El Diario del Alquimista Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia #3
59%

Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia #3

Los guardias comenzaron a salir para atacarnos. Tal y como lo había planeado, Vulcan se dedicó a incinerarlos mientras yo los atacaba con balas y con alquimia.

Después de unos minutos de estar bajo ataque, uno de los flancos comenzó a dejar de enviar soldados. Eso solo podía indicar una cosa: Hicoro estaba acabando con ellos.

—Estamos listos —dije en el momento en que comencé a transmutar una pared frente a todas las entradas, incluida aquella en la que estaba Hicoro. Él saltó heroicamente a través de mi transmutación momentos antes de que la pared se materializara para bloquear la entrada.

—¿Ahora qué hiciste, idiota? —dijo Hicoro mientras subía a Vulcan.

—Creo que rompí algo.

—¿Y ese algo casualmente tiene la cualidad de hacer explotar todo el lugar?

—Oye, ¿yo cómo iba a saber?

—El hipogrifo no va a soportarnos a todos. Alguien se tiene que quedar.

—¿Venimos por esa cosa? —preguntó Hicoro al ver al Alquimista del Portal.

—Al parecer sí.

—El Teniente se tiene que quedar.

Mi paciencia había llegado a su límite.

—Hermano.

—Será un placer —dijo Hicoro mientras bajaba de Vulcan y dejaba al Alquimista del Portal inconsciente con un golpe en la nuca.

En esta ocasión, tanto Hicoro como yo montamos en el lomo de Vulcan mientras el hipogrifo sostenía al alquimista con una de sus garras.

Era verdad que no podíamos volar tan rápido como cuando Vulcan volaba solo conmigo, pero fue lo suficientemente rápido como para ponernos a una distancia segura de la explosión.

—Maldición, ¿a qué le diste?

—Creo que descompuse un portal.

—Hermano, descomponer es hacer que algo no funcione, no crear un cráter.

—A cualquiera le puede pasar.

—Yo nunca he hecho explotar una ciudadela.

—Querer es poder.

Ambos empezamos a reír. Nuevamente la misión había sido un éxito: las P-3 habían sido destruidas y el alquimista había sido rescatado. Además, como un punto extra, destruimos uno de los cuarteles del enemigo.

La noticia se extendió rápidamente, a tal punto que el Alquimista del Portal fue llamado a Auralia para rendir un reporte de sus investigaciones.

Yo, por mi parte, fui invitado a una fiesta cuyos motivos permanecían en secreto para mí.

La única información que se me proporcionó fue que los hombres más importantes del ejército y de Auralia iban a estar presentes, al igual que los Sebakhem del Grupo Alfa.

—Hicoro, tienes que venir —dije mientras Alaric literalmente me arrastraba a un probador para tomar las medidas de mi traje de gala.

—Déjame pensarlo: ir a una aburrida fiesta o pasar la noche en un burdel lleno de mujeres que están deseosas de que les cuente nuestra última misión mientras estamos en la cama. Difícil decisión —dijo Hicoro mientras me veía con una risa burlona en el rostro.

—Leo, te van a condecorar. Yo no opondría resistencia.

—Las condecoraciones son una estupidez. Me están dando premios por algo que se supone que es mi deber.

—No me importa. Esta vez Olister te dio la orden de asistir a la fiesta.

—Tengo trabajo que hacer.

—Leo, fumar y tomar café no se considera trabajo. Además, necesitas relajarte. Te va a hacer bien y ese traje se te ve muy bien.

—Sí —dijo Hicoro—. Pareces un animal de circo.

—Vete al demonio.

Tenía que aceptar que a una parte de mí le gustaba la imagen que reflejaba el espejo.

No era yo. Esa no era mi forma de vestir y no me sentía completamente cómodo en esa ropa.

Sentía que era demasiado frágil y no tenía espacio para guardar una gran cantidad de armas ni de explosivos, por lo que me sentía vulnerable con esa vestimenta.

Sin embargo, la fiesta inevitablemente llegó.

La verdad es que el discurso del presidente y Comandante General de las Fuerzas Armadas de Auralia había sido inspirador.

Invitaba a mantener la fortaleza bajo cualquier circunstancia.

Dio una pequeña introducción de mi vida y de mis últimas hazañas.

El auditorio explotaba en aplausos en cada pausa que él hacía mientras hablaba y, finalmente, el discurso terminó con algo totalmente inesperado para mí.

—Las acciones de Leo son asombrosas. Nadie puede negar que este alquimista ha llegado mucho más lejos de lo que cualquier otro ha llegado.

Cuenta con poderes que superan todo lo que nosotros conocíamos como normal y, en cada una de sus misiones, da resultados que superan las expectativas y siempre va más allá de lo que el deber le exige.

Es por esto, queridos amigos, que me enorgullece condecorar al Sebakhem Leonard Edward con el Signo del Universo.

Este símbolo, que representa el infinito, es, a mi juicio, lo más indicado para él.

Deseo que tu gloria, tu poder y, sobre todo, tu sabiduría nunca dejen de crecer.

Colocó el Signo del Universo en mi saco y después se dirigió a la audiencia.

