Capítulo 14 La vida de un arma #4
—No, hombre, ¿cómo se te ocurre? —dijo casi ofendido—. Yo considero que la magia es algo increíblemente interesante; incluso me gustaría que me enseñaras algunas cosas. Eleazar decía que eres sumamente talentoso.
Eso me sacó de mis pensamientos, no creía que Eleazar mantuviera una relación tan estrecha con Alaric y mucho menos que hablara de mí.
—¿En verdad decía eso?
—Eso y mucho más, el hombre estaba orgulloso de ti.
Sentí un nudo en la garganta. Hasta ese entonces había estado en guerra con todo recuerdo que tuviera de Eleazar, me obligaba a odiarlo y me aferraba a algunos recuerdos agradables de él, pero siempre estaba en conflicto.
Hasta ese momento pensaba que era simplemente una carga para él, una carga que había heredado del cariño que le había tenido a mis padres y que me cuidaba por ser el último recuerdo viviente de su pasado, pero ahora, me sentía confundido, había sido terriblemente injusto con él.
—¿Crees que sigue vivo? —pregunté con vergüenza.
—Seguramente —dijo él con una sonrisa en la cara—. Debió de haber huido para protegerte, es la única cosa que se me ocurre y si alguien está peleando con él te puedo asegurar que se la ha de estar pasando mucho peor que él.
Era una mentira piadosa, no necesitaba tener los poderes de Alaric para darme cuenta de que no creía ni una sola palabra de lo que decía; sin embargo me hizo sentir mejor.
—Entonces, ¿tengo que preocuparme de los rastreadores?
—Creo que no, pero aun así es mejor que nunca bajes la guardia frente a ellos, sin tu cristal pueden detectar tu magia.
Me quedé pensando por un momento.
—Es posible que si uso el ojo del alquimista los confunda, o si bajo mi poder…
Alaric me vio asombrado.
—¿Puedes controlar tu nivel energético?
—Claro, es una de las primeras cosas que me enseñó Eleazar, ¿por qué?
—Porque lo vas a necesitar dentro de poco.
—¿De qué hablas?
Alaric se levantó de la mesa y se acercó al cantinero.
—Esta vez yo pago, la siguiente te toca.
—Alaric —lo llamé para exigir una respuesta.
—Tengo papeleo que llenar, suerte.
Salió de La Destilería dejándome con una duda en la cabeza, odiaba tener preguntas sin responder.
Durante los siguientes meses me asignaron misiones sin mucha importancia: elaborar materiales explosivos para reabastecer a los soldados encargados de contener a nuestros “peligrosos” enemigos, asesorar a varios alquimistas y entrenar a otros de Segunda Orden que habían obtenido su puesto por ser prácticamente los únicos que practicaban alquimia en su pueblo natal.
El General Olister convocó a ciertos alquimistas a una reunión en la cual se nos informaba de la muerte de dos Sebakhem. Nunca antes en la historia de Auralia se había tenido constancia de tantos asesinatos a Sebakhem en tan poco tiempo.
Los rastreadores, tal y como los había descrito Alaric, eran personas que se creían con derechos sobre todos. Mientras el General Olister nos explicaba la situación, ellos nos veían como si fuéramos sospechosos. Uno de ellos me veía constantemente, y yo intentaba disimular mi nerviosismo.
—Leo, calma, tienes escrito “soy culpable” en la cara —dijo Alaric con un tono bromista y en voz baja para que nadie sospechara de nuestra plática.
—Lo siento, ¿qué dijo Olister?
—Que tenemos dos semanas para elegir a nuestros protectores. Vaya que el hombre tiene ingenio: “protectores”. ¿Cómo le hace para decir tantas estupideces en un solo día?
—¿Despertándose muy temprano para que le alcance el día? —pregunté con un tono sarcástico, lo cual hizo que Alaric se relajara.
—Pueden retirarse.
Todos, incluidos los rastreadores, comenzaron a salir del auditorio.
—Menos Alaric y Leo, tengo que hablar con ustedes.
—Maldición, yo tengo hambre —dije casi en un susurro, el cual fue solamente audible para Alaric.
—Tranquilo, te va a gustar lo que va a decir Olister.
El General se acercó a nosotros.
—Leo, estás a punto de cumplir un año, felicidades.
—Gracias —dije sin entender la finalidad de la plática.
El General ignoró mi agradecimiento y continuó hablando.
—Lo que estás a punto de saber es una cuestión de seguridad nacional. Muy pocas personas conocen este secreto, y tiene que permanecer de esa manera, ¿entendido?
—Sí, señor.
—¿Recuerdas que Alaric y yo comentamos tu potencial cuando te conocimos en la cárcel?
—Tenía varias pistolas apuntándome, señor. No es algo que olvide con facilidad.
—Excelente —dijo él con un tono de orgullo en la voz—. A partir de este momento te autorizo la participación en el Proyecto Atlantius, Alaric te explicará el resto.
El General salió del auditorio sin dar más explicaciones.
—¿El Proyecto Atlantius?
—¿Recuerdas que hace tiempo te mencioné un descubrimiento que había cambiado el destino de Auralia?
—Sí.
—Sígueme.
No estaba seguro de qué esperar; sin embargo, nunca creí que nuestro destino fuera un callejón descuidado.
—Alaric, tus perversiones no son de mi incumbencia, pero he de decirte que estoy armado y soy mejor peleador que tú.
