El Diario del Alquimista Capítulo 14 La vida de un arma #2
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Capítulo 14 La vida de un arma #2

Vulcan fue transferido a los establos del ejército, ya que tenían expertos que podían cuidarlo apropiadamente cuando yo no estuviera cerca de él.

También salí de la posada de Carmen después de pagar mi deuda, y conseguí un cómodo departamento que se encontraba en el último piso de un edificio cerca del cuartel.

Pensaba en cuánto había mejorado mi vida mientras me dirigía a la instalación militar en donde estaba el alquimista.

El pueblo estaba cerca de Auralia, pero el viaje duró lo suficiente como para que la noche me alcanzara.

Al llegar al pueblo tomé la decisión de rentar un cuarto por esa noche y visitar la instalación militar la mañana siguiente.

Sentía una mezcla de emoción, nerviosismo y miedo a lo desconocido. Esa era la primera vez que me iba a poner a prueba frente a la realidad de mi trabajo.

Entré a la instalación militar. No era un lugar tan bien construido como el cuartel de Auralia. Era mucho más pequeño, y los soldados me veían como si estuviera perdido.

—¿Qué haces aquí, niño? —preguntó un capitán cuando me acerqué al mostrador al que el pueblo en general podía acudir para pedir ayuda a los militares.

—Soy Leo, el Sebakhem que solicitaron.

Algo en mis palabras debió de haber resultado increíblemente gracioso, ya que el capitán no dejaba de reír y me pidió que me fuera a mi casa, ya que mi madre debía de estar preocupada.

Saqué mi placa de Primera Orden y se la mostré.

—Qué buena copia, ¿en qué feria la compraste? —preguntó sarcásticamente.

Llamó a tres soldados para que me sacaran de ahí.

Antes de que pudieran tocarme, transmuté el suelo a su alrededor para formar barrotes.

Los soldados no podían explicarse qué acababa de pasar, mientras el capitán veía con miedo cómo sacaba mi pistola, diferente a la de todos ellos, una pistola que solamente tendría un Sebakhem, y la ponía sobre el mostrador, apuntando directamente a él.

—Capitán, ¿puede llamar a la central de Auralia y revisar la información que le acabo de proporcionar?

—Desde luego.

Su voz tenía una nota de miedo.

—Pregunte por el General Olister.

El poco color que tenía se desvaneció en cuanto escuchó que nombré al General Olister.

Después del proceso de autorización, el capitán consiguió hablar con el General Olister, quien lo insultó de una forma increíblemente ingeniosa, al punto que el capitán temblaba de miedo.

—Entonces, capitán —dije cuando la transmisión de radio terminó—, ¿me lleva con su alquimista?

—Sí, señor.

Su voz temblaba y sus movimientos eran rápidos, pero torpes por el nerviosismo.

—Por aquí, señor, pase por favor.

El capitán abrió una puerta del mostrador para permitirme pasar.

Dejé en libertad a los soldados al revertir la transmutación y entré a la instalación militar.

—Lo siento, señor, no sabía que en verdad era un Sebakhem. Es usted muy joven y no se imagina cuántas personas tratan de engañarnos usando ese mismo argumento.

—Tranquilo, capitán, entiendo su posición.

Me sentía culpable. Seguramente el capitán había tenido más de un encuentro con Sebakhem y, teniendo en cuenta la reputación que teníamos, debió de haber sido algo traumatizante. Además, mi edad no me ayudaba a dar credibilidad a mi posición de Sebakhem.

Llegamos al laboratorio del alquimista. No era ni la mitad del espacio que mi laboratorio tenía en Auralia.

El equipo parecía de segunda mano y no había nada que estuviera en funcionamiento.

El capitán hizo las presentaciones pertinentes, sin olvidarse de ofrecer sus servicios en caso de que necesitara algo.

Vi por la mirada del alquimista que no sentía un gran aprecio por el capitán.

—Es posible que necesitemos algo de café y comida.

—De inmediato, señor, yo lo resuelvo.

El capitán salió y en el momento en que se cerró la puerta del laboratorio, el alquimista estalló en una carcajada.

—No te cae bien, ¿cierto?

—Es un desgraciado con todos los alquimistas de Segunda Orden, da gusto ver que alguien lo ponga en su lugar.

—Soy Leo —dije, extendiendo la mano para saludarlo.

—Ricardo —dijo al tiempo que estrechaba mi mano—. Eres joven para ser Sebakhem.

—Es mi primera misión —dije algo avergonzado.

—No te preocupes, de todas maneras no creo que mi investigación sirva para algo.

He de confesar que su comentario me molestó bastante.

—Dije que es mi primera misión, nunca dije que no tenía la capacidad para hacerlo.

Estaba consciente de que tanto mi tono de voz como mi cara habían cambiado según mi estado de ánimo.

—Lo siento —dijo él, notablemente avergonzado, y me dio una carpeta que contenía su investigación.

Sin decir nada me senté en una silla y comencé a revisar su investigación.

Era una idea ingeniosa. Buscaba una aleación metálica que soportara la fricción para emplearla en maquinaria militar.

