Capítulo 14 La vida de un arma #7
Podía ver cómo sus puños temblaban ante la indignación que le causaban las palabras del General Olister; sin embargo no tenía otra opción que contestar.
—Sí, señor.
Estas palabras fueron casi un gruñido.
—Así me gusta, pueden retirarse.
Ambos salimos de la oficina del General Olister. Junto a mí el Teniente Hicoro parecía aún más grande de lo que era en realidad, estaba seguro de que podía cargarme con facilidad utilizando solamente una de sus manos.
—Así que, ¿Edward? —preguntó con malicia.
—Leo, y es una orden, prepara tus cosas, te quiero en mi oficina en una hora, salimos en dos.
Empecé a caminar hacia mi oficina y podía escuchar cómo el Teniente Hicoro me dedicaba una extensa lista de maldiciones entre dientes.
Darle tanto tiempo para que se preparara era una amabilidad de mi parte, yo siempre tenía una maleta lista para las misiones; sin embargo el Teniente Hicoro llegó puntual a mi oficina.
—Veo que no te agrada la idea —dije por la forma en la que me miraba.
—¿Puedo hablar con libertad?
—Por favor, si voy a tener a alguien cuidando mis espaldas me gustaría que fuera honesto conmigo.
—No entiendo por qué tengo que cuidarte, eres un niño y se supone que si eres Sebakhem tienes el poder para protegerte a ti mismo.
—La idea tampoco me hace muy feliz a mí, estoy acostumbrado a estar solo, pero tal parece que para los militares mi vida es mucho más valiosa que la tuya, soy lo que podrías considerar un monstruo, a ti te entrenaron para detenerme y ahora tienes que protegerme, no es agradable ni para ti ni para mí, pero vas a ser mi sombra, así que vamos a poner algunas reglas, ¿te parece?
—Suena bien, ¿qué se te ocurre, alquimista?
—Está prohibido interrumpirme mientras trabajo.
—De acuerdo.
—Tengo el derecho de matar a cualquier persona, eso te incluye a ti. Mientras estés bajo mis órdenes, ampliaré mi derecho a ti. Eso quiere decir que solo vas a matar con mi consentimiento y yo tomaré la responsabilidad de tus actos.
—Excelente, esto me está gustando cada vez más.
—No quiero ningún tipo de secreto.
—Exijo lo mismo.
Lo consideré por un momento. Los alquimistas éramos conocidos por nuestro hermetismo; incluso nuestros escritos estaban en clave. Aun así, era una petición justa.
—Hecho. ¿Qué traumas u obsesiones tienes?
—Jugar con cuchillos, hacer ejercicio, entrenar, apuestas y mujeres. Hasta donde yo sé no tengo ningún trauma, ¿tú?
—Café, fumar, leer, alquimia y jugar con mi brújula. Traumas, supongo que mi nombre y vivir en una ciudad en donde todos crecieron como imbéciles.
El Teniente Hicoro se empezó a reír.
—Puedo vivir con eso, ¿qué más?
—No me gusta que me llamen “señor” y no pretendo llamarte Teniente cada que necesite algo. ¿Nuestros nombres de pila o apellido?
—No tengo problema.
Extendió su mano para saludarme.
—Rubiel Hicoro.
—Leo —dije al tiempo que estrechaba su mano.
—Aún te odio, pero casi te ganas mi respeto con tu discurso.
—¿Cómo miden el respeto entre los soldados?
—Tendrías que dejarme en el suelo y no es por ofenderte, pero no creo que estés a la altura.
Mediante una transmutación simple logré reunir suficiente electricidad en mi mano para que Hicoro fuera proyectado contra la pared y aterrizara boca abajo.
—Esa es la razón por la que mi sueldo es mayor al tuyo, vámonos.
—Fue por el comentario de la altura, ¿verdad? —dijo con voz entrecortada mientras se levantaba del suelo y tomaba su maleta.
—Aprendes rápido.
Llegamos a la estación de tren, y para cuando lo abordamos, Hicoro parecía estar totalmente repuesto de la descarga eléctrica.
El viaje era largo. Nos dirigíamos al norte, una de las regiones más frías de Auralia, y tardaríamos al menos un día en llegar.
Me disponía a preparar mi pipa. Esto me daría aproximadamente cuarenta y cinco minutos de humo que podía lanzar mientras leía.
—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Hicoro.
—Fácil, pones el tabaco en la pipa y lo prendes.
—Hablo de la electricidad. No te moviste y no activaste ningún círculo de transmutación.
—Puedo transmutar sin círculo.
—Nunca había oído hablar de un alquimista así.
—No es muy común que digamos, pero existimos.
—¿Hay más como tú?
—Solo he conocido a dos personas más que podían hacer esto, mi maestro y un conocido de la Academia.
—¿Tengo que preocuparme por este “conocido”?
—Hace años que no lo veo, pero si en algún momento me enfrento con él tienes prohibido intervenir.
