Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia #2
La región de Masck era casi inhóspita: siempre con conflictos y guerras por estar en la frontera con pueblos enemigos, asediada constantemente por ladrones y asaltantes de caminos.
En comparación con Auralia, esta era una región sumamente peligrosa.
Pero eso hacía que los soldados que habitaban ahí fueran increíblemente efectivos y que estuvieran en posesión de uno de los mejores y más grandes fuertes que había en Auralia.
Decir que la situación era tranquila hubiera sido la mayor mentira del mundo.
El ambiente dentro del fuerte era extremadamente tenso.
Era uno de los pocos fuertes que requerían de un Sebakhem, y el hecho de que el Alquimista del Portal hubiera sido secuestrado dentro del fuerte indicaba que el ataque había sido extremadamente bien planeado.
El procedimiento de rutina en el fuerte de Masck era registrar a cada uno de los que entraban y, en nuestro caso, no fue diferente. Pese a saber que era Sebakhem, fui obligado a mostrar mis pertenencias. La situación se mantuvo así hasta que el comandante del cuartel llegó.
—Disculpe a mis soldados, están entrenados para reaccionar así. Aquí las cosas no son tan pacíficas como en Auralia.
—No se preocupe, comandante, entendemos las medidas que tiene que tomar.
En esta ocasión ni siquiera Hicoro pudo decir algo. Todos los soldados mostraban al menos una herida de guerra, lo cual demostraba la hostilidad del lugar.
—Acompáñenme, por favor.
Fuimos conducidos al laboratorio del Alquimista del Portal, o al menos a lo que quedaba de su laboratorio, ya que la mitad se hallaba completamente destruida.
—Supongo que conocen las P-3, ¿no? —dijo el comandante en cuanto vio que Hicoro y yo analizábamos las balas en la pared del laboratorio.
—Desde luego, yo mismo las creé. Fue uno de mis últimos inventos —dije extrañado.
—Impresionante, he de felicitarlo. Han sido de las mejores armas que hemos tenido en años.
—No entiendo —dijo Hicoro.
—Las armas que crean los alquimistas necesitan probarse antes de ser distribuidas a los demás miembros del ejército. Y, como nosotros estamos bajo constante ataque, somos los mejores para probarlas.
—No tenía idea —dije preocupado.
Ellos dependían de nuestras ideas para sobrevivir. Podía imaginarme cuántas vidas se habían perdido por errores en la fabricación de las armas que recibían.
—Pero creo que usted mejor que nadie sabe el poder de las armas que hizo.
El primer cargamento llegó sin problemas, pero el segundo y el tercero fueron interceptados por ellos y los usaron para secuestrar a nuestro alquimista.
No podemos permitir una situación así. Por eso solicité la ayuda del General Olister.
Su misión es recuperar al Alquimista del Portal y destruir o recuperar las P-3 que tengan los rebeldes en su poder.
—¿Tienen alguna idea de dónde tienen al Alquimista del Portal?
El comandante sacó un mapa de una de sus bolsas.
—Creemos que lo tienen aquí. Están fuertemente armados y bien organizados. No va a ser fácil entrar, pero cuentan con toda nuestra ayuda. Pongo a su disposición a cuantos soldados necesite.
—No será necesario, comandante, nosotros lo haremos solos.
—No es posible, son demasiados.
—Confíe en nosotros. Hicoro, vámonos.
Ambos caminábamos hacia el agujero que había en el laboratorio cuando el comandante nos llamó nuevamente.
—Al menos lleven estos —dijo entregándonos a Hicoro y a mí dos pequeños dispositivos.
—¿Qué es esto? —preguntó Hicoro.
—Es un microtransmisor —contestó el comandante—. Solo necesitan ponerlo en el oído y podremos escucharlos en caso de que necesiten ayuda.
—Gracias, pero no será necesario.
—No es idea mía, son órdenes del General Olister.
—¿Olister dio la orden?
—Los microtransmisores están a punto de ser implementados en todo el ejército. Supongo que este es un buen momento para comprobar su efectividad. Suerte.
—La suerte no existe, comandante —dije mientras salía del laboratorio.
—Nosotros nunca fallamos —fueron las palabras de Hicoro antes de seguirme.
Las huellas nos llevaron hasta un bosque en el cual había una pequeña ciudadela.
—En verdad hay muchas personas armadas. Sugiero esperar hasta la noche para entrar. Odio la idea, pero Vulcan nos puede dejar sin llamar la atención. Aprovechemos la oscuridad. Leo, ¿me estás escuchando?
—Sí, perdón, es que siento algo raro.
—¿Estás enfermo? ¿Qué necesitas, hermano?
—No es eso, es… magia.
—¿Dónde?
Apunté con la mano a la ciudadela.
—¿Entonces las P-3 son nuestra menor preocupación?
—Es posible.
Esperamos hasta que la noche nos alcanzó. Vulcan se encontraba con nosotros después de haber hecho un recorrido de reconocimiento. Afortunadamente, los hipogrifos eran tan poco comunes en Masck que nadie se preocupaba por revisar el cielo en busca de amenazas.
El plan era simple: entrar y buscar al Alquimista del Portal. Después destruiríamos todas las P-3 que encontráramos y desapareceríamos tan rápido como habíamos llegado.
Gracias a que había captado la esencia del Alquimista del Portal en su laboratorio, podía buscarlo usando magia, por lo que Hicoro y yo logramos encontrarlo en muy poco tiempo, matando a nuestro paso a cualquier guardia que nos descubría antes de que diera la alarma de invasión.
