El Diario del Alquimista Capítulo 14 La vida de un arma #9
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Capítulo 14 La vida de un arma #9

—Excelente —dijo al ver una gran montaña de papeles frente a él—. Tengo una nueva misión para ti.

—Sí, señor.

Sacó una fotografía y la puso sobre su escritorio.

—Había tenido ciertas consideraciones contigo por tu edad, pero en vista de que ya no tienes problemas con matar personas esa será tu siguiente misión.

—¿Tengo que matarlo?

—A él y a muchos otros. Todos ellos han sido identificados como traficantes de armas. Ponen nuestras armas y tecnología en manos de nuestros enemigos. Su vida pone en riesgo la seguridad nacional; tú los vas a matar a todos.

—¿Por qué yo?

—Porque, para nuestra fortuna, ellos no te conocen, así que pienso usar ese punto a nuestro favor.

Hicoro y yo tardamos aproximadamente seis meses en terminar con todos ellos. Ambos matamos a una considerable cantidad de personas.

Nuestra reputación se extendió rápidamente por los pasillos del ejército.

No había misión que no pudiéramos cumplir, no había persona a quien no pudiéramos matar, ni lugar al que no pudiéramos entrar.

La combinación de fuerza, agilidad y técnicas de combate de Hicoro se fusionaba perfectamente con mis habilidades.

Formábamos un equipo tan perfecto que el General Olister decidió autorizar a Hicoro dentro del Proyecto Atlantius, por lo que ya no tenía que mentirle y desaparecer continuamente cuando mis servicios eran necesarios, aunque esto no evitó que él siguiera realizando sus continuas desapariciones.

En esa época, tuvo lugar el ingreso de varios Sebakhem, entre ellos, la alquimista de la tormenta, también conocida como Tempestas, aunque su nombre era Odelle, una mujer bastante bella con la cual entablé una gran amistad, al punto que llegué a considerarla como la pequeña hermana que nunca tuve.

Sus poderes eran extraordinarios y sus costumbres excéntricas.

Había conseguido una pequeña perrita de los criaderos del ejército, todos los perros que no cumplían con el tamaño especificado eran sacrificados, simple y sencillamente porque no eran muy útiles; sin embargo, ella logró salvar a una.

La llamó Vita. Era un animal infernal, extremadamente celosa y protectora, una vez me mordió solo porque me acerqué a saludar a Odelle.

Vita solía morder a Hicoro cada vez que este molestaba a su dueña.

Además, Odelle era muy poderosa, los fenómenos atmosféricos que podía crear eran asombrosos y tenía como costumbre encender cigarrillos creando un arco de alta tensión entre sus dedos.

También estaba la alquimista botánica, cuyo nombre era Violeta.

No pude comprender el interés de los militares en ella hasta que vi sus poderes en acción.

Era experta creando todo tipo de venenos y medicinas con métodos herbolarios, además de contar con un excelente y muy agudo sentido del olfato.

Tenía cabello chino, cuerpo pequeño y perfecto, de una belleza que en verdad podía ser comparada solamente con la belleza de las flores que creaba, era una de las alquimistas que más cuidaba su aspecto personal.

Siempre parecía que asistía a una fiesta.

Su carácter era increíblemente particular, cuando algo la hacía enojar o alguien que conocía y quería estaba en peligro reaccionaba de una forma más peligrosa que todos sus venenos juntos; sin embargo, era un espíritu noble, con personalidad alegre, una sonrisa honesta y siempre dispuesta para ayudar a quien necesitara un consejo, un abrazo o simplemente unas palabras de aliento en un momento difícil, era una de las alquimistas que se negaba a utilizar sus poderes para matar.

Finalmente, estaba una de las adquisiciones más preciadas para el ejército.

Su nombre era Mireli y era la alquimista del viento, ella presumía tener antepasados atlantianos aunque casi enloqueció cuando descubrió que yo era descendiente directo de Atlantis, por la forma en que la habían educado se “enamoró” de mí, aunque todos estábamos seguros de que su actitud rayaba en la obsesión.

Ella creía firmemente en la pureza de la sangre y de la raza, por lo que yo representaba la oportunidad perfecta para dar a luz hijos cuya sangre se encontrara inundada de Atlantis, sus poderes no eran espectaculares aunque su belleza lo era; sin embargo, nunca llamó mi atención.

Lo que la hacía verdaderamente valiosa era un don natural, podía transformarse a ella misma y a otras personas en viento para desplazarlas por largas distancias, así que pese a su carácter caprichoso y su escaso entrenamiento militar había llegado a ser Sebakhem en muy poco tiempo.

Regresaba a mi departamento cuando una daga se clavó en el suelo, llevando una nota atada al mango.

Busqué rápidamente la procedencia de la daga, aunque me fue imposible determinar de dónde venía.

Sin embargo, sabía que esa daga había llegado a mí gracias al uso de la magia y una esencia conocida flotaba a su alrededor.

Hubiera intentado rastrear al dueño; el problema era que nuevamente Hicoro brillaba por su ausencia.

