El Diario del Alquimista Capítulo 14 La vida de un arma #10
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Capítulo 14 La vida de un arma #10

Hicoro pensó su respuesta por unos segundos que me parecieron horas. Estaba a punto de dispararle cuando comenzó a hablar.

—Bueno, supongo que ahora ambos conocemos nuestros secretos, estamos iguales, ¿no crees?

No podía creerlo, Hicoro tenía todo el derecho de denunciarme, una palabra suya y mi vida estaría en manos de los rastreadores.

—Supongo que estamos igual —dije sin estar muy convencido de ello.

—¿Alguien más sabe?

—Alaric.

—¿El alquimista de la vida?

—Sí.

—Tenemos que matarlo, tu secreto es peligroso.

—No es necesario. Él lo sabe desde hace mucho tiempo y no va a decir nada, estoy seguro.

Hicoro lo meditó y después de levantar su cuchillo se dirigió a mí.

—¿Qué te parece si me invitas a comer para compensar el dinero que perdí por tu culpa?

—Me parece justo —dije mientras destransmutaba la pared que había creado—. ¿Hace cuánto que te dedicas a esto?

—Algunos años. Es divertido, mejoro mi técnica, gano dinero y las heridas, junto con una buena historia, atraen a las mujeres como la miel a las abejas.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que sí, un día te voy a llevar a un bonito lugar de perdición que conozco, te aseguro que vas a salir de ahí mínimo con cuatro novias.

La risa se apoderó de nosotros, era increíblemente reconfortante saber que Hicoro no me iba a denunciar.

—Claro, solo tengo que pagar por ellas.

—Créeme, esa placa de Sebakhem que tienes abre otras cosas además de puertas, el fin de semana pasado me llevé a la cama a una morena increíble solo con decir que era el protector del Sebakhem Leo.

—Tienes unas costumbres despreciables, ¿lo sabías?

—Sí, estoy orgulloso de todas y cada una de ellas —dijo con una sonrisa.

—¿Cuánto dinero ganas generalmente?

—En los buenos días unas cuarenta monedas de plata, aunque si pudiera apostar en oro ganaría mucho más.

—Si es que ganas.

—¿De qué estás hablando? Yo nunca pierdo.

—Si nunca pierdes es posible que podamos ser socios.

—Explícate.

—Digamos que apostamos una fuerte cantidad de dinero.

—¿Y de dónde la vamos a sacar?

—Bueno, mis gastos se limitan a pagar la renta y comprar tabaco, siempre como en el comedor del cuartel y no es por presumir pero gano mucho más que tú.

—¿Mitad y mitad de las ganancias?

—Perfecto —contesté yo.

Entramos a comer a un pequeño restaurante que encontramos cerca del cuartel general. Mientras nos traían la comida, recordé el evento que inició la búsqueda de Hicoro, saqué la daga de entre mis ropas y arranqué la nota para poder leerla, Hicoro tomó la daga entre sus manos.

—Acero Dumarck, mango de madera de ébano, perfectamente balanceada, punta diamantada, doble filo, quinientos setenta y cinco gramos de muerte.

—¿Te volviste alquimista de la noche a la mañana?

—No, pero he soñado con esta daga durante mucho tiempo, es una belleza y vale una fortuna, ¿cómo la conseguiste?

—Se podría decir que simplemente apareció.

Hicoro me vio sin creer en mis palabras.

—En serio, caminaba por la calle y de pronto apareció.

Hicoro habló acercándose a mí para asegurarse de que nadie nos pudiera escuchar.

—¿Crees que sea obra de la magia?

—Estoy seguro. No necesito abrir la carta para saber quién lo hizo.

—Entonces, ¿no la vas a abrir?

—Sí, pero con cuidado, la carta podría tener algún conjuro.

Hicoro me arrebató la carta y la abrió rápidamente.

Afortunadamente, la carta no tenía ningún encantamiento, su actitud había sido increíblemente estúpida, pero también bastante heroica.

Estaba dispuesto a recibir un conjuro por mí, aunque es posible que el hecho de que no conociera tanto de magia como yo le hubiera hecho creer que no era peligroso.

La nota decía:

Te espero en la bodega abandonada al sur de la ciudad a las dos de la tarde, hace mucho que no nos vemos, sé que podrás llegar sin problemas.

—¿Una antigua novia? —preguntó Hicoro después de leer la carta.

—Wilson, el Alquimista del Manto Dorado. Él también puede usar… bueno, tú sabes, ya te había hablado de él.

—Claro, tu “conocido” de la Academia. No estás pensando en ir, ¿verdad?

—Desde luego que sí.

—Entonces voy contigo.

—No creo que puedas hacer nada, no vamos a pelear con espadas ni con pistolas.

—No pienso dejarte ir solo, ahora somos socios, ¿recuerdas? Tengo que proteger a mi benefactor.

—Como quieras, mientras no te metas en la batalla no creo que te pase nada, pero ya lo resolveré mañana.

—¿Qué vas a hacer con la daga?

—Quédatela, no creo que venga a reclamarla.

Los ojos de Hicoro brillaron y guardó rápidamente la daga en su cinturón.

Al otro día estábamos listos para entrar a la bodega, Wilson había dejado un pequeño rastro de magia para que lo siguiera, esperaba que no fuera lo suficientemente fuerte como para que los rastreadores lo pudieran seguir.

—¿Qué tan peligroso es este tipo? —preguntó Hicoro.

—Casi tanto como yo, él sabe más magia, pero yo sé más alquimia.

