El Diario del Alquimista Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia #4
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Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia #4

En una ocasión, de regreso a su casa, con la noche sobre nosotros y una celebración a nuestras espaldas, pude ser testigo de un acto de benevolencia de su parte.

Un acto tan grande que solo demostraba la pureza de su corazón.

Una pureza que años después sería el remedio para la locura; era la antítesis perfecta para la oscuridad que reinaba en mi corazón.

—Entonces, ¿te gustan los fuegos artificiales?

—Sí, me encantan, son mágicos.

—Ten cuidado, estamos en un lugar en donde la magia tiene consecuencias mortales —dije con tono bromista.

—A mí me encantaría conocer a alguien que pudiera hacer magia.

—Eso es lo que dices. Si conoces a alguno, estoy seguro de que lo delatarías.

—¿Por qué habría de hacer eso? También son personas, y son personas muy especiales. Sé que tú no lo entiendes por ser un alquimista, pero la magia tiene algo especial.

—Créeme, lo entiendo mejor de lo que piensas.

—¿En verdad? ¿Un alquimista que está a favor de la magia?

—Digamos que entiendo mejor de lo que crees a las personas que tienen magia.

Levanté una pequeña piedra que había en el suelo.

—¿Quieres ver un truco?

Iris me vio con curiosidad.

—¿Es bonito?

—Podría decir que es algo mágico —dije con una sonrisa mientras ponía la piedra en la mano de Iris—. ¿Sabías que la piedra que tienes en la mano está llena de magia?

—Claro que no, la acabas de levantar del suelo.

—Cierto, pero es mágica. Solo que no puede hacer magia porque está triste. Nadie puede hacer magia si está triste.

—¿Y cómo haces que una piedra sea feliz? —preguntó con una sonrisa, siguiéndome la corriente.

—Bueno, es posible que, si le mandas un beso, pueda ser feliz.

—Leo, estás loco, no voy a mandarle un beso a una piedra.

—Tú lo dijiste, estoy loco, sígueme el juego.

Iris me observó por unos momentos.

—De acuerdo.

Sopló un beso en dirección a la piedra y, ante su atónita mirada, la piedra empezó a flotar en su mano.

—¿Cómo es que…?

—Magia —contesté interrumpiendo su pregunta.

Había hecho flotar la piedra con telequinesis y ahora fingía que estaba hablando con ella.

—Mi querida piedrita, ¿sabías que a Iris le gustan los fuegos artificiales?

La piedra se movió como si estuviera negando con la cabeza.

Iris la veía fascinada mientras yo seguía platicando con una piedra voladora.

—¿En serio? Eso es muy interesante.

—¿Qué te dice? —preguntó Iris con curiosidad y un tono de voz infantil.

—Dice que puede hacer algo, pero que necesita otro beso.

—Está bien.

Nuevamente, Iris dio un beso a la piedra y esta empezó a brillar en esmeralda.

Luego subió rápidamente hacia el cielo. Un pequeño encantamiento fue suficiente para crear una serie de fuegos artificiales que iluminaron nuevamente el cielo, como si la pintura que da color a los arcoíris salpicara el cielo nocturno, dejándolo iluminado por una lluvia de colores incandescentes.

—¿Cómo haces eso con alquimia?

Nuevamente era víctima de mi flamante estupidez. No había pensado que ella iba a preguntar eso.

—Fue la magia de la piedra, yo no tuve nada que ver.

En ese momento, sentí que alguien que corría empujó mi hombro y pude detectar el sonido de varias armas de fuego que, momentos atrás, habían pasado desapercibidas por el estruendo de los fuegos artificiales que había conjurado.

—¡PÉGATE A LA PARED! —dije en el momento en que vi al hombre corriendo con la bolsa de Iris en una de sus manos, mientras en la otra tenía una bolsa de gran tamaño.

Los soldados que seguían a ese hombre nos alcanzaron casi inmediatamente.

—Sebakhem, ¿quién es él?

—Es un ladrón, señor —dijo el único soldado que se había detenido ante mi llamado—. Dejó heridos a dos civiles y mató a un soldado.

El hombre estaba bastante lejos y yo no podía correr tanto como él, pero podía detenerlo fácilmente.

Mi círculo de transmutación se proyectó frente a él, transmutando una pared y cerrándole el paso. El ladrón fue rodeado por los soldados, los cuales le apuntaban con sus armas, aunque él se negaba a entregarse.

Empecé a correr hacia donde él estaba. Vi cómo sacaba su pistola para intentar defenderse de los soldados. No necesité más señal: disparé con precisión mortal a su pistola para desarmarlo y los soldados se alejaron para dejarme pasar.

—¿Entonces te gusta tomar lo que no es tuyo? —dije lanzándolo contra la pared mediante telequinesis—. ¿Qué te parece si tomo tu vida?

Apunté a su cabeza y estaba a punto de tirar del gatillo cuando la voz de Iris me detuvo. Segundos después, estaba a mi lado, sosteniendo mi brazo.

—No lo mates, por favor, no lo mates.

—Él ya mató a una persona, dejó heridos a dos civiles y además te robó.

—Lo sé, pero no lo mates, por favor, no quiero verte matar a alguien.

Hice algo que jamás acostumbraba hacer: dejé de ver al hombre al que le apuntaba con mi arma para mirar un momento a Iris. Sus ojos me suplicaban que no jalara el gatillo y sus manos intentaban desviar mi brazo con suavidad. Al final, fui víctima nuevamente del efecto tranquilizador de Iris.

