Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #6
Esa era la primera sonrisa honesta que me había regalado la Bruja de Fuego.
—Algo me dice que va a encontrar que tiene mucho en común con este hipogrifo.
—¿Me compara con una bestia?
—No, pero muy pronto descubrirás de lo que hablo.
Subí rápidamente a Vulcan y despegamos a toda velocidad.
Había estado muy cerca del desastre, y Vulcan me miraba con ojos burlones.
—No me veas así. No pensé que se lo fuera a tomar tan personal. Esa mujer me confunde.
Vulcan emitió un sonido que podría jurar que era una risa y después concentró toda su atención en el combate que estaba por ocurrir.
En realidad, el único que iba a combatir era yo. Los demás intentarían derribarme usando otros hipogrifos y armas terrestres.
En esencia, era un entrenamiento común y corriente, pero habíamos cambiado su nombre para que tuviera más impacto entre nuestros visitantes.
Está de más decir que el combate fue de lo más sencillo del mundo: todo estaba planeado. Volamos un poco, lancé unas cuantas bombas y, cuando estaba por terminar, uno de los jinetes mágicos montó un hipogrifo y voló hasta mí.
Me preguntó educadamente si estaría dispuesto a entablar un combate con él. El primero que cayera al suelo perdería.
Algunos magos hicieron aparecer grandes colchonetas para evitar que nos lastimáramos.
Sabía que me iba a meter en problemas, pero estaba deseoso de probar la legendaria habilidad de esos jinetes. Así que acepté la invitación.
En verdad, su leyenda tenía bases tan sólidas como la roca.
Era un jinete excelente. El hipogrifo reaccionaba a sus órdenes de una forma increíble, y lo hacía volar de manera espectacular.
Sus movimientos hicieron que Vulcan y yo nos viéramos rápidamente en la necesidad de usar maniobras de evasión que nunca antes habíamos tenido que emplear.
El jinete hizo que su hipogrifo golpeara a Vulcan con las garras un par de veces en un intento por hacerme caer. Era tan bueno que no nos había dado tiempo de atacarlo; solo podíamos defendernos.
La única solución que se me ocurrió era realizar un ataque que él no esperara. Simple y sencillamente porque aquella estrategia encerraba un secreto tan grande que incluso los seres mágicos lo consideraban una leyenda.
Salté del lomo de Vulcan para desconcertar al jinete.
Caí sobre él.
Vulcan se precipitó rápidamente al suelo, aterrizó, tomó impulso y saltó hacia nosotros, lanzando una llamarada. No era lo suficientemente fuerte como para hacer daño, pero sí lo bastante impactante como para asustar al jinete y a su hipogrifo.
Ambos cayeron en las colchonetas y Vulcan me atrapó antes de que yo tocara el suelo.
Aterricé junto a la Bruja de Fuego, entre las voces de los magos y los jinetes que comentaban lo que acababan de ver.
No solo había vencido a un jinete de hipogrifos. Lo más impresionante de todo era que mi hipogrifo podía lanzar fuego.
—¿Alguna semejanza?
—¡LANZA FUEGO! —dijo la Bruja de Fuego, encantada—. ¿Cómo es posible?
—Es un hipogrifo muy especial —dije mientras bajaba de Vulcan.
—Me encanta.
Su mirada era hermosa.
Ella hizo una pequeña esfera de fuego, y Vulcan lanzó una flama que la cubrió. Después de eso, se acercó a la Bruja de Fuego, tocó su mano con el pico y, para mi sorpresa, dejó que lo acariciara.
—Tienes un animal extraordinario —dijo el Mago del Hielo—. ¿Cuánto quieres por él?
Vulcan levantó la cabeza y me miró preocupado.
—Lo siento, no está en venta.
—Es una lástima —dijo la Bruja de Fuego mientras acariciaba el cuello de Vulcan—. Daría lo que fuera por él.
Me hubiera gustado continuar con la plática, pero en ese momento llegó el jinete al que había derrotado para felicitarme y hacerme preguntas acerca de Vulcan.
Él creía que aquella especie de hipogrifos era una leyenda o que, en el mejor de los casos, se había extinguido.
La conversación se extendió de tal forma que, para cuando pude librarme de él, la Bruja de Fuego había desaparecido.
Pasé el resto del día buscándola sin éxito.
Cuando llegó la noche, colocaron en la pizarra de la sala de los alquimistas los campamentos mágicos a los que tendríamos que ir para ver sus demostraciones.
Dos alquimistas estarían encargados de ir a cada una de las demostraciones, pues eran tantos que resultaba imposible congregarlos en un solo lugar.
El Alquimista de la Vida y el Alquimista de la Tierra fueron asignados al campamento de la Bruja de Fuego, mientras que yo había sido asignado junto con Gravedad al campamento de los seres del aire.
Esa era, evidentemente, una situación poco conveniente que tenía que resolver con un método poco convencional.
En el fondo de la sala de los alquimistas se encontraba un florero que Botánica había llevado esa mañana. Las flores eran preciosas, pero el florero no me había gustado mucho. Sería la distracción perfecta.
Todos voltearon a ver el florero en el momento en que explotó. Aproveché la distracción para dar un chasquido y cambiar mediante magia los nombres en la pizarra.
