El Diario del Alquimista Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas
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Capítulo 17 Abracadabra y el alquimista se hizo un maldito guía de turistas

—A ver si entendí: ustedes los alquimistas empezaron a tontear con portales.

Después, muchos se empezaron a abrir, alguien del otro lado se dio cuenta de esto y vinieron para ver qué había aquí.

Las personas que vinieron usan magia; magia que nuestro pueblo ha intentado erradicar desde hace siglos, y, al darse cuenta de que ambos bandos pueden beneficiarse de este descubrimiento, nos hacemos amigos de ellos y les damos permiso de hacer magia en una ciudad que mataba a todos los que hacían magia.

Ahora vamos a una azotea para ver pasar el desfile de esos payasos por nuestra ciudad, mientras tú y el de la vida los analizan con la esperanza de descubrir sus poderes y, con suerte, las intenciones que tienen.

¿Cierto? —dijo Hicoro finalmente, con un hilo de voz, después de haber hablado tanto.

—Pues sí, básicamente esa es la idea —contesté con cierto nerviosismo.

—Genial, no entiendo nada.

—Yo tampoco.

Era un sentimiento extraño. Por una parte, yo era el poderoso Sebakhem conocido por todo el mundo: el héroe, el asesino, el genio, el loco, el justiciero y el infeliz con poderes alquímicos que se salían del promedio.

Por otra, era una mentira. Era alguien que, sin problema, podía haber estado caminando entre el desfile que sucedería dentro de unas horas, mientras ellos tenían permiso de hacer la magia que a mí se me había prohibido hacer desde que nací.

Si bien hacía magia e incluso tenía una entusiasta alumna cuya vida ponía en peligro con cada conocimiento que le revelaba, todo lo hacía con precauciones extremas.

No había tenido mucho tiempo para pensar en ello.

Habían pasado dos meses desde el descubrimiento de aquellos seres, pero mi vida había continuado prácticamente de forma normal.

Sin embargo, ese día era diferente. Ese día le daríamos formalmente la bienvenida a los seres mágicos y ellos habían preparado un desfile que aparentemente tendría proporciones majestuosas y que prometía ser el evento público del siglo.

Como era lógico, ante un evento de tal magnitud encabezado por criaturas mágicas, el ejército estaba presente con la intención de controlar a la población, evitar accidentes y agilizar todo.

Aunque nuestras órdenes eran muy diferentes: si los seres mágicos actuaban violentamente, teníamos la orden de disparar a matar.

Era lógico que los altos mandos tomaran esa decisión.

Yo hubiera hecho lo mismo. Estábamos dándole entrada a una especie que seguramente nos superaba en número.

Aún no conocíamos el potencial de su poder ni su grado de avance tecnológico.

Eran una especie cuyas únicas referencias conocidas se encontraban en libros de fantasía y cuentos de hadas.

Hicoro decía que no teníamos que preocuparnos tanto por personajes de cuentos de hadas.

Yo tenía mis dudas, sobre todo porque dentro de esos seres mágicos encontré a un adversario a quien nunca logré vencer.

Alguien cuyos poderes superaban todo aquello que había soñado.

Alguien que logró derrotar al alquimista más poderoso de Auralia.

El desfile fue, tal y como habíamos pronosticado, todo un éxito. No hubo ningún inconveniente ni necesidad de desenfundar nuestras armas. Pero, sobre todo, fue grande, bello, colorido y, sin duda alguna, lo más majestuoso que había visto en toda mi vida.

Cientos de seres de cuya existencia sabía gracias a los bestiarios que había leído y, sobre todo, gracias a las enseñanzas de Eleazar, desfilaban ante mis ojos.

Cientos de centauros caminaban por nuestras calles con porte y elegancia, mostrando en cada movimiento su poder y sabiduría.

Seres inmortales avanzaban ante nosotros con la certeza de que ellos seguirían vivos mucho más tiempo del que pudiera durar nuestra próspera civilización.

Magos y brujas hacían gala de sus poderes, entreteniendo a la gente y dando regalos a la multitud, que aclamaba embelesada a aquellos seres que marchaban en un equilibrado desfile de poder, magia, colores, elegancia y mitología.

Vimos seres tan terribles que ninguno tenía duda de que hubieran nacido de una pesadilla, pero también vimos criaturas cuya belleza arrebataba el aliento a todo aquel que las volteara a ver.

La conmoción fue mayúscula cuando vimos a personas montadas en escobas voladoras que cruzaban los cielos o hacían complicadas piruetas con alfombras voladoras.

Estas convirtieron el cielo en un tapiz casi tan grandioso como los fuegos artificiales que creaban con sus poderes para iluminar las calles a su paso.

—Piroquinesis. Ese es un minotauro. No tengo idea de qué es esa cosa, pero tiene branquias, así que supongo que tiene algo que ver con el agua.

—Ninguno parece estar a punto de atacar. ¿Y cómo dijiste que se llamaban los que tenían cuernos? —preguntó Alaric mientras apuntaba todo lo que veía usando el ojo del alquimista.

—Minotauros.

—Maldita sea. Y yo pensé que tú eras raro, pero ve esas cosas. Además, algunos están hechos unas verdaderas montañas de músculos, y mira que sé de lo que hablo —dijo Hicoro intentando contener el miedo que le causaba encontrarse frente a tanta magia.