Para sorpresa de todos los presentes, guardé mi arma y le di una patada en la cara al ladrón. Después de levantar la bolsa de Iris, tomé al ladrón por la camisa y lo levanté unos treinta centímetros del suelo.

—Escúchame bien, infeliz. Quiero que recuerdes muy bien el rostro de esta mujer.

Le debes la vida. Si no fuera por ella, en este momento tendrías una bala en la cabeza.

Si en algún momento pones un solo dedo sobre ella, voy a ir por ti, y te aseguro que el mundo no es lo suficientemente grande como para escapar de mí, ¿entendiste?

—Sí, señor —dijo con voz temblorosa y la cara ensangrentada.

—Llévenselo, muchachos, buen trabajo.

Después de revertir la transmutación que había hecho, acompañé a Iris a su casa.

—No debiste haber hecho eso, es un criminal.

—Es una persona, Leo, como tú y como yo. No puedo creer que no sintieras piedad por él.

—Aprendí por las malas que a ese tipo de personas no se les debe dar una segunda oportunidad.

—Algunos pueden cambiar.

—Supongo que tienes razón, pero la mayoría de las personas rechazan la posibilidad de cambiar.

—Pues ese hombre logró cambiar esta noche.

—Tienes razón, lamento lo que pasó.

—Te perdono si me respondes una pregunta.

—Suena justo.

—Lo que pasó con la piedra, ¿fue magia?

—Telequinesis y alquimia.

—Júralo —dijo viéndome con desconfianza.

Sabía que podía confiar en ella, pero aun así necesitaba tiempo para pensar.

—Tengo que salir a una misión por un par de semanas. Domiant Ocultum, 345. Si lo descifras, te diré la verdad.

—¿Qué es eso?

—Un pequeño juego que se me ocurrió. Espero que lo resuelvas. Hasta pronto.

Di la vuelta y empecé a caminar de regreso al cuartel general sin tener idea de que dentro de pocas horas me darían la orden de regresar a un lugar al cual no tenía la intención de regresar en toda mi vida.

—No, ¿por qué yo? Manda a Alaric, él también conoce el lugar —dije al General Olister.

—Lo haría con gusto, pero el Sebakhem de la Vida está en una misión para traer a unos mellizos que tienen la habilidad natural de controlar la luz y la oscuridad. Además, tú conoces mejor la zona.

—Pero…

—Leo, no es una pregunta, es una orden. Fin de la discusión. Partes inmediatamente.

—Sí, señor —dije a regañadientes y salí de la oficina.

Hicoro ya tenía nuestras maletas listas en la estación de trenes.

—¿Ahora a dónde nos mandaron?

—A Urb —dije sin el más mínimo rastro de entusiasmo. Todo lo contrario. Mi estado de ánimo no mejoró en el trayecto, pese a que los viajes siempre me ponían de buen humor.

—¿Qué tenemos que hacer?

—Revisar el estado de una mina.

—Hermano, ¿qué te pasa?

—Nada.

—Te conozco demasiado bien, ¿qué te molesta?

Dudé un poco en contestarle a Hicoro. Entre nosotros no había secretos, pero me daba vergüenza confesar qué era lo que en verdad me preocupaba.

—¿Sabías que yo crecí en Urb?

—No.

—Pues así es, viví toda mi infancia en ese maldito pueblo.

—¿No deberías estar feliz de regresar?

—Nunca lo he visitado desde el momento en que fui aceptado en la Academia. Me prometí nunca regresar.

—¿Por qué, hermano? ¿Qué pasó ahí?

—Eleazar me abandonó. La última vez que lo vi fue en la estación del tren y, además, están todas las personas que antes me conocían y las personas que antes me molestaban y…

Vi que, pese a lo que yo decía, Hicoro me veía sin la más mínima pizca de burla.

—Es una estupidez, lo sé, pero…

—No te preocupes, hermano, voy a estar contigo —dijo dándome unas palmaditas en el brazo.

—Gracias, hermano.

Tal como era de esperarse en un pueblo como Urb, las cosas no habían cambiado demasiado. Todo seguía prácticamente igual. La rutina de las personas seguía casi sin modificaciones y la estación de trenes parecía inalterada pese al tiempo transcurrido.

—¿Quieres comer algo? —pregunté a Hicoro mientras miraba al cielo, dándome cuenta de que estaba frente a un día despejado y totalmente soleado. Demasiado contrastante con mi estado de ánimo.

—Suena bien. Después de eso podemos buscar algún lugar en donde quedarnos.

—Creo que tengo ese punto cubierto —dije sintiendo un peso en el estómago, como si me hubiera tragado una bola de plomo.

Había pocos restaurantes en Urb, y cada aroma que llegaba a mí me hacía recordar tiempos que había intentado enterrar en mi memoria. Cada paso que daba traía a mí dolorosas punzadas de nostalgia y recuerdos de tiempos en los cuales la alquimia era mi único sueño y motivación.

Me sentía en medio de un cruce de emociones.

Recordaba cuando soñaba con ser Sebakhem, sin llegar a pensar que mi sueño involucraría transformarme en un asesino.

En esa época nunca se me ocurrió que la preocupación de seguir con vida y luchar por regresar de cada misión se convertiría en parte de mi sombra.

Una preocupación que me perseguiría todos los días.

Jamás se me ocurrió que alguien podría acostumbrarse a sentir el frío aliento de la muerte día a día.

—Miren quién regresó.

—Mierda —dije en voz baja y cerré los ojos un momento—. Hicoro, sigue caminando, ignóralos.

—¿Los conoces?

—No, nunca los había visto.