Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia #7
Esa situación no me hacía sentir del todo bien. Sabía que estaba abusando de mi poder. Sabía que estaba actuando como un monstruo, pero una parte de mí sentía una increíble sed de venganza.
Como era de esperarse, Lucio no tuvo el valor de disparar cuando di el siguiente paso, aunque puede que el hecho de que mis ojos brillaran con un intenso resplandor esmeralda hubiera contribuido un poco.
Le arranqué el rifle de las manos y cargué mi puño con energía. Tenía que hacer todo rápido. No sabía cuánto tiempo más podría mantener mi temperamento bajo control.
El crujir de su mandíbula bajo la fuerza de mi puño fue como música para mis oídos.
Verlo caer de espaldas despertó en mí un instinto depredador.
Una nube se movió lo suficiente para que la luna llena pintara la escena de blanco.
Sentí que mi corazón latía con más rapidez.
Me sentí más fuerte que antes, con ganas de saltar sobre él y destrozarlo con mis manos.
Antes de que me diera cuenta, mi revólver estaba firmemente colocado sobre su frente.
Nunca hubiera creído hasta ese momento que la frase “orinarse del miedo” fuera cierta, pero lo era.
—Hermano, ¿estás bien? —preguntó Hicoro con preocupación.
Vi que el cristal de mi pistola brillaba en color esmeralda y pude sentir cómo se concentraba una gran cantidad de energía que comenzaba a vibrar en su interior.
—No vales la pena —dije guardando la pistola en su funda y dando media vuelta.
Pero, como sentí que me había faltado dramatismo, me di la vuelta y lo golpeé de nuevo.
—¿Me puedes explicar qué demonios pasó allá? Nunca te había visto así. Pensé que ibas a desintegrar al tipo.
—No lo sé. Me sentí extraño. La pistola empezó a cargarse con energía.
—Malditos atlantianos, estaban locos. Hacer que las armas se carguen con energía…
—Es una manera muy ingeniosa de hacer funcionar las cosas, casi de forma personalizada. De esa manera, otras razas no podían hacer uso de su tecnología en contra de ellos mismos.
La misión terminó sin mayores complicaciones, con la excepción de que no mencioné absolutamente nada del portal en mi informe.
Algo me decía que no era prudente que los militares supieran de la existencia de un portal natural y, al parecer, fuera lo que fuera aquello que estaba del otro lado, creía que el portal era un callejón sin salida.
Los siguientes meses transcurrieron con lo que casi podría llamar calma y tranquilidad.
Ninguna de las siguientes misiones que se me asignaron había representado un verdadero peligro para mi vida.
La mayor parte de mi trabajo se desarrollaba desde la tranquilidad y seguridad de mi laboratorio, o al menos, tan seguro como podía ser el laboratorio de un alquimista.
Iris había logrado descifrar con increíble rapidez la clave que le había dado. Esta correspondía a una página de un libro de magia en el que se explicaba el conjuro que había realizado para crear los fuegos artificiales.
Teniendo en cuenta que sabía mi más grande secreto, no me pareció descabellado aceptar enseñarle algo de magia. Sus poderes no eran nada del otro mundo, pero había conseguido dominar algunos conjuros y mover objetos pequeños con telequinesis.
Gracias a esas circunstancias, puedo decir que había prácticamente olvidado el portal y todo aquello que pudiera estar relacionado con lo que estuviera del otro lado.
Nuevamente, la vida tenía preparada una lección para mí: siempre que uno cree que todo es perfecto y que nada puede salir mal, algo sale mal. En este caso, algo resultó terriblemente mal.
Los descubrimientos acerca de los portales habían permitido acceder a nuevas formas de desplazamiento y a otra dimensión.
La noticia se extendió como la pólvora. Se había demostrado científicamente la existencia de otras dimensiones y, más aún, la existencia de otras razas, incluida la presencia de seres humanos en una dimensión distinta a la nuestra. Nadie hablaba de otra cosa.
El miedo y la curiosidad se apoderaban de las personas. Era aterrorizante desconocer las intenciones de quienes vivían en la otra dimensión, sobre todo teniendo en consideración que se trataba de personas con conocimientos en artes mágicas.
Aun así, no puedo negar que la curiosidad se adueñaba de la mayoría de nosotros. Cientos, quizá miles de nuevas razas y criaturas antes consideradas mera mitología aparecían ante nuestros ojos como recordatorio viviente de que todo mito y toda leyenda tienen, al menos, una pizca de verdad.
Había millares de culturas nuevas que conocer y tantas cosas y conocimientos nuevos que sería imposible aprenderlo todo aunque viviera cien años.
Algo que evidentemente era imposible, al menos para nosotros, ya que ellos tenían personas y criaturas que verdaderamente eran inmortales, desafiaban abiertamente las leyes de la naturaleza y se burlaban de la muerte con total descaro.
Pese a mis intentos de sentir lo contrario, me emocioné más de lo que debería.
Yo era un alquimista, pero ellos representaban una parte de mí que había tenido que esconder.
Sentía envidia de que pudieran utilizar abiertamente sus poderes mágicos dentro de Auralia, mientras que yo hubiera sido fusilado por realizar un encantamiento tan simple como hacer danzar un dibujo en una página de papel.
Aun así, el intercambio cultural trajo más cosas de las que cualquiera de nosotros pudiera imaginar: progreso, conocimiento, amistades, amores, curiosidades, alegrías, sorpresas y sueños.
Desgraciadamente, también trajo guerras, sufrimiento, destrucción y muerte. Más muerte de la que jamás hubiera imaginado.