El Diario del Alquimista Capítulo 12 Forjando alquimistas #7
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Capítulo 12 Forjando alquimistas #7

Tenía que descubrir de qué forma estaba construido el escudo, por lo que utilicé el ojo del alquimista. Si sabía cómo estaba hecho, podría contrarrestar sus efectos.

Vulcan seguía disparando pese al hecho de estar realizando rápidas y peligrosas maniobras evasivas, las cuales me obligaban a tomar con fuerza su cuello para evitar caer.

Nuevamente, la sensación del intercambio energético entre Vulcan y yo se hizo presente; sentí cómo mi energía fluía hacia él como si estuviera siendo absorbida. El siguiente disparo de Vulcan fue cubierto por un resplandor dorado con destellos esmeralda.

Me sentí cansado; sin embargo, el disparo de Vulcan impactó contra el suelo con tanta fuerza que se produjo un pequeño cráter.

Jamás habíamos experimentado el disparar mientras utilizaba el ojo del alquimista y no estaba seguro de lo que estaba pasando, pero no tenía tiempo para detenerme y analizarlo.

Tenía una nueva arma y pensaba utilizarla de la mejor manera posible, ya que una de las garras de Aurum había logrado rasgar la armadura de Vulcan causándole un corte.

—Muy bien, amigo, vamos a terminar con esto.

Concentré todo mi poder en el ojo del alquimista para que esta energía fuera desviada hacia Vulcan, el cual abrió el pico para empezar a formar un poder que nunca antes había hecho en los entrenamientos.

Una bola de fuego mezclada con energía dio lugar a un potente rayo que impactó contra el escudo de Aurum, causando una fractura en su protección y haciéndolo retroceder por causa del impacto.

Usar esa técnica gastaba una gran cantidad de nuestra energía, pero hasta ese momento era lo único que había funcionado en contra de su escudo.

—VULCAN, DE NUEVO.

Era víctima de una felicidad casi histérica, la cual era compartida por Vulcan.

Nuestros pensamientos y sentimientos estaban en perfecta sincronía y, hasta que nuestra energía se agotara, éramos invencibles.

Podía ver la mirada de horror de Wilson al contemplar cómo mi hipogrifo había logrado fragmentar su mayor protección.

Debido al estado del escudo, sabía que solo necesitaríamos de un disparo más para destruirlo totalmente, y en ese momento podría acabar con él.

La batalla se convirtió en una persecución en la cual él escapaba de nosotros y lanzaba explosivos mientras nosotros los esquivábamos y disparábamos hacia su endeble escudo.

Era solo cuestión de tiempo y coordinación para que el rayo de Vulcan lo volviera a golpear, cosa que evidentemente sucedió después de unos minutos de persecución y acrobacias.

Estaba hecho, la parte difícil era lograr acercarnos a él y tener la posibilidad de dañarlo, ahora solamente tenía que descubrir qué encantamiento había usado sobre Aurum y con suerte podría revertirlo con algún círculo de transmutación.

Los dos hipogrifos volaron el uno hacia el otro, su intención era más que evidente, buscaban una confrontación en donde las garras y sus afilados picos sirvieran para destruirse mutuamente, mientras tanto Wilson y yo luchábamos con nuestras espadas, siendo conscientes de que bajo el escrutinio de decenas de ojos éramos incapaces de hacer magia sin que nos condenaran por ello.

—¿Qué le hiciste a tu bestia? —preguntó Wilson mientras intentaba atacar a Vulcan, que se encontraba ocupado atacando a Aurum.

—Empezó a escupir fuego desde que te conoció, yo creo que tu cara le causa agruras como a todos nosotros.

—Suelo tener ese efecto en los seres inferiores.

Gracias a un espadazo que casi me logró sacar de balance logré tocar el plumaje blindado de Aurum e identificar una forma de destruir su encantamiento con alquimia.

—Ahora estamos iguales.

Las garras de Vulcan pudieron hacer efecto sobre la piel de Aurum, el cual empezaba a retroceder por el dolor.

Nuevamente la batalla se convirtió en una persecución hasta que, después de una maniobra casi suicida, logré tirar a Wilson de su hipogrifo a pocos metros del suelo.

Jamás en toda mi vida había estado más feliz de escuchar el repique de una campana.

Había ganado.

Aunque era consciente de que era una victoria que nunca hubiera obtenido sin las habilidades de Vulcan, había sido un trabajo en equipo.

Ambos estábamos más lastimados de lo que creíamos.

Vulcan tenía varios rasguños infligidos por Aurum, y yo tenía cortes y moretones en todo el cuerpo por las explosiones y las batallas cuerpo a cuerpo con espada.

Aun así, ambos éramos felices. Esa era la última prueba que tenía que pasar para terminar mi educación en la Academia. Ahora solamente tenía que encontrar alguna manera de entrar al ejército.

En teoría, con el expediente que tenía debería de ser fácil: era el mejor alquimista de mi generación, y, gracias a la última batalla, me había graduado con honores, aunque, para ser honestos, eso era solamente en teoría.

