El Diario del Alquimista Capítulo 12 Forjando alquimistas #9
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Capítulo 12 Forjando alquimistas #9

—Lograste detener a un alquimista de Primera Orden, no es necesario que empieces siendo un alquimista de Segunda Orden, tienes suficiente potencial como para sernos de utilidad. La pregunta es: ¿aceptas?

Era una pregunta a la cual conocía perfectamente bien la respuesta, no solamente estaba salvando mi cuello, sino que además me estaban entregando en mis manos el sueño que había perseguido toda mi vida.

—Claro, acepto, señor, muchas gracias.

—Hijo, ¿en verdad te llamas Edward?

—Sí, señor.

—¿Y eso no te molesta?

—Prefiero que me digan Leo.

—De acuerdo, Leo.

El General Olister extendió su mano para que la estrechara, cosa que hice al instante.

—Bienvenido al ejército. Alaric te explicará lo que tienes que hacer, y te espero dentro de dos horas en mi oficina.

Salió de la celda junto con sus dos guardias y Alaric me hizo señas para que lo siguiera.

Al salir de la cárcel me encontré dentro de una imponente instalación militar. Era el cuartel general y base de los Sebakhem.

Alaric no dijo ninguna palabra hasta que estuvo seguro de que nadie podía escucharnos.

—Lo siento, tenía que dar la orden de que te detuvieran.

—¿Fuiste tú?

—Sí, te reconocí y no podía permitir que te dispararan por confundirte con un cómplice del alquimista al que detuviste.

—No pensé que te acordaras de mí, al fin de cuentas solo me viste una vez.

—Créeme, es difícil olvidar cuando un niño te deja en ridículo frente a uno de los más grandes alquimistas que han existido.

Después de unos segundos me tocó el hombro.

—Siento mucho lo que pasó con Eleazar, nadie sabe nada de él y para cuando me enteré de su desaparición tú ya estabas en la Academia.

—Da igual, él no desapareció, él se fue porque quiso.

—Yo no estaría muy seguro de ello, pero si es lo que piensas, no lo voy a discutir. Al fin de cuentas, tú lo conocías mejor que yo.

—Al menos eso creía.

Puedo decir que, pese a la conversación que habíamos tenido, el recorrido por el cuartel general había sido toda una experiencia. Decenas de Sebakhem entrenaban a alquimistas de Segunda Orden para que estos pudieran ascender de rango.

Enseñaban a utilizar señales de humo para comunicarse basándose en un principio que hacía que las partículas de carbón del humo se atrajeran y pudieran mantener una estructura lo suficientemente estable como para formar símbolos y letras, visibles a varios kilómetros de distancia.

También era la sede de los más grandes y magníficos laboratorios que había visto en toda mi vida y el lugar en donde las fuerzas especiales vivían.

En conclusión, ese tenía que ser el lugar más seguro de Auralia. No, de todo el mundo. Nadie podría superar todas las medidas de protección que había: miles de los mejores soldados, tanques, armas suficientes como para iniciar una guerra, alquimistas… ¡En fin!

Me sentía completamente emocionado cuando fui a la oficina del General Olister.

—Leo, pasa.

Sobre su escritorio había una placa metálica montada sobre una base de cuero negro. En el centro tenía el símbolo de los Sebakhem.

—¿La reconoces?

—Desde luego —respondí, incapaz de apartar la mirada—. Es una placa de Primera Orden.

—No. Es tu placa de Primera Orden.

Guardé silencio.

El General Olister la tomó entre los dedos y la dejó frente a mí.

El metal oscuro, con letras plateadas, parecía haber sido arrancado de una máquina de guerra; los bordes estaban marcados con líneas finas, el escudo de los Sebakhem ocupaba el centro y, debajo, mi número de registro y las palabras que todo alquimista tenía grabadas en el corazón: Solve et Coagula .

—A partir de este momento, prácticamente ningún archivo militar, laboratorio, arsenal o zona restringida de Auralia podrá negarte el paso sin responder ante el Alto Mando.

Esta placa no es un adorno, no es una medalla.

Es un juramento: Auralia te reconoce como su escudo, y tú responderás con todo lo que eres por quienes viven bajo su protección.

La tomé con cuidado. Pesaba más de lo que esperaba.

—Algunos la llevan en el bolsillo interior, otros al cuello. La mayoría la porta en el cinturón. Te recomiendo lo último.

—¿Por qué?

Olister abrió un cajón de su escritorio y sacó una caja de madera negra, tan pulida que parecía tener brillo propio.

—Porque la placa identifica al Sebakhem —dijo mientras abría los seguros—, pero esto le recuerda al mundo por qué conviene respetarla.

Levantó lentamente la tapa.

Dentro descansaba una pistola de Sebakhem.

Dejé de respirar por un instante.

La había visto en libros. Había leído cada descripción, cada rumor, cada especulación sobre su mecanismo.

Había soñado con poner mis manos sobre una desde mucho antes de tener edad suficiente para admitirlo en voz alta.

Era, sencillamente, el arma más perfecta que jamás hubiera sido creada por nadie.

Los procesos de su fabricación eran un secreto para el público en general; se decía que muy pocos Sebakhem tenían idea de cómo eran elaboradas dichas pistolas.

Tenían forma de revólver, con capacidad para seis balas convencionales o modificadas por el propio alquimista.

