El Diario del Alquimista Capítulo 12 Forjando alquimistas #4
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Capítulo 12 Forjando alquimistas #4

—Al parecer, algunos de ellos se dedicaban al noble arte de la alquimia y, gracias a eso, se dieron cuenta de que algunos hipogrifos tenían capacidades distintas a las de otros animales de su misma especie, al punto que intentaron replicarlos y, desde luego, estudiarlos.

Resulta que lo que en verdad los hacía diferentes era un error genético.

Por alguna extraña razón había hipogrifos que tenían una afinidad tan grande con alguno de los cuatro elementos básicos que adoptaban sus características y los podían utilizar a su voluntad.

Una vez que entendieron cómo funcionaban esas bestias, decidieron usarlas no solo como medios de transporte, sino también como armas.

Se dice que usaban el poder de los dioses para conectar con la esencia del animal y de esta forma proyectar sus poderes a través de ellos, lo cual creaba un poderoso vínculo entre el hipogrifo y el jinete.

Eran seres muy inteligentes, y mientras más tiempo pasaban junto a su jinete, se volvían más similares a ellos.

Era como si compartieran la misma conciencia y la misma mente.

Decían que solo era necesario que el jinete pensara en algo para que el hipogrifo supiera la voluntad de su amo sin importar que se encontraran a kilómetros de distancia, lo cual, si me preguntas, es una verdadera estupidez, ya que no hay ningún vínculo que explique dicha conexión entre la bestia y el hombre, pero eso era lo que ellos decían.

—Si todo eso es verdad, ¿cómo es posible que mi hipogrifo pueda hacer eso si dices que se extinguieron hace siglos?

—No tengo idea, es posible que tu pobre animal tenga ese mismo defecto genético, lo cual sería muy peligroso en estos días.

—¿Crees que lo verían como magia?

—Seguramente, a menos que te escudes en la cláusula 27.

—¿La qué?

—Para querer ser Sebakhem, le dedicas muy poco tiempo a los temas legales.

La cláusula 27 del Código de Alquimia de Vida dice que, siempre y cuando sea con fines científicos y no destructivos, un alquimista puede modificar cualquier ser viviente, siempre y cuando no sean seres humanos.

En tu caso tienes suficiente habilidad como para presumir de haber logrado una modificación así en tu hipogrifo.

—Como si eso fuera algo de todos los días.

—¿Has visto a los perros que utiliza el ejército? Los malditos corren tan rápido como un coche y su mordida puede romper un fémur sin ningún problema. Créeme, los he visto. También hay un mercado en un pueblo al norte de Auralia en donde venden canarios fosforescentes.

—¿Canarios fosforescentes?

—Te lo juro, yo siempre he querido uno, pero su precio es excesivo y mi sueldo es el de un humilde bibliotecario, no me puedo dar esos lujos. Sin embargo, sé que cuando seas Sebakhem vas a traerme uno.

Me reí animadamente junto con él.

—Siempre y cuando me digas cómo puedo usar el potencial del hipogrifo que tengo sin levantar sospechas.

—Podrías argumentar que lo sometiste a un tratamiento, el cual no tuvo efectos permanentes, o podrías crear una armadura para el hipogrifo y decir que sus poderes son en realidad efecto de un lanzallamas alquímico integrado a la armadura.

—Me gusta la segunda opción, es discreta y puedo crearla sin levantar sospechas ni llamar la atención.

—Claro, un hipogrifo que escupe fuego va a pasar desapercibido.

—Como si fuera el único que lo fuera a modificar.

—¿Crees que el principito ponga en riesgo la vida de su hipogrifo solo para ganar la competencia?

—Le pondría alas a su propia madre con tal de alcanzar las galletas de la alacena, ¿por qué no habría de modificarlo?

Estaba seguro de que su hipogrifo sufriría algún cambio y también estaba seguro de que no lo haría por medio de la alquimia.

—Bueno, allá ustedes, yo no soy el que va a tener que estar a varios metros del suelo en una bestia intentando matarme solo para ganar una estúpida competencia, ¿tienes idea de cuántas personas han muerto en esa competencia?

—No, y para ser honestos no quiero saber, seguramente voy a estar pensando en esos números cuando esté volando.

—En los últimos diez años han muerto más de veinte alquimistas y la mayoría fue gracias a hipogrifos modificados o con algún tipo de aditamento.

—Sabes cómo motivar a las personas, ¿verdad?

—Lo único que sé es que tengo que regresar a trabajar y tú tienes que entrenar a la especie animal que tiene el primer lugar en asesinatos contra sus entrenadores.

—Eres un ser despreciable.

Dejé el dinero suficiente para que pagara la cuenta y me dirigí a la posada.

Tenía mucho en qué pensar. Me preguntaba cuánto de la historia que David me acababa de contar sería verdad.

Al menos sabía que existían hipogrifos así, lo cual en teoría hacía factible el hecho de que la mística conexión entre el jinete y el animal fuera posible, aunque primero tendría que descubrir cuál era ese poder de los dioses que mencionaba la historia.

Nuevamente me encontré con un sentimiento nostálgico. Estaba seguro de que Eleazar hubiera tenido todas las respuestas a las preguntas que sentía en ese momento.

