Capítulo 14 La vida de un arma #3
También mencionó algo de que los Sebakhem necesitábamos una forma de canalizar el estrés del trabajo sin destruir nuestro hígado con alcohol, pero no presté atención a esa última parte.
“Existe inspiración en el humo”. Eran justo las palabras que Eleazar decía cada vez que encendía un cigarrillo o su pipa.
Extrañaba tanto el aroma a tabaco que no dudé en aceptar el tabaco que me había regalado.
Toda mi infancia estuvo acompañada del olor a café en las mañanas, tabaco y libros. Esa combinación creaba un sutil aroma, un perfume de felicidad, algo que iba más allá de toda lógica, algo que me hacía sentir bien, me hacía sentir seguro.
Un ruido proveniente de un callejón me extrajo de mis pensamientos. Eran gritos ahogados, forcejeos y palabras destinadas a humillar y a intimidar.
Me acerqué a ese callejón. Un denso manto de oscuridad casi palpable reinaba en su interior. Podía detectar dos voces: una femenina y otra masculina.
Metí la mano en mi bolsillo y encontré lo que buscaba. Una pequeña bomba de luz sería más que suficiente para descubrir qué ocurría.
Ninguna clase en la Academia me había preparado para lo que me reveló la luz que emitía la bomba.
Por un momento, tanto las dos personas en el callejón como yo nos quedamos inmóviles.
El hombre, sudoroso, con pelo grasiento y manos toscas, sometía contra la pared a una joven que, a juzgar por su ropa, trabajaría en algún restaurante.
—AYÚDAME.
Su voz temblorosa, cargada de miedo y desesperación, perforó cada uno de mis sentidos.
El hombre intentó escapar al darse cuenta del emblema que estaba grabado en mi gabardina.
Un movimiento de mi mano fue suficiente para que mi telequinesis lo lanzara en contra de la pared. Varios soldados comenzaban a llegar atraídos por la luz de mi bomba, la cual seguía iluminando a ese grotesco ser.
—ARRIBA LAS MANOS —dijo uno de los soldados mientras me apuntaban con sus pistolas, ya que la mía apuntaba directamente al hombre en el suelo.
Saqué mi placa de Primera Orden y se la mostré.
—Sebakhem.
El rostro de la muchacha mostró una tranquilidad infinita, como si mi arma hubiera estado apuntando a su cabeza y hubiera decidido no matarla.
—Deténganlo.
—Sí, señor.
Tres soldados aprehendieron al hombre que se encontraba en el suelo al tiempo que me acercaba a la muchacha.
—¿Estás bien? —pregunté mientras ayudaba a levantarse a la muchacha. Era prácticamente de mi edad.
—Quiero irme a casa.
Indiqué a dos soldados que la acompañaran hasta su hogar y me dirigí al hombre que se encontraba de rodillas y con las manos esposadas a su espalda.
—Maestro alquimista, piedad, misericordia, señor, no me mate, se lo ruego, no me mate.
Un sentimiento de ira se había adueñado de mi corazón. Con la pistola en su frente dudé por un instante en jalar o no del gatillo.
Vi a los soldados durante un momento.
—Es su decisión, señor —dijo el soldado que estaba más cerca del hombre en el suelo.
Lo golpeé en el rostro con la cacha de la pistola.
—Llévenselo, tal vez un par de días en la cárcel le enseñen a respetar a las mujeres.
Dos soldados lo subieron a un camión mientras que el único soldado que quedaba se acercaba a mí.
—Bien hecho, señor.
—¿Crees que debí haberlo matado?
—Yo no tengo el derecho de decidir eso, señor, solo usted puede.
—¿Tengo que acompañarlos?
—No, señor, si usted gusta nosotros nos encargaremos de todo.
—De acuerdo.
—¿Es nuevo? No lo había visto.
—Sí, llevo como un mes.
El soldado me tendió la mano.
—Nosotros estamos encargados de este sector, estamos a sus órdenes, señor.
—Gracias, igualmente, soldado.
—Fue muy ingeniosa la luz, señor, no lo hubiéramos encontrado sin ella.
—En el futuro busquen una luz parecida, pero de color verde. Ya sabe, por si acaso.
—Estaremos al pendiente, señor.
El soldado subió al camión, el cual se dirigió hacia la cárcel civil.
Llegué a mi departamento con un sentimiento difícil de definir. Por una parte, me sentía orgulloso de mí: había evitado una violación, pero no estaba seguro de que mi proceder hubiera sido el adecuado.
Dormí esa noche sin saber que había cometido mi primer error como Sebakhem; un error que cargaría en mi conciencia durante mucho tiempo y que cambiaría mi forma de ver el mundo para siempre.
Al día siguiente fabriqué unas cuantas bombas de luz de color esmeralda. Era mi color favorito y el color de mi energía vital. Me hubiera gustado decir que el incidente permaneció mucho tiempo en mi memoria, pero un suceso aún más alarmante empezaba a llamar la atención de la milicia.
En los últimos tres meses habían asesinado a cinco Sebakhem; fui el responsable de conducir la investigación del último asesinato.
Todo parecía indicar que quienquiera que fuera el asesino sabía perfectamente lo que hacía: había matado a esos alquimistas sin darles la oportunidad de defenderse, había sido rápido y preciso.
