Capítulo 14 La vida de un arma
La bienvenida se llevó a cabo en un pequeño bar que se encontraba cerca del cuartel.
El bar se llamaba “La Destilería”, lugar famoso por preparar todas las bebidas que ahí se consumían.
Además, resultó ser el punto de reunión predilecto de los Sebakhem que me habían dado la bienvenida.
Mis nuevos colegas me presentaron con las camareras y con el cantinero, el cual se negó a cobrar el consumo de ese día para celebrar mi incorporación a las filas del ejército.
—¿Por qué hizo eso?
—Fácil —contestó Alaric, al cual la mayoría de los presentes se referían como “el de la vida”—.
Este es el bar más seguro de toda Auralia.
Los ladrones saben que lo visitamos frecuentemente y muchas personas vienen a vernos motivadas por una curiosidad morbosa.
Somos buenos para el negocio y además controlamos a las personas cuando ingieren más alcohol del que pueden soportar.
Nadie quiere hacer enojar a un alquimista con aliento alcohólico.
Todos reímos del comentario de Alaric. El alquimista del hierro había decidido abandonarnos argumentando que tenía que entrenar.
—No es nada personal —contestó Enric, el alquimista de la gravedad—. Él no es como nosotros. Nunca fue a la Academia; creció como un soldado y después aprendió alquimia, sus prioridades son las prioridades del ejército.
El alquimista de la gravedad era el único cuya estatura era semejante a la mía.
Era el blanco de constantes burlas por parte de los demás alquimistas, aunque todas estas bromas eran recibidas de buena manera por Enric.
Era un hombre con unos músculos increíblemente desarrollados, pese a que todos juraban que nunca pasaba ni un solo instante entrenando.
Al preguntar la razón, colocó su mano en mi hombro, el círculo de transmutación que tenía tatuado en el brazo se iluminó, y sentí como si una fuerza invisible me estuviera empujando hacia el suelo.
—Puedo controlar la gravedad, disminuyéndola o aumentándola. Solo tengo que aumentar la gravedad a mi alrededor y el caminar se convierte en un ejercicio excelente —dijo él con satisfacción.
También se encontraba Iván, el alquimista de la tierra. Era el hombre más alto y fuerte que había visto en toda mi vida, de modales refinados y lenguaje rebuscado; podía manipular la tierra para crear estacas, muros, etc.
El alquimista más cercano a mi edad era Ignacio, el alquimista del fuego.
Debía de tener unos veintitrés años y, junto conmigo, formaba parte de lo que el pueblo llamaba la “era de los genios”, ya que cada vez más jóvenes se convertían en Sebakhem y, pese a su corta edad, poseían conocimientos y técnicas de pelea tan avanzadas como las de los alquimistas consagrados.
Había otros alquimistas que no lograron llegar a la reunión por causa de alguna misión o de su trabajo, faltaba el alquimista de la explosión, el de la plata, el del agua, el del bronce y algún otro con el cual no congeniaban mucho.
—Debes tener cuidado. El ambiente entre alquimistas es bastante competitivo y puedes llegar a tener problemas, tú eres amigo de Alaric; por lo tanto, eres nuestro amigo y cuentas con nosotros para lo que necesites —dijo Iván.
—Gracias —contesté al tiempo que Enric rellenaba mi copa de vino y hacía una pregunta.
—¿Cómo fue que tuviste la desgracia de conocer al de la vida?
Alaric mantuvo una sonrisa mientras contestaba la pregunta por mí.
—A él se le ocurrió grabar los círculos de transmutación en mis huesos.
Todos me voltearon a ver extrañados.
—A mí se me ocurrió la idea, pero el que sabía cómo hacerlo era mi mentor —dije con algo de vergüenza ante la mirada de todos. No entendía por qué me veían de esa manera.
—¿Quién era tu mentor? —preguntó Iván de una forma muy lenta, casi como si conociera la respuesta pero tuviera miedo de ella.
—Se llamaba Eleazar.
—¿QUÉ? —exclamaron todos a coro menos Alaric.
—¿Eleazar fue tu maestro? —preguntó Enric.
—Sí, ¿lo conocían?
—Muy pocos lo conocían en persona —contestó Alaric.
—Pero me hubiera encantado conocerlo —dijo Enric—. El hombre es una leyenda, ¿desde cuándo te aceptó como alumno?
—Desde que tengo memoria. Prácticamente todo lo que sé de alquimia es gracias a él.
—¿En verdad te enseñó alquimia? —preguntó Iván.
—Sí, era estricto pero las lecciones eran muy divertidas.
—¿Eras el alumno de Eleazar?
—Sí, ¿qué tiene de raro?
—Eleazar nunca aceptó a nadie como alumno. Yo era de los pocos a los que les daba algún tipo de asesoría, había personas que hubieran dado lo que sea por que Eleazar fuera su maestro —dijo Alaric.
—Incluso había quienes mentían acerca de eso, ¿cómo se llamaba el tarado que nos intentó impresionar?
Enric dirigió la pregunta a Iván.
—Wilson, el Alquimista del Manto Dorado, es un fanfarrón.
—Bastante, yo estudié en la Academia con él.
—¿Tú fuiste el que lo derrotó en la competencia de hipogrifos? —preguntó Iván.
