Capítulo 14 La vida de un arma #6
Era como si el pasado hubiera regresado a cazarme.
El mismo hombre que había atacado a la joven se encontraba golpeando a un cuerpo femenino que intentaba protegerse desesperadamente, su ropa estaba rasgada, su falda se encontraba levantada hasta la cintura, y sus manos intentaban apartar a una persona mucho más grande y pesada que ella.
Esta vez no tuve ningún momento de duda. Con telequinesis, lancé al hombre contra la pared. Por el sonido que su cabeza hizo al golpear contra el muro, estaba seguro de que se había desmayado. Transmuté el muro para que lo sostuviera mientras me acercaba a la joven, la cual intentaba huir de mí.
—Tranquila, todo va a estar bien, estás a salvo, soy Sebakhem —dije mostrando mi placa de Primera Orden para que me permitiera acercarme a ella.
Jamás esperé una reacción así. La joven gateó y se abrazó a mis piernas mientras comenzaba a llorar. Yo no tenía idea de qué hacer para consolarla.
Sabía que estaba dentro del sector de los soldados que me había encontrado la otra vez y esperaba que llegaran pronto. No sabía qué hacer con ella.
Afortunadamente, los neumáticos de un camión que daba la vuelta a la esquina a gran velocidad me anunciaron que los soldados estaban cerca.
Bajaron del camión con sus armas listas.
—¿Qué pasa, señor?
Respiré con alivio en cuanto los vi.
El hombre que estaba en la pared empezaba a reaccionar, y, al ver que se encontraba suspendido en la pared y rodeado de militares, comenzó a temblar presa del miedo.
—Soldado, llévela a un hospital y acompáñela a su casa.
—Sí, señor.
El soldado ayudó a la joven a incorporarse y la ayudó a subir al camión.
Mientras tanto, deshice la transmutación y el hombre aterrizó sobre sus rodillas. Saqué mi pistola.
El camión aún no se movía de donde estaba.
—Llévensela en este instante.
El soldado subió al camión y arrancó sin decir nada.
—Piedad, señor, piedad, es la última vez que pasa, se lo juro.
Un sentimiento de culpa me torturaba. Era el mismo idiota de la vez pasada. Si hubiera sabido que dejarlo vivo iba a causar sufrimiento, lo hubiera matado en ese momento, pero era un error que estaba dispuesto a corregir en ese mismo instante.
—¿PIEDAD? —gruñí al tiempo que disparaba a su pierna, causando que un aullido de dolor rasgara su garganta—. ¿ACASO TÚ MOSTRASTE PIEDAD?
—Se lo ruego.
Su rostro se cubría de lágrimas de dolor y desesperación; sin embargo, en esta ocasión no había nada que pudiera hacerme cambiar de opinión.
Acababa de entender que no podía dar segundas oportunidades.
En ese momento, me juré que nunca más volvería a dudar en matar a alguien si estaba seguro de que esa persona iba a lastimar a otros.
Nunca más mi debilidad causaría dolor a personas inocentes.
—Por favor.
—Te di una oportunidad y la tiraste a la basura.
Empujado por la ira y un sentimiento de venganza, apunté a su cabeza y disparé.
Su cuerpo dejó de moverse y sus súplicas se apagaron al tiempo que la sangre comenzaba a cubrir el suelo.
—Desháganse de ese imbécil.
Empecé a dirigirme al cuartel, no me sentía con ánimos de llegar a mi departamento.
—Señor.
Uno de los soldados me alcanzó y me tomó del hombro.
—Hizo lo correcto, señor.
Le dirigí una sonrisa de agradecimiento.
—Debí haber hecho lo correcto desde la primera vez.
Seguí caminando al cuartel.
Al llegar, la noticia de mi primer asesinato se había extendido como la pólvora.
Para mi sorpresa, Alaric se encontraba en la puerta de mi oficina.
—Si mi memoria no me traiciona, me debes una copa.
Agradecí infinitamente el gesto de Alaric. En La Destilería, se encargó de dar un tratamiento a base de palabras, alcohol y tabaco que liberó un poco el peso que sentía en mi alma.
—El primer asesinato siempre es difícil, aunque te puedo asegurar que hiciste lo correcto.
—Lo sé —dije después de dar un sorbo a mi copa de vino—. Lo que me duele es no haberlo hecho antes, pude haberlo detenido.
—Era imposible que supieras que esto iba a pasar, lo importante es que tú estés bien, en nuestro trabajo la muerte es algo prácticamente obligatorio.
Cuando soñaba con ser Sebakhem, nunca pensé en que me convertiría en un asesino.
Esa noche, el sueño parecía el único refugio de mi realidad.
Para mi sorpresa, ninguna pesadilla me atormentó, dormí con la conciencia tranquila por haber hecho lo que debía y con la decisión de nunca más dejar que mis sentimientos se interpusieran a la hora de hacer lo correcto.
Hacer lo correcto. Nunca pensé que llegaría a considerar correcto el acto de matar.
La siguiente semana transcurrió con una carga de trabajo mucho menor a la esperada. Suponía que el General Olister había reducido mi trabajo con la intención de darme un tiempo para luchar con mis demonios internos.
El tiempo extra me permitía recorrer el cuartel general buscando a alguien que pudiera ser mi “protector”.
