Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia #6
—No, y tampoco son círculos de transmutación.
Me atreví a tocar uno de los símbolos sin que mi acción tuviera ningún efecto.
—¿Puedo?
Le di la espada a Hicoro, cuyas manos temblaban en espera de una nueva descarga.
—¿Sigo vivo, verdad?
Mi risa fue inevitable ante la cara de terror de Hicoro.
—Sí, hermano, sigues vivo.
Esta vez Hicoro empezó a manipular la espada con mucha más confianza.
—Es extraordinaria. Está perfectamente balanceada y bastante afilada —dijo ocultando discretamente un corte que se había hecho accidentalmente en el pulgar mientras revisaba el filo—. Tu padre era un genio.
—Sin embargo, murió protegiéndola —dije analizando la espada en cuanto Hicoro me la devolvió.
No me atrevía a realizar ningún tipo de transmutación sobre ella ni a imprimir energía sobre los símbolos que tenía grabados. Pero activé el ojo del alquimista en espera de que me otorgara algún tipo de información acerca de la espada.
Me tallé los ojos con el dorso de la mano y volví a intentarlo.
—¿Qué ves, hermano?
—Nada.
—Bueno, supongo que suele pasar.
—No, no lo entiendes. Nunca me había pasado esto. No veo nada. No sé cómo está hecha, ni qué materiales la conforman, ni sé cómo transmutarla.
—Pero dijiste que el ojo del alquimista…
—Sé lo que dije, pero no funciona.
Esta vez intenté elevar un poco la temperatura de la espada mediante una transmutación.
—Sigue fría.
—Sí —dijo Hicoro después de tocar la hoja de la espada—. ¿No debería?
—Debería habernos quemado la mano.
—Es posible que la espada neutralice tus poderes de transmutación. Ten, inténtalo con esto —dijo dándome su cuchillo.
Nuevamente realicé la misma transmutación y Hicoro se aventuró a tocar la hoja.
—HIJO DE SU… Todavía transmutas, hermano.
Empecé a reír mientras caminaba hacia uno de los anaqueles para buscar una poción. Se la arrojé a Hicoro.
—Ponte eso, te curará en segundos.
Hicoro estaba asombrado de la efectividad de la poción.
—Esto no es alquimia, ¿cierto?
—Es una combinación de alquimia y magia. Supongo que la podríamos llamar medicina atlantiana.
Esta vez, Hicoro y yo recorrimos la casa en busca de alguna otra cosa que Eleazar hubiera podido dejar olvidada; sin embargo, nuestra extensa y exhaustiva búsqueda fue en vano.
El viaje había sido largo y agotador. Nuevamente me mandaban a cazar mitos y supersticiones idiotas.
La última vez, Hicoro y yo nos habíamos internado en un maloliente pantano para concluir lo evidente: las misteriosas luces que aterraban a los pueblerinos no eran fantasmas ni demonios, ni mucho menos hadas. Eran gases del pantano.
—¿Otra vez estamos cazando sueños? —preguntó Hicoro.
—Básicamente —contesté con desánimo antes de entrar a la cueva con una lámpara de mano hecha mediante alquimia—.
Esta era una mina de cobre y, desde que yo recuerdo, está abandonada.
En mis tiempos no decían nada de que estuviera encantada; sin embargo, Eleazar nunca me dejó entrar.
Decía que las cuevas abandonadas eran peligrosas por el riesgo de derrumbe.
La lámpara era un interesante artefacto que brindaba luz sin tener una llama que ardiera ni utilizar electricidad. Esas lámparas eran magníficas. Cuidándolas correctamente, podían durar años sin que su luz perdiera intensidad.
Hicoro me volteó a ver con cara de “¿estás seguro de que solo era por eso?”; sin embargo, no dijo nada más y siguió caminando a mi lado durante varias horas.
Seguramente hubiéramos llegado más rápido, pero nadie se atrevía a entrar a la mina y nuestra ineptitud para leer mapas mineros nos llevó a perdernos más de una vez entre el extenso laberinto de túneles que se extendían dentro del corazón de la montaña.
—Creo que es aquí —dije no muy convencido.
—Eso mismo dijiste la vez pasada, y la pasada, y la pasada, y la pasada.
—Lo sé, pero creo que esta vez sí es el lugar.
—Claro que no —dijo Hicoro con exasperación—. Ahí está la entrada.
—Eso no es posible. No había túneles como este en aquella entrada —dije al tiempo que sacaba mi revólver.
Hicoro desenvainó un pesado y largo cuchillo y nos acercamos hacia la luz al final de uno de los túneles.
Con la respiración agitada ante la promesa de un descubrimiento y el temor irracional que se mezcla con la emoción de lo desconocido, aspiraba el aire húmedo de la cueva.
Ambos nos pusimos en tensión en el momento en que la luz blanca que salía misteriosamente de la pared cambió con suavidad, dando destellos como los de un arcoíris.
—¿Qué demonios es eso?
—Parece un portal —dije inseguro.
—¿Otro?
—Este es diferente. El otro era un portal creado; este es uno natural.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque se ve diferente. Además, no tiene un arco como el otro.
En ese momento tuve el incontrolable impulso de lanzar una piedra. Esta cruzó el portal sin dificultad, creando apenas un suave movimiento, como si fuera una pared de mercurio. Como pasaron unos minutos sin que ocurriera nada extraño, lancé otra piedra.