—Casi tanto como tú —repitió Hicoro como si intentara buscarle algún significado a esas palabras—. Entonces no es tan peligroso.

—Nunca me has visto pelear con magia.

Una sombra pasó sobre nosotros y rápidamente aterrizó a nuestro lado.

—¿Qué hace Vulcan aquí? —preguntó Hicoro.

Vulcan nunca lo había querido mucho. No perdía oportunidad para morderlo y quitarle su comida.

—No sabemos si vamos a necesitar salir de emergencia.

Pasaron un par de minutos después de las dos y una nueva sombra pasó sobre nosotros.

—¿Es día de práctica del Escuadrón de los Hipogrifos?

Los alquimistas no éramos los únicos que teníamos hipogrifos.

Había una unidad de soldados que los utilizaban; sus habilidades con ellos eran espectaculares y eran formidables en la guerra.

El pueblo amaba ver las demostraciones en público; sin embargo, en esta ocasión no se trataba de ellos.

Ningún elemento del Escuadrón poseía un hipogrifo dorado.

—No, mi viejo amigo acaba de llegar.

Wilson aterrizó a unos metros de donde estábamos, Vulcan comenzó a gruñir en cuanto vio a Aurum, el cual reaccionó de manera similar.

Wilson tenía una capa de color oro y sus ropas eran como siempre muy finas, en ese momento yo tenía el poder adquisitivo para vestir igual, pero su código de vestimenta siempre me pareció por demás estúpido, además de increíblemente incómodo.

—Leo, hermano, tanto tiempo sin verte.

—Tenía la esperanza de que alguien me hubiera hecho el favor de matarte.

—Pienso igual que tú; sin embargo aquí seguimos los dos, vivos y más poderosos que antes.

—Eso parece.

—Adelante, vamos a pasar, tengo todo preparado para que los rastreadores no sean un problema, te aseguro que esto será una batalla como pocas hemos tenido.

Con un movimiento de sus manos las puertas de la bodega se abrieron de par en par, Hicoro estaba en tensión, listo para lanzar cuchillos y pelear en cualquier momento.

—Veo que trajiste a tu perro guardián, he oído mucho de los dos, se han ganado una buena reputación como asesinos.

—Estoy seguro de que no hemos sido los únicos que hemos matado en estos años.

—Tienes razón, amigo mío. Me asombra que no lo hubieras descifrado, ¿quién crees que ha estado matando a todos esos alquimistas?

—Pensé en ti, pero no logré identificar tu esencia.

—Eso es muy fácil de explicar, al igual que tú he conseguido amigos que peleen por mí, es posible que sepas algo de ellos.

Sus ojos brillaron en dorado y, con un chasquido que produjo una pequeña nube del mismo color, empezaron a materializarse seres parecidos a sombras, los cuales tomaban forma humana.

Hicoro tomó su cuchillo y adoptó una posición de ataque. Yo estaba impresionado. No era posible.

—No es posible, no existen.

—¿Demonios en Auralia? —Wilson completó mi frase—. Lo sé, me costó mucho trabajo invocarlos, pero lograron robar algunos conocimientos de esos alquimistas, ¿quieres verlos?

Wilson volvió a chasquear los dedos y una visión escalofriante se presentó ante nosotros.

Podía escuchar la respiración agitada de Hicoro, el cual no estaba acostumbrado a presenciar ningún tipo de magia, aunque lo que veía era impresionante incluso para mí.

Los demonios empezaron a unirse a su cuerpo.

Era como si se disolvieran al tocarlo y formaran parte de él.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Hicoro aterrorizado.

—Absorbe los conocimientos que robaron.

—Así es, Leo, y este es para ti.

Con un movimiento de cabeza le ordenó al demonio que me atacara, era un demonio de bajo nivel. No eran más que simples marionetas bajo el poder de un mago, pero nunca antes me había enfrentado a uno.

Hicoro se interpuso entre el demonio y yo, recibiendo un golpe que lo hizo retroceder un par de pasos. El cuchillo de Hicoro atacaba sin piedad al demonio, el cual recibía cortes y golpes sin mostrar ningún tipo de daño.

Por la forma en la que estaba peleando Hicoro, me era imposible ayudarlo sin que, en su intento de defensa, lo lastimara. Por su parte, el demonio contaba con manos parecidas a navajas, las cuales sacaban pequeñas chispas cuando el cuchillo golpeaba contra ellas.

Su fuerza y velocidad eran mayores, y no tardó mucho en comenzar a herir a Hicoro. Un golpe lo lanzó a mis pies en un estado semiconsciente.

El demonio se acercaba a nosotros y Hicoro, en un último intento de heroísmo, lanzó su cuchillo con una precisión mortal hacia la frente del demonio, el cual continuó caminando hacia nosotros.

—Suficiente —dije con una voz increíblemente oscura.

Concentré mi odio y coraje en una esfera de energía que iluminó la bodega en esmeralda y la lancé hacia el demonio, el cual explotó en un infierno de llamas verdes.

Wilson aplaudía notoriamente divertido ante lo que acababa de pasar.

—¿Le tienes algún tipo de aprecio a ese humano? Entiendo que quieras a tu hipogrifo; él es útil, pero ¿un humano? Leo, me decepcionas.

Dirigí mis palabras a Hicoro.

—¿Estás bien?

—He estado mejor —dijo cubriendo con su mano un profundo corte en el abdomen.

—¿Crees aguantar un poco más?

—Dalo por hecho.

—Bueno, supongo que tendré que robarte el ojo del alquimista con mis propias manos.

—¿De qué hablas? —dije tomando una posición defensiva.