El Diario del Alquimista Capítulo 14 La vida de un arma #8
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Capítulo 14 La vida de un arma #8

Sin embargo, sus explicaciones eran por demás estúpidas: “Me quedé dormido”, “Ayudaba a una viejita a cruzar la calle”, “Me sentía mal”.

Esos y mil pretextos eran comunes cuando él incumplía con sus actividades, para su desgracia yo no era una persona común y corriente, el hecho de haber sido educado en el arte de la alquimia desde una edad muy temprana me había dado un olfato increíble y casi siempre lograba detectar aromas que iban en contra de todo lo que él decía, generalmente era una mezcla de sudor, comida y perfume de mujer, lo que me indicaba que la responsable de sus tardanzas debía de ser una mujer.

A juzgar por las diferentes fragancias que detectaba seguramente sería más de una mujer, aun así, el aroma que más llamaba mi atención era un olor a hierro y alcohol, sabía que Hicoro no bebía, lo que no me podía explicar era por qué Hicoro tenía la constante necesidad de realizarse curaciones, ¿qué haría en su tiempo libre que lo mantenía permanentemente herido?

Antes de salir pasamos al comedor, el General Olister le había dado a Hicoro un permiso especial para que pudiera entrar al comedor de los Sebakhem.

—Entonces —dijo Hicoro con la boca llena de comida—, ¿vas a ir a descubrir los secretos de los demás alquimistas?

—Esa es la idea, la cual no me causa demasiada gracia, odiaría que hicieran lo mismo con mis investigaciones.

—¿Vamos a tardar mucho en eso?

—No lo creo, es algo que puedo hacer de manera instantánea, espero que Olister sepa lo que está haciendo.

Prendí un cigarrillo en el momento en que uno de los meseros del comedor me traía una taza de café.

—¿Por qué? —preguntó Hicoro cuando prácticamente había terminado con toda la comida en su plato.

—No solo voy a saber los secretos de sus investigaciones. Voy a ser capaz de utilizar todas las técnicas que ellos tengan. Al descubrir sus secretos, también voy a saber cómo utilizarlos.

—Claro, como no necesitas trazar un círculo.

Su tenedor se dirigía a mi plato por lo que transmuté un pequeño domo que cubriera mi comida utilizando la madera de la mesa.

—¿Te lo vas a comer?

—No —contesté con la mirada en mi libro.

—Entonces quita esa cosa y déjame comer.

—Las raciones que nos dan están hechas para darnos la cantidad de energía que necesitamos.

—Te felicito si esas raciones sirven para ti, pero yo necesito más comida.

—Fórmate de nuevo.

—Con la comida que está en tu plato me conformo.

—Esta es mía —dije al tiempo que apuraba mi taza de café y guardaba mi libro—. Nos vamos.

—¿En este instante?

—Así es, no he dormido en tres días y quiero descansar antes de iniciar la investigación en el Este.

—¿Por qué no duermes hoy y salimos mañana? —preguntaba Hicoro al tiempo que atacaba al domo de madera con su cuchillo.

—Porque seguramente te vas a ir a no sé dónde para ayudar a una abuelita a cruzar la calle.

—Oye, la hubieras visto, te rompía el corazón con sus ojitos.

“Sí, claro”, pensé; ese día Hicoro no solamente olía a un perfume dulce y cítrico, sino que el cuello de su camisa tenía lápiz labial.

—Como sea, nos vamos.

Ese día, me sentía bastante incómodo. No solo sabía que Hicoro me escondía cosas, sino que además me habían encomendado la tarea de descubrir los secretos de los alquimistas.

Esto no era del todo malo, una parte de mí estaba feliz por esa idea.

Sabía que los alquimistas me iban a odiar, pero gracias a esta misión me convertiría en el alquimista más poderoso de Auralia, no solo tenía mis poderes y mis habilidades, sino que conocería las de todos los demás y las podría utilizar sin tener que llenarme de sus círculos de transmutación.

El viaje transcurrió en silencio, y una vez que llegamos al cuartel del Este, descubrí que, por la cantidad de alquimistas que se tenía, iba a tardar por lo menos una semana.

Caminaba por el cuartel con total conocimiento del mismo y de la ciudadela.

—¿Ya habías estado aquí? —preguntó Hicoro.

—Sí, vine aquí en una de mis primeras misiones, aunque en ese entonces la cantidad de alquimistas era mucho menor.

—Tienes razón, ya hay demasiados tipos raros en el ejército.

—Lo sé, pero te guste o no, también somos militares.

—No —dijo Hicoro—. Yo soy un militar, tú eres un alquimista.

—Tienes celos porque tú no tienes un revólver como el mío.

—Te recuerdo que a mí me gustan los cuchillos.

A ninguno de los dos nos agradaba dormir en las barracas de los cuarteles, y gracias a que mi sueldo me permitía rentar un cuarto en un hostal o posada sin afectar mi economía, nos dirigíamos a nuestro cuarto después de haber revisado las investigaciones de otros siete alquimistas.

La noche era despejada. La luna y las estrellas podían verse sin ningún problema, dotando a la ciudadela de un misterioso e hipnótico color plateado, y el viento fresco del verano se encontraba cargado de aromas florales.