—Muy gracioso, alquimista, muy gracioso —dijo con un tono sarcástico al tiempo que ponía su mano sobre la pared.
—Si quieres empujarla te ayudo, aunque no creo que se vaya a mover, ¿por qué no le pedimos permiso?
El tiempo que llevaba en el ejército me había cambiado. El sarcasmo y el hecho de insultarnos en broma eran algo continuo; de no haber cambiado mi forma de pensar, hubiera sido blanco de constantes burlas.
—Puedes empujar la pared, yo voy a otro lado.
Al terminar de decir eso la pared comenzó a brillar en un dorado opaco y una puerta metálica apareció ante nosotros.
—¿Qué demonios?
—Bienvenido al laboratorio subterráneo de la ciudad de Auralia —dijo haciendo un movimiento teatral para cederme el paso e indicarme que tenía que entrar.
El interior estaba perfectamente iluminado, pese a que no conseguía detectar la fuente de luz. La puerta se cerró a nuestras espaldas y una escalera metálica dio lugar a un amplio pasillo.
—¿Qué es esto? —dije completamente maravillado.
—Muy pocos alquimistas conocen de la existencia de este laboratorio. Es un secreto que no le podemos revelar ni siquiera a nuestros amigos, ¿entendiste?
Asentí con la cabeza y él continuó hablando.
—El General Olister no es idiota, él sabía desde el principio que tú eres hijo de Atlantis, aunque logré convencerlo de que tú no puedes hacer magia.
Hizo una pausa y continuó.
—No sabemos la antigüedad exacta de este laboratorio. Lo que sí sabemos es que ya estaba aquí mucho antes de que nosotros llegáramos. Está plagado de tecnología atlantiana.
—¿Esto está hecho por atlantianos? —pregunté fascinado.
Salvo por Eleazar, nunca antes había tenido una aproximación a lo que se suponía que era mi pasado histórico.
—Sí. Creemos que es una instalación militar abandonada. Abarca prácticamente todo el subsuelo de Auralia.
—¿Cómo es posible que nadie sepa de esto?
—Es el secreto mejor guardado de Auralia, aunque lo que existe aquí adentro está en todos lados.
—No entiendo.
Alaric señaló mi arma y la suya. Después apuntó a una pared que se encontraba tapizada por armas idénticas.
—Conocemos las bases teóricas para el funcionamiento de las pistolas y sabemos cómo se utilizan, pero no tenemos idea del proceso exacto para crearlas. Hemos hecho muchísimos intentos, pero, hasta ahora, lo más que sabemos es que solo los alquimistas son capaces de utilizarlas.
Se acercó a mi oído y susurró:
—Sería interesante ver qué pasa usándolas con magia.
Se incorporó y siguió caminando hasta una sala llena de máquinas y cristales que proyectaban imágenes con símbolos idénticos a los que se encontraban en grandes bloques metálicos frente a las personas que trabajaban. Reconocí esos símbolos de inmediato.
—Lenguaje atlantiano —dije con un tono nostálgico en la voz.
—¿Lo conoces? —preguntó Alaric sorprendido.
—Claro, Eleazar me enseñó a escribir en atlantiano antes de enseñarme a leer nuestro idioma.
—Increíble —dijo Alaric con exasperación—. Llevamos años intentando descifrar su lenguaje y a ti te lo enseñaron cuando aún mojabas la cama. ¿Por qué nunca me dijiste que sabías atlantiano?
—Nunca preguntaste.
—Sabia respuesta —dijo Alaric y continuó caminando.
—Todas las personas que se encuentran aquí han sido elegidas desde su nacimiento para manejar este equipo.
Nuestra misión aquí es sencilla: por motivos de seguridad, ninguno de ellos puede hacer alquimia, y cuando se necesita a algún alquimista, nos llaman.
De momento estamos intentando hacer que funcione este bonito pedazo de chatarra.
Habíamos llegado a un hangar, el cual tenía varias máquinas con forma semirectangular de gran tamaño.
—¿Qué es esto? —pregunté maravillado.
—Creemos que son máquinas voladoras. Son algún tipo de nave de combate, aunque no podemos hacerlas funcionar, todo este equipo funciona gracias a un rastro de magia atlantiana, y todos aquí poseemos al menos una gota de esa sangre.
Muchos de ellos han sido inyectados con esa sangre.
Todo fue posible gracias a los rastreadores, persiguieron y dieron caza a todos los atlantianos que encontraron, y a partir de ellos crearon una generación de personas sin poderes pero con la capacidad de manipular estas máquinas.
—¿Qué? —dije notablemente molesto.
Alaric acababa de confesar que habían usado a mis antepasados como conejillos de indias.
—No te enojes conmigo. Yo no fui el primer alquimista de la vida; mis antecesores lo hicieron. El punto es que tanto el General Olister como yo creemos que tú puedes darnos la clave para hacer funcionar estas máquinas.
Casi por instinto puse la mano sobre mi arma y mis ojos brillaron en esmeralda.
—¿Piensas desangrarme hasta la muerte?
Alaric comenzó a reír como si le hubiera contado la mejor broma del planeta.
—Desde luego que no, queremos que subas a una de ellas.
Después de darme cuenta de que mi actitud era estúpida, retiré mi mano del arma y dejé de usar el ojo del alquimista.
—¿Cómo entran en ellas?
Caminamos hasta la parte trasera de la nave.