Llegamos a un sótano que estaba cerrado por una puerta. A través de ella podía escucharse a un hombre hablar.
—Por última vez, alquimista. Este portal se abrió hace unos años y varios hombres salieron de él matando a mis hombres. Quiero que lo abras.
—No sé cómo funciona.
Se escucharon varios golpes y gritos de dolor.
—Supongo que es aquí —susurró Hicoro.
—Busca las P-3, yo me encargo.
—Hecho.
Derribé la puerta con alquimia y comencé a disparar a todos aquellos que no tuvieran uniforme de Sebakhem y llevaran algún tipo de arma en las manos.
Sin embargo, un total de veinte hombres eran demasiados como para poderlos matar sin tener que pelear.
Acabé con los que tenían armas de fuego y empecé a pelear con los que llevaban una espada en sus manos.
Todos eran hombres sin un entrenamiento como el mío, por lo que no tuve muchos problemas.
Sobre todo teniendo en cuenta que usaba alquimia al pelear, lo cual me confería una ventaja increíble.
Solo un hombre estaba junto al Alquimista del Portal, y aquel hombre no se movió en ningún momento. Una túnica cubría su rostro y, para mi sorpresa, creó una esfera de energía que mató a tres de sus hombres. Me dejó solamente contra dos, los cuales murieron rápidamente.
—Bienvenido, alquimista. No esperaba que mandaran gente a rescatar a este inútil, pero ya estás aquí y dos alquimistas son mejores que uno.
—¡CORRE, TIENE MAGIA! —dijo el Alquimista del Portal antes de recibir un golpe en la cabeza por parte del hombre con túnica.
El Alquimista del Portal se desmayó.
—¿No odias a las personas que hablan cuando no se les pide su opinión?
—Yo no he pedido tu opinión y estás hablando, así que mejor cállate y entrégame al alquimista.
—¿Quién demonios eres para hablarme así?
—Alguien que te va a matar dentro de muy poco.
—No lo creo, alquimista, tu especie no entiende la magia.
—Para tu desgracia no soy un alquimista normal.
Ante su atónita mirada, hice una esfera de energía que lancé a su posición. Sin tiempo para esquivar mi ataque, consiguió desviarlo. La esfera golpeó accidentalmente el centro de un arco de piedra que comenzó a brillar.
—Increíble —dijo fascinado mientras sostenía su mano ensangrentada por mi ataque—. Solo necesitaba más poder.
Su risa se volvió histérica mientras comenzaba a atacarme con la mano que le quedaba.
No tenía idea de qué acababa de hacer, pero el arco de piedra empezaba a brillar y una fina tela de energía aumentaba de poder.
Mis ataques se concentraban en destruir el arco y protegerme de los ataques de ese hombre. Finalmente, logré acercarme al portal y fragmentarlo con una transmutación.
—¡NOOOOOO! —gritó el hombre—. ¡VAS A MATARNOS A TODOS!
—Tú ya estás muerto —dije al tiempo que mi mano rozaba su pecho. Todos sus órganos internos explotaron.
Para mi desgracia, el hombre tenía razón. El portal empezó a acumular una peligrosa cantidad de energía, que se volvía caótica con cada segundo que pasaba.
Solté al alquimista de la silla en la que lo tenían amarrado y comencé a correr con él.
No había tiempo para que Hicoro buscara las P-3, estaba seguro de que todo el lugar estaba a punto de explotar.
Mi mano tocó el microtransmisor y una voz contestó casi de inmediato.
—Sebakhem Leo, ¿está bien?
—¿Cómo hablo con el Teniente Hicoro?
Un sonido de clic dio paso a una respiración agitada y al sonido de pisadas en un pasillo de piedra.
—¿Hicoro?
—¿Leo?
—¿Me escuchas?
—Sí, estas cosas son geniales.
—Cállate y escúchame. No sé qué acabo de hacer, pero todo esto va a explotar. Aborta la misión. Te veo en el punto de encuentro.
—¿Tienes al alquimista?
—Sí, corre.
Toqué el único botón que estaba en el microtransmisor y la voz de Hicoro desapareció.
En esta ocasión no me importó cuántas personas me descubrieran. Utilizaba alquimia para hacer que los muros cayeran sobre ellos y disparaba a cuanta persona intentara detenerme. El alquimista había conseguido despertar y, sin pedir explicaciones, comenzó a correr a mi lado.
—¡VULCAN! —grité en el momento en que llegamos al punto de encuentro.
Después de unos segundos, mi fiel hipogrifo apareció en los cielos para aterrizar a mi lado.
—Cuida esa parte, yo me encargo de esta —dije a Vulcan, señalando los puntos que teníamos que cuidar—. Esperamos a Hicoro y nos vamos.
—¿Estás loco? —dijo el Alquimista del Portal—. No vamos a esperar a nadie.
Saqué mi revólver mientras me preparaba para cuidar la parte que había elegido.
—No sé cómo hagan las cosas en Masck, pero yo no dejo a mi gente atrás.
—Es una estupidez, nos van a matar.
—Claro que no. He hecho este tipo de misión miles de veces y nunca me han matado —dije con ironía.
Estaba seguro de que Hicoro hubiera muerto de la risa ante mi comentario, pero no pareció resultarle gracioso al Alquimista del Portal.