El Diario del Alquimista Capítulo 12 Forjando alquimistas #2
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Capítulo 12 Forjando alquimistas #2

—Leo, todos los libros que lees en la biblioteca tienen un solo tema en común, la magia, lo cual me hace suponer que, por increíble que parezca, es posible que tú también poseas un poco de magia, aunque a niveles tan absurdos que aún necesitas de libros para saber cómo funcionan tus poderes.

Es evidente que el inútil de Eleazar no te enseñó absolutamente nada, seguramente se dio cuenta de que no valías la pena y por eso se fue.

No tenía idea de cómo se había enterado de Eleazar, pero definitivamente había tocado un punto bastante sensible para mí.

—No tienes ni idea de lo que estás hablando.

Mi voz reflejó todo el odio que sentía hacia él, aumentado por el coraje que aún sentía contra Eleazar por haberme abandonado sin dar siquiera una explicación lógica.

—Te recomiendo que controles tu temperamento. No tienes el poder de vencerme. Como ahora sabes, tengo alquimia y magia; eso es mucho más de lo que tú puedes manejar.

Empezó a formar una esfera de energía de un intenso color dorado.

—¿Tienes miedo, alquimista?

Su comentario casi hizo que me tirara al suelo para revolcarme de la risa.

—¿En verdad crees que una pequeña esfera de energía me va a dar miedo? Sobre todo viniendo de ti. No tienes posibilidad de ganarme en ningún sentido, nunca la has tenido ni la tendrás, puede que seas de sangre noble, pero en todos los sentidos soy superior a ti.

Sabía que este comentario lo iba a molestar, aunque no esperaba que fuera a reaccionar como lo hizo.

La esfera de energía salió disparada de su mano en dirección a mí. Desgraciadamente, estaba demasiado cerca como para intentar transmutar algo en un muro que me defendiera y no tenía tiempo de esquivarla.

—Quién lo hubiera creído, eres un hijo de Atlantis, esto lo cambia todo.

Había sido un error enfrentarlo, el secreto que tanto trabajo me había costado mantener en las sombras había sido revelado frente a mi mayor rival cuando detuve su ataque con un escudo mágico.

—Leo, no tenemos por qué luchar entre nosotros.

Imagina las posibilidades. Podría enseñarte a usar tus pocos poderes y tal vez en algún momento llegarías a convertirte en algo útil, no como tu estúpido mentor.

Podríamos forjar este país a nuestra voluntad y saldrías de la asquerosa posada en la que vives.

Pon tus poderes a mi disposición y si te portas bien podría hacer de tu vida algo menos patético.

El coraje que sentía por haber revelado mi secreto frente a él se mezcló con el impulso de ira que sentía cada vez que mencionaban a Eleazar.

Mis ojos se volvieron esmeralda y dejé salir el poder que desde hacía tanto tiempo mantenía en secreto.

—Eleazar no era ningún estúpido y eres más idiota de lo que creía si piensas que podría seguir a alguien como tú.

El simple hecho de recordar la contestación que di me provoca vergüenza. Debí haber dicho algo un poco más ingenioso, pero en ese momento solo podía pensar en atacarlo.

Él comenzó a reírse con superioridad.

—Créeme, no quieres levantar tu mano contra alguien como yo.

Sus ojos brillaron en dorado al punto de que parecían dos monedas de oro.

—¿En verdad quieres pelear contra mí? Soy lo más parecido a un dios, si me atacas te juro que no voy a tener piedad de tu pobre alma.

Su comentario solo hizo que me dieran más ganas de matarlo.

—Dicen que los dioses son invencibles, pero tú no lo eres.

Mentiría si digo que no sentí una enorme satisfacción cuando en su rostro se dibujó el miedo.

Un resplandor esmeralda cubrió mi cuerpo y una esfera de energía salió disparada hacia él con tal velocidad que apenas tuvo tiempo suficiente para generar un débil escudo.

El escudo detuvo mi ataque, pero no la onda de choque que lo lanzó por los aires, haciéndolo caer de espaldas.

—Eres el primer dios que veo caer de espaldas.

Usando telequinesis, levantó su cuerpo y se puso de pie.

—Este fue el último error que cometiste.

Sus ataques llegaron en ráfaga. Una esfera tras otra intentaba golpearme con todo su poder.

Yo me dediqué a detener cada uno de sus ataques lanzando esferas que chocaban contra las suyas, causando fuertes estruendos.

Los ataques hubieran seguido hasta que alguno de los dos cayéramos en combate, de no ser porque ambos sentimos la presencia de varias personas acercándose hacia nosotros; dejamos de atacarnos y “escondimos” nuestros poderes, por lo cual nuestros ojos volvieron a la normalidad.

—¿Qué fue eso? —dijo un profesor que acababa de dar la vuelta por la esquina del pasillo justo un segundo después de que nuestros ojos dejaran de brillar.

—No se preocupe, profesor, éramos solo mi amigo Leo y yo divirtiéndonos un rato, lamentamos haber hecho tanto ruido.

El profesor entrecerró los ojos como si nos estuviera analizando; era el maestro de combate alquímico y conocía de la enemistad que existía entre nosotros.