Me gustaría decir que la educación que Eleazar me había dado era suficiente para que no intentara ninguna estupidez, como cruzar un portal cuyo destino desconocía. Me hubiera gustado decir que no iba a intentar una estupidez así.
Había portales que solo tenían el poder de llevar, pero no de traer de regreso. Otros, a los que Eleazar llamaba portales errantes, tenían destinos que cambiaban aleatoriamente o siguiendo un grado de complejidad tan grande que las personas preferían decir que era aleatorio.
Aun así, estaba a punto de cruzar el portal cuando Hicoro lanzó una piedra con más fuerza de la que yo había empleado hasta entonces. En respuesta, una llamarada cruzó el portal con tal rapidez que casi no me dio tiempo de crear un escudo mágico.
Ambos nos volteamos a ver aterrados. Había algo vivo del otro lado del portal. Algo que, además de estar vivo, había contestado con fuego la agresión de una piedra. Algo que desconocíamos y que podía resultar increíblemente peligroso.
Si esto fuera un cuento de hadas, el valiente príncipe hubiera atravesado el portal en busca del agresor, pero ambos teníamos cosas más importantes en las cuales pensar.
Por ejemplo, estábamos muy ocupados corriendo en dirección opuesta al portal, ya que mi escudo no resistiría mucho. En cuanto llegamos a la entrada de ese túnel, hice una transmutación que causó un pequeño derrumbe.
El suelo temblaba bajo nuestros pies y nuestros rostros estaban pálidos por la impresión. Segundos después, una voz proveniente del lado contrario al muro habló:
—Te dije que había sido un derrumbe. Este portal no lleva a ninguna parte.
—No estoy seguro. Huele a magia.
—Ya sabes que el maldito puede cambiar de dimensión. Otra vez nos llevó a un callejón sin salida.
—Maldito atlantiano. Cuando lo encuentre, lo voy a matar.
—La última vez casi te mata a ti.
—Como sea, quiero una cerveza. Esperemos a que dé un rastro fresco, aquí no hay nada.
Las voces desaparecieron y la cueva quedó nuevamente sumergida en el silencio.
Con señas, Hicoro me preguntó si ya se habían ido esas personas. Me concentré en detectar cualquier presencia; sin embargo, estábamos solos.
—Ya se fueron —dije con voz pastosa y la garganta seca.
—Estaban buscando a un atlantiano. Creí que dijiste que ya no quedaban vivos.
—Eso es lo que yo pensaba.
—Sonaban como mercenarios.
—Sí.
Teníamos muchas dudas y no estábamos preparados para cruzar el portal. Lo único que sabíamos era que tenía que ser destruido o bloqueado. Y, como no tenía ni idea de cómo destruirlo, nos dedicamos a causar derrumbes y a cerrar todos los túneles que llevaran hasta él.
Después de cuatro o cinco horas de muchas transmutaciones, salimos de la mina llenos de polvo, sudando y hambrientos, pero con la conciencia de que habíamos hecho lo correcto.
Es posible que, debido a eso, no fuéramos conscientes de que nos seguían hasta que fue demasiado tarde.
—Ahora sí, maldito alquimista —se escuchó una voz a nuestras espaldas, mientras el sonido de un antiguo rifle indicaba que acababa de ser cargado—. Quiero ver que tus truquitos te salven de una bala.
—No puede ser. Estos nacieron idiotas —dijo Hicoro mientras sacaba nuevamente su cuchillo—. Yo me encargo de los demás y tú de tu venganza personal, ¿te parece?
—Te vas a llevar toda la diversión, pero en esta ocasión estoy de acuerdo.
En honor a la verdad, no era una pelea justa. Eran cinco contra nosotros.
No tenían ninguna oportunidad.
Hicoro arremetió contra ellos con una furia increíble. Los golpeaba con el mango del cuchillo y con las partes sin filo. Además, pude ver, por la forma en la que distribuía su peso, que no estaba conteniendo ni una pizca de su fuerza.
Lucio veía aterrado cómo su banda de amigos caía uno tras otro, inconscientes en el suelo y sin señales de volver a recobrar el conocimiento en poco tiempo. Sus manos empezaron a temblar mientras sujetaba el rifle que apuntaba directamente hacia mí.
Vi el miedo reflejado en sus ojos mientras me acercaba a él con paso lento y firme, con el mismo paso que utiliza la muerte, sabiendo que no necesita correr porque su presa jamás podría huir de ella.
—Adelante —dije con voz inexpresiva—. Dispara.
Él se aferró al rifle con más fuerza. Podía ver, pese a la escasa iluminación, cómo sus nudillos se volvían blancos.
—Puedes ser un maldito fanfarrón, pero te aseguro que no vas a jalar el gatillo. Te falta valor. Tú nunca has matado a un hombre.
—Tú tampoco —dijo, escupiendo estas palabras mientras una gota de sudor bajaba desde su frente.
La risa de Hicoro atravesó la tranquilidad de la noche como un cuchillo.
—Yo no suelo llevar la cuenta, ¿y tú, hermano?
—Tampoco, pero yo diría que en los últimos seis meses llevamos unos veinte, solamente contando a los traficantes de Ratzin.
Los ojos de Lucio casi se salieron de sus cuencas. Todo el mundo sabía que esos traficantes eran extremadamente crueles y sádicos.
—Además, faltaría contar cuántos mataste en Masck.
—Tienes razón —dije mientras caminaba hacia Lucio.
—Un paso más y disparo —dijo a punto de llorar por la desesperación.