Capítulo 14 La vida de un arma #5
—Suponemos que esta es la entrada, pero no logramos abrirla. No sabemos qué círculo utilizaron para cerrarla, así que…
—Esperan que use el ojo del alquimista para descubrirlo —dije con absoluta seguridad.
—Así es.
Alaric dio un paso hacia atrás en cuanto me acerqué a la nave.
—¿Hay algo que deba saber antes de tocarla?
—Bueno —dijo Alaric no muy convencido—. Descubrimos que la nave, al igual que el laboratorio, tiene un sistema de defensa bastante quisquilloso. Intentamos detonar la puerta una vez, pero nos devolvió el ataque. Los que estuvieron presentes son incapaces de entrar a esta sala.
—¿Tienen miedo?
—No, la nave tiene memoria, los reconoce y los ataca en cuanto los ve.
Pude ver que las paredes del hangar estaban abolladas, como si algo las hubiera golpeado.
—Intentaré no hacer nada que moleste a la nave.
Aproximé la mano a un rectángulo en posición vertical. No ocurrió nada y la nave decidió no matarme, por lo que, respirando profundo para juntar valor, activé el ojo del alquimista.
La reacción fue inmediata. Pude ver el círculo de transmutación que habían utilizado para sellarla, y se activó automáticamente.
Un ruido de despresurización nos sobresaltó a los presentes y la puerta comenzó a descender.
—Maravilloso —decía Alaric, el cual estaba tan emocionado como yo—. Entra tú primero, a ti sí te quiere.
El interior de la nave se iluminó en el momento en que puse un pie dentro de ella.
Al parecer, había decidido que no era una amenaza.
Un asiento se encontraba justo en el centro.
Había cientos de controles y símbolos grabados en cada uno de sus rincones, frente a otros asientos, para que fuera manipulada por más tripulantes.
—Muy bien, gente, todos a trabajar, estén listos para cambiar la configuración de idioma en cuanto Leo la active.
—¿La qué?
—Descubrimos que los módulos de información funcionan con el lenguaje atlantiano, pero podemos modificar las máquinas enseñándoles a hablar nuestro idioma.
—¿Cómo le enseñas a hablar a una máquina?
—Como tú sabes, se pueden insertar pensamientos en los homúnculos.
Descubrimos que ellos contaban con un tipo de cristal que puede almacenar pensamientos como si fueran información, así que llenamos estos cristales con nuestro idioma, y gracias a eso podemos comunicarnos con la inteligencia que manda sobre el laboratorio.
Todo esto era demasiado increíble para mí.
Sobrepasaba todos los conocimientos en magia y alquimia que poseía.
Recordaba que Eleazar había mencionado que la tecnología atlantiana era superior a cualquier cosa que hubiera existido hasta ese momento y que sus conocimientos se hallaban a siglos de distancia de los que cualquier pueblo pudiera poseer.
Ahora entendía el porqué de nuestro avance tecnológico. No habíamos desarrollado la tecnología que teníamos; simplemente contábamos con una copia mal hecha de algo que superaba nuestro conocimiento y entendimiento.
Resultaba una sensación estimulante y deprimente a la vez. Nuestra civilización tenía un potencial enorme con todos los secretos que encerraba ese laboratorio, pero era deprimente saber que nuestra forma de vida se construía sobre los rezagos de una mucho más gloriosa.
—Supongo que el capitán de la nave va en esa silla, y como tú la abriste…
Alaric dejó su frase incompleta.
“Claro”, pensé para mí mismo. Si pasa algo malo, el tarado que esté sentado ahí se va a llevar el golpe más fuerte.
Aun así, me senté en la silla central, y en el momento en que mis manos tocaron los descansabrazos, el cristal situado en la parte frontal de la nave se iluminó y una voz femenina habló en atlantiano.
Aún recordaba cuando Eleazar hablaba en esa lengua ahora muerta. Era bastante cómico ver cómo se ponía a insultar en atlantiano cada vez que algo le salía mal o se lastimaba cuando caminaba descalzo y se golpeaba contra la pata de la cama.
—¿Entendiste algo? —preguntó Alaric.
—Acaba de pedir mi nombre, rango y número de autenticación.
—Increíble, se sincronizó con la inteligencia central. Nadie haga nada. Dejen que Leo lo maneje.
—Leo, Sebakhem, número de autenticación: SK333-7-3-13 —dije todo esto en lenguaje atlantiano.
Los símbolos marcaban un error.
—Intenta decir el nombre completo, la base de datos está hecha de esa manera.
—Te odio —dije a Alaric con todo el sentimiento posible.
Él sabía que detestaba decir mi nombre completo.
—Leonard Edward, Sebakhem, número de autenticación: SK333-7-3-13.
Esta vez la inteligencia de la nave me dio autorización para tomar sus controles.
—De acuerdo, gente. Vamos a traducir esto.
Las personas que estaban en la nave se pusieron a trabajar mientras se reían y hacían comentarios enfatizando la w de mi nombre.
—Una burla más y hago que los encierren hasta que sus huesos se pudran —dijo Alaric con un tono que no dejaba ver ni el más mínimo atisbo de broma.
Las burlas se detuvieron en ese mismo instante.
—¿Cuál es la fuente de poder de esta cosa? —pregunté a Alaric.
