual solicitaba mi presencia en su oficina.
Era perfecto: una nueva misión.
Era todo lo que necesitaba para despejar mi mente, sobre todo porque me había encontrado varias veces con Frigian, y mi estado de ánimo no era el mejor del mundo gracias a eso.
Me sorprendió encontrar a Nirash frente al escritorio de Olister en el momento en que abrí la puerta, pero la vida muy pocas veces da regalos perfectos.
—Alquimista, cuánto tiempo sin vernos.
Maldito Frigian. ¿Es que no tenía ningún lugar adonde ir?
—Frigian, qué sorpresa —dije estrechando su mano—. Nirash, un placer encontrarla nuevamente.
Olister carraspeó.
—Sí, señor —dije, adoptando una posición de firmes que, extrañamente, hizo que la Bruja de Fuego se riera discretamente.
—Como sabrás por los informes que nos proporcionaron, el Mago del Hielo y la Bruja de Fuego son personas muy importantes en su mundo.
—Desde luego, señor.
¿Informes?
Eso explicaba por qué la cantidad de papeles en mi escritorio había aumentado de la noche a la mañana.
Nos habían dado un reporte sobre esos seres.
¿Es que no podían poner un letrero de "IMPORTANTE" en letras rojas en esos informes para que les pusiera atención?
—Bueno, al parecer, es prioridad de nuestros altos mandos que ellos estén a salvo en la ciudad y que alguien con conocimientos y capacidad para cuidarlos los guíe.
La voz de Olister me indicaba que él no estaba muy de acuerdo con la situación.
—Es una buena idea, señor. ¿Gusta que le dé alguna sugerencia?
—No será necesario. Ya tenemos al alquimista que los va a escoltar.
Mi mirada expresó mi confusión.
—Sebakhem Leo, su misión será escoltarlos y hacer todo lo posible para que su estancia en Auralia sea lo más placentera posible.
No era posible.
Acababa de ser rebajado de ser el alquimista más poderoso de Auralia a ser un MALDITO GUÍA DE TURISTAS.