Capítulo 16 El alquimista más poderoso de Auralia
Los alquimistas no creemos en la suerte. Consideramos que lo que el mundo conoce como suerte es simplemente el efecto de una ley cuyo funcionamiento desconocemos. Supongo que podríamos llamar destino a esa ley.
Fue justamente el destino lo que desencadenó una serie de eventos que cambiarían la forma de vida de todos los habitantes de Auralia y que involucrarían a un mundo, hasta ese momento, desconocido para todos nosotros.
Pero me estoy adelantando a los hechos; la verdad es que en ese momento no era consciente de lo que el destino tenía preparado para mí.
Hicoro y yo habíamos conseguido una reputación excelente entre los militares y la población.
Todos sabían que no había misión en la que no tuviéramos éxito.
La causa de esto era simple: no había persona con la que me coordinara mejor que con él.
Parecía que leyéramos nuestros pensamientos.
Además, entrenábamos juntos, por lo que ambos conocíamos las capacidades del otro y, cuando las cosas se ponían verdaderamente difíciles, podía recurrir al uso de la magia con la confianza de que mi hermano jamás me delataría.
El General Olister había decidido hacer de Hicoro mi protector permanente y el tiempo que no estábamos en misión ni entrenando lo dedicábamos a divertirnos.
Comíamos donde quisiéramos, tomábamos pequeñas vacaciones, íbamos a lugares en donde las mujeres eran la principal atracción y diversión.
Ganábamos grandes cantidades de dinero gracias a las apuestas ilegales que realizábamos con las peleas callejeras, en las cuales, de vez en cuando, yo también participaba.
De esta manera nos ganábamos la amistad de más de un delincuente que nos ayudaba a completar nuestras misiones proporcionándonos información que de otra forma hubiera sido imposible conseguir.
Desde luego, todo a cambio de una suculenta suma de dinero.
Era consciente de cuánto había cambiado desde que me convertí en Sebakhem, y más aún desde que conocí a Hicoro.
Pero el mayor cambio era interno. Tanto Hicoro como yo estábamos felices de ser armas mortales.
La muerte no nos asustaba, realizábamos misiones suicidas y salíamos ilesos.
Éramos la combinación perfecta entre el alquimista más poderoso de Auralia y el soldado mejor entrenado de todo el ejército.
El cuerpo y la mente, la alquimia y el puño, simple y sencillamente imparables.
Las historias de nuestras proezas pasaban de boca en boca en el ejército y la población conocía nuestros nombres.
Teníamos lo que frívolamente se podría denominar como “fama”.
Eso, estúpidamente, nos hacía sentir orgullosos.
Años después nos daríamos cuenta de que los hombres que éramos no merecían sentir orgullo.
Aunque, como decía un alquimista experto en explosiones: “No hay por qué estar avergonzado de un trabajo bien hecho, sea cual sea el trabajo”.
Puede que bajo otras circunstancias me hubiera vuelto loco con todos los actos que cometíamos.
Los dos deteníamos a grandes grupos rebeldes, deshacíamos motines y recuperábamos armas y artefactos robados.
Generalmente, con saldos de sangre. Estaba seguro de que el hecho de ver mis manos manchadas de sangre me hubiera enloquecido tarde o temprano, pero tenía un apoyo gigantesco e incondicional por parte de mi hermano.
Todas las misiones tenían un solo objetivo para nosotros: cumplirlas sin importar lo que nos pidieran, siempre y cuando no atentaran contra nuestra conciencia; no realizar ningún acto del cual nos arrepintiéramos después y, lo más importante, terminar la misión juntos.
Nunca dejarnos atrás. La única familia que teníamos era la que formábamos nosotros y planeábamos seguir con vida sin importar lo que pasara.
El otro miembro de nuestra extraña familia podría decirse que era Alaric, quien había pasado a tomar el lugar de Eleazar.
Aunque esta relación parecía no aplicarse a Hicoro.
Él simplemente se llevaba bien con Alaric, pero nunca sintió el apoyo paterno que Alaric depositaba en mí, un apoyo que nunca sentí de Eleazar.
Pese a que yo había tenido una que otra experiencia romántica y encuentros con mujeres, no era fanático de ello.
Siempre consideré que había algo que hacía falta en una relación: que mi corazón se volviera loco con solo pensar en esa persona, que sus labios incineraran mi conciencia en un beso y que mi mente estuviera en blanco con solamente abrazarla.
Hicoro, a diferencia mía, no perdía ninguna oportunidad para involucrarse con mujeres, sobre todo en términos sexuales, ya que se negaba a iniciar cualquier cosa parecida a una relación sentimental.
El motivo era sencillo e increíblemente doloroso para él. Una vez estuvo a punto de casarse, pero su prometida lo abandonó y lo engañó con otro hombre. Aquella desilusión hizo que su corazón se cerrara al amor y que él aplicara el mismo trato a todas las mujeres con las que se involucraba.
—Mi hermano, yo digo que te tienes que dedicar menos a leer libros y a buscar el amor en mujeres que no valen la pena. Mejor dedícate, como yo, a divertirte con los placeres y delicias que estas pueden proporcionarte —dijo orgulloso de su razonamiento.