Era bien sabido por todos que por lo general necesitabas de algunas influencias para entrar a la milicia incluso como alquimista de Segunda Orden, influencias con las cuales yo no contaba y la persona que seguramente las tendría no estaba dispuesta a tenderme su mano; Wilson parecía más decidido que nunca a matarme.

Sin embargo, yo ahora era oficialmente un alquimista.

En teoría, ahora era capaz de trabajar y ser reconocido como tal, aunque la mayoría de las personas tenían cierto recelo en contratar a un alquimista cuya especialidad fuera la guerra, cosa bastante entendible.

La mayoría de las personas querían huir de la guerra, no dedicarse a ella.

Pasaron seis meses y la fortuna que me había acompañado a través de los años que pasé en la Academia parecía haberme abandonado.

No lograba encontrar ningún trabajo debido a mi corta edad. El dinero que Eleazar me había dejado se estaba acabando, y ahora no solo tenía que preocuparme por mi manutención, sino también por la de Vulcan, quien comía por día fácilmente lo que yo ingería en una semana.

Logré mantener mi estilo de vida gracias a la música, la cual resultó ser un medio excelente para sobrevivir.

No esperaba prosperar en ese ambiente, pero por lo menos podría seguir ganando un dinero extra por reparar algunos objetos descompuestos por medio de alquimia a cambio de unas cuantas monedas hasta que saliera la nueva convocatoria para alquimistas de Segunda Orden.

Fue necesaria toda mi persuasión para lograr que los soldados me permitieran realizar el examen de alquimista de Segunda Orden.

El examen estaba dividido entre la parte teórica y la práctica. Nada que no me hubieran enseñado en la Academia; sin embargo, me sentía seriamente intimidado.

La mayoría de los aspirantes eran mucho más grandes que yo, y varios de ellos encontraban maneras de canalizar su nerviosismo de formas que me desesperaban.

Yo estaba acostumbrado a separar cada uno de los sonidos que escuchaba, a ser consciente de mi alrededor, y desconectar mi manera habitual de pensar me resultaba bastante difícil.

Terminé el examen increíblemente nervioso y estresado. Nunca había tenido un examen con la misma duración y dificultad.

Ahora solamente tenía que esperar un mes, fecha en la que saldrían los resultados.

Mi reputación como alquimista se había extendido, no tanto como me hubiera gustado, pero gracias a uno que otro trabajo extra que había realizado ahora contaba con una cierta holgura económica.

Era increíblemente reconfortante saber que tenía monedas tintineando en mi bolsa sin que estas estuvieran asignadas a ningún gasto inmediato.

Tal tranquilidad fue la que me impulsó a dar una caminata sin rumbo por la ciudad.

Faltaban dos semanas para los resultados y la ciudad se veía extrañamente acogedora; es posible que fuera mi optimista estado de ánimo.

Como sea, no fue un estado que durara mucho tiempo.

Era común escuchar y leer acerca de alquimistas de Primera y Segunda Orden que se rebelaban o no soportaban la presión de su cargo, y generalmente eso traía consecuencias desastrosas.

Una persona loca o con el deseo de destruir cuanto se pusiera en su camino era un peligro, y si esta persona tuviera el poder de lograr su objetivo era una verdadera amenaza. Fue justamente lo que pasó ese día.

Nunca había sido testigo de un acontecimiento similar.

Las calles de Auralia por lo general eran muy tranquilas y prácticamente sin acontecimientos violentos, lo cual era comprensible gracias a que el cuartel general se encontraba en Auralia, por lo que una explosión a mediodía era bastante llamativa.

Antes de que pudiera reaccionar, estaba dentro de la pesadilla de cualquier persona. Estaba en medio de una batalla entre soldados y un alquimista, el cual, a juzgar por su vestimenta, era también militar.

Sin embargo, no tenía forma de saber que una pesadilla me cerraba el camino y simultáneamente le abría la puerta a mis sueños.

Las balas cortaban el aire creando pequeños silbidos.

Los destellos de las transmutaciones eran visibles aún a plena luz del día.

Los gritos de pánico, dolor y agonía se apoderaron del ambiente, amortiguados solamente por explosiones que tenían lugar en el improvisado campo de batalla entre callejones, calles y casas que temblaban y se desmoronaban ante los efectos del combate.

Estaba justamente frente a la situación para la que me había estado preparando desde que entré en la Academia y lo que había soñado con ser desde que era un niño; sin embargo, nunca había visto tan de cerca la agonía, el dolor de las personas, los efectos de la alquimia de guerra sobre los seres vivos.

La sangre cubría de escarlata el suelo, el aire se impregnó de un penetrante olor a pólvora, sangre, polvo y miedo.

Sentía cómo los gritos de las personas me atravesaban el alma, causando escalofríos que me recorrían el cuerpo con una intensidad desgarradora, mis pies se rehusaban a obedecer mis órdenes y luchaban en contra de mi instinto de conservación, el cual gritaba que huyera del peligro.