El Diario del Alquimista Capítulo 13 Una comida interesante
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Capítulo 13 Una comida interesante

Cerré el diario de Leo. Aún era temprano, pero sentía hambre, por lo que decidí bajar a la cocina, donde me encontré con Rubiel.

—Hola —dijo él antes de que yo pudiera hablar.

—Hola, pensé que no me habías oído entrar.

Rubiel estaba revisando un cuaderno algo desgastado, por lo que pensé que se encontraría ajeno al mundo exterior.

—Solo estaba revisando algunos lugares donde podría estar Leo. Apunté los que más visitamos y los enemigos que podría encontrar ahí. Leo dice que es una estupidez hacer esto, pero son traumas del ejército. ¿Quieres comer algo?

Asentí con cierta vergüenza al tiempo que Rubiel se levantaba de la mesa para prepararme algo de comer.

Aún no tenía la suficiente confianza como para utilizar la cocina a mi antojo, y parecía que era el lugar más visitado de todo el palacio, ya que siempre había alguien ahí.

—¿Ya aparecí en la historia? —preguntó Rubiel.

—No, aún no, apenas se acaba de hacer Sebakhem.

—Entonces no falta mucho —contestó Rubiel con alegría.

—¿En verdad los alquimistas podían matar a las personas sin que nadie les dijera nada?

—Bueno, siempre tenía que haber una razón para matar a alguien, y no lo niego: había algunos alquimistas que abusaban de ese poder, pero generalmente los controlábamos muy bien.

—¿Los controlaban?

—Así es. Yo formaba parte de las fuerzas especiales: hombres sin poderes, entrenados desde su infancia en el arte del combate.

Éramos mucho mejores peleando cuerpo a cuerpo que los alquimistas.

Nosotros les llegábamos a enseñar cómo luchar sin alquimia, y a nosotros nos ponían a luchar con alquimistas desde que éramos pequeños para que aprendiéramos a defendernos de la alquimia que utilizaban.

Por lo general, era algo bastante fácil: solo tenías que encontrar dónde tenían su círculo de transmutación y evitar que lo utilizaran o, en el mejor de los casos, destruirlo.

Tu padre era diferente del resto de los alquimistas, pero también era más pequeño y menos fuerte que ellos, por lo que se daban combates bastante interesantes.

Llegué a ver cómo detenía a diez soldados élite sin siquiera tener que mover un músculo; pero, cuando no usaba alquimia, le pateaban el trasero de una forma salvaje —dijo esta parte mientras se reía.

—Aun así, me sigue pareciendo indignante: nadie debería tener el poder de decidir si una persona vive o muere.

—Leo siempre utilizó ese recurso con mucho sentido común. Él, a diferencia de otros alquimistas, no abusaba de sus facultades, o al menos no de muchas de ellas.

—¿Qué tanto les permitían hacer a los Sebakhem?

—Antes que nada tienes que entender que los Sebakhem eran extremadamente valiosos para el ejército.

Ahorraban esfuerzo, gente y dinero. ¿Para qué contratar a una empresa que haga explosivos si tienes a un montón de personas que pueden hacerlo?

¿Para qué desperdicias recursos mandando a todo un pelotón para detener una revuelta cuando puedes mandar a una sola persona con la capacidad de incinerar un pueblo entero?

El gobierno tenía que consentir a todos sus Sebakhem.

Si estos desertaban, eran un verdadero peligro; era como si ellos mismos se apuntaran con su misma arma.

—Pero tú eras de las fuerzas especiales, también tenías privilegios que otros soldados no tenían, ¿cierto?

—Sí, pero nunca tuve tantos como Leo. Ellos podían matar sin dar explicaciones, no era obligatorio portar el uniforme completo todo el tiempo.

Sus horarios de trabajo eran definidos por ellos mismos, a menos que tuvieran una misión.

Sus sueldos eran mucho mejores. Si necesitaban materiales, solo tenían que especificar la cantidad.

No había puertas cerradas para los Sebakhem, podían estar armados todo el tiempo sin que nadie pudiera decirles nada, aunque esas medidas eran también para darle poder a su reputación.

—No entiendo.

—Es fácil. Muchas veces, la reputación de un alquimista era tan terrible que los conflictos se disolvían en el momento en que ellos aparecían. La gente tenía miedo de enfrentarse a ellos. Como te había dicho, muchas personas los querían, pero eran odiados por muchos otros.

A los soldados de las fuerzas especiales nos quería todo el mundo. Al menos, sabían que éramos iguales a ellos y que lucharíamos para defenderlos si las armas del Estado se volvían en contra de las personas a las cuales habían jurado proteger.

Aunque no todos los alquimistas cometían actos de violencia por su propia voluntad, la mayoría de las veces, eran órdenes que se tenían que cumplir, y ellos tenían que aparentar que todo era idea suya para mantener la imagen que debían de tener las armas del Estado.

Se podría decir que eran víctimas de su propia reputación.

—¿Y no podían negarse a hacer todo eso?

