Capítulo 12 Forjando alquimistas #8
La alquimia que había aprendido para proteger a las personas estaba siendo utilizada justamente para lastimarlas sin más razón que el divertimento de un alquimista con desórdenes mentales. La alquimia debería ser usada para proteger, no para dañar a las personas.
El sentimiento de venganza empezó a calentar mi corazón, la desesperación que sentía por causa de los gritos de dolor me dio la fuerza suficiente para lograr mover mis pies y recuperar el control de mi cuerpo.
Los soldados tenían balas, las cuales rebotaban en las paredes que el alquimista creaba para defenderse de ellas, lastimando accidentalmente a más personas.
Yo solamente contaba con mi alquimia y esperaba que fuera suficiente para detener a un alquimista de su categoría.
Corrí hacia donde estaban luchando, esquivando charcos de sangre y pedazos de edificios, estaba a algunos metros de él y la parte racional de mi mente me suplicaba regresar sobre mis pasos y alejarme del peligro.
Tenía miedo. Puede que eso haya sido la causa de que no prestara la suficiente atención a mis pasos y tropezara haciendo que me recargara en la pared para evitar caer al suelo.
El alquimista había logrado matar a varios soldados y escapaba por el lado opuesto a la calle en la que me encontraba. En un arranque de valentía, transmuté la calle para crear un muro y cortarle el camino.
En ese momento me di cuenta de que la única salida que quedaba era justamente en donde yo me encontraba y los soldados estaban demasiado lejos. El alquimista volteó a ver el muro y después su vista se posó en mí.
—Muy impresionante, niño, pero la valentía es una virtud que va acompañada de la estupidez.
El brazalete de su mano se iluminó y del suelo surgió una serpiente hecha de las piedras del asfalto que se impulsaba zigzagueando hacia mí.
Con una nueva transmutación un pequeño pero firme muro se materializó frente a mí para brindarme protección.
Un segundo después, escuché el sonido de las piedras chocando entre ellas, prueba inequívoca de que la serpiente había impactado contra mi defensa.
El alquimista me observó con curiosidad por un momento.
—Aún no se despiertan los soldados que sobrevivieron y la nueva oleada aún no llega. Al parecer, tengo tiempo para enseñarte un par de cosas.
Vi cómo de entre sus ropas sacaba una espada y corría a toda velocidad hacia mí. Yo solamente tuve tiempo de buscar algo metálico para transmutarlo en una espada, la cual se rompió al recibir el impacto de su espada.
—Primera lección, desarma a tu oponente aunque eso quiera decir utilizar alquimia para destruir sus armas.
Él guardó su espada y empezó a transmutar nuevamente el suelo para atacarme.
—Segunda lección, no importa el aspecto que tenga tu enemigo, nunca tengas piedad.
Me di cuenta de que enfrentarlo había sido un error. No estaba al nivel de mi oponente; era mucho más hábil que yo.
—Tercera lección.
Activé el ojo del alquimista y, usando telequinesis, lancé una piedra que se encontraba cerca de él para hacerlo perder el equilibrio.
Para mi desgracia, él simplemente esquivó la piedra sin sufrir ningún tipo de daño, pero su distracción me dio el tiempo suficiente para crear un cubo hecho con el material del suelo para aprisionarlo, dejando libre solamente un pequeño hueco sobre su brazalete.
—Tercera lección, nunca cantes victoria hasta que estés seguro de que tu oponente no se va a levantar jamás.
Dije estas palabras con una voz temblorosa y me acerqué para destruir su círculo de transmutación.
Una bala pasó a escasos centímetros de mí y se impactó en la frente del alquimista, matándolo al instante.
En cuestión de segundos me vi rodeado por una docena de soldados, los cuales me apuntaban con sus armas.
—Llévenselo.
La voz me resultó familiar, aunque no pude ver a la persona que había pronunciado esas palabras. Un golpe en la nuca con la cacha de una pistola me hizo perder el conocimiento.
Desperté boca abajo en un húmedo y frío suelo. Aún tenía puesta mi gabardina y tenía un increíble dolor de cabeza.
Una celda de piedra con barrotes de metal era básicamente toda la decoración que había; en la celda de enfrente había un prisionero que se encontraba dormido.
Lo primero que hice después de asegurarme de que el golpe que me habían dado no sangraba fue revisar mis pertenencias, las cuales estaban intactas.
Esos soldados debían de ser idiotas. No solo me dejaron con todas las cosas que tenía en mis bolsillos, sino que además pretendían detenerme con una celda hecha de piedra y hierro.
Eso era suficiente para detener a cualquier persona, pero no a un alquimista, una simple transmutación bastaba para abrir la reja.
Toqué suavemente la cerradura y realicé una pequeña transmutación cuya finalidad era abrir puertas.
Al tocar la reja, una descarga eléctrica me proyectó hasta la pared opuesta.
El prisionero de enfrente despertó y comenzó a reír. Yo ignoré sus burlas y me acerqué para transmutar toda la reja; sin embargo, una nueva descarga eléctrica me lanzó por los aires.
No entendía qué estaba pasando. Nunca había tenido ningún problema para transmutar cosas, y la descarga eléctrica era algo totalmente nuevo.
