Capítulo 11 A siglos de la infancia #3
—Bueno, era evidente que los alquimistas eran adversarios muy peligrosos para personas que no tenían poderes ni entrenamiento.
De hecho, incluso para militares con experiencia era prácticamente un suicidio enfrentarse contra ellos.
Fue por eso que el gobierno decidió que también podía usar alquimistas.
Los alquimistas de Segunda Orden se encargaban de pequeños problemas, ayuda a la población en casos de necesidad, ciertas investigaciones de crímenes y cosas por el estilo, pero aun así había alquimistas que, sin ser militares, representaban un peligro y aterrorizaban a las personas.
En esos casos el gobierno mandaba a su arma más efectiva y poderosa, los Sebakhem, alquimistas de Primera Orden, como tu padre; ellos tenían conocimientos avanzados y poderes increíbles, de hecho eran temidos por muchas personas, incluso por otros alquimistas.
—¿Qué era exactamente un Sebakhem? Leo lo ha mencionado varias veces en su diario.
—En lenguaje moderno, podrías traducirlo como maestro de alquimia —dijo Rubiel—. Era el rango más alto al que podía aspirar un alquimista en Auralia. Todos los alquimistas de Primera Orden eran Sebakhem, aunque no todos tenían la misma especialidad ni el mismo prestigio.
—Pero, ¿por qué les tenían miedo? ¿No se supone que los Sebakhem los protegían?
—Así es, pero no eran conocidos por su sutileza ni buena voluntad. Ver a un Sebakhem quería decir que había problemas cerca y que esos problemas se iban a resolver sin importar qué se tuviera que hacer ni sobre quién tenían que pasar.
—¿Mataban a las personas?
—Solo cuando la situación lo requería, su cargo les facultaba matar a quien fuera prácticamente sin importar la razón, por eso las personas los llamaban armas humanas y perros de los militares, seguían órdenes y las cumplían al pie de la letra, aunque en muchas ocasiones las órdenes fueran inhumanas.
Sabía hacia dónde iba la plática de Rubiel, pero lo que seguía era algo de lo cual prefería enterarme en el diario de Leo y no en boca de Rubiel.
—No puedo imaginar un mundo así.
—Como te digo, Auralia era muy parecida a este mundo en muchos aspectos y en muchos otros era superior y magnífica.
Había edificios con estructuras muy complejas, de hecho, había alquimistas para casi todas las áreas, incluyendo la construcción.
Transmutaban las estructuras de los edificios en materiales más resistentes y podían crear casas enteras en cuestión de horas o días en vez de las semanas o meses que tardaban los arquitectos normalmente.
Contábamos con armas de fuego y tanques de guerra, incluso teníamos radios tanto para escuchar música como para comunicarnos entre nosotros, aunque estos últimos eran de uso casi exclusivo del ejército.
—¿El ejército lo controlaba todo?
—Prácticamente. El gobierno era militarizado y, aunque sí había cuestiones civiles, todo pasaba por las manos del ejército, desde investigación de crímenes, negocios, etc.
De hecho, los medios de transporte que utilizábamos eran diferentes, el Estado contaba con los mejores medios y los más exclusivos, mientras que la población en general contaba con autos y trenes, pero de menor potencia que los del ejército.
—Eso es injusto.
—Hasta cierto punto sí, pero tienes que entender que incluso bajo esas condiciones teníamos habitantes que podían destruir puentes con bombas hechas en las cocinas de sus casas.
Eran personas peligrosas, darles mejores armas y medios de transporte más poderosos representaba un peligro no solo para el gobierno, sino también para la población.
Los médicos que teníamos eran especialistas en neutralizar venenos y reconstruir extremidades dañadas por casi cualquier motivo, créeme, los ataques terroristas que ves en estos tiempos no son nada comparados con los que había en nuestros tiempos.
