El Diario del Alquimista Capítulo 12 Forjando alquimistas #5
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Capítulo 12 Forjando alquimistas #5

Una de las competencias más divertidas era sin duda la prueba de estrategia de guerra.

En ella nos hacían competir entre nosotros. La sala de guerra consistía en un pequeño estadio con un escenario de condiciones intercambiables en el centro, el cual estaba rodeado por una barrera de vidrio para proteger a los espectadores y a los generales que, en este caso, éramos nosotros.

A cada uno le era entregada una determinada cantidad de homúnculos en miniatura, los cuales obedecían nuestras órdenes y se defendían con las armas que hubiéramos creado para ellos.

La idea era simular una guerra en miniatura en donde el armamento y las indicaciones que diéramos llevarían a nuestros homúnculos a la victoria o a la derrota.

Era una excelente prueba dado que los homúnculos que utilizábamos tenían un tiempo límite de seis horas de vida, por lo que teníamos que ser rápidos y eficaces. No podíamos desperdiciar recursos ni dar órdenes que nos perjudicaran.

La idea era crearnos una conciencia de guerra.

En este caso, los únicos que sufrían en realidad eran los homúnculos que utilizábamos, pero eso era una analogía de lo que podría pasar en la vida real.

Una mala decisión nuestra, un momento de duda o una acción precipitada era equivalente a mandar a nuestros hombres a una trampa o a una muerte segura.

En el campo de batalla no serían homúnculos sino hombres de carne y hueso, con sentimientos, pensamientos y familias, los que sufrirían por nuestros errores.

Esa idea me aterrorizaba. Saber que el mínimo error de mi parte representaría la muerte de compañeros en combate era algo que me provocaba una profunda incomodidad.

Por ello, equipé a mis pequeños homúnculos con una infinidad de bombas, espadas, escudos, armaduras y estrategias que siempre tenían una ruta de escape.

Incluso construí varios globos de aire caliente para que pudieran atacar desde las alturas.

El combate fue intenso; sin embargo, logré terminar con mi oponente antes de que terminaran las seis horas y con el menor número de bajas posibles, las cuales, pese a todas mis precauciones, ascendieron a la mitad de mis tropas iniciales.

Vulcan se hacía más fuerte y crecía día con día. Pese a ser orgulloso y terco, me di cuenta de que aprendía bastante rápido y cumplía con las indicaciones al pie de la letra.

Solamente tenía que estar suficientemente motivado; sin embargo, ganarme su amistad resultaba increíblemente difícil. Afortunadamente, unas cuantas semanas antes de que entráramos en combate, fue lo suficientemente grande y fuerte como para poder volar con un pasajero sobre él.

Pasé cerca de una semana construyendo una silla de montar decente y una “armadura” que justificara las capacidades poco comunes de Vulcan, quien no parecía muy feliz de usar la armadura pese al tiempo que invertí haciéndola.

—Vamos, Vulcan, está bonita. Además, te va a proteger y nadie se va a dar cuenta de que puedes escupir fuego. Eso no sería bueno para ti: te llevaría el ejército y te harían pruebas horribles. Y tú no quieres eso, ¿verdad?

Vulcan solo me veía con sus grandes ojos sin dar una respuesta a mis preguntas.

—Además, ¿sabes cuántos hipogrifos sin hogar quisieran tu armadura?

Él seguía sin responder, por lo que intenté convencerlo desde otro punto.

—Debe de haber algún hipogrifo que te caiga mal. ¿Tal vez el de Wilson? Tú has visto cómo lo presume; siente que es el mejor hipogrifo del mundo. ¿Quieres que él te gane?

Afortunadamente, di justamente en el punto. Vulcan emitió un sonido de molestia y, después de que su pico se llenó de fuego, se agachó para que pudiera ponerle la armadura.

—Muy bien, Vulcan. Al parecer, tenemos un enemigo en común: a mí no me cae bien Wilson y a ti no te cae bien su hipogrifo.

Lo acariciaba al tiempo que le ponía la armadura para que se relajara.

—¿Qué te parece si intentamos dar un paseo?

Vulcan asintió con la cabeza y apartó sus alas para permitirme montarlo.

Hace unos meses me hubiera parecido impensable la idea de montar a Vulcan. Parecía tan frágil que cargar con su alma era un esfuerzo considerable, pero ahora era más fuerte que antes. Su recuperación gracias a la alimentación y el fuego había resultado casi milagrosa.

Desconocía si la carne cocida influía de alguna manera en la forma en que Vulcan asimilaba los nutrientes, pero ahora era el orgulloso poseedor de un hipogrifo digno de un rey.

—Está bien, Vulcan, no me falles y sobre todo no me dejes caer, por favor.

Una pequeña presión de mis talones sobre las costillas de Vulcan le indicó que era momento de entrar en acción.

Sus poderosas patas se flexionaron al tiempo que sus alas se abrían en toda su extensión. Dio el primer impulso mientras sus patas se despegaban del suelo.

Fue una sensación indescriptible.

