Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia #5
—Edward, no solo eres idiota, ¿ahora también te volviste sordo?
—Hermano, creo que sí te conocen —dijo Hicoro con una sonrisa en la cara.
—Ermitaño, ¿ya te olvidaste de nosotros? —dijo el hijo del leñador, adelantándose a nosotros junto con sus amigos, que al parecer seguían tan fieles a él como una camada de perros falderos.
—Lucio, el hijo del leñador —dije sintiendo nerviosismo.
Estaba acostumbrado a ver a Hicoro, que era mucho más grande y fuerte que yo, pero mis recuerdos de la infancia regresaron con fuerza al ver el tamaño que habían adquirido a lo largo de los años en los que estuve ausente.
Sus amigos empezaron a reír y comenzaron a saludarme con gestos burlones, que me ponían nervioso. Había peleado contra personas más grandes y con mayor entrenamiento del que ellos pudieran tener y, pese a haber ganado la última batalla que tuve contra ellos, no conseguía mantener la calma.
—Así que, al igual que el viejo loco, eres un fracasado y regresas con la cola entre las patas.
Respiré profundamente intentando controlar mi coraje, que empezaba a sobreponerse a mi nerviosismo.
—Hicoro, nos vamos.
—¿Hicoro? —dijo el leñador con tono burlón—. ¿Quién se llama Hicoro? ¿Tus papás no te querían?
—Ignóralo, hermano. Vámonos —dije empezando a caminar pese a que sus amigos bloqueaban el camino.
—¿Hermano? Si tú eres huérfano, hasta el viejo loco te abandonó.
Me detuve en el momento en que escuché esas palabras. Hicoro sabía lo que estaba a punto de pasar, por lo que intervino.
—Leñador, te advierto que puedes resultar muy mal herido si sigues molestándolo.
—¿Tú quién demonios eres para hablarme así? —dijo Lucio acercándose amenazadoramente a Hicoro.
Hicoro adoptó una posición de firmes y empezó a hablar con una voz teatral e increíblemente exagerada.
—Soy el Teniente de las Fuerzas Especiales, Rubiel Hicoro, protector del Sebakhem Leonard Edward, nombrado el alquimista más poderoso de Auralia.
Sabía que sus intenciones eran buenas, pero la vergüenza se apoderó de mí. No solo dijo mi nombre completo, sino que también el leñador y sus amigos tendrían material suficiente para burlarse de nosotros durante años.
Tal como lo pensaba, las risas y las burlas no se hicieron esperar.
—Increíble. Nunca pensé que dieras la “altura” para ser un alquimista.
—No lo es, contrató a este payaso para no hacer el ridículo.
—¿Más? Si el ridículo lo tiene desde que vivía con el viejo idiota.
—Leo —dijo Hicoro dirigiéndose a mí—, solo dime en cuántos pedazos quieres que los corte.
—¿Nos estás amenazando, imbécil? —dijo Lucio empuñando su hacha.
—No es amenaza, idiota. Es una advertencia. Solo necesito que dé la orden para asegurarme de que no vas a vivir para ver el día de mañana —contestó Hicoro empuñando su cuchillo.
Ellos eran más que nosotros; sin embargo, sabía que Hicoro podía matarlos sin ningún problema.
—Adelante, maldito perro, te reto a que me mates. El idiota del niño ermitaño no tiene el valor de dar la orden.
El enfrentamiento era inminente y en verdad no quería problemas, teniendo en cuenta que llevaba menos de una hora en el pueblo.
Dejé que mi poder se dirigiera a la tierra, causando una fractura en el suelo que se extendió hasta donde Lucio y Hicoro se amenazaban. Esto, junto con una bala que destruyó el hacha del leñador, hizo que todos centraran su atención en mí.
—La siguiente vez voy a apuntar a tu cabeza.
Mis manos empezaban a brillar en esmeralda y sabía que estaba a punto de cometer una estupidez.
—Hicoro, nos vamos.
Empecé a caminar ante la mirada de odio del leñador y sus amigos.
—Esto no ha terminado, alquimista, aún quiero la revancha, si es que te atreves.
No respondí, me limité a seguir caminando con Hicoro a mi lado hasta llegar al restaurante en donde Eleazar y yo solíamos comer de vez en cuando.
—¿Quiénes eran esas amigables personas? —preguntó Hicoro.
—Unos idiotas que me molestaban cuando era niño. Al parecer, sigue siendo su pasatiempo favorito.
—¿Por qué no los matamos? Teóricamente podríamos aludir al artículo 22.
—No están poniendo en riesgo mi vida y no valen la pena.
—¿Cómo te molestaban cuando eras niño?
—Me insultaban, se burlaban de mí, me golpeaban, tiraban los materiales que compraba. Cosas así.
—Bueno, es de esperarse. Seguramente, si te hubiera conocido cuando eras niño, te hubiera tratado de la misma forma.
Comencé a reírme.
—Muchas gracias por tu apoyo, hermano.
—Cuando quieras —dijo con una sonrisa en la cara—. Por cierto, ¿en dónde demonios vamos a dormir?
Respiré profundamente antes de contestar.
—En mi casa.
—¿Todavía tienes casa?
—Espero.
Tengo que aceptar que ver mi antiguo hogar fue un fuerte impacto. Recordé todos los momentos que había vivido con Eleazar en esa casa: el despertar de mis poderes, el entrenamiento y las lecciones que me habían llevado a ser uno de los mejores alquimistas de Auralia.
La nostalgia dominaba sobre cualquier otro sentimiento y la tristeza se hizo palpable en cuanto vi las ventanas rotas y la fachada deteriorada por el paso del tiempo.