Ahora, el Alquimista de la Tierra estaba asignado al campamento de los seres del aire y mi nombre aparecía junto al de Alaric para ir al campamento donde estaría la Bruja de Fuego.
—Bueno, Alaric, en marcha —dijo el Alquimista de la Tierra una vez que todos se relajaron después de la explosión del florero.
—Lo siento, amigo mío, pero a mí me asignaron con Alaric.
El alquimista de la tierra observó la pizarra, confundido.
—Tienes razón, lo siento, Leo. Me pareció haber leído… Supongo que me equivoqué.
Gravedad también miraba la pizarra con confusión.
—Entonces ya somos dos los que nos equivocamos. Yo también había leído otra cosa.
—Necesitan descansar, están alucinando cosas. ¿O me van a decir que la pizarra cambió, como por arte de magia?
—En estos tiempos todo es posible —dijo Gravedad—. En fin, diviértanse, sé que yo lo voy a hacer.
El pequeño y musculoso alquimista de la gravedad abandonó la sala junto con los demás alquimistas.
—Una jugada muy arriesgada, ¿no lo crees?
—¿De qué hablas?
—Hacer magia en una sala llena de alquimistas. ¿En qué estabas pensando?
—Tranquilo, Alaric, nadie se dio cuenta. Llevo toda mi vida haciendo magia frente a sus narices, y nunca se han dado cuenta.
—Eso o te tienen suficiente aprecio como para no denunciarte.
Más de uno sospecha que la verdadera razón por la que tú y Hicoro salen vivos de todas esas misiones es que uno de los dos hace magia.
Hicoro no tiene la educación de un mago, así que solo queda el joven alquimista educado por el genio ermitaño, ese del que todos pensaban que, además de alquimia, podía hacer magia.
—Bueno, cuando lo pones de esa forma, es evidente que soy culpable.
—Lo eres.
—Pero solo tú y Hicoro lo saben. Así que, mientras el secreto permanezca así, no corro peligro. Además, los rastreadores están demasiado confundidos con tantos seres mágicos, como para fijarse en mí.
—Eso no lo sabes —dijo Alaric caminando hacia la puerta.
—Desde luego que sí. Hice un conjuro para leer sus mentes. Ni siquiera sospechan de mí.
Alaric me lanzó una mirada reprobatoria y continuó caminando, mientras hablaba de la importancia de mantener en secreto mis poderes mágicos y de que, pese a nuestros nuevos visitantes, aún podían matar alquimistas por hacer magia.
Según él, lo mejor era no arriesgarse.
Sabía que tenía razón, pero mis motivos eran más poderosos: quería ver en acción a la Bruja de Fuego. No solo había logrado intrigarme, sino que también había entablado una amistad con Vulcan, cosa que Hicoro no había logrado por completo, pese a tener más tiempo de conocerlo.
Fue una sorpresa bastante desagradable para mí encontrarme al Mago del Hielo junto a ella.
¿Es que nunca se separaban?
Por la forma en que se trataban, empezaba a sospechar que eran pareja. Esa idea me causaba cierta incomodidad y hacía nacer en mí un sentimiento que no podía identificar. Algo que nunca antes había sentido, pero que definitivamente no me gustaba.
Su campamento parecía estar sumido en una eterna fiesta.
Enormes carpas que parecían haber sido pintadas por un arcoíris se levantaban por todas partes.
Fuegos multicolor iluminaban nuestros pasos a través del laberinto de tiendas, y los fuegos artificiales conferían al cielo nocturno una apariencia mágica, como si hubiera sido pintado por los sueños de un artista o por la inocencia de un niño.
En pocas palabras, era una atmósfera completamente cautivante.
Era como estar dentro de uno de esos cuentos que tanto me habían fascinado cuando era niño, y sus presentaciones fueron igual de espectaculares, aunque, claro, resultaron mucho más llamativas para Alaric, quien no dejaba de preguntarme si yo podía hacer lo mismo que esos seres.
La mayoría de las veces, tenía que aceptar que sí podía. Había muy pocas cosas que esos seres hicieran y que yo no supiera o pudiera hacer después de verlas a través del ojo del alquimista.
Sin embargo, la forma en que ellos hacían magia era sorprendente. Todo lo hacían de una manera increíblemente natural y libre.
Incluso llegué a sentir nostalgia.
Nostalgia de un pasado en el que vivía con Eleazar, y mis poderes no tenían que mantenerse ocultos. Un pasado en donde la otra mitad de mí, la mitad mágica, podía vivir sin ser reprimida bajo amenaza de muerte.
La multitud de colores y formas que tomaba la energía de aquellos que se presentaban era cautivante. Poder sentir, analizar y aprender todas esas técnicas en tan poco tiempo era algo que me encantaba.
Para alguien que había dedicado su vida a la alquimia, al aprendizaje y al descubrimiento, aquello era como agua fresca y comida para un náufrago.
Después de mucho esperar, llegó el turno de Frigian.
Por fin podría ver de lo que era capaz. Sabía que sus poderes eran de hielo y magia, pero desconocía su verdadero potencial.
El resultado verdaderamente me sorprendió.
Frigian se quitó la túnica que lo cubría y dejó ver unos brazos poderosos. Su varita estaba en la cintura y no la utilizó para nada más que encantar su túnica y hacer que permaneciera flotando a su lado.