—Ahora entiendo, una deuda de honor, ¿te bajó a tu vieja?
—No, pero te mataría sin ningún problema. Yo te electrocuté; él te hubiera explotado el corazón.
—De acuerdo, todo tuyo.
—¿Desde cuándo estás en el ejército?
—Casi desde que tengo memoria. Mi padre murió cuando era un niño y un capitán se encargó de mí.
Eso me dio una idea de cómo había crecido Hicoro.
Era un hombre que había sido forjado a golpes, con un entrenamiento exhaustivo y sin piedad.
Todos los soldados tenían un entrenamiento similar.
Eran sin duda los mejores soldados que podían existir; sin embargo, los que formaban parte de las fuerzas especiales habían aprendido a matar antes de aprender a leer, eran personas que podían matar con una facilidad increíble y sin sentir remordimiento por ello, simple y sencillamente porque así los habían educado.
El proceso de interrogación fue mutuo. Aprendí que todos los desacatos a la autoridad que él había cometido eran para hacer lo correcto en una situación en la cual las reglas indicaban que era necesario abandonar a personas inocentes, su arma favorita eran los cuchillos.
Pese a tener un arma de fuego, prefería no utilizarla; pocas veces la portaba.
Tiempo después, descubrí que su espalda se encontraba llena de cicatrices producto del entrenamiento al que había sido sometido.
Después de un mes, mi relación con Hicoro no avanzó tanto como esperaba.
Él aún se encontraba molesto por el hecho de que gracias a mí hubiera sido relevado de funciones mucho más interesantes y divertidas, él estaba acostumbrado a cumplir con misiones que incluían el derramar sangre y ahora estaba condenado a cuidarme.
Gracias a mis habilidades, se me asignó la tarea de revisar las investigaciones de los demás alquimistas. A diferencia de las ocasiones anteriores, el General Olister me citó en un pequeño campo de entrenamiento en donde el alquimista del fuego estaba ayudando a entrenar a nuevos soldados de élite.
—Leo, ¿sabes cómo se las arregla Ignacio para producir fuego?
Los años que había vivido con Eleazar me habían acostumbrado a responder estas preguntas casi de manera automática.
—Supongo que transmuta el aire, separando los compuestos y volviéndolo volátil, señor.
—Muy bien, pero ¿alguna vez has visto su círculo de transmutación?
—No, señor.
—¿Cómo consigue que el aire en un estado volátil se prenda?
—Lo ignoro, señor.
—Alaric me dice que tienes el ojo del alquimista, una facultad tan rara que no se limita a revelar las propiedades de las cosas, sino que también puedes saber cómo transmutarlas y descubrir qué círculo emplean.
—Así es, señor.
—Dime cómo lo hace.
—Señor, nuestro archivo militar incluye obligatoriamente nuestro círculo de transmutación, así como los fundamentos alquímicos que lo hacen funcionar.
—Lo sé, pero tampoco soy idiota. Ustedes los alquimistas tienen la costumbre de encriptar todas sus investigaciones.
En efecto, tengo todos los reportes, pero se requiere de una enorme cantidad de tiempo y esfuerzo para revelar sus secretos, aun teniendo la clave, y no es la primera vez que los alquimistas entregan investigaciones que en realidad no corresponden a sus trabajos. Dime cómo logra hacer fuego.
Respiré profundamente y activé el ojo del alquimista.
Podía ver la energía fluyendo por el cuerpo de Ignacio.
Su técnica era perfecta: transmutaba el aire y lo concentraba en su mano para que el aumento de presión incrementara la temperatura creando una microexplosión.
Todo esto fue acompañado de una visión de su círculo de transmutación.
—Aumenta la presión del aire para que la temperatura sirva como chispa de ignición.
—Perfecto, conozco muy bien cómo funcionan los poderes del alquimista de fuego. Esto era solamente una prueba. Ahora viene tu misión: vas a recorrer el territorio de Auralia para hacer lo mismo que acabas de hacer en este momento.
—¿Quiere que me dedique a espiar a todos los alquimistas de Segunda Orden?
—Alquimistas de Segunda Orden y Sebakhem, sobre todo a los Sebakhem, quiero un reporte simple de sus círculos de transmutación y su empleo en batalla.
Tu tarea es dar una segunda opinión y corroborar sus informes.
Partirás ahora mismo al cuartel del Este, tu llegada ha sido anunciada y no deberías de tener ningún problema.
—Entendido, señor.
Cuando me estaba alejando el General me llamó nuevamente.
—Leo, ¿cómo va todo con el Teniente Hicoro?
—Bien, señor, no he tenido ningún problema.
El General Olister se despidió de mí y me deseó suerte en mi viaje.
La verdad es que sí había tenido más de un problema con Hicoro, desaparecía continuamente, siempre estaba cansado, llegaba tarde. En más de una ocasión, había tenido que usar mi influencia como Sebakhem para evitar que el tren partiera y esperar a Hicoro.