—¿Es tu primera vez en este bello hotel, verdad?
Ignoré su comentario y me acerqué para poner la mano sobre los barrotes, lo cual causó una leve descarga eléctrica.
—Es una prisión hecha para contener alquimistas. Nadie ha logrado escapar. Te recomiendo que te relajes.
—Yo no he hecho nada.
—Al igual que todos los que estamos aquí, niño, pero hasta que logres comprobar tu inocencia, te recomiendo que te relajes. Es divertido verte salir volando, pero te vas a terminar lastimando. Créeme, yo ya lo intenté muchas veces.
—Voy a salir de aquí.
—Diviértete.
El prisionero volvió a dormir.
El dolor de cabeza era intenso, agravado por las descargas y los golpes que acababa de recibir. Descubrí rápidamente que incluso el suelo y las paredes estaban protegidos para evitar las transmutaciones.
No podía usar magia para salir. Ya estaba en problemas y un conjuro solo agravaría la situación.
Afortunadamente, yo no era un alquimista común y corriente.
El ojo del alquimista me daba la facultad de identificar la estructura de las cosas.
Era probable que me permitiera deducir el círculo de transmutación que estaban utilizando para mantenerme preso, lo cual descubrí pasadas un par de horas y varios intentos fallidos que culminaban con una descarga eléctrica.
Por fin pude tocar la reja sin ser electrocutado y la cerradura no representó mayor problema una vez que logré neutralizar la protección alquímica que estaban empleando.
La reja se abrió lentamente con un chirrido metálico. Mi libertad era palpable y mi victoria ineludible, o al menos así fue hasta que una bala que impactó contra la pared me hizo retroceder.
Dos guardias armados escoltaban a dos militares, uno de ellos tenía una carpeta en sus manos. Los guardias me apuntaron con sus armas y me hicieron retroceder hasta el interior de mi celda. Era alquimista, pero no era idiota y mucho menos a prueba de balas.
—Vamos a añadir a tu condena el intento de fuga. Te recomiendo que no hagas ninguna otra estupidez. Ya estás en bastantes problemas.
—¿Quién es usted?
El hombre que tenía la carpeta en sus manos era alto. Su cabello era corto y negro, aunque algunas canas se dejaban entrever; tenía aspecto severo y barba de candado. El militar dio un paso al frente.
—Soy el General Olister, encargado de la regulación de los alquimistas de Primera y Segunda Orden y del uso indebido de la alquimia. ¿Sabes lo que hiciste?
—¿Evité que muriera gente gracias a la incompetencia de los soldados al detener a un alquimista loco?
—Destrucción de propiedad privada y pública con alquimia, asesinato de un alquimista de Primera Orden, posesión y uso ilegal de arma de fuego e intento de fuga. Según mis cálculos, te acabas de ganar una pena de muerte.
El miedo se apoderó de mí. Yo no tenía ningún arma de fuego y no había matado al alquimista; de lo demás no tenía forma de justificarme.
—Yo no lo maté y no tengo ningún arma de fuego.
—No, pero tienes bastantes explosivos en tus bolsillos y la autoridad aquí soy yo.
Por lo tanto, si digo que tenías una pistola, quiere decir que tenías una pistola, y si digo que mataste a alguien, quiere decir que mataste a alguien.
¿Ya entiendes en qué situación estás? Para que entiendas, aquí el control lo tengo yo.
—No pueden hacer esto, no saben ni quién soy ni por qué lo hice.
—Niño, sabemos todo de ti.
Abrió la carpeta que tenía en sus manos y comenzó a leer.
—Leonard Edward, acabas de salir de la Academia, has sido el alumno más joven en ingresar y te graduaste con honores, tu mentor fue Eleazar, hiciste el examen para ser alquimista de Segunda Orden, vives en una posada en la parte baja de la ciudad y tienes un hipogrifo de color negro, te ganas la vida con la música y haciendo pequeños trabajos de alquimia.
Podría seguir, pero creo que no es necesario.
Sentí que la sangre bajaba a mis pies y por un momento comencé a sentirme mareado.
—¿Cómo lo…?
—Niño, esta es mi ciudad, sé absolutamente todo lo que pasa en ella. Por cierto, felicidades, aprobaste tu examen.
—No creo que eso me sirva de algo ahora, ¿verdad?
—De hecho, no.
El otro militar se acercó a mí y tomó entre sus manos el cristal que colgaba de mi cuello. Hasta ese momento lo pude reconocer, era Alaric, unos años más viejo, pero estaba seguro de que era él.
—¿Qué piensas, Alaric?
—Tiene potencial, al fin de cuentas lo logró detener antes de que yo llegara.
Alaric permaneció en silencio durante unos momentos y después habló nuevamente.
—Sería un gran desperdicio.
—Tienes razón, Alaric. Edward, tengo suficientes elementos para mandarte fusilar en este mismo instante, así que tienes solamente dos opciones: o te lleno de balas en este momento o aceptas ser Sebakhem. Es tu elección.
—¿Qué?
Estaba listo para cualquier cosa, menos para eso.