—¡ES POR ESTO QUE NOMbrO A LEO, A PARTIR DE ESTE MOMENTO, EL MEJOR Y MÁS PODEROSO ALQUIMISTA DE AURALIA!

La audiencia explotó en vítores y aplausos. No me conmovía la condecoración, sino ser considerado el alquimista más poderoso de Auralia, un honor que en verdad jamás creí llegar a merecer.

Como continuación de esa fiesta, se tratarían una serie de cuestiones políticas, por lo que todos los mandatarios estaban presentes, así como los directivos de la Academia y de las demás universidades que pululaban en Auralia.

—Felicidades —dijo Alaric dándome un fuerte abrazo—. Estoy orgulloso de ti.

Puedo decir que este gesto de apoyo fue más valioso que la condecoración y el nombramiento que acababa de recibir.

Mi memoria se transportó inmediatamente a mi despedida con Eleazar.

Me hubiera encantado que él estuviera presente, que supiera que el niño que él había educado era ahora considerado el alquimista más poderoso de Auralia.

Hubiera dado todo lo que tenía en ese momento porque él lo supiera.

Sin embargo, sabía que eso era imposible.

Alaric dejó una licorera en mis manos.

—¿Qué es esto? —pregunté extrañado.

—Una licorera con círculos de transmutación —respondió—. Se me ocurrió que, ya que te gusta tanto el licor de ajenjo, el vino tinto y el café, deberías tener algo en lo que pudieras transmutarlos. Tú sabes, para cuando no tengas nada a la mano.

La licorera tenía tres pequeñísimos círculos de transmutación.

—El espacio que sobra es para que tú lo llenes con lo que quieras, y conociéndote se te van a ocurrir muchas tonterías para transmutar.

—Gracias.

Mi sonrisa fue perpetua gracias al regalo de Alaric. Saludaba a mis compañeros, los cuales también me felicitaban, y finalmente llegó la parte que más odiaba. Todo tenía un límite y platicar con cientos de políticos terminó con mi buen humor.

—Leo, felicidades.

—Gracias, señor —dije a uno de los pocos políticos a los cuales les tenía algún tipo de aprecio.

Era un hombre canoso y fuerte, quien, junto con un pequeño grupo de personas, se oponía constantemente a que fuéramos considerados y utilizados como armas humanas.

Decía que eso nos denigraba y que las funciones de un alquimista debían ser mucho más gloriosas que matar gente; sin embargo, disimuló bien lo que en verdad debía de estar pensando.

—Permíteme que te presente a mi hija. Ella es Iris.

—Un placer, señorita —dije al tiempo que hacía una pequeña reverencia y besaba su mano.

Verdaderamente era un placer conocerla. Era una mujer muy hermosa, con una mirada soñadora y ojos verdes, un cuerpo de ensueño y cabello largo.

Un vestido que hacía juego con sus ojos enmarcaba su belleza natural y, a su alrededor, flotaba un aroma delicioso mezclado con alcohol, lo cual era probablemente la razón del rubor en sus mejillas.

—Buenas noches —dijo con una sonrisa honesta—. ¿Tú eres Edward, verdad?

—No te compliques tanto, dime Leo.

No tenía nada de complicado, pero era una forma educada de alejarme de ese nombre.

—De acuerdo, Leo, tú eres el alquimista… ¿de qué?

—Pues me conocen simplemente como Leo.

—¿No tienes un sobrenombre?

Su padre empezó a reír.

—Es el alquimista con más sobrenombres: el alquimista de la transmutación a distancia, el alquimista sin círculo, el alquimista de la multitransmutación. A estas alturas, clasificarlo ya parece una causa perdida.

—¿Por qué tantos nombres? —preguntó ella.

—Al parecer mis habilidades son un poco difíciles de clasificar.

—Por favor —dijo su padre dándome unas palmadas en la espalda—. No seas modesto. Esta condecoración y el nombramiento que hizo el presidente han sido lo único lógico que ha hecho en años. Este chico en verdad puede cambiar el destino de Auralia. Es una lástima que solamente lo utilicen como arma.

—¿Es verdad, alquimista? ¿Solo es un arma? —preguntó ella después de ver su copa de vino vacía.

Era la oportunidad perfecta para estrenar el regalo de Alaric. Vacié agua en la licorera y la transmuté en vino para rellenar su copa. Después tomé una servilleta y la transmuté en una flor de tela.

—Me gusta pensar que a veces también sirvo para entretener a la gente.

Iris comenzó a reír y su padre nos dejó para que platicáramos.

Era increíble lo fácil que resultaba platicar con ella. Resultó ser una mujer increíblemente culta y que recordaba canciones y obras literarias con facilidad, pese a su avanzado estado de ebriedad.

Hacía mucho tiempo que no platicaba con alguien externo a la milicia.

Era una experiencia bastante reconfortante.

Me impresionó lo bien que se sentía estar con ella.

Era como si fuera una esponja natural para preocupaciones y problemas.

Simplemente los absorbía y estos regresaban a mí en forma de paz y tranquilidad.

Con el tiempo, llegué a establecer una amistad increíblemente bella con Iris. Incluso llegué a bautizarla como la alquimista de la felicidad, la única que podía transmutar una lágrima en una sonrisa.