—¿Amigo? Creía que ustedes no se llevaban muy bien que digamos.

—Tonterías, profesor, eso eran malentendidos del pasado, ahora se podría decir que Leo y yo somos más que amigos, somos prácticamente hermanos, ¿verdad, Leo?

Si algo podía admirar de Wilson era su habilidad para convencer al profesorado. Aunque tener que darle la razón era increíblemente doloroso para mi orgullo, tenía que mentir para protegerme.

—Es verdad, profesor, los malentendidos entre Wilson y yo han quedado en el pasado, se podría decir que ahora nos conocemos mejor que antes.

—Lo ve —dijo Wilson al tiempo que pasaba un brazo por encima de mi cuello en un deliberado acto de compañerismo—. Ahora, si nos permite, tenemos tareas que realizar.

Se dio la vuelta arrastrándome junto con él y dejando al profesor con una increíble cara de asombro.

—Esto no ha terminado.

—Desde luego que no —contestó él—. Pero no puedo hundirte sin hundirme junto contigo. En algún momento te voy a matar, pero no será revelando tu secreto, y estoy seguro de que tú tampoco vas a decir nada del mío, porque te aseguro que no voy a caer solo.

—Créeme, yo también quiero la satisfacción de matarte con mis propias manos.

—Entonces tenemos un trato, los dos jugaremos a matarnos y mantendremos nuestras curiosas habilidades en secreto.

—Me parece una excelente idea.

—Tengo que agradecerte esto, no esperaba encontrar a alguien con potencial suficiente para darme una batalla divertida.

—Lo mismo digo, y si quieres conservar tu brazo unido al cuerpo, te recomiendo que me sueltes.

Él emitió una sonora carcajada.

—No tienes por qué portarte así, Leo. A partir de ahora las cosas entre tú y yo van a ser mucho más divertidas, los dos podemos hacer magia. Ya no me importa saber que mi sangre es más noble que la tuya, sino demostrar que mis poderes son superiores a los tuyos.

Me soltó y empezó a caminar en sentido opuesto al mío.

—Solo espero que en el futuro sea tan divertido como lo fue hoy.

—Tenlo por seguro.

Me dirigí hacia la posada de Carmen con una renovada esperanza. Frente a todas las personas tenía que disimular mis poderes, pero frente a mi mayor adversario, podría ser yo mismo, y estaba seguro de que, si alguien iba a caer, sería él.

Los cursos transcurrieron normalmente, salvo por la pequeña diferencia de que ahora ambos aprovechábamos cada oportunidad que teníamos para hacernos la vida imposible mediante la magia: modificando la llama de nuestros mecheros, tirando recipientes en los que teníamos material de laboratorio, etc.

La mayoría de las cosas que hacíamos eran bromas tontas, y casi podría decir que en algún momento hubiéramos llegado a ser muy buenos amigos; pero ambos éramos demasiado orgullosos y estábamos empeñados en demostrar la superioridad de nuestros poderes.

Sin saberlo, fue justamente esta rivalidad la que me llevaría a encontrar a uno de los más fieles compañeros que cualquier hombre pudiera desear.

Yo, esos días, me dedicaba a ir a la Academia y regresar a la posada de Carmen a leer más acerca de magia, mitos, leyendas y criaturas que ansiaba conocer.

En los momentos en los que no leía, me dedicaba a perder el tiempo en una actividad totalmente ajena a la magia y la alquimia.

Gracias a la educación que tuve con Eleazar, no necesitaba estudiar prácticamente nada para recordar todo lo que veía en las clases.

Por eso, tenía tiempo suficiente para dedicarme a jugar con un par de instrumentos parecidos a un violín y una guitarra, que compré a un precio bastante económico a unos artistas itinerantes que dieron una presentación en la plaza.

Aquellos instrumentos estaban a punto de ir a parar al basurero.

Me costaron unas cuantas monedas de cobre; cualquier persona los hubiera dado por basura, dado que llevarlos con un lutier hubiera sido más caro que comprar un instrumento nuevo.

Afortunadamente yo era alquimista, por lo que podía repararlos sin muchas complicaciones.

He de admitir que no era un virtuoso, pero encontré en la música un pasatiempo muy relajante. Por eso, después de un tiempo, llegué incluso a musicalizar las noches en la posada de Carmen. Carmen me pagaba manteniendo mi copa de vino llena durante todo el espectáculo.

Sin duda, la Academia fue una época importante en mi vida, pero podría decir con seguridad que el episodio más importante fue una competencia que tuvo lugar un semestre antes de terminar.

Para ese entonces, tenía catorce años, y esa competencia era justamente lo que necesitaba para probarme a mí mismo que estaba listo para ser Sebakhem.

Los hipogrifos eran de las pocas criaturas mágicas que Auralia compartía con el mundo mágico.

Debido a su escasez, solo se asignaban a los alumnos que participaban en aquella competencia.

La prueba consistía en una simulación de guerra en la que cada participante era evaluado de manera individual.

Quienes la aprobaran podían conservar el hipogrifo que les hubiera correspondido, claro, siempre y cuando el animal sobreviviera.

Sin embargo, solo uno sería declarado ganador y se graduaría con honores.