Lo que más desconcertaba a todo mundo era que no había indicios de que hubieran utilizado alquimia para matarlos; sin embargo, conseguí detectar la sutil presencia de la magia.
—¿Ya encontraron algo? —preguntó el General Olister al alquimista de la vida y a mí.
—Aún no, señor —respondió Alaric.
—Aunque pensamos que quienquiera que sea el asesino tiene entrenamiento militar y es posible que conozca las artes de la magia —contesté yo.
—Esto no puede seguir así. Un asesinato más y les daré protección; voy a retirarlos del caso para ponerlo en manos de los rastreadores.
—General, eso no es necesario. Es solo cuestión de tiempo para que cometa un error y lo atrapemos.
—Alaric, no me importa que su ego se lastime teniendo a un perro guardián. No estoy dispuesto a perder más alquimistas por culpa de ese imbécil.
—Señor —dijo Alaric.
—Retírense.
Conocía bastante bien al General Olister como para saber que una vez que decía “retírense” no había nada más que discutir.
Salimos de la oficina del General y Alaric golpeó la pared con el puño.
—¿Rastreadores y guardaespaldas? ¿En dónde demonios tiene la cabeza?
—¿Eso es malo? —pregunté, aún había muchas cosas que no conocía del ejército.
—Denigrarnos al punto de ponernos guardaespaldas, ¿cómo se le puede ocurrir?
—Supongo que no quieren perder a sus perros de ataque —contesté con ingenuidad.
—Sí, Leo, pero no es solo eso, meter a los rastreadores es un exceso.
—¿Quiénes son los rastreadores?
—Son los responsables de esto.
Alaric abrió su camisa y pude ver una cicatriz circular en su hombro izquierdo.
—¿Qué te pasó?
—Los malditos me dispararon después de que Eleazar trazara los círculos de transmutación en mis huesos, me vieron transmutar sin círculo y consideraron que era por arte de magia, entonces me dispararon antes de preguntar.
—¿Por qué no te quitas la cicatriz?
Nuestra medicina era avanzada gracias a la alquimia, las cicatrices eran parte del pasado, habíamos llegado al punto en el cual se podían reconstruir huesos rotos en un par de días, una cicatriz no representaba ningún problema.
—Es un recordatorio personal para que jamás olvide lo cerradas que pueden llegar a ser las mentes de los militares.
Alaric se dio cuenta de que sus palabras no tenían mucho efecto en mí, y era verdad, no entendía completamente lo que me decía.
—Vamos a comer, ahí te lo explicaré todo.
Fuimos a La Destilería, el cantinero nos recibió con el entusiasmo de siempre y nos hizo pasar a la mesa que siempre nos mantenía apartada.
—Eres demasiado joven para entenderlo, y es posible que nunca hayas oído hablar de esta historia.
Hace tiempo había demasiadas personas que practicaban la magia.
Como tú sabes, en ciudades enemigas aún hay personas que practican la magia abiertamente; son pocos, pero aún existen.
Auralia, hace trescientos años, era muy diferente.
Fue gracias a un descubrimiento que logramos hacer que nuestra civilización evolucionara sobre las demás. No te preocupes, te enterarás de ese descubrimiento muy pronto; de momento, déjame explicarte el peligro que representan los rastreadores.
Gracias a todos los círculos de transmutación que Alaric tenía grabados, era capaz de detectar los cambios en los estados de ánimo de las personas y se adelantó a decir eso cuando notó que mi curiosidad despertaba ante ese misterioso descubrimiento.
—Las personas que utilizaban magia —continuó explicando— representaban un peligro para todo aquello que quería ser Auralia.
Entonces se buscó una forma de encontrar a personas que tuvieran magia.
Había una infinidad de formas, pero ninguna era realmente efectiva hasta que se dieron cuenta de que existía cierto tipo de personas que, sin poseer magia, eran capaces de detectar a quienes la tuvieran.
A ellos se les asignó la tarea de encontrar y cazar a los practicantes de la magia. Como tú sabes, es algo que con el tiempo se puede llegar a desarrollar, por lo que es un verdadero peligro.
—Entonces pueden matar personas al igual que nosotros, ¿cuál es la diferencia?
—Leo, la diferencia está en que nosotros matamos cuando lo creemos necesario.
Ellos forman parte de una élite cuyas leyes no están definidas ni limitadas por nadie.
Pueden torturar y matar basándose solamente en una suposición; incluso pueden matarnos a nosotros si llegan a sospechar que usamos magia.
Sentí que la sangre bajaba a mis pies, me sentí mareado y débil.
—Leo, ¿estás bien? —dijo Alaric alarmado.
—Sí, es solo que…
No sabía qué decir.
—Lo sé, no te preocupes, Eleazar me explicó que tu sangre tiene magia igual que la tenía la suya, eres hijo de Atlantis, no tienes por qué preocuparte, el cristal que tienes los confunde, mientras lo traigas contigo no hay posibilidad de que ellos sepan que tienes magia.
—Alaric, yo…
—No tienes nada que decir, chico. Entiendo por qué no lo dijiste; te considero muy valiente y estúpido por haber entrado al ejército sabiendo que posees magia.
—No le vas a decir a nadie, ¿verdad?
Mi mayor secreto estaba en manos de alguien más; me sentía vulnerable frente a él.