El Diario del Alquimista Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #2
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Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas #2

—Nadie sale vivo de tantas cosas como nosotros. Con las misiones que nos asignan, ya deberíamos estar muertos. La gente empieza a sospechar cuando salimos caminando ilesos de una explosión.

—Sin embargo, es fácil de explicar. Soy un alquimista que puede influir en su energía y en la energía del medio ambiente, y puedo probar todo eso en un laboratorio sin necesidad de usar magia.

—Aun así, tenemos que tener cuidado. Con los seres mágicos en Auralia, todos van a estar a la defensiva.

—Tienes razón, aún no sabemos de lo que son capaces.

En ese momento terminé de arreglarme.

—Pero sabemos que los más poderosos van a estar en la cena de bienvenida, así que voy a tener la oportunidad de darme una idea bastante clara de lo que son capaces.

—¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe?

—Por milésima vez, solo los Sebakhem podemos ir. Vas a tener que buscar otro lado de donde robar comida el día de hoy.

—Ya que insistes, ¿tienes dinero?

Con cuatro monedas de oro menos, desarmado y con traje de gala, subí al camión militar que había ido por mí. No creí que fuera muy prudente aterrizar en un hipogrifo, sobre todo porque tenía planes para Vulcan y para eso necesitaba del factor sorpresa.

—Dos fiestas consecutivas, esto tiene que ser todo un nuevo récord para ti.

—Me gusta romper con las expectativas.

—¿Te ordenaron estar aquí?

—Sí, pero no hacía falta, esto no me lo hubiera perdido por nada del mundo.

—No vienes armado, ¿verdad?

—Solo un par de bombitas inofensivas.

—¿Tú las hiciste? —preguntó Alaric levantando una ceja.

—Sí.

—Entonces son todo menos inofensivas, dámelas.

Así fue como entré al salón en donde se iba a celebrar la recepción de los seres mágicos, sin mi fiel protector y totalmente desarmado, si no contamos el cuchillo que había escondido entre el forro del saco ni el hecho de que yo mismo era un arma.

No sabía qué podía esperar de esa bienvenida. Solo esperaba que aquella mujer estuviera en ella. Sabía perfectamente que no estaba enamorado. No creía en el amor a primera vista, pero sí en la atracción a primera vista.

Tal y como era de esperarse, la cena se desarrolló en calma y sin ningún tipo de problema. No solo eso. Buena parte de los alquimistas empezaron a congeniar con los magos y criaturas que habían asistido a la cena.

El ambiente era verdaderamente mágico. No había otra palabra para describirlo.

El salón brillaba como si estuviera hecho de oro y las mesas estaban colocadas de tal forma que rodeaban la pista de baile.

La música era suave durante la cena para no interrumpir la charla que manteníamos con los extranjeros, y la comida era exquisita y, desde mi punto de vista, mucho más que abundante.

Poco a poco, la cena se transformó en un bullicio generalizado que llevó a más de uno a levantarse de su mesa para platicar con mayor comodidad. Yo me mantenía alejado de esas charlas, sobre una tarima cerca de los músicos, que parecían decididos a tocar sin descanso.

Entre el aburrimiento y mi ineptitud para congeniar con facilidad, me dediqué a jugar con los rayos de una transmutación inútil. Básicamente era un flamante desperdicio de energía, pero se veía bonito.

No era el único que hacía gala de sus poderes. Todos los alquimistas mostraban algo de sus habilidades, al igual que los seres del mundo de la magia, lo que provocaba expresiones de admiración y sorpresa por todos lados.

El problema era que yo había sido criado de manera diferente a los demás alquimistas. Yo sí podía detectar la energía de las personas, y cada uno de los trucos que realizaban, tanto alquimistas como magos, me mantenía en constante tensión.

Nunca había estado en presencia de tanta magia, y el hecho de sentirla toda simultáneamente resultaba una situación por demás atípica.

Me perdí en mis pensamientos y en la divertida tarea de identificar y separar todas y cada una de las presencias, todo esto mientras buscaba discretamente a la mujer que horas antes había logrado romper mi concentración.

Mientras cerraba los ojos e intentaba recordar su presencia para poder buscarla de ese modo, sentí que algo se aproximaba a mí a una velocidad peligrosa. Era un objeto pequeño, que frené con telequinesis para después tomarlo con mis manos.

Busqué el lugar del que debía haber venido. Por alguna extraña razón, me sorprendió encontrar a Alaric sonriendo y haciéndome señas para que me uniera a él.

Era una actitud estúpida. Si hubiera estado armado, habría detenido el cuchillo con una bala y, de paso, habría disparado contra quien lo lanzó antes de saber quién era.

Ese pensamiento me causó un peso en el estómago. Me estaba convirtiendo en algo mucho peor de lo que yo creía. Un ser tan oscuro que no habría dudado en matar a alguien sin saber siquiera quién era.

Clavé el cuchillo en una mesa y fui hacia donde estaba Alaric, quien se encontraba junto con Iván. Fue justamente el tamaño del Alquimista de la Tierra lo que me impidió ver a las personas con las que Alaric e Iván platicaban.

"Genial, el payaso del elefante", pensé al tiempo que me acercaba a ellos.

—Discúlpenme un momento —dijo Iván al notar que alguien, del otro lado del salón, lo llamaba con la mano.

