El Diario del Alquimista Capítulo 11 A siglos de la infancia #2
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Capítulo 11 A siglos de la infancia #2

Ella empezó a hacer una esfera de energía y la lanzó hacia donde yo estaba.

La esfera no me golpeó, pero no fue gracias a mis habilidades. Vesta seguía lanzando esferas hacia mí mientras yo corría despavoridamente por todo el cuarto de entrenamiento.

—Magali, no puedes escapar todo el día. Además, estás gastando energía que tendrías que utilizar para otra cosa.

Su rostro era la viva imagen de la paciencia y la comprensión, pero su voz la delataba; estaba disfrutando inmensamente con esto.

Después de varios minutos corriendo necesitaba un descanso.

—¡TIEMPO, PIDO TIEMPO!

Me escondí detrás de un maniquí y levanté los brazos.

—De acuerdo.

Las esferas de energía dejaron de caer en donde yo estaba y me asomé temerosamente.

—¿En serio?

No necesité escuchar su respuesta; su sonrisa la delató.

—Desde luego que no.

La esfera de energía cruzó la sala a una velocidad vertiginosa, y yo levanté los brazos para cubrirme instintivamente el rostro.

La esfera desvió su trayectoria para estrellarse contra la pared.

—Muy bien, de eso se trata la lección de hoy. Y en vista de que ya tienes el concepto…

Una nueva esfera de energía se formó en su mano y la lanzó nuevamente contra mí.

Esta vez intenté concentrarme en desviar la esfera de energía, pero se movía demasiado rápido como para lograr enfocarla y moverla.

Me agaché tan rápido como pude y el maniquí que me protegía perdió la cabeza, astillándose en mil pedazos.

—Deja de pensar. Siente la esfera y muévela. No lo pienses, solo hazlo.

Evidentemente, era mucho más fácil decirlo que hacerlo. No podía pensar en nada más que en la esfera dejándome igual que al pobre maniquí.

Aun así, y después de dos horas, ya era capaz de cambiar la trayectoria de prácticamente todas las esferas de energía, aunque la verdad era que tuve que crear un par de escudos de emergencia y tirarme al suelo varias veces para evitar que las esferas de energía me golpearan.

Sabía que Vesta no estaba actuando con mala intención. Podía ver cómo hacía un esfuerzo por lanzar despacio; además, estaba completamente segura de que su puntería era infalible.

La telequinesis me resultaba un poder mucho más fácil de manejar que los poderes anteriores; consumía menos energía y me sentía muy cómoda usándola.

Después de una hora más, ya era capaz de desviar esferas de energía que se desplazaran a una gran velocidad.

La mayoría de las veces, apenas podía verlas, pero podía sentirlas, y eso era todo lo que necesitaba mi mente para que mis poderes se concentraran en desviar la energía.

Todo funcionaba de una manera muy instintiva.

Mientras entrenaba, no podía dejar de pensar en Leo y en cómo hubieran sido realmente sus entrenamientos y cómo había llegado a ser la persona que actualmente contaba con cientos de enemigos y podía derrotar a decenas de ellos.

—Bien, fue todo por hoy.

Vesta estaba a punto de salir del cuarto cuando le recordé la pregunta que me debía.

—Esperaba que la olvidaras —confesó.

—No, no estoy enojada. Pero hay cosas que Leo, por alguna razón, jamás compartió conmigo, y si en verdad está toda su vida ahí, entonces voy a estar muy molesta con él cuando regrese.

Suspiró.

—Pero darte la llave a ti fue una decisión de Leo, tú no tienes la culpa.

Vesta salió del cuarto de entrenamiento sin decir nada más. Siempre era muy reservada en sus palabras, pero había algo en su forma de hablar que me daba curiosidad.

¿Qué habría en el diario de Leo que podía cambiar de esa forma el estado de ánimo de Vesta?

Supuse que era algo obvio: la única forma de descubrirlo era seguir leyendo el diario de Leo. Pero aún era demasiado temprano. Tenía ciertas dudas acerca de lo que había leído la noche anterior y sabía que Vesta no iba a contestarme; por lo tanto, necesitaba a otra persona.

Entré al despacho de Azul y lo encontré revisando algunos papeles.

—Hola, ¿cómo te fue?

Azul dejó los papeles sobre su escritorio.

—Bien, gracias, ya sé usar telequinesis.

Sonreí para mí misma, aún era extraño escucharme hablar de magia.

—¿Estás ocupado?

Azul se recargó sobre el respaldo de su silla.

—Solo estaba revisando algunas cosas de la compañía, pero adelante.

—No pienso quitarte mucho tiempo. Solo quería preguntarte: ¿cómo era Auralia? Hay muchas cosas que aún no entiendo.

Azul se perdió por un momento en sus pensamientos antes de responder.

—La Ciudad de la Alquimia era un lugar bastante interesante y muy pocos conocían todos sus secretos.