Se suponía que nos asignarían uno si no lo elegíamos, y si estaba condenado a tener a una persona que se convertiría en mi sombra, quería que fuera alguien a quien pudiera confiarle mi espalda.
Casi como si el destino hubiera conspirado para que encontrara a la persona correcta, me encontré caminando cerca de una de las entradas al cuartel, en donde una mujer intentaba entrar.
—Por milésima vez NO PUEDE PASAR.
—MI HIJO ES SOLDADO Y HACE TRES MESES QUE NO SÉ NADA DE ÉL, MIENTRAS USTEDES ESTÁN AQUÍ PARADOS SIN HACER NADA ÉL ESTÁ LUCHANDO.
Ese era un espectáculo bastante común en Auralia. Era uno de los muchos defectos de vivir en un Estado militarizado: guerras constantes y las obligatorias muertes que eso acarreaba.
Un soldado vio la escena y decidió intervenir en el momento en que el guardia de la entrada empujó a la mujer para alejarla de la puerta.
Con movimientos rápidos y precisos, el soldado evitó que la mujer cayera al suelo y después dejó inconsciente al guardia con un movimiento tan rápido que me fue difícil seguirlo con la mirada pese a mi entrenamiento.
Los soldados que estaban cerca se abalanzaron sobre él para detenerlo.
—¿Quién es él? —pregunté a un soldado que, al igual que yo, veía la escena sin intervenir.
—Es el Teniente de las fuerzas especiales Rubiel Hicoro. Cuando no está en misión, se dedica a buscar problemas.
El Teniente Rubiel Hicoro había hecho exactamente lo que yo hubiera hecho en esa situación. Pude ver que su conducta honesta era considerada como una actitud subversiva para un soldado.
—Deténganlo y llévenlo a una celda.
—De inmediato, señor.
Tenía a la persona correcta. Solo hacía falta que hablara con el General Olister, quien estaba impaciente por que eligiéramos un protector después de que hubieran asesinado a otro alquimista hacía solamente tres días.
Nunca pensé que el hecho fortuito de haber encontrado a ese Teniente con espíritu justiciero cambiaría mi vida de tantas formas.
Hablé con el General Olister y realicé todos los trámites necesarios.
—¿En dónde está el Teniente Hicoro? —preguntó Olister mientras leía la información de la carpeta.
—Está en una celda.
—¿Ahora qué hizo?
—Una pequeña pelea con un soldado, pero yo fui el que di la orden de que lo encarcelaran.
Olister me observó con humor.
—No quería perderlo de vista y fue la única forma que se me ocurrió para asegurarme de que siguiera en el cuartel general.
El General Olister explotó en una carcajada ante mi razonamiento.
Esperamos a que los soldados trajeran al Teniente a la oficina del General Olister.
Antes no había tenido la oportunidad de ver correctamente al Teniente Hicoro, era enorme: mucho más alto que yo, musculoso, con la cabeza rapada y mal encarado, aunque lo último probablemente era a causa de las horas de encierro y el hecho de que se encontrara esposado.
—Quítenle las esposas —dijo el General.
—Ya escucharon, rapidito que no tengo todo el día —dijo el Teniente, el cual comenzó a sobar sus muñecas en cuanto se encontró en libertad.
Los soldados se retiraron para dejarnos solos.
—Teniente de las fuerzas especiales Rubiel Hicoro.
El Teniente adoptó una posición de firmes al encontrarse nombrado por una autoridad mayor a la suya.
—Sí, señor.
—Según su expediente, usted ha mostrado varias veces un notable desacato a la autoridad de sus superiores: desafió a un general de brigada frente a todo el pelotón y golpeó en dos ocasiones a un capitán porque, cito textual, “Es un imbécil que solo se preocupa por salvar su patético y gordo trasero mientras que las personas a su alrededor pelean por él”, y por si fuera poco, usted es el elemento de su pelotón que cuenta con más horas de castigo.
Para mi sorpresa el Teniente Hicoro no mostraba ningún indicio de vergüenza ni arrepentimiento. Parecía que estuviera orgulloso, como si dichas acusaciones fueran un expediente de sus logros militares.
—Leo, ¿estás seguro?
—Completamente —dije con una inevitable sonrisa en la cara.
—Teniente Hicoro, ¿tiene idea de quién es él? —dijo Olister mientras me señalaba con la mirada.
—No, señor.
—Teniente Hicoro, permítame presentarle al Sebakhem Leonard Edward, el alquimista más joven que jamás haya entrado a la milicia.
Sentí un impulso de golpear al General en el momento en que dijo mi nombre completo.
El Teniente Hicoro se mostraba asombrado de que fuera Sebakhem. Sabía que su mentalidad era demasiado militarizada y debía de ser incómodo saber que alguien mucho más joven que él tenía un rango mucho mayor.
—Si me permite, señor, ¿qué tiene que ver conmigo?
—El alquimista lo ha elegido para ser su protector, desde este instante usted queda relevado de todas sus funciones y misiones, su responsabilidad y único deber a partir de este momento es mantener a salvo el trasero de Leo.
Se convertirá en su sombra, si él tiene una misión, lo tendrá que acompañar; si él va al comedor, usted tendrá que ir al comedor; si decide sacar a pasear a su perro, usted tendrá que protegerlo, en pocas palabras, Teniente, a partir de este momento usted es la sombra del alquimista, no obedecerá otra orden que no provenga de mí o de Leo, ¿quedó claro?