El Diario del Alquimista Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #5
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Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #5

Ahí estaba, fresca, radiante, como una mañana en el cielo, como la más bella de las lunas, con más resplandor que cualquier estrella que adornara el cielo nocturno. La Bruja de Fuego estaba junto al Mago del Hielo.

Ahora tenía una nueva motivación. No haría nada para mostrar mi poderío, sino para sorprenderla.

Alaric fue el siguiente. Dio un bello discurso acerca de que, incluso en los lugares más improbables y bajo las circunstancias más increíbles, la vida podía existir.

Mientras decía todo esto, un sinfín de mariposas brotaba del suelo, formando un remolino a su alrededor para, finalmente, elevarse y formar la frase:

"Bienvenidos, seres mágicos".

Los aplausos fueron estruendosos, y las mariposas se dispersaron para ir a posarse sobre cada una de las mujeres de la audiencia, muriendo después para que pudieran ser conservadas como recuerdo.

A la Bruja de Fuego le llegó una mariposa roja con tonos morados. Ella la miró encantada.

Los siguientes fueron los mellizos, la adquisición más nueva del Ejército de Auralia y los únicos que me habían quitado el título de ser el Sebakhem más joven.

Nunca habían pasado por la Academia y habían sido un descubrimiento de Alaric.

Vivían en un orfanato y tenían la habilidad natural de controlar la luz y la oscuridad.

Todos los alquimistas del Escuadrón Alfa los veíamos con cariño.

Ese día nos regalaron el espectáculo de luces y sombras más hermoso que hubiera visto en toda mi vida. Acompañados de música de fondo, contaron con sombras y luces contrastantes una historia tan bella que hizo que más de un espectador y más de un alquimista terminaran con lágrimas en los ojos.

Como un gran contrapunto musical, una explosión nos sacó a todos del estado de ensueño en el cual nos habían dejado los mellizos.

El alquimista de la explosión compuso una marcha militar cuyo compás estaba dictado por fuertes explosiones, con efectos y colores tan brillantes que los sentimientos que causaban se confundían con la vibración que se sentía en el pecho con cada detonación.

Finalmente, mi turno había llegado, y no tenía ni idea de qué iba a hacer.

Mis compañeros habían agotado todas las ideas que se me habían ocurrido: grandes muros se habían levantado, el fuego había danzado con belleza, un jardín había crecido ante sus ojos, se había tocado música con explosiones, la vida había nacido de la nada, armas formadas del suelo habían disparado con precisión mortal contra blancos móviles, y el alquimista de la gravedad había volado literalmente frente a todos, anulando la gravedad a su alrededor.

La tarea era difícil, pero esperaba estar a la altura del reto.

Me paré en medio del estadio. Todos los alquimistas necesitaban un círculo de transmutación, aunque ese no era mi caso.

En ese momento se me ocurrió una idea.

Todos los objetos y escombros de las demostraciones anteriores empezaron a flotar a mi alrededor.

Grandes pilares se levantaron en las esquinas del estadio y aquellos restos empezaron a girar rápidamente sobre mí, uniéndose en cuanto se tocaban y formando una esfera de piedra que empezó a convertirse en metal.

Un fuerte viento recorrió el estadio y se escucharon gritos de sorpresa y miedo en el momento en que los pilares empezaron a romperse, estallar y fracturarse al ser golpeados por potentes rayos.

Entre toda esa destrucción, una transmutación silenciosa y ajena a las demás tenía lugar en secreto, creando una flor blanca justo debajo del asiento de la Bruja de Fuego.

La esfera de metal había alcanzado un tamaño increíble y los rayos la golpeaban, hasta convertirla en una gigantesca bola de fuego. Mis brazos se movían como si estuviera dirigiendo una orquesta.

De pronto, bajé los brazos y la esfera cayó pesadamente sobre mí, hundiéndose en el suelo.

Los gritos de sorpresa y miedo fueron instantáneos, dando lugar a un silencio sepulcral.

Yo había hecho un hueco en la esfera para permanecer escondido en ella. Evidentemente, nadie más tenía esa información.

Esperé hasta que las voces de nerviosismo desplazaron al silencio. En ese momento, la esfera comenzó a romperse como un cascarón de huevo, dejando salir una luz esmeralda.

Las voces callaron y un silencio expectante se adueñó del estadio, perturbado únicamente por el crujir del metal.

Después de unos segundos, el metal explotó, revelando que yo seguía ileso y con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

La respuesta del público fue monstruosa. Los aplausos y los gritos de emoción se prolongaron durante varios minutos.

Varios cañones aparecieron desde la tierra y dispararon sus pesadas balas hacia mí. Yo las desviaba o las hacía explotar para conseguir que la multitud se volviera loca.

Aquello no era necesario. Mi acto había terminado, pero me fue imposible contener esa vena teatral que en esos momentos pulsaba con fuerza en mi interior.

La última bala salió disparada hacia mí. La tomé con las manos y la transformé en un báculo, con el cual hice un par de piruetas antes de escuchar cómo el estadio explotaba nuevamente en aplausos.

Hice una pequeña reverencia, transmuté el báculo en una barra de metal incandescente y esta se evaporó en mi mano.

