El Diario del Alquimista Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #4
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Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #4

Lo único que se me ocurrió fue tocar el cristal con la mano derecha e intentar hacerlo brillar. Un fuerte dolor en la palma de mi mano me hizo gritar. Ante nuestra atónita mirada, mi piel recuperó su textura y color normales en las partes que habían tocado el cristal.

Segundos después, regresó a su textura acartonada.

—Eso es nuevo —dijo Alaric, acercándose a observar mi mano—. ¿Puedes volverlo a hacer?

—No lo sé, pero duele. Lo cual es raro porque no siento el brazo.

Voces en el exterior del cuarto del hospital indicaron que alguien estaba a punto de entrar.

—Leo, me alegra ver que estás recuperado —dijo Olister, sin poder esconder la sorpresa al ver mi brazo—. Veo que el Sebakhem de la Vida hizo un buen trabajo. Al menos, puedes usar tu brazo. ¿Sí puede usarlo, verdad?

Dirigió estas últimas palabras al Sebakhem de la Vida.

—Sí, señor. Al parecer, hice un buen trabajo y Leo podrá salir del hospital en cuanto se sienta mejor.

—Me alegra. No me gustaría perder a un alquimista de tu categoría, y mucho menos ahora que hay tantos magos sueltos.

Olister se acercó a nosotros y habló en voz baja, como si temiera que alguien pudiera escucharnos.

—Nadie puede saber la verdadera razón de tu herida. El Proyecto Atlantius tiene que permanecer secreto. ¿Alguna idea?

—Varios días sin dormir y un pequeño error hicieron que algo explotara en su laboratorio y le dejara el brazo así —dijo Hicoro, como si fuera lo más evidente del mundo ante nuestras miradas de reproche—. ¿Qué tiene? No es tan raro que los alquimistas sufran accidentes en su laboratorio.

—Hicoro tiene razón —dije después de unos segundos—. Hagamos correr esa noticia.

—De acuerdo, mandaré a mi equipo a destruir tu laboratorio.

Mi mirada mostró más miedo y horror que cuando había visto mi mano.

—Lo tendrás de regreso cuanto antes, lo prometo —se apresuró a decir el General Olister—. Puedes pedir lo que necesites. Es lo menos que podemos hacer. Estamos en deuda contigo y no podemos condecorarte por haber salvado un lugar que se supone que no existe.

El General Olister llevaba tanto tiempo tratando con alquimistas que sabía que cualquiera de nosotros preferiría ver muerta a su madre antes que ver destruido su laboratorio.

—Supongo que, si no hay otra forma —dije con un sentimiento de derrota.

—Excelente —dijo el General Olister—. ¿Cuándo estás listo para dejar este lugar y volver a la acción?

—De inmediato, señor.

—Me complace escuchar eso. Tienes dos días para descansar. Después de eso, te quiero de regreso para la demostración que daremos a los magos. Necesitamos darles algo para que lo piensen dos veces si deciden romper la alianza y atacarnos. Buena suerte.

Olister salió de la habitación. Era un buen hombre y, pese a su actitud aparentemente fría, se preocupaba profundamente por los alquimistas que estaban a su cargo.

Hicoro me acompañó ese día a mi departamento y, como de costumbre, durmió en un sofá que prácticamente nunca se utilizaba para nada más.

Esa noche me costó trabajo conciliar el sueño. Estaba preocupado. Nunca antes había tenido un accidente ni una herida de tal magnitud. A la mañana siguiente, fuimos a comprar varios guantes para cubrir mi mano y después nos dirigimos a la bodega en la que meses atrás había luchado contra Wilson.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Hicoro.

—Necesito hacer unas pruebas —contesté, sintiendo nerviosismo.

Como había dicho, Hicoro era un excelente compañero, sobre todo porque me conocía tan bien que sabía cuándo debía callar, como en ese momento, cuando mi mente estaba en otra parte.

La verdad era que estaba en esa bodega por una simple razón: miedo.

Tenía miedo de que mis poderes se hubieran visto afectados por el cambio en mi mano. Así que dediqué todo el día a probarlos, realizando tanto transmutaciones como esferas de energía y magia.

Milagrosamente, todo funcionaba como debía, ni mejor ni peor, lo cual, dada la situación, era todo un consuelo. Después de un rato, Hicoro y yo decidimos entrenar un poco de combate cuerpo a cuerpo.

Era increíble. El sentido del tacto en el brazo se había limitado a sentir presión.

No percibía ni el frío ni el calor. Además, mi piel funcionaba como un escudo que, hasta donde nuestras pruebas habían demostrado, era impenetrable para los cuchillos de Hicoro, y me proporcionaba una dureza adicional cuando quería golpear algún objeto o persona.

—Puede que no sea lo más estético del mundo, pero definitivamente tiene sus ventajas. Sigues teniendo el brazo. Tus poderes no se vieron afectados y, además, tienes piel de acero. A eso le llamo tener suerte.

—Sí, supongo que esa es la palabra. Esta vez tuve suerte.

Al día siguiente, Alaric me visitó. Traía con él mi traje nuevo y una curiosidad bastante sana que se volvió morbosa en cuanto le contamos los experimentos que habíamos hecho con mi brazo y sus interesantes e inesperados resultados.