El despegue había sido mucho más rápido y más violento de lo que esperaba. El sentimiento de libertad era abrumador y el aire golpeaba mi cara mientras las personas y los edificios que hasta hacía unos momentos me rodeaban comenzaban a disminuir de tamaño.

Acaricié el cuello de Vulcan para demostrarle lo orgulloso que estaba de él.

—Muy bien, amigo, demuéstrame qué puedes hacer.

De haber sabido que Vulcan no solo era orgulloso, sino que también le gustaba exhibir sus habilidades, habría elegido mis palabras con más cuidado.

Vulcan comenzó a dar vueltas y a hacer los movimientos de batalla que le había enseñado para que los usara en tierra, por lo que en más de una ocasión estuvo a punto de tirarme de la silla de montar, la cual en ese momento era prácticamente lo único que me mantenía pegado a la espalda del hipogrifo.

Definitivamente se merecía el título de la criatura voladora más rápida del mundo.

Su velocidad era increíble. El aire golpeaba mi rostro con tal fuerza que carecía de la fuerza suficiente para llevar algo de aire a mis pulmones. Empezaba a sentirme mareado y no tenía aliento suficiente para decirle que se detuviera.

Mis talones dejaron de golpear sus costillas cuando me di cuenta de que esto solamente servía para hacer que Vulcan volara más rápido.

Tenía muy poco tiempo para pensar en algo.

Había dejado todas mis armas en la posada, por lo que la única opción que saltó a mi mente fue crear algo parecido a un casco hecho de energía para que en su interior el aire se desplazara a una menor velocidad y me permitiera obtener el tan preciado aire que necesitaba en esos momentos.

Desgraciadamente, no recordaba ningún conjuro que hiciera las funciones de casco, así como tampoco recordaba un círculo de transmutación que me permitiera moldear mi energía de esa manera y con las características que requería.

Necesitaba usar el ojo del alquimista para acceder a la información y el poder necesario. Después de un momento de concentración sentí el poder fluyendo por mi cuerpo y vi en mi mente el círculo que necesitaba.

Abrí los ojos para poder proyectarlo frente a mí. Vulcan se veía muy extraño al ser analizado con el ojo del alquimista. Por un momento, pude ver y sentir cómo mi energía fluía hacia él y su energía entraba en mi cuerpo como si la estuviera absorbiendo.

Este hecho hizo que desperdiciara tiempo valioso.

Sentí cómo mis manos se soltaban de la silla de montar mientras mi vista se volvía borrosa.

Podía escuchar el sonido del viento mientras caía, hasta que, pasados unos segundos, sentí el cuerpo de Vulcan debajo de mi pecho y la velocidad se redujo drásticamente al punto de que me fue posible respirar nuevamente sin ninguna dificultad.

Ya no tenía activo el ojo del alquimista. Ante la debilidad que sentí, perdí la concentración; sin embargo, solo necesité pensar que quería regresar a la posada de Carmen para que Vulcan iniciara el vuelo de regreso a una velocidad en la que me era posible respirar sin problemas.

No tenía idea de qué acababa de pasar.

De alguna manera, el haber utilizado el ojo del alquimista me había salvado la vida y había producido un intercambio de energía entre Vulcan y yo. Por eso, en el momento en que regresamos a tierra y pude recuperarme del susto mortal, empecé a investigar qué era lo que había pasado.

La única forma de hacerlo era activando el ojo del alquimista y acercándome nuevamente a Vulcan, desde luego, ahora lo haría desde la seguridad del suelo, en donde un error no significara caer cientos de metros hasta mi muerte.

Esta vez, cuando activé el ojo del alquimista, no hubo ningún intercambio energético, pero era como si pudiera ver a través de los ojos de Vulcan.

Sentía como si mi mente se hubiera expandido y ahora tuviera un espacio reservado para los pensamientos y sentimientos de Vulcan.

Él parecía estar más que dispuesto a cooperar con cualquier cosa que le pidiera.

No entendía cuál era la relación hasta que, pensando en ello, accidentalmente volteé a ver un pedazo de madera que se encontraba cerca de nosotros.

Como siempre que veía cualquier objeto con el ojo del alquimista, pude ver pasar en mi mente cientos de círculos de transmutación que me permitirían modificar el objeto a mi voluntad. Era como si la naturaleza desnudara todos sus secretos ante mí para permitirme jugar con ella.

En ese momento lo entendí, cualquiera con el ojo del alquimista podía modificar cualquier cosa a su voluntad y saber su composición solamente con voltear a ver el objeto, un poder absoluto sobre todas las cosas, un poder reservado exclusivamente para los dioses.

El cambio de color de los ojos al usar el ojo del alquimista era sinónimo de que una transmutación potenciada por esa habilidad estaba a punto de ocurrir, lo cual para cualquier persona que no tuviera conocimientos en alquimia sería tan misterioso que, gracias al miedo y a la ignorancia, se confundiría fácilmente con poderes divinos.

Resulta que el Ojo de Dios, la mayor duda que tenía acerca de la historia de los hipogrifos, era simplemente el ojo del alquimista.

Decidí hacer un par de pruebas para saber qué tanto podía hacer con el ojo del alquimista.