Capítulo 12 Forjando alquimistas
La Academia era todo lo que esperaba de ella y mucho más.
Sus laboratorios eran imponentes. Las salas de entrenamiento tenían todo lo que uno pudiera desear: armas de fuego, espadas, obstáculos y todo tipo de herramientas de combate.
Su biblioteca parecía no tener fin; cientos de libreros contenían miles de libros con temas que iban desde la alquimia hasta la prohibida magia y sus miles de criaturas y seres considerados solamente como mitos y leyendas.
Entendí por qué era necesario pasar primero por la Academia antes de volverse Sebakhem. Había cientos de cosas que Eleazar jamás me había enseñado, y estaba seguro de que, aunque las supiera, nunca me las habría enseñado.
Nuestros profesores eran expertos en su disciplina.
Teníamos alquimistas expertos en combate, estrategas, médicos, espadachines, luchadores, acróbatas, ladrones, etc.
Con sus enseñanzas, aprendí a robar de los bolsillos de las personas sin que se dieran cuenta, a abrir puertas y candados con alquimia y con métodos mucho menos nobles.
Fui entrenado para convertirme prácticamente en un cirquero, el cual podía dar saltos y piruetas en combate, me enseñaron a caminar sin hacer ruido, a moverme en la oscuridad y a esconderme entre las sombras con tal maestría que era simplemente una sombra más que se movía en la noche.
Mejoré mi técnica en el uso de la espada, aprendí a disparar pistolas con precisión mortal y a crear armas y explosivos de prácticamente cualquier cosa que tuviera en mis manos.
La diferencia entre sus métodos de enseñanza y los de Eleazar era abismal. Mientras que él se esforzaba por dar una razón en cada una de sus enseñanzas, ellos solo se preocupaban por impartir su materia sin importar si las personas entendían sus lecciones o no.
Si bien conocía prácticamente todo lo que me enseñaban de alquimia, esta se empleaba en formas en las que jamás imaginé.
La alquimia de combate era mucho más sádica de lo que yo esperaba, nos enseñaban a utilizar nuestro entorno a nuestro favor, transmutando todo lo que pudiéramos para lastimar y matar.
Ahora entendía por qué Eleazar se había negado tan rotundamente a que fuera a la Academia.
La alquimia que nos enseñaban abarcaba prácticamente todas las ramas del conocimiento, pero la alquimia de guerra tenía fines mucho más oscuros, su objetivo era matar, destruir, hacer daño sin importar qué o quién quedara frente a nuestras transmutaciones.
Sin embargo, me consolaba la idea de que todo eso se usaría para proteger a las personas.
No puedo negar que conseguí un par de buenos amigos; sin embargo, también gané al enemigo más peligroso que me podía imaginar.
Era hijo de un noble y reconocido militar, de la misma edad que yo.
Presumía constantemente de su posición económica y hablaba abiertamente de que no pretendía pasar mucho tiempo en el ejército, pese a tener todo lo necesario para volverse Sebakhem en muy poco tiempo.
Su verdadera intención era obtener fama, dinero y, sobre todo, poder.
Su nombre era Wilson, y el simple hecho de estar con él en el mismo lugar me causaba escalofríos y una sensación que no podía explicar.
La rivalidad entre él y yo fue notoria desde el principio. Sus poderes eran extrañamente parecidos a los míos. Éramos los únicos de toda la Academia que podíamos realizar transmutaciones sin necesidad de trazar un círculo de transmutación.
Era casi tan hábil como yo con alquimia.
Pese a que no era muy brillante con los procesos que no requerían de transmutaciones con círculo, era experto peleando y realizando alquimia de guerra; en más de una ocasión me pareció ver un fugaz destello dorado en sus ojos; sin embargo, nunca pude comprobar nada.
Decir que era fácil ser uno de los alumnos más jóvenes de la Academia sería una mentira.
Wilson podía comprar a sus amigos con su dinero, yo era simplemente un huérfano que contaba con unas cuantas monedas para sobrevivir y que invertía su tiempo libre en aprender tanto como pudiera de magia, ya que esta estaba prohibida y mi instrucción en ella había quedado trunca gracias a la desaparición de Eleazar.
Éramos sin duda los alquimistas más talentosos y poderosos de nuestra generación, por lo que la rivalidad entre nosotros era enorme.
Él sentía que yo no era digno de poseer los poderes que tenía y que él tenía mucho más derecho por ser de sangre noble.
No había nada que nos enseñaran y que él hiciera que yo no pudiera hacer y aprenderlo igual o incluso más rápido que él.
Debo admitir que yo también sentía una enorme rivalidad con él.
Eleazar me había explicado que mis poderes eran muy raros y era casi imposible encontrar a alguien más con mis habilidades, y pese a que no sabía si Wilson podía hacer magia, tenía la habilidad de transmutar sin círculo.
Eso, y su forma de ser, era más que suficiente para alimentar mi enemistad.
Desgraciadamente, y como aprendí un tiempo después, él tenía tantos conocimientos en magia como yo en alquimia.