Además, la cacha tenía una pequeña ventana en donde podía apreciarse un cristal que brillaba cuando la pistola giraba.

Esto les permitía a los Sebakhem formar pequeñas balas, del tamaño de balines, las cuales podían ser cargadas con el efecto de los círculos de transmutación que el propio alquimista grabara sobre su pistola.

Para fines prácticos, esa pistola tenía la capacidad de disparar de forma ilimitada.

—Será tuya en cuanto completes el entrenamiento básico.

Tuve que obligarme a cerrar la boca. Prácticamente babeaba por tener esa arma entre mis manos.

—Espero que no tengas nada planeado.

Olister aplaudió un par de veces y tres soldados entraron a su oficina.

—Conduzcan al alquimista al campo de entrenamiento.

Sin permitirme hablar o defenderme, me condujeron hasta una bodega en donde nos esperaba una camioneta.

—Suba a la camioneta.

—¿Se puede saber a dónde demonios me llevan?

—Lo siento, señor, esa es información clasificada. Solo el conductor sabe el destino. Haga favor de subir a la camioneta.

Entendí que discutir con el soldado era algo completamente inútil, por lo que subí a la camioneta para intentar obtener algo de información del soldado que la conducía, aunque, en el momento de ingresar, el soldado pisó el acelerador a fondo.

—¿Qué demonios? —pregunté en cuanto logré acomodarme correctamente en el asiento.

—Oye, tú, ¿me escuchas?

—Desde luego, señor.

—¿Por qué todo mundo me dice señor?

—Usted tiene una placa de Primera Orden, y los Sebakhem tienen un rango mayor al nuestro, señor.

—Pues si tengo un rango mayor al tuyo, entonces dime a dónde me llevas y es una orden.

—Lo siento, señor, se me tiene prohibido decir el destino al que nos dirigimos.

Salíamos de la instalación militar y rápidamente nos dirigíamos hacia la periferia de Auralia.

—¿Vamos a tardar mucho en regresar a la ciudad? Tengo un hipogrifo que alimentar.

—Yo voy a regresar hoy mismo. Usted puede que tarde más en regresar.

—¿Por qué? Y deja de hablarme con tanto respeto.

El soldado suspiró.

—Gracias, esto se estaba volviendo bastante incómodo, no estoy acostumbrado a tener que hablarle de usted a un niño.

—Tampoco exageres, no soy un niño.

—Bueno, a alguien menor que yo.

—¿Me puedes decir en qué consiste el entrenamiento?

El soldado guardó silencio durante un momento.

—Supongo que no importa si te lo digo ahora o dentro de una hora. La prueba es bastante simple: lo único que tienes que hacer es sobrevivir.

—Suena bastante fácil.

—No tanto. Te dejaré en medio de la nada, solamente con un mapa y una botella de agua.

La prueba consiste en que tienes que sobrevivir y llegar a todos los puntos marcados en el mapa.

El primer problema con el que te vas a encontrar es el alimento, y, aunque seas un alquimista, conseguir agua en un desierto o prender fuego en medio del hielo es todo un reto.

—No va a ser problema. Mi mentor solía darme de comer cosas que tú considerarías basura. Estoy acostumbrado a ese tipo de retos y no soy un alquimista común y corriente.

—Espero que así sea, vas a tener que atravesar el Desierto de Fuego para llegar a tu primer punto.

Ahora entendía en dónde estaba el reto. El primer lugar en donde tenía que sobrevivir era el Desierto de Fuego, famoso por ser implacable con cualquiera que se atreviera a caminar por sus dominios.

No solamente tenía temperaturas extremas, sino que también contaba con una infinidad de volcanes en constante actividad que lo convertían en un lugar prácticamente imposible de atravesar.

El viaje continuó sin mayores problemas y, después de una hora, llegamos al Desierto de Fuego.

—Espero que sobrevivas, hacen falta alquimistas que tengan la humildad de hablar con los soldados como si fueran iguales a ellos.

—Gracias.

—¿Tienes algún tipo de arma contigo?

—Un par de explosivos.

—Ten.

El soldado me dio una pequeña navaja.

—No parece mucho, pero me ha salvado la vida en más de una ocasión. Es posible que a ti también te traiga buena suerte.

Sabía lo que Eleazar pensaba de la suerte. Él decía que la suerte era solamente el efecto de una ley cuyas variables y funcionamiento desconocíamos; pero el gesto del soldado fue tan honesto que solo pude agradecerle por el regalo.

—Gracias.

Guardé la navaja en mi bolsillo junto con el mapa y la botella de agua.

—¿Puedo pedirte un favor?

—Siempre y cuando no quieras también la camioneta.

Ambos reímos.

—Hay una pequeña posada cerca de una droguería. Pertenece a una mujer que se llama Carmen.

—Sí, la conozco.

—¿Podrías decirle que alimente a mi hipogrifo? No estoy seguro de cuánto tiempo vaya a tardar y no creo que mi hipogrifo sobreviva demasiado sin comer.

—No te preocupes, antes de llegar al cuartel voy a darle tu mensaje.

—Bueno, pues, gracias nuevamente.

—Suerte.

El soldado subió a su camioneta e inició su viaje de regreso a la ciudad.

Necesité de cuatro meses y toda mi astucia para completar la prueba.