—¿Aquí vivías?
—Sí, esta fue la casa que me vio nacer como alquimista.
Había varias llaves en mi bolsillo. Todas estaban unidas a un llavero que, en realidad, era la llave de mi casa. La cerradura seguía funcionando pese a que la puerta había sufrido varios ataques e intentos de ser derribada.
—¿Qué pasa? —preguntó Hicoro al ver que me detenía a observar la puerta.
—Eleazar protegió la casa.
—No entiendo.
—Esta puerta no debería estar en pie.
—¿Por qué dices eso?
Señalé unas marcas en la puerta.
—¿Balas? ¿Por qué le dispararían a tu casa?
—¿Mencioné que éramos los únicos alquimistas del pueblo y que aquí consideran que todo lo que no pueden entender son fuerzas oscuras?
—No, hermano, creo que olvidaste ese detalle.
Entré a la casa. El chirrido de la madera debajo de mis pies era como si la casa me estuviera dando la bienvenida. Como si llorara por los años en los que estuve ausente. El olor a polvo y soledad era tan palpable como el frío que reinaba en el vacío que la casa se había visto obligada a soportar.
—Bienvenido, hermano, no tengo comida, pero creo que aún debe haber algo de beber.
—¿Todavía servirá?
—Eleazar me hacía transmutar comida en estado de putrefacción. Si no sirve, lo transmuto en algo comestible.
—Así estoy bien, gracias.
—Como quieras.
Nos dedicamos a recorrer la casa. Hicoro no podía entender el torbellino de sentimientos que sentía en ese momento.
—Robaron tu biblioteca —dijo con un tono apenado que desencadenó la primera sonrisa que había tenido desde que llegué a Urb.
—No, hermano, Eleazar tenía la costumbre de quemar los libros después de que me los aprendía.
—Espera, espera, ¿te aprendiste de memoria todos los libros que había en estos estantes?
—Así es.
—Ahora entiendo por qué eres tan raro —dijo dándome una palmada en la espalda.
—Gracias. Tu apoyo, como siempre, es incondicional.
—Cuando quieras, hermano —dijo riendo—. ¿Y esa puerta?
—Es una de las entradas al laboratorio.
—¿Tenías un laboratorio?
—Oye, en esta casa vivían dos alquimistas, ¿qué esperabas?
—Acabo de brillar por mi propia estupidez, ¿verdad?
—De una manera flamante —dije abriendo la puerta del laboratorio.
—Sospecho que pasabas demasiado tiempo aquí —dijo Hicoro inspeccionando los anaqueles, que aún se encontraban llenos de materiales que Eleazar y yo nunca terminamos de utilizar.
—Bastante.
La nostalgia era palpable en mi voz.
—¿Hacías explotar cosas en la mesa?
—Claro que no, el patio era el lugar de las explosiones. Supongo que no éramos vecinos muy agradables haciendo explotar cosas a media noche —dije mientras me permitía perderme, por un momento, en mis recuerdos—. ¿Por qué?
—La mesa está rota. Mira —dijo tocando una fractura que la mesa tenía en el centro.
Un rayo plateado proyectó a Hicoro contra la pared.
—Hicoro, ¿estás bien?
—¿POR QUÉ DEMONIOS SIEMPRE ME PASA ESTO A MÍ? —dijo mientras intentaba levantarse—. ¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque la mesa nunca había hecho eso —dije extrañado mientras veía que la mesa comenzaba a iluminarse de color plata—. No puede ser, es la energía de Eleazar.
La mesa seguía brillando, concentrando la mayor parte de la energía en el centro.
—¿Eso es una espada? —preguntó Hicoro.
—Al parecer —dije acercándome y tomando una nota que estaba sobre la espada ropera que se había materializado ante nuestros ojos.
Edward:
Tu padre dedicó toda su vida a crear esta espada y murió protegiéndola, igual que a ti. Él aseguraba que en ella se encontraba la clave de la victoria contra los dioses, aunque nunca logré entender su funcionamiento ni el proceso que utilizó para crearla. Sin embargo, he sido testigo de su poder.
Fue creada para ti. Es el legado de tu padre. Úsala sabiamente y espero que tengas más suerte que yo para encontrar la clave de su funcionamiento y de su creación.
Lamento haber dejado esta pesada carga sobre tus hombros.
Eleazar.
—No era muy emotivo, ¿verdad?
—Créeme, para él, se pasó de emotivo en esta carta —dije con un nudo en la garganta.
En verdad no había palabras emotivas, pero había algo que Hicoro no podía entender. Eleazar había dedicado su vida a cuidarme y a cumplir la promesa que le hizo a mis padres. Esa espada representaba el trabajo de toda la vida de mi padre, algo que solo un alquimista podría ser capaz de comprender.
El conocimiento que Eleazar me había legado era su forma de demostrar su cariño hacia mí, dándome todas las oportunidades para sobrevivir, siempre y cuando no olvidara lo aprendido.
—¿Qué tendrá de especial la espada? —dijo Hicoro con un brillo en sus ojos. Un brillo que solo se presentaba cuando encontraba algún nuevo cuchillo o arma que le agradara—. Mejor agárrala tú.
Detuvo su mano a escasos centímetros de la espada.
—Supongo que sería lo mejor.
Tomé la espada con cierto nerviosismo, sacándola de su vaina. No tenía idea de qué pasaría; sin embargo, fue como agarrar cualquier otra espada.
—Es hermosa —la admiró Hicoro—. ¿Sientes algo raro?
—No, sigo siendo yo.
—Es posible que esté descompuesta.
—No lo creo, ¿ves esas marcas?
—¿Atlantiano?