Ya había visto los efectos de la magia y pese a que no sabía nada de alquimia, Rubiel describía un mundo fascinante y avanzado cuya mayor fortaleza y ventaja era justamente su mayor problema.
—Si los alquimistas causaban tantos problemas, ¿por qué los permitían?
—Bueno, nuestra forma de vida dependía en muchos aspectos de ellos, gracias a eso nuestra civilización avanzó enormemente.
Aika comenzó a interesarse por el tema.
—¿En verdad era muy parecido a este mundo?
—Sin tener en cuenta la magia, sí —contestó Rubiel—.
Cuando Leo y yo llegamos a este mundo fue muy difícil adaptarnos, se podría decir que habíamos pasado de Auralia a la edad de piedra.
Yo fui el que más rápido me adapté a este mundo, de hecho me encantaba la forma de vida que los seres mágicos tenían, pero Leo estaba muy acostumbrado a una tecnología superior.
Para empezar, los laboratorios con los que él trabajaba podían realizar pruebas de ADN en cuestión de segundos y cuando llegamos a este mundo los laboratorios más avanzados eran cocinas adaptadas y calderos oxidados; de hecho él decía que los sistemas de destilación más avanzados de este mundo no servían ni para hacer café.
—Entonces, ¿por qué Leo decidió venir a este mundo?
Aika y Rubiel se voltearon a ver con una mirada de complicidad.
—Bueno, Auralia fue destruida y este era el único lugar en donde podíamos vivir, pero esa no es la única razón, aunque estoy seguro de que lo vas a descubrir muy pronto.
Un gesto de preocupación se dibujó fugazmente en el rostro de Rubiel, y él lo intentó disimular con una falsa tos.
—No has visto la pantalla de cine que tenemos, ¿verdad?
Yo negué con la cabeza, asombrada por la forma tan burda en la que Rubiel había intentado cambiar el rumbo de la plática.
Después del inevitable entusiasmo de Aika, fuimos a ver una película que resultó ser una de mis favoritas.
El salón de entretenimiento, como lo llamó Rubiel, resultó estar en algo muy parecido a un sótano mezclado con una bodega.
Era casi igual a la sala de un cine, con la única diferencia de que la sala era exclusivamente para nosotros tres, pese a que tenía una inmensa cantidad de butacas, las cuales estaba prácticamente segura de que jamás habían sido utilizadas en su totalidad.
Tal y como lo habían dicho, era una pantalla gigante de cine. Contaban con una máquina para hacer palomitas y todas las comodidades de un cine de primera.
Me resultaba increíble el hecho de que en verdad hubieran gastado tal cantidad de dinero solo para evitar la incomodidad de ver las películas en una pantalla normal y tener que amontonarse todos en un sillón.
Mientras veía la película, me resultó obvio que Azul no conocía la respuesta a la pregunta que había hecho.
Vesta había eludido mi pregunta, mientras Rubiel había dejado más dudas de las que había resuelto. No sabía si Aika conocía las respuestas, pero estaba segura de que no hablaría sin el permiso de Rubiel.
Mi única opción para resolver mis dudas se encontraba en el diario de Leo, que ansiaba volver a leer. Por esa razón, me dirigí a mi cuarto con el pretexto de estar cansada después del entrenamiento.
El diario estaba justo donde lo había dejado, lo cual me relajó bastante. Por un momento, llegué a pensar que Vesta entraría a mi cuarto para robarlo y poder leerlo.
Vi la fotografía de mi mamá.
Quería saber más de ella. ¿Cómo se habían conocido? ¿Cómo fue que llegó a la vida de Leo? ¿Cuáles eran las verdaderas razones de su muerte? ¿Cómo fue que, después de tantos siglos de vida, Leo la había conocido apenas hacía algunos años? ¿Qué había estado haciendo en todos esos siglos?
Las respuestas a todo eso estaban en mis manos.
El medallón nuevamente embonó en el sello que tenía el diario, y el seguro se abrió haciendo un pequeño sonido de clic.