Por mucho que intentara odiarlo, sabía que eso era simplemente una máscara para ocultar lo que en verdad sentía. Lo extrañaba y una parte de mí se sentía perdida sin él.

Cerré todas las ventanas al llegar a la posada y aumenté la temperatura del cuarto.

Le pedí a Carmen varios pedazos de carne cruda para alimentar al hipogrifo de la mejor manera posible.

Los hipogrifos que nos daban eran prácticamente bebés, por lo que aún no eran lo suficientemente grandes ni fuertes como para montarlos, pero ahora tenía una motivación extra para hacer que el hipogrifo recuperara no solo su salud, sino su fuerza, y estuviera en mejor estado que nunca.

Mientras lo alimentaba, hablaba con él para que se fuera acostumbrando al sonido de mi voz.

—Vamos, tienes que comer o no vas a tener fuerzas, no vas a crecer y, cuando intentemos volar, nos vamos a estrellar.

El hipogrifo volteó a verme como si entendiera mis palabras y me dirigió una mirada sarcástica.

—Bueno, yo me voy a estrellar.

Contrario a lo que hubiera pensado, el hipogrifo no tenía demasiado entusiasmo por comer.

—Sabes, no es justo que te llame hipogrifo o animal o cualquier otra cosa. Mereces un nombre. Yo me llamo Leo.

Volteé hacia los lados como si temiera que alguien estuviera escuchando mis palabras.

—En realidad, me llamo Leonard Edward, pero no le digas a nadie.

El hipogrifo me volteaba a ver como si pudiera comprender todas y cada una de mis palabras.

—Vamos a intentar nombres para ti, y si alguno te gusta, mueves la cabeza así.

Hice una afirmación con la cabeza para ejemplificar mis palabras. Sabía que era una estupidez, pero aun así resultaba una estupidez bastante divertida.

—¿Qué te parece Fueguito? Va muy bien con lo que haces.

Para mi sorpresa, el hipogrifo inició una efusiva negativa con la cabeza.

—De acuerdo, ¿qué te parece Llamas?

Nuevamente la negativa se hizo presente.

Aventé un pedazo de carne hacia él como si le estuviera lanzando una galleta a un perro.

El hipogrifo siguió al pedazo de carne con la mirada y, cuando estaba cerca de él, pude ver cómo una bola de fuego se materializaba en su pico.

Lanzó una pequeña llamarada hacia la carne, la cual quedó prácticamente carbonizada antes de caer dentro de su pico.

—Increíble, eres el único hipogrifo que conozco al que le gusta cocinar su comida antes de comerla.

Había sido un espectáculo único en su tipo. Por un momento, su pico pareció un volcán que había entrado en erupción con el único propósito de quemar la carne que estaba a punto de comer. Eso fue justamente lo que me dio la idea para un nuevo nombre.

—¿Qué te parece Vulcan? ¿Te gusta? —pregunté al tiempo que le lanzaba un nuevo pedazo de carne, el cual atacó con fuego antes de comerlo.

Después de tragarlo, me volteó a ver con sus grandes ojos y asintió.

—De acuerdo, a partir de ahora te llamas Vulcan.

La idea pareció agradarle. Emitió un pequeño ruido y lanzó una pequeña llamarada hacia el techo que, afortunadamente, se dispersó antes de que pudiera incendiar algo.

Puedo decir que los siguientes días fueron todo menos tranquilos.

Dedicaba todo el tiempo a crear estrategias, destilados y círculos de transmutación para la competencia.

Los juegos de guerra se acercaban y necesitaba practicar mi alquimia de combate, así como mi técnica de pelea.

Por si eso fuera poco, tenía que construir un dispositivo que encubriera los poderes de Vulcan.

También tenía que entrenarlo, y su actitud no era demasiado entusiasta.

Podría decirse que era el hipogrifo más orgulloso y testarudo que había conocido en toda mi vida, pero estaba decidido a conservarlo después de los juegos de guerra, por lo que tenía que asegurarme de que sobreviviera.

Los juegos de guerra eran simulaciones de combates reales, con pruebas y situaciones que en teoría enfrentaríamos en la vida real si llegábamos a ser Sebakhem.

Varias pruebas consistían en aspectos físicos de nuestro entrenamiento.

Las pruebas de acrobacia fueron las que representaron un mayor problema, pero fuera de eso las competencias con espada y armas de fuego fueron muy fáciles, al menos para mí y para Wilson, quien llevaba una puntuación casi perfecta.

En la tabla de posiciones, nuestros nombres cambiaban constantemente de lugar entre el número uno y el dos.

La alquimia aplicada a la guerra fue una de las pruebas más fáciles para mí.

Tenía los conocimientos suficientes para transmutar prácticamente cualquier objeto en otro diferente y para crear armas y explosivos con ellos, así como para modificar el ambiente que me rodeaba para usarlo a mi favor o en contra del enemigo. Esta prueba también resultó muy favorable para Wilson.

Ambos teníamos la ventaja de no estar limitados a usar los círculos de transmutación que lleváramos puestos, sino que podíamos proyectarlos mentalmente, lo cual representaba una evidente ventaja frente a nuestros demás compañeros.