Su investigación era muy buena, tanto que me fue imposible encontrar algún error en su teoría.

El verdadero problema se encontraba en el círculo de transmutación que utilizaba para estabilizar la reacción: no balanceaba correctamente la energía, sin contar con el hecho de que los signos de los metales que quería transmutar estaban mal colocados.

Tomé una pluma de su escritorio y comencé a garabatear sobre su círculo de transmutación.

—¿QUÉ HACES? —preguntó Ricardo.

—Tu círculo de transmutación está mal hecho.

Seguí modificándolo hasta que el círculo tomó una forma mucho más lógica.

—Creo que ahora sí puede funcionar.

Le di el nuevo círculo para que lo viera.

—Nunca se me había ocurrido hacerlo de esta forma, es… brillante.

—Aún no cantes victoria, primero tenemos que ver si funciona tanto con círculo como sin él.

Los círculos de transmutación eran atajos para el proceso de laboratorio normal, eran fórmulas e instrucciones para la energía. Teóricamente el círculo funcionaba; si conseguíamos unir esos metales por medio del círculo, quería decir que podríamos realizar el proceso sin necesidad de él.

—¿En dónde estás trabajando?

Ricardo me llevó al fondo de su laboratorio, en donde tenía una pequeña fragua.

Modificar y ajustar todos los instrumentos fue un trabajo que consumió varias horas.

Durante ese tiempo, me dediqué a hacerle imposible la vida al capitán, que temblaba de miedo cada vez que yo levantaba la voz.

En verdad no era tan malo, pero empezaba a entender el peso de la reputación de los Sebakhem.

Frente a ellos, nosotros éramos monstruos y, en comparación con los alquimistas de Segunda Orden, éramos increíblemente superiores en cuanto a poder y conocimiento, sin contar con el hecho de que, pese a ser su instalación militar, solo necesitaba dar la orden para que lo pusieran bajo arresto.

Después de un par de días de trabajo, el nuevo metal era todo un éxito y estaba listo para ser desarrollado a nivel industrial.

—Estoy impresionado, los Sebakhem son increíbles, no pensé que pudieras lograrlo.

Agradecí su comentario, estaba feliz de que mi primera misión hubiera sido todo un éxito.

Omití el comentario de que hubiera terminado mucho más rápido sin sus constantes y continuas interrupciones, ya que me hacían detenerme y explicar qué había hecho y cómo lo había hecho cada vez que realizaba una transmutación sin círculo.

Después de rellenar los informes pertinentes, regresé a Auralia.

El siguiente mes fue muy parecido, me enviaban a corregir las investigaciones de varios alquimistas en distintos lugares.

A lo largo de ese tiempo sufrí varios ataques por parte de ciudadanos que estaban rotundamente en contra de los alquimistas.

No maté a ninguno de ellos, pero he de confesar que los lastimé bastante y causé daños materiales considerables.

Afortunadamente, el gobierno contaba con un escuadrón de alquimistas cuya función era arreglar los desperfectos que causábamos los Sebakhem.

Era un gesto que yo consideraba muy amable y benévolo por parte del Estado; si ellos tenían armas temperamentales y con derechos casi ilimitados caminando libremente por las calles, lo menos que podían hacer era tener personas que arreglaran lo que nosotros destruíamos.

En el transcurso de ese mes jamás me vi en la necesidad de disparar mi arma fuera del campo de tiro. Mi laboratorio estaba prácticamente sin estrenar, al igual que el flamante departamento que había conseguido, en el cual solo utilizaba la cocina para preparar café.

En la última misión me habían mandado al pueblo en donde vendían los pajarillos que brillaban.

Fue increíblemente satisfactorio ver el rostro de David cuando llegué a la biblioteca de la Academia con una jaula y mi uniforme de Sebakhem.

Tuvimos una plática extensa en la cual le conté de mis pequeñas aventuras como alquimista y él me puso al tanto de lo que sucedía en la Academia.

Predijo con una exactitud increíble que muy pronto muchos alumnos se incorporarían a las filas de los Sebakhem sin tener que empezar siendo alquimistas de Segunda Orden.

Reflexionaba acerca de todo esto mientras iba de regreso a mi departamento.

Caminaba por las calles de Auralia. Era cerca de la una de la mañana.

Las calles se encontraban semiiluminadas por el alumbrado.

Pese a ser de noche, el calor era sofocante.

Era una de las características del mundo en el que vivía: todas las condiciones atmosféricas eran extremas.

Sin embargo, ni siquiera el calor abrasador de esa noche podía hacer algo en contra de mi estado de ánimo.

Sentía en mi bolsillo un pequeño paquete de tabaco que Alaric me había regalado al percatarse de que tenía una pipa, pero que no contaba con tabaco.

Ese gesto sería reprobado por una sociedad distinta, pero en nuestra ciudad era común el hecho de que los alquimistas fumaran. Era prácticamente un rasgo distintivo de ellos. Algo que terminó por alegrar ese momento fueron las palabras de Alaric.

“Existe inspiración en el humo”.