El Diario del Alquimista Capítulo 12 Forjando alquimistas #3
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Capítulo 12 Forjando alquimistas #3

El hecho de que un alquimista poseyera un hipogrifo era sinónimo de que había alcanzado el control y dominio sobre el cielo y la tierra, que era una de las principales características del hipogrifo, un animal que era mitad animal terrestre y mitad animal del cielo, conocido por ser la criatura voladora más rápida del mundo; era un verdadero honor poseer uno.

Desgraciadamente, estas criaturas eran muy escasas, por lo que no todos los ejemplares que conseguía la Academia gozaban de una salud excelente. Muchos de ellos ya estaban medio muertos cuando llegaban a nuestras manos.

Ese no fue mi caso. La suerte quiso darme un hermoso hipogrifo de color dorado, el cual se veía fuerte y poderoso.

Mi regocijo fue mayor cuando vi la cara de Wilson, la cual reflejaba envidia, ya que seguramente él hubiera deseado tener el hipogrifo que me correspondía, dado que su energía mágica era del mismo color.

Además, el hipogrifo que le correspondía según el sorteo realizado era un hipogrifo negro de aspecto enfermizo.

Pero como era de esperarse, si la vida te da un motivo de felicidad y presumes de él, se apresurará a quitártelo.

Y fue justamente lo que me ocurrió. Estaba tan entretenido viendo al hipogrifo que tenía a mi lado, que me sorprendió cuando uno de los organizadores llegó con el hipogrifo de aspecto enfermizo para decirme que habían cometido un error y que el hipogrifo que tenía le correspondía a Wilson.

Con incredulidad, volteé a ver la pizarra en donde habían apuntado los nombres de los alquimistas participantes y, junto a ellos, el número de hipogrifo que les correspondía. Alguien había cambiado mi número.

Evidentemente nadie se había acercado a la pizarra para borrarlo. La única explicación sarcástica en la que podía pensar era posiblemente la verdadera explicación: los números habían cambiado por arte de magia y el único que tenía magia y que había sido beneficiado por ello era justamente Wilson.

Definitivamente lo odié en ese momento, sin saber que más adelante me daría cuenta de que el destino se encargó de hacer que su broma le saliera muy cara.

Regresé ese día a la posada con un pequeño hipogrifo enfermizo.

Era invierno y, pese a que no estaba muy feliz con el animal que me habían dado, me parecía inhumano dejarlo en los establos a la intemperie.

Además, se veía tan enfermo y débil que no parecía poder soportar una noche sin un techo que lo cubriera.

He de admitir que dejarlo entrar a mi habitación fue un gran error. El animal comía como si estuviera sano y se hubiera ganado la comida con el sudor de su frente. Además, en un descuido, se encargó de devorar también mi cena.

—Maldito animal —mascullé para mí mismo mientras me sentaba en una silla cerca del fuego para entrar en calor. Aquello pareció una invitación para el hipogrifo, el cual fue a echarse justamente entre la chimenea y yo.

—No te basta con haberte tragado mi comida, ¿aparte me quieres matar de frío?

Evidentemente, mi comentario no tuvo el mínimo efecto y el hipogrifo no solo siguió recostado junto al fuego, sino que pasó una de sus alas sobre él, la cual, para mi sorpresa, no se incendió.

—¿Qué demonios?

El hipogrifo ignoró mi exclamación y literalmente inhaló todo el fuego de la chimenea, el cual se dirigía hacia su boca como si hubiera sido invitado a pasar.

Después de eso, la habitación quedó en una semioscuridad que se rompió cuando el hipogrifo eructó el fuego de regreso a la chimenea y acurrucó la cabeza entre sus garras como si nada hubiera pasado.

Me encontraba boquiabierto. El hipogrifo no solo soportaba el fuego en sus plumas, sino que también parecía resistirlo desde el interior.

No solo eso, sino que se veía mucho más fuerte que antes, sus movimientos ya no eran lentos y enfermizos.

Además, sus plumas habían perdido el negro opaco que tenían segundos antes para transformarse en un negro brillante.

No encontraba una respuesta lógica a lo que acababa de suceder.

Los hipogrifos eran muy resistentes a las armas comunes; era muy difícil dañarlos con flechas, espadas y balas, pero eran vulnerables a la alquimia y, como todas las demás criaturas que conocía, se quemaban cuando se les exponía al fuego.

Recordé todas las criaturas que había leído en los bestiarios mágicos que tenían en la biblioteca bajo la categoría de fantasía. Existían criaturas que soportaban el fuego, aunque en ningún momento se mencionaba que los hipogrifos poseyeran tal habilidad.

Decidí tentar mi suerte y hacer magia. Una pequeña flama apareció en mi mano y captó rápidamente la atención del hipogrifo, el cual a su vez hizo aparecer de su pico una pequeña flama que mezcló con la mía cuando se acercó.

Era una locura, el animal no solo había contenido el fuego en su interior, sino que también era capaz de producirlo a voluntad.

Era fin de semana, por lo que los hipogrifos permanecerían con nosotros para familiarizarnos con ellos.

