Capítulo 15 En necesidad del mundo ¿real?
Casi sin darme cuenta, el sueño se fue apoderando de mí. El diario de Leo quedó descansando sobre mi pecho y una serie de sueños coloridos y vívidos se manifestaron en mi mente. Soñaba nuevamente con Leo. Esa sensación, ahora tan familiar para mí, muchas veces me hacía dudar de la realidad.
Durante el día leía el diario de Leo: un mundo a siglos de distancia, tan maravilloso y lleno de cosas extrañas que parecía totalmente imaginario.
Al mismo tiempo vivía en un palacio en el cual estaba aprendiendo magia y me encontraba rodeada de seres con poderes dignos de cualquier película de ciencia ficción.
Pero en la noche empezaba la parte realmente escalofriante: veía a Leo, quien, me gustara o no, era mi padre y todas las noches lo veía luchando por su vida.
Aún no sabía a ciencia cierta si el hecho de que él se encontrara en esa situación era mi culpa.
Rubiel decía que yo no tenía nada que ver, pero Vesta tenía razón en algo: si Leo no hubiera ido a verme, jamás estaría en esa situación.
En ese momento, Leo caminaba con dificultad hacia un pequeño riachuelo. Podía sentir que estaba bastante débil después de haber luchado contra el veneno de los vampiros; sin embargo, esta vez era de día y no parecía haber ningún enemigo cerca.
Leo se acercó al río y una esfera con pequeños rayos de color azul apareció en su mano.
Me parecía increíble que pudiera hacer magia en el estado en el que se encontraba.
Lanzó la esfera al río y se escuchó una poderosa descarga eléctrica; segundos después, tres peces flotaron muertos en la superficie.
—Genial —dijo Leo con una sonrisa en la cara.
Chasqueó los dedos y una llamarada apareció sobre un montón de hojas y ramas secas que momentos después se transformarían en una fogata.
Leo se tomó un par de minutos para limpiar los pescados y después atravesarlos con una rama para ponerlos sobre el fuego. Mientras se cocinaban, Leo inspeccionaba los árboles que estaban cerca del río hasta que encontró un árbol con un grosor considerable.
Colocó su mano cerca de la base del árbol y una línea esmeralda dio un pequeño brillo para desaparecer tan rápido como había aparecido.
Leo empezó a empujar el árbol. Parecía algo totalmente ilógico: era imposible que moviera un árbol de ese tamaño.
Una de sus manos resbaló por la corteza y le causó un corte en la mano.
—¡Mierda! Malditos vampiros.
Leo puso nuevamente sus manos sobre el árbol y pude sentir cómo su energía se incrementó por un momento. El árbol comenzó a desplazarse hasta caer cerca del río. Después intentó hacerlo girar y moverlo sin ningún resultado.
El olor del pescado empezaba a inundar el ambiente, por lo que Leo abandonó sus infructuosos intentos de mover el árbol y fue a comer con voracidad.
Era cierto: no solo había perdido una cantidad enorme de energía mientras luchaba contra el veneno de los vampiros, sino que en esos días no había comido absolutamente nada.
Los pescados eran pequeños; sin embargo, Leo parecía satisfecho.
Tomó un poco de agua del río y se limpió con el dorso de la mano.
Después volteó a ver su palma, en la que se encontraba el corte que se había hecho con la corteza del árbol.
Era extraño, pero podía sentir cómo la energía regresaba al cuerpo de Leo.
La herida se cerró ante sus ojos, tal y como se cerraban las heridas de Rubiel; Leo se arremangó la camisa y las mordidas que había en sus brazos cicatrizaron con la misma rapidez. Ninguna dejó cicatriz.
—Perfecto, ahora sí vas a ver, maldito arbolito.
Leo se acercó con decisión al árbol y levantó la mano hacia él. Esta se cubrió de un resplandor esmeralda y el árbol comenzó a moverse, como si tuviera vida.
Poco a poco, las ramas se torcían y la madera se apartaba, volviéndose flexible, tomando formas y figuras como si la viera a través de humo o de un espejismo.
El árbol juntaba todas sus ramas y hojas en la parte superior.
Las hojas se unían formando una gigantesca y gruesa hoja; las ramas, a su vez, formaban un intrincado tejido.
Algo parecido a un techo apareció en uno de los extremos del árbol, que para ese momento se había convertido en una pequeña barca, la cual incluso contaba con un pequeño timón.
Esta vez Leo puso sus manos sobre la pequeña embarcación y comenzó a empujarla sin dificultad hacia el río para después saltar dentro de ella.
No podía creerlo: acababa de transmutar un árbol en una barca frente a mis ojos y había unido todas las hojas para crear una vela.
Era algo que jamás se me hubiera ocurrido a mí; sin embargo, algo que parecía tan extraño a mis ojos resultaba, al parecer, un acto totalmente normal y común en su vida.
Afortunadamente, este sueño era mucho más tranquilo y bello que los sueños que generalmente tenía acerca de Leo.
Los destellos de la luz que se filtraba entre las hojas y las ramas de los árboles se reflejaban sobre el agua.
Los aromas y los sonidos se unían para conferir una atmósfera mágica y tranquila que me permitió pensar un poco.
