El Diario del Alquimista Capítulo 12 Forjando alquimistas #10
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Capítulo 12 Forjando alquimistas #10

Sobreviví en lugares en donde hubiera tenido una muerte lenta y segura de no ser porque contaba con alquimia.

El calor extremo del Desierto de Fuego era solo el inicio de la prueba.

Atravesé bosques y lugares congelados eternamente, sobreviví a cada uno de esos ambientes gracias a mis poderes, ya que no contaba con más equipo que una botella y una navaja.

Aproveché ese tiempo para dedicarme a mejorar mis poderes mentales. Logré obtener un control impresionante de la piroquinesis, telequinesis, crioquinesis y, sobre todo, por fin estaba en lugares en donde podría desarrollar la fragoquinesis sin poner en peligro a nadie.

La fragoquinesis resultó ser uno de mis poderes preferidos.

En pocas palabras, era la habilidad de hacer explotar objetos o seres vivos. Consumía una enorme cantidad de energía y demandaba una concentración extrema, pero estaba seguro de que llegaría a ser tremendamente útil una vez que la dominara completamente.

Regresé al cuartel general de Auralia completamente sucio, cansado, con olor a tierra, sangre y sudor; sin embargo, regresé feliz de haber terminado el entrenamiento.

Había probado que podía vencer a la naturaleza. Me enfrenté a ella con una navaja y mis poderes. Había regresado victorioso con una nueva actitud y con más poderes de los que tenía cuando salí del cuartel.

Un soldado se acercó a mí para impedirme el acceso al cuartel. Mi aspecto era deplorable; resultaba evidente que llamaba la atención.

—No puedes pasar, esta es una zona…

Sin disminuir mi paso, lo interrumpí. Por un momento, fui todo lo que nos habían enseñado en la Academia, mi caminar firme y mi voz relucieron mucho más de lo que mis ropas podían.

Saqué mi placa y se la mostré.

—Sebakhem, voy a ver al General Olister.

El soldado se apartó de mi camino sin decir nada.

Mi estado de ánimo era épico. Me sentía como si fuera un antiguo dios de la guerra que hubiera regresado victorioso después de enfrentarse contra el mundo. Mi paso firme y decidido me condujo hasta la oficina del General Olister.

—Leo, regresaste antes de lo que esperaba. ¿Qué tal tu viaje?

—Lleno de sorpresas y sin el equipo necesario.

—Esa era la intención.

El General Olister llamó a un soldado.

—Conduzca al alquimista a su oficina.

—¿Eso es todo?

Era casi indignante. Casi había muerto en la prueba en la que me habían obligado a participar y simplemente me mandaban a una oficina.

—Sí, eso es todo. Puedes retirarte. Las especificaciones de tu primera misión están sobre tu escritorio.

La misión, como todas las tareas que se le asignan a los alquimistas, es secreta.

Está terminantemente prohibido divulgar esta información con cualquier persona, bajo ninguna circunstancia, ¿entendido?

—Sí, señor.

El cuartel general era enorme. Se podría decir que era una pequeña ciudad dentro de la ciudad de Auralia. Consideré inmediatamente el hecho de tener a Vulcan dentro de los establos de la milicia, sería mucho más fácil llegar a cualquier lado con él.

El soldado me condujo hasta la puerta de mi oficina en el edificio de alquimistas.

El ejército estaba dividido por jerarquías.

Era un sistema bastante discriminatorio.

Los alquimistas y los altos mandos éramos los que teníamos las mejores oficinas, los mejores sueldos.

Las facultades que teníamos como alquimistas eran mucho más que extensas.

No solo impartíamos la ley: éramos la ley, podíamos matar si considerábamos que era necesario, pocas personas estaban sobre nuestra autoridad.

Los demás soldados, tenientes, capitanes, etc., contaban, al igual que nosotros, con dormitorios e incluso con comedores que utilizaban según el rango que uno tuviera.

El soldado se retiró y entré a mi flamante y nueva oficina.

No llegué a encender la luz. Una mano cubrió mi rostro y un aroma desconocido me indujo a un sueño inmediato.

Desperté amarrado a una silla en lo que parecía ser una enorme bodega en donde solo una luz me iluminaba tenuemente. A mi lado había una pistola.

—¿Cuál es tu misión? —preguntó una voz entre las sombras.

—No lo sé.

—¿A qué lugares te mandaron?

—No lo sé.