En ese momento, me di cuenta de que había quemado accidentalmente la parte interna de mi guante, que ahora dejaba ver mi mano. Mi mano se encontraba completamente ilesa y el metal no me había causado ni la más mínima molestia.

Ni siquiera había sentido su calor mientras se evaporaba en mi mano.

Esa fue la señal de que mi actuación había terminado.

Salí del estadio envuelto en vítores y aplausos. Mis propios compañeros estaban maravillados ante mi demostración.

Todo aquello había sido realizado sin trazar, a la vista de nadie, ningún círculo de transmutación y sin que en ningún momento me hubiera movido del lugar donde estaba parado.

Mi satisfacción fue mayor cuando vi que la Bruja de Fuego mantenía una expresión de asombro, la cual suprimió rápidamente para adoptar de nuevo el gesto aburrido que había mantenido durante casi toda la mañana.

Pero algo había cambiado.

Sus ojos lo indicaban.

No era normal que un alquimista hiciera lo que yo acababa de realizar.

Antes de llegar con mis compañeros, tiré el guante quemado y me puse el de la mano izquierda en la derecha.

Una vez que el estadio estuvo vacío, fui hasta el lugar que había ocupado la Bruja de Fuego. La flor que transmuté para ella seguía ahí.

Era posible que no la hubiera visto o que no hubiera querido aceptarla.

Fuera como fuera, no tenía tiempo para pensar en eso. Tenía que prepararme para mi presentación con el Escuadrón de los Hipogrifos.

Según había escuchado, los seres mágicos tenían un grupo de jinetes que presumían de poder montar cualquier hipogrifo.

Quería verlos acercarse a Vulcan.

La razón era simple. Gracias a la extraña conexión que teníamos Vulcan y yo, él había llegado a desarrollar una conciencia lo suficientemente fuerte como para decidir quién lo montaba y aceptar que alguien lo hiciera si yo daba la orden.

Hasta ese momento, las únicas personas que lo habían montado éramos Hicoro y yo. Casi mató a uno de los entrenadores que lo intentó en una ocasión. Desde entonces, nadie más había tratado de montarlo.

Cuando llegué, me encontré con la agradable sorpresa de que la Bruja de Fuego y Frigian también estaban en esa demostración. Debían de ser personas muy importantes en el mundo mágico, pues solo unos pocos invitados habían acudido.

—Leo, ¿usted por aquí? —preguntó Frigian al verme.

—No tenía nada mejor que hacer y decidí venir a saludarlos —dije con una amplia sonrisa, dándole la mano.

Sus ojos me miraron extrañados.

—Su mano se siente… —dijo entrecerrando los ojos.

En ese momento, comenzó la presentación y, afortunadamente, Frigian no pudo completar su pregunta.

Gracias a sus interrupciones y sus charlas inútiles, prácticamente no tuve tiempo de saludar a la Bruja de Fuego, quien no me recibió con tanta indiferencia como hacía dos días, pero tampoco podría decirse que su saludo fuera muy cálido.

Aproveché para explicarles algunas de las maniobras que realizaban nuestros jinetes de hipogrifos, la historia del Escuadrón y sus logros.

Una vez que terminó la presentación, nos acercamos para que pudieran ver a las bestias de cerca.

Según dijeron, nuestros hipogrifos se veían físicamente más fuertes que la mayoría de los suyos, al menos más que sus hipogrifos salvajes, ya que juraban que las monturas de sus jinetes eran las bestias más magníficas que podían existir.

Tal y como ellos lo habían presumido, sus jinetes tenían un don especial para montar cualquier hipogrifo.

Cualquiera menos Vulcan.

La Bruja de Fuego veía fascinada cómo varios jinetes intentaban montarlo mientras este los aventaba.

—¿Qué le pasa a ese hipogrifo?

—¿Cuál? —pregunté con una sonrisa.

—El negro, que no se deja montar por nadie. Es un animal hermoso, ¿de quién es?

—Mío —contesté con orgullo ante la mirada incrédula de la Bruja de Fuego.

—Sí, claro —respondió con sarcasmo.

—¿Quieres que lo llame?

Me dirigió una sonrisa de superioridad.

—Adelante.

Un silbido cortó el aire y Vulcan llegó volando hasta mí.

—Hola, amigo, ¿cómo estás?

Vulcan miró con irritación a los jinetes que habían intentado montarlo.

—Te están molestando, ¿verdad? ¿Qué te parece si tú y yo les damos una demostración de cómo se debe volar?

Vulcan asintió y restregó la cabeza contra mi pecho.

—Te contesta —dijo la Bruja de Fuego, asombrada.

—Desde luego, es muy inteligente.

—¿Cómo se llama?

—Vulcan. ¿Quieres tocarlo?

Sus hermosos ojos mostraron un aire infantil, y asintió con la cabeza al tiempo que se acercaba.

Vulcan la observaba con mucha atención, como si pudiera ver algo especial en ella.

—Señor —nos interrumpió un soldado—. Estamos listos para el combate aéreo.

La Bruja de Fuego había retirado la mano, pero era evidente que aún tenía ganas de tocarlo. Sin embargo, el deber me llamaba.

—¿Les molestaría si…?

Hice un gesto con la mano, para indicar que tenía que retirarme.

—Adelante, alquimista. Quiero ver qué puede hacer su hipogrifo.