—Claro que podían, pero eran encarcelados o se les acusaba de alta traición, y mandaban a otro alquimista a cumplir con la misión.

Entonces, el resultado era prácticamente el mismo. La población seguía creyendo que los alquimistas eran simplemente armas mortales, sin remordimiento y sin sentimientos, lo cual hacía que nuestros enemigos creyeran lo mismo y desistieran de atacarnos.

El miedo que los alquimistas despertaban nos mantenía a salvo. Era un peso que ellos llevaban sobre los hombros, los soldados podíamos fallar; ellos, no. Nosotros podíamos mostrar debilidad; ellos, no.

Cada bendición que el gobierno les concedía venía atada a una maldición que aceptaban al recibir esa placa y esa pistola.

No tienes idea de la cantidad de alquimistas de Segunda Orden que desertaban. Los Sebakhem no tenían ese lujo: eran los encargados de defender a la nación. La mayoría de los actos que cometían los hacían contra nuestros enemigos; por eso el pueblo los toleraba.

No había visto la situación desde ese punto de vista. Aún no había leído nada de eso en el diario, y no sabía cómo iba a reaccionar al saber que mi “padre” era un asesino.

No sabía cómo me haría sentir leer un asesinato descrito por él mismo, y, por lo que decía Rubiel, parecía más que obvio que las manos de Leo se encontraban manchadas con la sangre de más de una persona.

—¿Tú también has matado personas?

Rubiel asintió sin mostrar remordimiento.

—Muchas. Comencé a matar gente desde antes de que Leo fuera Sebakhem, pero en mi caso fue diferente: estaba en una guerra, y ahí la muerte tiene un contexto totalmente diferente. Matar es una necesidad, es la supervivencia en su más puro estado.

—Pues yo no estoy de acuerdo con ello.

—No me malinterpretes. El hacerlo no quiere decir que nos guste. A menos que sean demonios; con ellos no se siente feo.

Yo no me creía capaz de matar ni siquiera a un demonio. El hecho de tener el poder de arrebatarle la vida a alguien era algo que me incomodaba, y que al parecer era bastante común entre ellos.

De nuevo me encontraba en un mundo extraño, un mundo al cual no pertenecía.

En este mundo, matar era una necesidad. Era algo tan común como salir de compras; enfrentarse con demonios era cosa de todos los días, y podían hablar de las personas a las que habían matado sin ningún tipo de remordimiento.

Eran personas que, gracias a su poder, se sentían con el derecho de matar.

Sin embargo, el problema era que yo ya no pertenecía a mi mundo, el mundo tranquilo que yo había conocido: un mundo en donde matar estaba mal, en donde había personas que vivían ajenas a los demonios, magia y alquimia, un mundo en donde todo eso eran fantasías, material para películas y series de televisión; un mundo que vivía en peligrosa proximidad con otro mundo mucho más peligroso.

Me sentí perdida y molesta.

Una persona que yo no conocía había cambiado mi mundo. Yo no quería que la magia cambiara mi forma de vida. Ahora no sabía si podría regresar al mundo en donde crecí.

Ellos no notarían la diferencia, pero yo sabría que podía matarlos con una esfera de energía, que, si mis poderes se salían de control, era capaz de lastimar a las personas que me rodeaban.

Pero tampoco sentía que pertenecía al mundo de la magia, un lugar al cual pertenecía solamente por ser hija de Leo.

—¿Estás bien? —preguntó Rubiel.

—Sí, solo estaba pensando algo.

Él me miró con desconfianza como si intentara entrar en mi mente, una expresión que en ese lugar podía ser más cierta de lo que yo pensaba.

—¿Qué se siente matar a alguien?

Rubiel permaneció en silencio casi por medio minuto antes de contestar.

—Es algo muy diferente, nunca es igual. La primera vez que lo haces define mucho tus sentimientos acerca de eso.

Cuando es para hacer justicia incluso sientes satisfacción, te sientes bien de saber que gracias a ti esa persona no volverá a lastimar a nadie más, pero es el peor sentimiento del mundo cuando matas a alguien inocente.

Puedes haber matado a miles de personas en guerras y peleas, pero si matas a inocentes, nunca los olvidas. Hay veces que ves a personas que se parecen a ellos y es inevitable pensar en la vida que habrían tenido.

Yo no podría soportar en mi conciencia el cargar con una vida humana, sentía que tendría que matarme para escapar de ese hecho, era algo que no creía soportar.

Terminé de comer en silencio. Al terminar, agradecí a Rubiel por la comida y subí a mi cuarto, prendí mi computadora y puse algo de música mientras me recostaba en mi cama.

Aún tendría que leer el diario de Leo para tomar una decisión acerca del mundo en el que quería vivir. Si regresaba al mundo que conocía nada sería igual.

Pero si me quedaba en este mundo, ¿tendría que aprender a matar?

Esa pregunta rondaba en mi mente mientras abría el diario y veía de reojo la fotografía de mi mamá.