—Desde luego, Alquimista de la Tierra. Vaya tranquilo.

Lo sabía, era un payaso. Iba a tener que reclamarle a Alaric por haberme llevado a lo que seguramente sería una plática muy aburrida con alguien con quien no tenía la menor intención de interactuar.

—Alquimista, qué bueno que decidió acompañarnos en esta hermosa velada —dijo el tipo del elefante, extendiendo la mano a manera de saludo—. Yo soy Frigian, el Mago del Hielo.

Tomé su mano y empecé a analizar sus poderes rápidamente mientras lo saludaba.

—Perdón. Yo debería hacer las presentaciones —dijo Alaric apenado—. A Frigian ya lo conoces y ella es…

La explosión de una transmutación a mis espaldas, seguida de varias risas, me impidió escuchar su nombre.

—La Bruja de Fuego.

En ese momento mi corazón se detuvo por la impresión. Era ella, la misma mujer que me había desconcentrado unas horas antes.

Tomé su mano y la besé a manera de saludo. Su piel era suave. Olía a magia, fuego y esencias florales.

—Encantado —dije con más sinceridad de la que jamás creí posible utilizar en alguna presentación.

—Y él es el orgullo de Auralia, el alquimista especialista en multitransmutaciones sin círculo y el más poderoso de Auralia: Leon…

Me vi en la necesidad de interrumpir al Sebakhem de la Vida con un sutil pero enérgico codazo cuando me di cuenta de que iba a decir mi nombre completo.

—Leo —dije viendo a la Bruja de Fuego a los ojos—. Llámenme Leo.

—Así que tú eres el famoso alquimista que transmuta sin círculo y el más poderoso de Auralia. Para ser honestos, esperaba a alguien más alto. No parece que des el tamaño para tantos títulos —dijo Frigian con una sonrisa, en el momento en que la Bruja de Fuego iba a decir algo.

Lo odié en ese momento.

—Sí, soy yo —dije con una sonrisa mientras lo insultaba para mis adentros.

Mis ojos no paraban de estudiar disimuladamente a la Bruja de Fuego, cuyo nombre era un punto más en la larga lista de misterios que ya existían a su alrededor, sobre todo porque ella me examinaba con la misma dedicación.

De hecho, sus ojos se desviaban frecuentemente a la altura de mi pecho, en donde colgaba mi cristal.

—¿Gustan algo de tomar? —pregunté para romper el hielo.

—Vino tinto estaría bien, pero al parecer mis connacionales han terminado con sus reservas.

—Eso nunca es una limitación en una sala llena de alquimistas.

Tomé una jarra con agua y la transmuté en vino tinto mientras el líquido caía en nuestras copas.

—Salud —dije con la esperanza de lograr un brindis con aquella mujer.

Sin embargo, su reacción fue desconcertante.

—¿No vas a tomar? Está buenísimo —dijo Frigian dirigiéndose a la Bruja de Fuego.

—Sin ofender, no confío en nada de lo que prepare un alquimista. Por lo que he escuchado, no saben bien lo que hacen —dijo con una voz tan hermosa, que casi logró que su insulto sonara como un halago.

Casi.

—Puedo asegurarle que no peligra en ningún sentido. Está frente al alquimista más poderoso de Auralia.

—¿En serio? —dijo ella con voz sarcástica—. ¿Qué le hace pensar que podría protegerme de algo?

En ese momento, su copa ardió en llamas. Nunca había visto un control tan absoluto sobre el fuego. Ni siquiera había notado algún incremento en su poder.

—Bueno, los rumores dicen que no hay nada que no pueda lograr —dije al tiempo que una microtransmutación encendía mi copa.

—¡MAGNÍFICO! Acaba de reproducir tu poder con alquimia —dijo Frigian fascinado.

Esperaba que ella se mostrara sorprendida, pero, al parecer, mi pequeño truco tuvo el efecto contrario. Sus ojos se tornaron severos y evaporó en un solo movimiento el vino junto con la copa.

En esos momentos, la música cambió hasta volverse una invitación a bailar. Estaba a punto de pedirle que bailara conmigo.

Pensé en imitar su truco, pero decidí encerrar el vino dentro de la copa y transmutarla en forma de rosa, para que el vino diera color a los pétalos de cristal.

Entonces, un soldado me tocó la espalda.

—Lo lamento, señor, lo necesitan en… Usted sabe, lo necesitan.

Maldita sea. Llevaba tres meses sin ir al laboratorio subterráneo y justo en ese momento surgía una situación que requería de mi presencia.

La Bruja de Fuego me dirigió una sonrisa burlona y, en cuanto le iba a ofrecer la flor, el soldado me llamó nuevamente.

—Es urgente, señor.

Cuando giré la cabeza para ver a la Bruja de Fuego, ya había desaparecido.

Noté que Frigian y Alaric estaban tan concentrados en una plática profunda que probablemente no eran conscientes de lo que acababa de suceder.

—¿Interrumpí algo, señor?

Dirigí una mirada asesina al soldado, cuyo cuerpo fue fulminado por un escalofrío de miedo. Uno de los rumores que corrían sobre mí era que nadie que me hiciera enojar sobrevivía.

—En lo absoluto —dije evaporando la flor que tenía en la mano ante su aterrorizada mirada.