Eran jóvenes, pero crecían rápidamente, por lo que la prueba final consistía en una batalla montados en hipogrifo una vez que hubieran alcanzado la madurez.

Eso era perfecto para mí. Tendría el tiempo suficiente para saber qué pasaba con mi peculiar hipogrifo y usarlo contra Wilson, el cual seguramente se llevaría una sorpresa infinita cuando se diera cuenta de que el raquítico hipogrifo que voluntariamente me cedió era capaz de producir fuego y resistirlo no solamente sin sufrir daño, sino aprovechándolo.

Afortunadamente, la Academia mantenía sus puertas abiertas incluso los fines de semana para todo aquel que necesitara de la biblioteca o de los laboratorios para ponerse al corriente en los trabajos que le hubieran quedado pendientes en la semana.

Pude ir a la biblioteca a buscar información acerca de hipogrifos con esas características.

Desgraciadamente la búsqueda fue totalmente infructuosa, por lo que pedí ayuda al bibliotecario, un buen hombre que me había tomado cierto cariño.

En ocasiones me permitía entregarle los libros después de la fecha de entrega y, en agradecimiento a eso, le preparaba pociones, destilados y perfumes que él vendía, utilizaba o daba como regalos.

La verdad era un trato bastante justo. Él me pedía cosas que de otra manera tendría que pagar, pero a cambio de ello me daba algo que para mí tenía más valor que el oro: me abría las puertas al conocimiento sin hacer preguntas acerca de los temas que me interesaban.

—David, ¿sabes algo de hipogrifos con capacidades diferentes?

Él soltó una sonora carcajada.

—¿No estás hablando de hipogrifos idiotas, verdad?

De no haber presenciado lo ocurrido en la chimenea, seguramente hubiera invertido un par de horas en leer acerca de hipogrifos con problemas mentales, pero estaba en una carrera contra el tiempo para entrenar a un hipogrifo con aliento de fuego.

—Estaba pensando en hipogrifos que pudieran hacer cosas que otros no, por ejemplo, escupir fuego.

—Claro, como los dragones. Leo, ¿sabes lo que es el delirium tremens?

Seguramente, su broma hubiera conducido a un nuevo ataque de risa por su parte, de no ser por el hecho de que yo no me reí.

—¿Estás hablando en serio?

—Desde luego, ¿por qué haría bromas de eso?

—No es posible, se extinguieron hace siglos, incluso en ese entonces eran considerados un mito.

—Entonces, ¿existe constancia de hipogrifos así en Auralia?

—En estas tierras, sí, pero no en Auralia.

—No entiendo, si son estas tierras, ¿cómo es posible que no sea Auralia?

—Existieron unos cuantos hace muchos siglos. En ese entonces, Auralia no existía; por eso, los registros son escasos. Ni siquiera hay libros de ello, todo lo que existe son pergaminos escritos en una lengua muerta.

—¿Puedo verlos?

—Desde luego, sería un placer si el ejército no se hubiera adueñado de ellos.

—Maldición.

—No me digas que el hipogrifo que te dieron hace cosas extrañas.

Me acerqué a él como si le estuviera confiando un secreto, lo cual en parte era cierto. No quería que nadie supiera que mi hipogrifo era diferente hasta el momento en el que fuera necesario; el factor sorpresa era la clave de mi victoria.

—El fuego no lo quema, y no solo eso: también lo puede comer y producir como si fuera un dragón.

—Leo, los dragones no existen.

—Bueno, tú entiendes, según la descripción de los libros.

Él meditó sobre lo que le había dicho por un momento.

—Tienes mucha suerte.

—Claro, tanta suerte que los pergaminos que necesito están guardados en una bóveda bajo llave.

—Muchacho, ¿en verdad crees que iba a permitir que se llevaran esos pergaminos sin haberlos leído antes?

—¿No dijiste que estaban escritos en una lengua muerta?

—Sí. Lengua muerta que casualmente conozco.

—Dime que transcribiste los pergaminos.

—Desgraciadamente no, pero recuerdo lo que se decía de esos hipogrifos.

La hora de comer del bibliotecario se acercaba. Así que, a cambio de invitarle la comida, él me daría toda la información que recordara sobre ellos.

—Más te vale que no me interrumpas, es una historia muy interesante, así que no quiero que me cortes la inspiración, ¿está claro?

—Cristalino.

—De acuerdo, esos pergaminos estaban escritos en un lenguaje bastante extraño. El conocimiento que contenían era increíblemente avanzado teniendo en cuenta que fueron escritos hace muchísimo tiempo.

—¿Qué tanto tiempo?

—Siglos, y cállate o no te cuento nada.

—Perdón.

—Bueno, como te decía antes de ser tan salvajemente interrumpido, sus conocimientos eran casi equiparables a los de nuestra época.

¿Cómo alcanzaron ese conocimiento? Es un misterio para mí.

De hecho, ellos clamaban ser sobrevivientes de una ciudad legendaria que fue reclamada por los mares, es posible que hayas oído hablar de ella, la llamaban Atlantis.

Desde luego que había oído hablar de esa ciudad; era descendiente directo de un atlantiano, lo cual incrementó mi interés hacia la historia que contaba.