—Ven conmigo. Deja que ellos trabajen.
Dirigiéndose a ellos, habló nuevamente con voz de mando.
—Quiero un informe detallado en nuestros escritorios en cuanto hayan realizado cualquier avance, ¿entendido?
Los científicos que trabajaban en la nave contestaron un “sí, señor” a coro antes de que saliéramos de la nave.
Después de caminar mucho tiempo y de ver zonas del laboratorio aún sin explorar, llegamos a un cuarto que contenía una multitud de controles y una gruesa puerta de acero.
—Lo que estás a punto de ver —dijo Alaric notablemente emocionado— es la fuente de energía más poderosa del planeta. Es tan compleja que no tenemos idea de cómo usarla de una manera segura.
—¿Contamos con la más poderosa fuente de energía y no la saben usar?
—Sabemos cómo hacer que explote —dijo con vergüenza.
La fuente de poder era impresionante. Desprendía una cantidad de poder monumental y poseía un brillo blanco, puro; era como si fuera un sol en miniatura.
—Esto no es todo —dijo Alaric.
—¿Hay más?
Comenzó a caminar y lo seguí inmediatamente. Me encontraba extasiado por todos los secretos que contenía ese laboratorio.
—Solamente un cuarto lleno del sueño de cualquier alquimista.
Me gustaría decir que me sentí maravillado ante lo que vi, pero la verdad es que un escalofrío recorrió mi cuerpo. La habitación se encontraba llena de anillos con una piedra roja.
—¿Son piedras filosofales?
—Cientos de ellas —dijo Alaric tan horrorizado como yo—. Quienes hayan estado en este laboratorio debían de haber sufrido una amenaza enorme para tener que construir todo esto.
La piedra filosofal no era mala. Era una herramienta de un valor invaluable para cualquier alquimista.
La leyenda decía que podía potencializar cualquier habilidad del usuario, tanto mágica como alquímica; era la fuente del elixir de la inmortalidad, la panacea universal, capaz de curar cualquier enfermedad.
El hecho de que fuera famosa por transmutar el plomo en oro era porque ese había sido el uso más frívolo que los hombres le habían dado.
—¿Qué piensan hacer con ellas?
—Muy pocas personas en el ejército saben de la existencia de estas piedras filosofales. Está prohibido su uso por razones más que evidentes; aunque sé de algunas personas que estarían dispuestas a que las utilicemos si la ocasión lo amerita.
—No tienen idea de qué pueden hacer.
—Exacto, nadie sabe cuál es el verdadero potencial de la piedra filosofal si es usada en combate. Se tienen registros de algunos alquimistas que intentaron utilizarla, pero el aumento en sus poderes fue tan grande que murieron al no poderlos controlar.
Después de un momento en silencio, Alaric habló causándome un pequeño sobresalto.
—Bueno, esto fue todo, gracias por haber activado la nave, mañana pasaré a tu oficina a recoger el círculo de transmutación para poder abrir las demás naves.
—¿Qué? ¿Esto fue todo?
—Así es. Ni siquiera yo estoy eternamente aquí. Así funciona este lugar, nos llaman cuando nos necesitan y cuando cumplimos con nuestra misión regresamos a nuestras actividades normales.
—Es una estupidez, yo conozco el lenguaje, la tecnología que hay aquí parece reaccionar bien conmigo.
—Lo sé. Se lo comenté al General Olister, pero hay órdenes que vienen desde muy alto.
—Malditos políticos, ¿qué saben ellos de alquimia y de lo que se podría hacer con todo esto?
—Son políticos, Leo. No se puede esperar mucho de ellos, aunque sus fiestas son increíbles. Hablando de eso, tengo que ir por mi uniforme de gala.
—Diviértete, la última vez que fui me aburrí más que cuando Olister se pone a contar historias de sus “años de juventud”.
—Vamos, Leo, son divertidas, además puede que conozcas a alguna chica.
—No conozco a nadie. Además, todos me usan como entretenimiento por ser el alquimista que transmuta sin círculo, ¿puedes transmutar esa mesa? ¿Cambias mi vino por algo más fuerte? ¿Podrías calentar la comida usando alquimia? ¿Puedes congelar la fuente? ¡ES DESESPERANTE!
—No eres el único al que le piden que exhiba sus habilidades. Además, no puedes esquivar esas fiestas eternamente; en algún momento vas a tener que ir.
—Puedo asegurarte que no será ni hoy ni la próxima vez.
Muy a mi pesar salimos del laboratorio. La noche nos había alcanzado y mi turno había terminado, por lo que después de despedir a Alaric me dirigí a mi departamento casi sin poner atención por dónde iba.
Como si fuera un fantasma del pasado, empecé a escuchar unos ruidos familiares que provenían de un callejón poco iluminado. Por un momento, pensé que estaba imaginando aquellos ruidos al cruzar por un callejón tan parecido, pero estaba seguro de que no se trataba del mismo.
Usando el ojo del alquimista, pude ver las siluetas energéticas de dos personas: una se encontraba en el suelo y otra estaba sobre ella realizando un movimiento rítmico. El viento arrastró hasta mí una combinación desagradable de aromas: sudor, sangre, grasa.
Sin pensarlo lancé una bomba de luz que iluminó el callejón con una luz esmeralda.