Estaba empezando a ponerme en verdad nervioso, estaba bajo interrogatorio en una situación en la que me encontraba en desventaja. Si bien en la Academia nos habían enseñado a manejar esas situaciones, nunca las había experimentado fuera del salón de clases.

—¿Cuál es tu nombre?

—No lo sé.

Me di cuenta de que no traía mi gabardina y mis bolsillos estaban vacíos.

Tampoco tenía el cristal que Eleazar me había dado, la intención era obvia: separar a un alquimista de todo aquello con lo que pudiera realizar transmutaciones y de todo objeto en el cual pudiera esconder algún círculo de transmutación, los profesores nos contaban de alquimistas a los que les habían llegado a cortar partes de piel para separarlos de los círculos de transmutación que estos tuvieran tatuados.

Afortunadamente, ese no era mi caso, yo podía transmutar sin necesidad de un círculo, por lo que en el momento en que mis manos tocaron la cuerda que me detenía supe que tenía una posibilidad de salir de ahí.

Noté que por un momento la silueta entre las sombras se distraía. Era mi oportunidad. Corté la cuerda con una transmutación y tomé el arma que se encontraba en la mesa.

—¿Vas a dispararme? —preguntó con un tono de burla.

—¿Quién eres y por qué me trajiste aquí?

—No te voy a contestar, niño, dispara si es que tienes el valor.

Me encontraba en una situación estresante; sin embargo, sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Además, era un Sebakhem, tenía el derecho de matar, sobre todo si atentaban contra mi vida, y esta era una situación que muy fácilmente podría poner mi vida en riesgo.

Me di cuenta de que sería difícil salir de esa situación sin derramar una sola gota de sangre.

—Es tu última oportunidad. CONTESTA.

—Vete al demonio.

Sin pensarlo, apreté el gatillo al tiempo que las luces de la bodega se encendían y varias personas se reían.

—Tienes actitud, niño.

La persona que segundos atrás estaba entre las sombras seguía viva, no solo eso, tenía uniforme militar con el emblema de la Primera Orden, al igual que su placa.

—Y tú que decías que no tenía el valor.

Esta voz fue fácil de identificar.

—¿Alaric?

Volteé a verlo mientras bajaba el arma. Alaric no estaba solo, se encontraba acompañado de varios Sebakhem.

—Bienvenido.

—No entiendo.

El alquimista al que le había disparado me quitó el arma de las manos ante mi mirada de asombro.

—Son balas de salva, novato.

Me dio un par de palmadas en la espalda.

—Soy Iro, el alquimista del hierro —dijo al tiempo que extendía su mano a manera de saludo.

Cada uno de los alquimistas que se encontraban en la oficina se presentó conmigo. En ese momento, los apodos generalmente eran puestos por el pueblo gracias a las habilidades de los alquimistas, otros obtenían su nombre por su especialidad.

Descubrí que no estaba en una bodega. Me encontraba en mi laboratorio, el cual estaba junto a mi oficina. Era impresionante, estaba seguro de que la posada de Carmen hubiera entrado con facilidad en él.

Después de celebrar mi ingreso oficial y de ofrecerme su amistad y apoyo, me dejaron solo para que me acomodara, con la promesa de que iríamos por una copa de vino al terminar el turno.

Mi escritorio tenía una carpeta, la cual contenía una hoja con la descripción de mi primera misión.

Sobrevive a la bienvenida.

No había duda acerca de que los Sebakhem contaban con sentido del humor. Encontré todos mis objetos personales en un cajón de mi escritorio y una caja de madera.

La abrí como si se tratara del mejor regalo que jamás hubiera recibido.

En mi infancia, nunca creí tener esa pistola en mis manos. Era pesada; el metal estaba frío, dentro de la caja había balas suficientes para llenar el carrusel y la ventanilla del mango brillaba con un resplandor casi hipnotizante.

En un perchero se encontraban mi gabardina y una bata de Sebakhem.

La bata, hecha de piel, era bastante similar a mi gabardina.

No tenía tantas bolsas, pero ya me encargaría de ese detalle más adelante.

Como Sebakhem, tenía la opción de portar el uniforme incompleto, por lo que decidí hacer de esa bata mi uniforme.

El resto del día lo ocupé en explorar mi oficina y mi laboratorio. Me sentía completamente feliz. Había cumplido mi sueño sin saber que ese era solamente el inicio de un viaje que me llevaría mucho más lejos de lo que jamás llegué a imaginar.