—Sí.
—Amigos míos, tenemos a todo un personaje con nosotros.
No solo es el alquimista que hizo quedar en ridículo a ese idiota, sino que también transmuta sin círculo de transmutación y es el único alumno de Eleazar.
Es un honor comer en la misma mesa que usted, joven Sebakhem —dijo Enric, quien hizo una pequeña reverencia que desencadenó una carcajada comunitaria.
Por lo poco que lo conocía, me di cuenta de que él era una persona bastante bromista y con un humor excelente.
La velada continuó con algunas indicaciones, consejos y recomendaciones que me dieron para hacer más fáciles mis días en el ejército. Contamos historias, anécdotas y algunas equivocaciones en el laboratorio del nivel que solo alguien con conocimientos avanzados en alquimia encontraría divertidos.
En algún punto de la noche, Alaric golpeó suavemente su copa con los nudillos.
—Antes de que Gravedad beba lo suficiente como para intentar convencernos de saltar desde el tejado de la oficina de Olister, hay algo que debemos hacer.
—El aterrizaje sería suave como una pluma —protestó Enric. Luego añadió en voz baja—: Solo me salió mal una vez.
—Por eso mismo —respondió Alaric sin mirarlo.
Las risas se apagaron poco a poco. El silencio no fue incómodo, pero sí extraño. Todos dejaron sus copas sobre la mesa y, por primera vez en toda la noche, sentí que aquella reunión había dejado de ser una bienvenida improvisada.
Alaric sacó un reloj de bolsillo.
No era tan imponente como la placa de Primera Orden ni tan perfecto como la pistola. Era de plata y tenía la tapa lisa, sin adornos. Aun así, cuando lo dejó sobre la mesa, todas las miradas se concentraron en él.
—Olister ya te entregó lo que te reconoce como Sebakhem —dijo Alaric—. La placa y la pistola le dicen al mundo quién eres. Esto no viene del Estado.
Me quedé mirando el reloj sin atreverme a tocarlo.
—Entonces, ¿qué es?
Alaric sonrió.
—Es nuestra forma de decirte que no estás solo.
Abrió la tapa y me mostró el interior. No era un reloj, sino una brújula alojada en la caja de uno.
Alrededor de la esfera había varios círculos de transmutación grabados en el metal.
En el interior de la tapa aparecía una frase en latín, trazada con una precisión absurda: Quod superius est sicut inferius .
—Esos son nuestros círculos —añadió Iván—. Los de quienes estamos aquí y los de algunos que no pudieron venir.
—No es un comunicador —aclaró Alaric—. No sirve para enviar mensajes, órdenes ni explicaciones.
Si alguno de nosotros te necesita, su círculo brillará en la tuya y la aguja apuntará hacia él.
Si tú necesitas a alguno de nosotros, solo tienes que activar su círculo.
Fuera de eso, funciona como una brújula común.
—¿El ejército puede rastrearlo?
La pregunta se me escapó antes de poder detenerla.
Alaric negó con la cabeza.
—No. Esa es precisamente la gracia.
Enric levantó su copa.
—La placa y la pistola pertenecen al ejército. Esa brújula pertenece a esta mesa.
Volví a mirar la brújula. De pronto me pareció más pesada que la placa y la pistola.
—¿Y por qué a mí?
Alaric cerró la tapa con cuidado y empujó la brújula hacia mí.
—Porque eres amigo mío. Y porque, desde hoy, también eres uno de los nuestros.
Por primera vez desde que Eleazar desapareció, me sentía integrado a un grupo.
Nunca había tenido demasiados amigos, incluso en la Academia; pero ahora me encontraba frente a los mejores alquimistas de Auralia y ellos me trataban como si fuera uno del grupo.
No les importaba mi edad ni el hecho de que fuera el novato del grupo.
Simplemente era un Sebakhem, al igual que ellos.
Cuando nos retiramos del bar me preguntaron si me quedaría a dormir en los dormitorios del cuartel, pero yo tenía algo pendiente.
Fui de inmediato a la posada de Carmen, le expliqué rápidamente lo que había pasado y le prometí que le pagaría el dinero que le debía en la primera oportunidad.
Este hecho parecía no importarle a ella.
Se veía más emocionada por mi llegada y por el éxito obtenido que por la idea de conseguir el dinero que le debía.
Este fue un detalle que nunca olvidé, sobre todo porque Carmen no se limitó a respetar mi cuarto, sino que había cuidado a Vulcan.
—Hola, amigo, ¿cómo estás?
Vulcan se levantó rápidamente y casi me hace caer cuando se abalanzó sobre mí.
—Yo también te extrañé, amigo.
Pese a estar cansado y un poco ebrio, decidí, ante la insistencia de Vulcan, montarlo y dar una vuelta alrededor de Auralia, la cual se veía totalmente distinta y magnífica cuando era de noche.
Al día siguiente, encontré sobre mi escritorio mi primera tarea.
Gracias a mis habilidades y conocimientos, se me designó a trabajar tanto en el laboratorio como fuera de él.
Tenía que viajar a un poblado cercano en donde habría de revisar la investigación de un alquimista de Segunda Orden, el cual se hallaba estancado y necesitaba ayuda.