El Diario del Alquimista Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #3
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Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #3

En cuanto entré al laboratorio subterráneo, entendí la naturaleza de la emergencia. La fuente de poder estaba prácticamente fuera de control. Las paredes que la contenían estaban al rojo vivo y los cristales que había en la sala de control estaban derretidos en el suelo a causa del calor.

No tenía tiempo para pensar en la Bruja de Fuego en ese momento. Si la fuente de poder no era controlada, podría destruir toda la ciudad de Auralia.

La sala de control había sido inundada por un calor tan intenso que nadie podía entrar. O al menos eso creían. Para ese entonces, había conseguido replicar los escudos mágicos con alquimia. Eso me protegería, al menos por algún tiempo.

La puerta se había fundido, y era imposible abrirla por métodos normales. Los soldados y científicos luchaban por forzarla para poder desactivar la fuente de poder.

—Largo —dije al tiempo que me acercaba a la puerta.

El calor era tan fuerte que se sentía incluso detrás de mi escudo. Transmuté la puerta para hacer una pequeña abertura por la que pudiera entrar. Sentí un golpe de calor que casi me lanzó al suelo.

Mi escudo empezó a calentarse al punto de que sentía que mi energía se derretía, aunque sabía que eso no era posible.

Los controles tenían tal temperatura que me resultaba imposible tocarlos, aun con mi escudo.

Gruesas gotas de sudor empezaron a recorrer mi frente, y el aire quemaba al respirarlo.

Tenía la garganta más seca que la arena del desierto y el calor empezaba a marearme.

Era como entrar al corazón del sol.

Con telequinesis empecé a mover los controles necesarios para apagar la fuente de poder. Un panel con la silueta de una mano se iluminó. No podía tocarlo con el escudo. El sistema no funcionaba así.

Sentí cómo mi piel se pegaba al metal en cuanto puse la mano en el control. Mi antebrazo, ahora sin la protección del escudo, empezaba a quemarse. Mi saco y mi camisa se perdieron en el fuego casi de inmediato.

El calor seguía quemando desde mi codo hasta mi mano. El dolor era una punzada constante. Sentía que la cabeza me daba vueltas y de entre mis dientes salió un grito de dolor.

Las luces parpadearon y una enorme placa de acero cerró la ventana que permitía ver la fuente de poder, que brillaba con intensidad. El calor me estaba deshidratando y mis piernas comenzaban a fallar.

De pronto, una brisa empezó a circular en la sala. Después de unos momentos, la temperatura bajó lo suficiente para que los demás pudieran entrar. Traían cubetas de agua y me la lanzaban.

En ese momento me di cuenta de que estaba en el suelo sosteniendo mi mano derecha con la izquierda. Mi mano y mi antebrazo derechos estaban completamente quemados.

Lanzaron agua contra mí y se evaporó en cuanto tocó mi escudo, que brillaba al rojo vivo.

—¡SEÑOR, SU ESCUDO!

No había reaccionado. Aún tenía el escudo activo y ellos necesitaban bajar la temperatura de mi cuerpo.

No estoy seguro de si quité mi escudo o este desapareció por falta de energía. Lo siguiente que recuerdo es que desperté un par de horas después en el hospital militar.

De momento, todo era una bruma densa y confusa. Era como salir de una pesada neblina.

Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la luz, y la mancha generalizada que era mi visión se fue convirtiendo en figuras con bordes brumosos, que pasaron a ser figuras definidas. Los sonidos tardaron un poco más en regresar a la normalidad.

—Leo, Leo, ¿me escuchas?

Esa tenía que ser la voz de Hicoro, y, para mi desgracia, sí lo escuchaba. Su voz era tan fuerte que retumbaba en mi cabeza adolorida.

—¿Los demás están bien? ¿Hay alguien herido? —pregunté con voz pastosa.

—Quemaduras leves, moretones. Tú fuiste el que salió peor parado.

Esa era la voz de Alaric, aunque no lograba identificar su ubicación.

—Hay que enfriar la fuente. No sé cuánto logré disminuir su temperatura. Hice un puente de calor y…

—Lo enfriaste lo suficiente. Quemaste tres naves y derretiste dos cuartos. Si me permites decirlo, fue un precio muy bajo por haber salvado Auralia.

Esta vez identifiqué de dónde provenía su voz.

En ese momento, empecé a ser consciente de lo que acababa de pasar. Quería negar sus palabras. Lo único que hice fue apagar la fuente de poder, pero él tenía razón: la fuente contaba con suficiente poder para borrar Auralia del mapa.

Yo solo la había desactivado.

Lo único que hice fue…

La realidad de mis recuerdos me golpeó como un puño de hierro en el pecho. Sentí que la sangre se me helaba.

Hasta ese momento comprendí en dónde estaba, comprendí la cara de preocupación de Hicoro y el extraño tono de compasión y dolor en la voz de Alaric.

Mi mano.

Mi mano estaba envuelta con vendas hasta el antebrazo. Supuse que eso era una buena señal. Al menos, no había perdido el brazo.

Aún.

No sabía qué pensar. El calor era suficiente para haberme quemado hasta los huesos. Había escuchado y sentido hervir mi sangre. Recordé el dolor de mi piel al tiempo que las ampollas se formaban y explotaban a causa del calor.