Ese hecho me molestó: lo necesitaba y nuevamente él estaba quién sabe dónde, utilicé una técnica que Eleazar me había enseñado, era una de las pocas cosas que podía hacer con magia sin levantar sospechas, aunque nunca me atreví a utilizarla frente a los rastreadores.

Me concentré en su presencia y comencé a seguirlo, mis pasos me llevaban poco a poco a una de las zonas más abandonadas y precarias de Auralia, un lugar visitado solamente por ladrones y delincuentes, nadie en su sano juicio entraba ahí y mucho menos de noche, pero para ese entonces estaba seguro de que mi salud mental había desaparecido hacía mucho tiempo.

Ya no era el niño que había salido del pueblo de Urb con una maleta llena de sueños.

El joven con espíritu justiciero que había egresado de la Academia se había esfumado tiempo atrás.

Ahora era todo lo que el ejército podía desear de mí: un arma humana perfecta, un asesino sin remordimiento, un alquimista preciso que cumplía con cualquier tarea que se le asignara, por muy difícil que esta pareciera.

Mi vida personal era absorbida por mis libros y mi entrenamiento oculto en las artes de la magia, aunque era una práctica casi abandonada, ya que la presencia de los rastreadores hacía que fuera muy peligroso.

Desde hacía mucho tiempo, había dejado de sentirme como antes.

No era incómodo; simplemente era diferente.

Había madurado muchísimo y el hecho de que para ese entonces fuera considerado por muchos como el mejor alquimista de Auralia era sinónimo de que mi humanidad estaba desapareciendo poco a poco por culpa de mi trabajo.

Sin embargo era feliz, estaba viviendo mi sueño y en muchos aspectos era mejor de lo que alguna vez llegué a soñar.

Mis pensamientos se desviaron con varios gritos que incitaban a una pelea.

Un callejón iluminado por un círculo de luz proyectado por una farola.

Muchas personas se encontraban reunidas entre las sombras mirando con emoción y dando gritos de apoyo a las personas que luchaban dentro del círculo de luz.

No esperaba encontrar algo así. Hicoro se encontraba sin playera y con un cuchillo en la mano, al igual que la otra persona. Nunca había presenciado algo similar: eran peleas callejeras.

Mi indignación era total, Hicoro abandonaba sus responsabilidades para jugar a matarse contra delincuentes.

Me acerqué al callejón y a mis espaldas transmuté un gran muro. Saqué mi pistola y di un tiro al aire.

—Sebakhem. Tienen exactamente cinco segundos para largarse de aquí antes de que los meta a todos a la cárcel por realizar apuestas ilegales y peleas callejeras.

La respuesta no se hizo esperar. Todos salieron en estampida por la única salida que había dejado, la cual sellé en cuanto la última persona salió, para quedarme a solas con Hicoro, el cual me veía con furia.

—¿TIENES IDEA DE CUÁNTO DINERO ACABO DE PERDER POR TU CULPA?

Apunté a Hicoro con mi arma.

—Estás a punto de perder más que dinero.

—Adelante, mátame.

Lo intenté, pero simplemente era incapaz de jalar el gatillo. No podía matar a la persona que, en varias ocasiones, había arriesgado su vida heroicamente para salvar la mía, guardé mi pistola en la funda.

—Habíamos quedado en algo, sin secretos, ¿recuerdas?

Sabía que Hicoro también consideraba la traición como algo imperdonable.

—No soy el único aquí que guarda secretos.

—¿De qué hablas?

—¿Crees que soy idiota? Tú escondes algo. Era imposible que encontráramos a los traficantes con tanta facilidad. Era imposible que me encontraras aquí, muchas cosas raras pasan a tu alrededor y estoy seguro de que no son gracias a la alquimia.

—Muy bien, dime tu teoría.

—Puedes usar magia.

Mis sentimientos eran encontrados. Tenía miedo, pero también estaba furioso y buscaba una manera de silenciarlo.

Hicoro no dijo nada. Ante mi respuesta, que fue el silencio, comenzó a atacarme, cosa que evidentemente no iba a permitir. Una esfera de energía impactó contra su pecho. Estaba seguro de que no iba a causarle ningún daño, pero lo detendría por un momento.

Hicoro era más fuerte de lo que creía. Se levantó y lanzó un nuevo ataque contra mí.

Su cuchillo empezó a brillar al rojo vivo por lo que tuvo que soltarlo y empezar a pelear con los puños, cosa que tampoco logró al ser rechazado por un ataque con telequinesis, yo no necesitaba dar un solo paso.

La magia podía hacer todo por mí y Hicoro era incapaz de hacer algo en contra de ella.

Nunca había empleado magia para pelear de esa manera, entendí que podía haberlo matado con facilidad de no haber lanzado una esfera de energía que solamente lo aturdiera un poco, solamente había luchado así contra Wilson, y él peleaba de la misma forma, por lo que era difícil darme cuenta del daño que en verdad podía producir.

—Así que en verdad tienes magia —dijo Hicoro incorporándose del suelo.

—Sí, ¿qué piensas hacer?

Estaba listo para dirigir mi mano a mi pistola, Hicoro era rápido pero no lo suficiente como para esquivar una bala.