La primera revelación de ello sucedió en una clase en la que teníamos que realizar una sencilla destilación sin dañar un pétalo de rosa.
Este proceso era excelente para extraer esencias y aceites de distintas plantas, una materia en la que yo era mucho más hábil que Wilson.
—Leo, ¿ya viste a ese idiota?
Dirigí la mirada hacia el primer idiota que saltó en mi mente, el cual evidentemente era Wilson.
—Ya carbonizó la rosa, no cabe duda, su alteza de sangre noble es REALMENTE imbécil.
Ambos nos reímos ante mi comentario y la muestra de estupidez de Wilson.
Tengo que admitir que ninguno de los alquimistas que estudiábamos en la Academia era de sangre noble; por lo cual, a la mayoría nos parecía no solo ridículo, sino que además nos burlábamos de todo aquel que presumiera de ello.
Evidentemente, en ese momento era imposible que supiera la relación que llegaría a tener con la “nobleza”; eso ocurriría muchos años después.
—Tienen dos minutos, recuerden que ganará aquel cuyo pétalo tenga el menor daño posible —dijo el profesor.
Yo seguí observando discretamente a Wilson, el cual volteaba hacia todos lados como si esperara que nadie lo viera.
Cuando estuvo seguro de que nadie lo veía, respiró profundamente y cerró los ojos por un momento.
Yo lo observaba discretamente, intrigado por lo que haría.
Creí que intentaría transmutar el pétalo quemado en uno nuevo, lo cual no creía posible dado que no era muy hábil en esa tarea, algo comprensible para todo aquel que no hubiera tenido que transmutar un plato putrefacto en algo comestible.
Sentí un escalofrío que no había sentido desde los días en los que entrenaba con Eleazar. Sus ojos tenían un pequeño brillo de color dorado cuando los abrió, y pude leer en sus labios una palabra que estaba completamente fuera de lugar.
“Renovatio”
No era posible.
La magia estaba prohibida y él acababa de realizar un conjuro de regeneración en un salón lleno de alquimistas, los cuales no parecían haberse percatado de la fluctuación de energía que se acababa de producir.
Era bastante comprensible. A diferencia de mí, ninguno estaba acostumbrado al uso de magia, mucho menos serían capaces de detectarla.
Lo más sorprendente era que jamás pensé que Wilson fuera capaz de realizar magia.
Él sonrió con satisfacción al ver que el pétalo que tenía entre sus manos regresaba a un estado perfecto, inmaculado, igual que antes de que empezara el experimento.
Evidentemente, cuando el profesor pasó a revisar los experimentos de cada uno de nosotros, él fue el ganador, pese a que el verdadero ganador debía haber sido yo.
—Fue raro, ¿no crees? Estaba seguro de que había echado a perder su experimento.
—Sí, yo también estaba casi seguro de ello, pero es posible que el niño tuviera otro pétalo y lo cambiara al final.
No pensaba decir que él practicaba magia. Para empezar, era una acusación muy grave y tenía que estar seguro de ello antes de proceder de alguna manera, aunque la magia explicaba muchos de los éxitos que Wilson tenía.
A partir de ese día, dediqué mucho tiempo a observar sus acciones. Si verdaderamente usaba magia de una forma tan descuidada, estaba seguro de poder descubrirlo nuevamente, al fin de cuentas ahora sabía qué buscaba.
Tal y como lo había pensado, Wilson usaba magia en cada oportunidad que tenía para hacer trampa.
Yo no podía criticarlo del todo. La verdad era que en más de una ocasión había hecho magia en la Academia para ayudar a algún amigo en alguna prueba en donde su integridad física estuviera en peligro, pero nunca con actos egoístas como los de él, por lo cual decidí confrontarlo un día que lo encontré casualmente por los pasillos de la Academia sin su habitual séquito de “amigos”.
—¿En verdad creías que nadie se daría cuenta?
—Típico de los plebeyos. No saben cómo dirigirse a alguien con clase como yo, pero está bien: permitiré que sacies esa curiosidad que tienes por hablar conmigo. ¿De qué estás hablando?
Era un maldito, pero sus aires de superioridad desaparecerían en el momento en que supiera que poseía información que podía llevarlo a la muerte.
—Usted disculpe, su majestad. Solo quería informarle que este humilde plebeyo descubrió que practica la magia. Pensé que debería saber que tengo información suficiente para mandarlo ejecutar.
Me complació el control perfecto de mi voz y el tono sarcástico que manejé, el cual tuvo el efecto que esperaba. Por un momento, la sorpresa y el desprecio atravesaron su rostro, que fue reemplazado por una sonrisa.
—En verdad no esperaba que alguien tan patético como tú tuviera el tacto para darse cuenta de ello.
No podía creerlo. No lo estaba negando; al contrario, seguía presumiendo de ello.
—Eso quiere decir que tus intereses literarios van más allá de una curiosidad académica.
Para mi desgracia, el que se mostró sorprendido en esta ocasión fui yo.
—¿Disculpa?