Hicoro era el compañero perfecto de viaje. No solo sabía hablar cuando era necesario; lo más importante era que sabía quedarse callado y junto a él no sentía la necesidad de decir algo para llenar el silencio, cosa que me agradaba.

Caminábamos por una calle que, por la hora, se encontraba totalmente vacía. El sonido de un rifle al disparar rompió con la quietud de la noche. Frente a nosotros, una chispa brilló rápidamente producto del impacto de la bala contra el suelo.

Hicoro contaba con unos reflejos excelentes. Antes de que yo pudiera desenfundar mi pistola, él se encontraba con un enorme cuchillo en la mano.

Diez hombres se acercaban a nosotros con espadas y rifles.

—Así que decidiste regresar. Esta vez vamos a asegurarnos de que no salgas vivo.

—¿Amigos tuyos? —preguntó Hicoro.

Los reconocí de inmediato. Había peleado meses atrás contra cinco de ellos.

—Se podría decir.

Para nuestra fortuna, los civiles no tenían tan buena puntería como nosotros. Un nuevo disparo pasó zumbando a nuestro lado.

—¿Qué les hiciste?

—Casi los mato y destruí su casa.

Hicoro me volteó a ver de reojo.

—Ellos empezaron.

—¿Por qué no los mataste?

—Para ese entonces aún no había matado a nadie.

—Vamos a corregir tu error, ¿cinco y cinco?

—Hecho.

Ellos tenían solamente un par de rifles y ahora ambos estaban descargados, por lo que estaban obligados a pelear con espadas y con sus puños. Se podría considerar que era una pelea justa: ellos eran diez y nosotros éramos un soldado de las fuerzas especiales y un Sebakhem.

El enfrentamiento empezó rápidamente. Sus golpes eran rápidos y sus ataques con la espada llevaban la intención de matar.

Hicoro estaba acabando con ellos a una velocidad impresionante. Yo aún me resistía un poco a matar personas, pero mi actitud pacifista desapareció en el momento en que una espada estuvo a punto de cortarme la cabeza.

Utilizando alquimia, hice explotar el corazón de uno de ellos.

Su rostro ni siquiera alcanzó a mostrar dolor.

Un giro rápido me permitió enterrar la espada en el estómago de otro de nuestros atacantes.

Hicoro ya había matado a cuatro de nuestros atacantes.

Sus movimientos eran impresionantes: sus golpes eran suficientes para dejarlos fuera de combate, le enterró el cuchillo en el corazón a uno y lo utilizó como escudo humano para detener a su compañero, el cual fue sorprendido por Hicoro, que después de un par de golpes había fracturado su cuello.

Cuando él terminó con los cinco que le correspondían, lanzó su cuchillo con una precisión mortal a la frente de uno de los que me atacaban.

Su movimiento me asustó. No había visto al hombre que Hicoro acababa de matar, si no fuera por él seguramente tendría su espada en mi pecho.

Era una sensación que nunca antes había experimentado.

Nunca nadie me había salvado la vida. Una transmutación terminó con la vida de uno de ellos mientras que mi espada se enterraba en el pecho del otro hombre.

Hicoro me veía con una sonrisa en la cara. Sacando mi pistola, apunté a su cabeza y su sonrisa desapareció.

—¿Leo?

Disparé y la bala pasó a escasos centímetros de su cabeza para impactar en la frente del hombre al que había herido en el estómago. En su mano tenía una daga.

—Gracias —dijo él.

—Igualmente, ni lo vi venir.

—¿Esto es muy frecuente?

—Los alquimistas somos odiados por algunas personas.

—No me imagino por qué —dijo con sarcasmo—. ¿Cómo resolvemos esto?

—Solo tengo que llenar un informe diciendo que atentaron contra la vida de un Sebakhem.

Ahora entendía los reclamos de una señora que gritaba acaloradamente en contra del alquimista del hierro.

Ella decía que nosotros no podíamos jugar a ser dioses, no podíamos decidir quién vivía y quién moría, seguramente si no hubiera sido por las heridas que tenía en ese momento me hubiera sentido muy culpable.

Los soldados llegaron después de que di la alarma, ellos se encargarían de levantar el desastre que Hicoro y yo habíamos hecho.

—Nunca te había visto pelear —dijo Hicoro—. Tu técnica es muy interesante, es como si estuviera hecha específicamente para ser utilizada con alquimia, no es como la de otros alquimistas.

—Mi mentor me enseñó a pelear así, se supone que es una técnica muy antigua.

—Aun así necesitas mejorar, tú estás más lastimado que yo y aunque tengas alquimia eres más pequeño y menos fuerte que el resto de nosotros, tienes que aprender a pelear mucho mejor, yo te voy a enseñar.

Hicoro fue fiel a su palabra; todos los tiempos libres que teníamos entre misiones los utilizábamos en el cuarto de entrenamientos y en el gimnasio del cuartel central de Auralia.

He de confesar que gracias a él mi físico se encontraba mejor de lo que jamás lo había estado.

Sus métodos de enseñanza eran extremos: la motivación se basaba en realizar los ejercicios o recibir un golpe.

Era la forma en la que le habían enseñado a él; sin embargo yo contaba con alquimia para lastimarlo cada vez que sus métodos de enseñanza agotaban mi paciencia.

Después de tres meses el General Olister me llamó para darle el reporte de todos los alquimistas.