Leo no parecía ser una mala persona, incluso conociendo los detalles que lo llevaron a convertirse en asesino.
Entendí que necesitaba sobrevivir y adaptarse al lugar en el que vivía, aunque yo no estaba segura de poder hacer lo mismo.
La sola idea de matar un demonio me resultaba mucho más que incómoda, aunque desgraciadamente parecía vital dado el nuevo mundo en el que me encontraba.
El río desembocó en el mar y rápidamente nos alejamos de la orilla. Leo tocó una parte de la barca; un cilindro de madera se desprendió de esta y, al tomarlo entre sus dedos, se transformó en una flauta.
En verdad no esperaba algo así. Leo comenzó a tocar: una melodía muy lenta y nostálgica salía de la flauta.
Sonaba como si la flauta estuviera llorando.
Sentía una sensación extraña en el pecho; estaba dormida, pero los efectos de esa melodía eran tan fuertes que juraría que podía sentirlos como si estuviera despierta.
Poco a poco, la melodía se fue transformando en una mucho más alegre.
Se sentía esperanza en cada una de las notas; la alegría daba color a la música mientras el mar se extendía hasta el horizonte.
Podría decir que era una lástima que no hubiera nadie cerca para escuchar aquella canción, que en ese momento parecía digna de una fiesta; se podía bailar con el ritmo que tenía.
La música era sensual, una mezcla de seguridad, felicidad, lujuria, baile y alegría.
Era tan difícil de explicar que me impresionó cuando la melodía nuevamente empezó a disminuir de velocidad, esta vez para transformarse en una mucho más oscura, como si de pronto una tormenta se hubiera posado sobre toda esa alegría.
Se sentía desesperación, tristeza y coraje, hasta llegar nuevamente a la melodía inicial.
La nostalgia quedó flotando en el aire mientras la última nota se perdía en el horizonte.
Leo sonrió con tristeza mientras jugaba con la flauta entre sus dedos, hasta que en un momento dado la sujetó con fuerza. Se escuchó un “ crack” cuando su puño apretó, partiéndola por la mitad. Después arrojó los pedazos al mar.
No entendía a qué se debía eso, pero sabía que cada nota que Leo acababa de tocar contaba una historia; una historia que me hablaba de algo que él debía de querer de una forma muy especial.
Algo que añoraba con todas sus fuerzas, algo que lo había hecho increíblemente feliz, pero también algo que le dolía impresionantemente.
Leo se recostó en la parte de la barca que tenía el pequeño techo y cerró los ojos.
Esta vez desperté confundida, pero con un sentimiento agradable.
No solamente estaba vivo, sino que al parecer había algo más en su vida que dedicarse a matar.
Había algo que nos unía, algo que lo hacía tan humano como el resto de las personas.
Hasta ese momento había concebido a Leo como alguien sin sentimientos, alguien que era, como él mismo decía, un arma humana. Deseaba saber qué era ese algo que tenía el poder de transformar una máquina de matar en alguien capaz de interpretar esas notas que acababa de escuchar.
En la mesa todos esperaban mi llegada, algo que seguramente no era por educación, sino porque querían enterarse del estado de Leo.
—Buenos días, mi niña —dijo Neritha—. ¿Tienes hambre?
—Sí, un poco.
Saludé a los demás. Estaban todos reunidos, por lo que evité que preguntaran.
—Soñé otra vez con Leo.
Todos salvo Vesta fingieron una falsa sorpresa.
—¿Cómo está? —preguntó Rubiel.
—Por fin logró comer algo y ahora se encuentra a la mitad del mar. Tocó una canción con una flauta que transmutó y sus heridas ya cicatrizaron, así que supongo que ya está mucho mejor.
Vesta me miró con intensidad en cuanto dije que Leo había tocado una canción. En ese momento, Rubiel volteó a ver rápidamente a Vesta y después cambió el tema de la conversación.
—Qué bueno, sabía que esos vampiros no podían contra él. Por cierto, Azul, ¿me sirves jugo? —dijo con una malévola sonrisa en la cara.
—Está frente a ti —dijo Azul mal encarado.
—Sí, ya lo sé, pero aún eres mi esclavo y tengo que aprovechar estos días, ¿no lo crees?
Antes de que Azul pudiera reclamar, Rubiel le recordó:
—Por favor, Azul, una apuesta es una apuesta.
Azul hizo un movimiento con su mano y la jarra de jugo se elevó por los aires. Empezó a vaciar jugo en el vaso de Rubiel, aunque al final algo cayó “accidentalmente” sobre Rubiel.
—Lo siento, AMO —dijo Azul con un tono que evidenciaba su satisfacción ante su travesura.
—No te preocupes, tú vas a lavar.
Llevaba poco tiempo de conocerlos, pero sabía que esto estaba a punto de terminar en algo que no quería ver.
—¿Entonces ustedes no pueden ver a Leo?
—No —contestó Azul—. Aunque no lo creas, es una habilidad bastante rara. A pesar de ser su hija, es impresionante. Seguramente has de tener grandes poderes de visión. Es posible que mi hermanita te pueda enseñar a manejarlos.