—Yo pensé que ibas a hacer un comentario acerca de sus mujeres.

Después de que le indiqué al Sebakhem de la Vida que habían organizado el desfile por orden de poderes, comprendimos que los primeros en haber cruzado nuestras calles eran los más débiles.

Como el desfile estaba por terminar, podíamos deducir que los últimos eran los más poderosos y seguramente los que tenían un mayor cargo político.

—Eso no lo puedo negar. Tú, porque eres un idiota y solo te fijas en sus poderes, pero estoy viendo todo un banquete de féminas que tarde o temprano tendré que probar. Tú sabes, hay que abrirse a lo nuevo.

—Hicoro, tú te tirarías a cualquier cosa con dos piernas y de sexo femenino.

—Claro que no, solo que en este momento solo hay cosas buenas, pero en cuanto vea algo que no sea potable, te aviso.

—Hicoro tiene razón. No te concentres tanto en el desfile. De todas maneras los vamos a ver en la comida de recepción. Tranquilízate un poco. Oye, Hicoro, ¿ya viste a esa de verde?

—¿La que está sobre el caballo? Sí le doy, no me la pienso.

—¿Podrían concentrarse? Tenemos trabajo que hacer. El payaso con cara de “soy superior a todos ustedes” que va en el elefante gigante atascado de oro y rubíes maneja el hielo y es mago, aunque creo que también maneja la tierra.

—De acuerdo, está visto. Leo, no sabes divertirte ni apreciar las cosas buenas que te da la vida —dijo Hicoro levantando los brazos.

En esta ocasión Alaric no hizo ningún comentario. Le había logrado enseñar lo suficiente acerca del control energético como para que supiera que los poderes de las personas que veíamos eran más que considerables.

Entre esas personas se encontraba una mujer vestida de blanco, cortando el cielo sobre un pegaso blanco como la nieve.

Su vestido se teñía de destellos rojos que sus ojos le arrancaban al atardecer.

Su cabello ondeaba con más gracia que mil banderas juntas, sus facciones eran suaves, su cuerpo sutil y delgado, su sonrisa brillaba como la luna, sus movimientos eran delicados, como una rosa que se meciera a favor del viento, y sus ojos…

Hasta ese momento no había conocido la belleza.

Sus ojos eran…

—¡EDWARD! —escuché al Sebakhem de la Vida, que me llamaba con una sonrisa en la voz—. ¿No teníamos que concentrarnos en nuestro trabajo?

—No tenías por qué decirme así —dije con una pizca de resentimiento en la voz.

—Te hablamos como cinco veces, y no escuchabas —añadió Hicoro entre risas—. Esa mujer ya me cae bien. A mí no me gusta, pero el hecho de que te distraigas de esa manera sin que tengas un laboratorio o un libro frente a ti es algo que no se ve todos los días.

—No seas idiota. Estaba analizando sus poderes —contesté, dando un paso al frente para que ninguno de los dos viera que me había sonrojado.

—¿En verdad? —preguntó Alaric—. Ilústrame, ¿cuáles son sus poderes?

—Son…

En ese momento me di cuenta de que no tenía ni la más remota idea de cuáles eran sus poderes. Me había perdido en su mirada y había perdido toda la concentración.

La belleza que montaba el pegaso lanzó una llamarada gigante desde sus manos, con más poder del que el Alquimista del Fuego podía producir. Yo hubiera tenido problemas en imitar esa cantidad de poder. No solo era hermosa. También era increíblemente poderosa.

—Bueno, por lo menos sabemos que lanza fuego —dijo Alaric sarcásticamente.

Guardé silencio mientras la perdía en la lejanía y me mantuve así hasta que recuperé la concentración.

—Increíble —dijo Hicoro—. El alquimista más poderoso de Auralia vencido por una mujer.

Dirigí una mirada envenenada a mi fiel protector, que indicaba que en cualquier momento podría terminar en un calabozo o con una bala en la frente.

Así que, sabiamente, se quedó callado, aunque no podía evitar unas pequeñas risitas y sabía que, en cuanto estuviera más relajado, las burlas regresarían.

—Ni lo pienses, Leo. Hace rato estaba bromeando. No puedes hacerlo.

—¿De qué hablas?

Hicoro me volteó a ver con severidad mientras yo ajustaba los últimos detalles de mi traje de gala.

—La bruja, no puedes hacer nada. Esa mujer tiene un letrero gigante de problema en la cara. No puedes confiar en nadie que tenga magia.

—Gracias por la confianza, hermano.

—No digas estupideces, sabes que no lo digo por ti.

—Más te vale —dije sonriendo al tiempo que hacía una esfera de energía—. O si no…

—No hagas eso, sabes que me pone nervioso.

—¿Una simple esfera de energía pone nervioso al poderoso Teniente Hicoro?

—No, la idea de matar rastreadores me pone nervioso.

—Calma, ellos no pueden detectarme. Son muy idiotas. Además, no son los únicos que detectan cosas. Si están cerca, los sentiría antes de que ellos supieran de mi presencia.

—Aun así, sospechan de ti.

—Nadie condenaría al alquimista más poderoso de Auralia por ser un mago —dije en tono burlón.