No pude contener una carcajada.
—Lo siento, hermano, pero una parte de mí aún es romántica. Yo sí creo que en algún lugar hay una mujer por la que vale la pena luchar y morir si fuera necesario. Una mujer por la que vale la pena estar enamorado toda la vida y hacer hasta lo imposible por estar con ella.
—Me das asco —dijo fingiendo estar horrorizado mientras volteaba a ver su plato vacío—. Te cambio lo que te queda de comida por mi café.
—Olvídalo, el café se rellena gratis, ¿para qué quiero tu taza?
—Bueno, entonces, me como tu comida, me patrocinas otra ración y a cambio te doy los dos postres.
—¿Por qué te voy a comprar comida?
—Porque tú ganas más que yo, además hay pastel de chocolate.
—De acuerdo, pero tráeme más café.
Los cocineros del ejército eran alquimistas expertos en nutrición. A cada uno nos servían la ración de comida que necesitábamos, aunque al parecer no era la necesaria para calmar el apetito de Hicoro.
La comida no era mala. Nuestras raciones obligatorias y gratuitas consistían en un estofado que era sopa y guisado en uno.
Fuera de eso, teníamos que pagar por lo que queríamos comer.
Ahí estaba mi postre favorito: un delicioso pastel de chocolate cuya receta era guardada celosamente por el cocinero y que hacía solamente en determinados días.
Pese a haber ofrecido una fuerte suma por un pastel completo, él se negaba a dar más que la rebanada que correspondía a cada comida, y llegaba a cocinarlo en ocasiones especiales en las que hubiéramos cumplido con una misión particularmente difícil.
Hicoro seguía comiendo y yo leía mientras combinaba un excelente tabaco con un buen café y el pastel. Entonces un soldado entró corriendo al comedor con una carta.
—Te apuesto que es para nosotros —dijo Hicoro mientras se apuraba a comer.
—Seguramente.
Tal y como lo habíamos sospechado, el soldado se acercó a nuestra mesa para entregarnos la carta.
—Sebakhem Leo, Teniente Hicoro. El General Olister les manda esto.
—Gracias, soldado —dije mientras abría la carta, cuyo contenido era secreto y que el soldado intentaba leer.
—Puede retirarse —dijo Hicoro mientras jugaba con un cuchillo.
—Desde luego, señor. Lo siento, señor. Permiso, señor —dijo el soldado nervioso al ver que mi mirada era igual de severa que la de Hicoro.
En cuanto el soldado salió por la puerta, Hicoro y yo comenzamos a reír.
—Hicoro, tenemos que dejar de hacer eso.
—Ya lo sé, pero es muy divertido.
Abrí la carta para leer el informe.
—Interesante.
Habían secuestrado al Alquimista del Portal. Le di la carta a Hicoro para que la leyera.
—¿El Alquimista del Portal? Nunca había oído hablar de él, ¿tú?
—Una vez. Al parecer el hombre está haciendo investigaciones tan importantes que ni siquiera me dejaron examinarlo.
—¿Qué está haciendo? ¿Busca la manera de hacerte crecer?
—Muy gracioso —dije al tiempo que apagaba mi cigarro—. El tipo está buscando la manera de crear portales para teletransportar ejércitos de un lado a otro de manera instantánea. Se rumora que incluso podría llegar a conducirnos a nuevas dimensiones.
—¿Nuevas dimensiones?
—Así es, mundos distintos al nuestro a los cuales podríamos llegar por esos portales.
—¿Es posible?
—Supongo que sí. En el Proyecto Atlantius se menciona la existencia de portales naturales que fueron destruidos. No veo por qué no puedan ser creados.
—¿Quién lo habrá secuestrado?
—Cualquiera de nuestros enemigos. Imagina el poder de hacer aparecer un portal dentro de Auralia: podrías conducir a tus tropas dentro de la ciudad sin tener que luchar contra las defensas externas.
—Entonces ellos quieren hacer lo mismo que nuestros lindos superiores quieren hacer.
—Básicamente.
—Bueno, la cosa huele a sangre, así que, ¿cuándo partimos?
—Inmediatamente, aunque se supone que tenemos que buscar alguna manera pacífica de resolver todo esto.
—Por favor, Leo, si quisieran que esto se resolviera de una manera pacífica hubieran mandado a Botánica y sus florecitas. El informe dice claramente: “Rescatar a cualquier costo” —dijo Hicoro, imitando el tono de voz de Olister.
—Tienes razón —dije suspirando—. Voy por Vulcan, te veo en la estación en una hora.
—Hecho. ¿Qué quieres usar hoy?
—Espada —dije mientras salía del comedor.
Di indicaciones a Vulcan para que fuera siguiendo al tren en el que íbamos sin llamar la atención. Era algo que solíamos hacer; siempre era bueno contar con algo de apoyo aéreo, aunque Hicoro odiaba subir en Vulcan. Este solía cargarlo con sus garras para hacer más desagradable su vuelo.
Después de un día de viaje nos encontrábamos en una de las partes más alejadas del territorio auraliano.