La mano no me dolía.

Esa era una mala señal.

Seguramente mis nervios se habían quemado.

Era un alquimista que había perdido su mano. Su principal herramienta de trabajo después de su mente. Era el miedo constante que todos los alquimistas teníamos.

Sabíamos que podíamos morir en una explosión en nuestros laboratorios o envenenados por las miles de sustancias tóxicas a las que estábamos expuestos todos los días. Pero sobrevivir y perder una mano era una tortura.

Era encerrar a un alquimista dentro de su propia mente.

Hicoro me veía preocupado, como si estuviera a punto de cometer una locura. Alaric se acercó a mí y puso su mano sobre mi hombro.

—No siento la mano.

No estaba seguro de que alguien me hubiera escuchado, pese a que la habitación estaba tan silenciosa que todos hubiéramos oído caer un alfiler. Mi voz fue menos que un susurro.

—No la vas a perder. Tus movimientos no se vieron afectados. El calor era tan intenso que tu piel se secó, protegiendo tus músculos. De hecho, no entiendo cómo pasó eso. Nunca había visto algo parecido.

Alaric parecía verdaderamente sorprendido. Noté en su voz el mismo tono que yo tenía cuando me encontraba ante un nuevo descubrimiento o ante un misterio cuyos secretos quería poseer.

Tenía que verla.

Lo necesitaba.

Nada de esto sería real hasta que mis ojos vieran el estado de mi mano.

Empecé a quitarme las vendas. Hicoro intentó detenerme, pero un gesto de Alaric le indicó que se apartara.

Podía escuchar el latido de mi corazón retumbando en mis oídos. Las manos me temblaban cuando empecé a retirar la venda.

Sabía perfectamente lo que encontraría debajo de ella. Yo mismo había carbonizado a suficientes personas como para conocer el efecto del fuego en el cuerpo humano.

La venda cayó, y lo que encontré fue algo para lo cual no estaba preparado.

Mi piel era muy parecida al cuero viejo o a un papel arrugado, de color rojizo y textura áspera.

Sorprendentemente, no me dolía.

—¿Qué es esto? —pregunté furioso a Alaric—. ¿Qué me hiciste?

Alaric me dirigió la misma mirada que me había regalado el día de mi primer asesinato.

—Yo no hice nada, Leo. Lo más que pude hacer fue combatir tu alto grado de deshidratación.

—¡NO ME MIENTAS! —dije, al tiempo que mis ojos se tornaban esmeralda y los pies de Alaric se levantaban del suelo—. ¿QUÉ MALDITO EXPERIMENTO USASTE CONMIGO?

Los ojos de Alaric se entristecieron, mientras Hicoro se debatía entre detenerme y determinar qué tan peligroso era yo en esos momentos.

—Tu brazo no estaba en condiciones de ser curado.

No existe tratamiento alquímico que pueda combatir el daño que sufriste —dijo Alaric, cuya voz se apagaba mientras hablaba—.

El calor había empezado a derretir el metal.

Cuando llegué, incluso pensé que ibas a morir.

El escudo que creaste te protegió durante unos segundos, pero, pese a tu protección, la temperatura era mayor de la que tu cuerpo podía tolerar siquiera por unos instantes.

Tú estuviste ahí tirado durante varios minutos.

Diez, para ser exactos. Tu brazo era algo muy parecido al carbón.

Incluso tus huesos habían empezado a quemarse.

Poco a poco, y sin darme cuenta, fui bajando al Sebakhem de la Vida.

Yo pensé que solo habían sido unos segundos los que había permanecido en el suelo. Creía que no había pasado más de un minuto desde que entré hasta que los soldados y científicos llegaron a rociarme con agua.

—Pensábamos ponerte una prótesis —continuó Alaric—.

Olister dio la orden de que me dejaran atenderte personalmente.

De hecho, sacó a los médicos a punta de pistola.

Los soldados dijeron que tu escudo desapareció en cuanto caíste al suelo y que tu cristal comenzó a brillar.

Absorbió todo el calor y proyectó un nuevo escudo.

Mi mirada debía de reflejar toda mi incomprensión.

Alaric apuntó con el dedo hacia mi pecho, de donde colgaba mi cristal. Debajo de este había una gasa.

—Tenías la quemadura del cristal. Era una quemadura de segundo grado. El ungüento que te puse te curará sin dejar cicatriz en un par de días.

Nada de eso tenía sentido.

—¿Y mi brazo?

Mi voz había regresado a ser prácticamente inaudible.

—Esperaba que tú me dieras la respuesta.

Desde que te trajeron, el cristal se había vuelto como una esmeralda.

No brillaba como tu poder. Era un color sólido.

En cuanto intenté cortar tu brazo, el cristal brilló nuevamente.

La sierra se rompió y una luz del mismo color cubrió tu brazo.

En ese momento, y pese a la fuerte anestesia que te había dado, empezaste a gritar.

La luz recompuso tus tejidos. Tu piel adquirió ese aspecto, el cristal se apagó y moviste un poco la mano.

Estabas temblando después de eso. Tu temperatura corporal era muy baja. Casi entraste en hipotermia.

Su explicación me había dejado mudo.