—Quisiera una muestra de tu piel. Pequeña, cualquier cosa bastaría en realidad.

—Con gusto te la daría, pero, como te hemos dicho, no hay cuchillo que logre cortarla, aunque puedes intentarlo.

Para mi sorpresa, Alaric aceptó la invitación. Su curiosidad debía ser mayor de lo que yo esperaba.

—No lo intentamos con tu espada. Es posible que funcione —dijo Hicoro en tono de broma.

Yo sabía que, en ese momento, Alaric intentaría hasta la más torpe sugerencia con tal de obtener la muestra.

—¿La espada que te dejó Eleazar? —preguntó Alaric.

—Sí —dije sacando la espada—. Aunque no creo que funcione.

Un corte fino hizo correr una pequeña línea de sangre acompañada de una punzada de dolor. Era la única muestra de sensibilidad que mi brazo había presentado desde que toqué el cristal con mi mano.

Segundos después, cicatrizó.

—Impresionante —exclamó Alaric, mucho más interesado por el resultado que por mi salud.

Me hubiera encantado reclamarle algo, pero yo también era un alquimista. Entendía perfectamente su sentimiento y su emoción ante un nuevo descubrimiento.

Los Sebakhem estábamos acostumbrados a ver cosas increíblemente raras y a hacer cosas espectaculares; asombrarnos no era una tarea fácil. La idea de un nuevo descubrimiento era increíblemente estimulante para nosotros. Era darle agua a nuestra sed de conocimiento.

El descubrimiento era el alimento de nuestra alma.

—Supongo que es lógico. Esa espada está hecha para matar dioses. No debería tener problemas con un mortal como tú, por muy raro que seas —dijo Hicoro examinando mi mano en busca del ahora inexistente corte.

—He pensado mucho sobre eso —dijo Alaric para ganar tiempo antes de pedirme una muestra de piel y no parecer descortés—. Estoy seguro de que Eleazar mencionó a los dioses en referencia a algo más.

—Es posible —dije conteniendo un gemido de dolor mientras cortaba un pequeño fragmento de piel para dárselo al Alquimista de la Vida.

Era inútil discutir con él. Estaba seguro de que Eleazar no me habría dejado un acertijo en algo tan importante. Literalmente me había dicho que hiciera lo necesario para evitar que los Dioses Primigenios regresaran. Eso incluía matar a quien fuera necesario y a cuantas personas hiciera falta.

Él jamás me habría encomendado algo tan delicado bajo el velo de un acertijo.

—Gracias por la muestra, Leo. Recuerda que mañana tenemos que demostrarles a los magos de qué están hechos los Sebakhem, aunque a estas alturas no tengamos idea de qué está hecho tu brazo.

—Viejo amigo, tu sentido del humor nunca deja de sorprenderme. ¿Ya tienes alguna idea de qué vas a hacer mañana?

—Desde luego que sí, pero es una sorpresa. Tendrás que esperar como todos para descubrirlo.

—Hasta mañana, entonces.

—¿Ya tienes idea de qué vas a hacer? —preguntó Hicoro con una sonrisa en la cara en cuanto Alaric se fue, anticipando mi respuesta.

—No tengo ni la más mínima idea. Mi especialidad es resolver problemas y descubrir cómo funcionan las cosas. Supongo que podría hacer magia. Eso seguramente sorprendería a todo el mundo.

—Sin duda alguna. Sería todo un acontecimiento, y te lanzarían una lluvia de balas en vez de flores.

—Tengo la esperanza de que, cuando muera, alguien me lance flores. Al menos en mi tumba.

Los dos reímos y salimos a comer algo. Como siempre que Hicoro ponía un pie en mi casa, mi alacena estaba vacía.

El nuevo sol me encontró despierto, recargado contra el barandal del balcón, fumando un cigarrillo y escuchando a Hicoro decir palabras ininteligibles en sueños, aún sin idea de qué maravilloso acto alquímico iba a realizar dentro de escasas tres horas.

Todo el numerito iba a tener lugar en un viejo estadio que había sido remodelado para la ocasión.

El exterior había cambiado un poco, pero, por dentro, estaba irreconocible.

Era muy parecido a una arena de gladiadores.

Uno podía sentirse intimidado simplemente ante la majestuosa estructura, el eco que producían nuestros pasos y la voz amplificada del presentador, que confería a todo un toque teatral, magnífico y heroico.

El General Olister nos había dicho el orden en que íbamos a hacer nuestra pequeña demostración de poderío.

Los alquimistas más poderosos estaban intercalados con los demás Sebakhem.

Admiraba su sentido de la teatralidad; a mí me habían reservado para el final, justo después del alquimista de la explosión.

Todos empezaron a demostrar su potencial de una forma espectacular. Nosotros mismos estábamos asombrados por las habilidades de nuestros compañeros.

Botánica había creado un verdadero jardín, una selva de enredaderas y árboles que parecían extraídos de un mundo paradisíaco. Estaba seguro de que, si el paraíso existía, tenía que estar decorado por Botánica.

Ese hermoso escenario se vio reducido a cenizas en cuanto Ignacio, el alquimista del fuego, hizo su triunfal aparición, regalando a la audiencia una flamante demostración de control del fuego.

Fue en ese momento cuando la vi, con una expresión burlona ante las habilidades del alquimista del fuego.