Yo mismo no conozco tanto de ella. Deberías preguntarle a Rubiel; él también vivió ahí.

Además, es el mejor amigo de tu padre. Casi me atrevería a decir que no hay prácticamente nada en ese diario que no sepa Rubiel.

Como Azul no tenía mucha información acerca de la Ciudad de la Alquimia y estaba ocupado, le agradecí el consejo de hablar con Rubiel y salí del despacho para buscarlo.

No fue difícil encontrarlo. Estaba jugando con Aika en el jardín, o al menos eso fue lo que me explicaron.

Cuando llegué a verlos, Rubiel se encontraba transformado en licántropo e intentaba atacar a Aika, quien esquivaba sus ataques con velocidad y precisión mientras daba saltos y piruetas que dejarían en ridículo a cualquier acróbata.

Rubiel se destransformó en cuanto me vio llegar al jardín y Aika se alegró al verme.

—Hola, pensé que seguías entrenando con Vesta.

—Acabamos de terminar.

Aika se acercó a mí con una sonrisa.

—¿Y cómo te fue? ¿Ya sabes hacer magia?

Me empecé a reír por el entusiasmo desmedido de Aika.

—No sé si se le pueda llamar magia, pero ya puedo hacer algunas cosas.

—Yo siempre he querido aprender magia, pero Vesta dice que soy demasiado tonta.

Rubiel abrazó a su esposa.

—No eres tonta, mi vida. Ya te lo dijo Leo: lo que pasa es que tu especie no tiene la capacidad de hacer magia. Ya es impresionante que puedas hacer esferas de energía; además, en combate cuerpo a cuerpo eres mejor que ella.

Esa revelación me sorprendió. En ese lugar, la magia era tan común que me impresionó el hecho de que ella no pudiera usarla.

—Pero yo siempre he querido hacer magia —dijo con voz infantil—. ¿Por qué ni tú ni Leo quieren que tenga magia?

—Porque es peligroso.

—¿Cómo?

Estaba confundida. Rubiel acababa de decir que su especie no tenía magia. Rubiel suspiró.

—Leo tiene la capacidad de dar ciertos poderes y podría modificarla para que pudiera usar magia, pero Aika no tiene suficiente energía como para usarla. Sería peligroso para ella.

Recordé lo que Vesta me había explicado del desgaste de energía y entendí por qué Rubiel se negaba a que su esposa tuviera magia.

Aika se cruzó de brazos e hizo un gesto de berrinche que arrancó una carcajada de Rubiel.

La situación se estaba volviendo incómoda, al menos para mí, que acababa de enterarme de que yo poseía desde mi nacimiento poderes y una enorme cantidad de energía por el simple hecho de ser hija de Leo.

Aika deseaba hacer lo que yo había aprendido en unos cuantos días, por lo que cambié de tema.

—Rubiel, Azul me dijo que eres el mejor amigo de Leo y que sabes prácticamente todo lo que podría aparecer en el diario de Leo.

Él asintió con la cabeza.

—Tu padre y yo hemos pasado mucho tiempo juntos, y estuve presente en casi todo lo que puede aparecer en su diario, así que se podría decir que sé muchas cosas de él. ¿Por qué? ¿Tienes alguna duda?

—Quería saber cómo era Auralia.

Una sutil sonrisa se formó en el rostro de Rubiel al tiempo que un suspiro nostálgico escapó de su pecho.

—Era un lugar único, muy avanzado para su época en comparación con este mundo.

—Leo mencionó en su diario que tenían luz.

Rubiel asintió.

—Teníamos electricidad, medicinas, trenes, coches, algunas máquinas voladoras y muchas otras cosas. Una ciudad que debía su avanzada forma de vida a miles de alquimistas trabajando con el único propósito de hacer de Auralia la civilización más avanzada que jamás hubiera existido.

Rubiel se encontraba perdido en sus recuerdos; la nostalgia y la pasión de su voz volvían cautivadora su forma de hablar.

—¿Todos los alquimistas hacían eso?

Me parecía impresionante lo que me estaba contando, no podía imaginar una civilización así.

—No, no todos eran así. De hecho, los alquimistas formaban una parte pequeña de la población y desgraciadamente no todos seguían las reglas ni tenían el deseo de hacer avanzar al país.

Es difícil que lo entiendas, pero en muchos aspectos, Auralia era como este mundo hace unos cuantos años y la mayoría de los habitantes eran personas comunes y corrientes.

Imagina que un día, a la mitad de una calle, se aparece una persona con el poder de levantar el suelo y hacer que las cosas empiecen a explotar, o dispersando venenos mortales y matando personas tan solo con tocarlas por un instante.

La idea me causó un escalofrío, no todos tenían poderes y me podía imaginar lo que pasaría si alguien así apareciera en nuestros días en una calle concurrida.

—Sería una pesadilla.

—Exacto —contestó Rubiel—. Muchos alquimistas buscaban mejorar nuestra forma de vida y lo hacían extraordinariamente bien, pero había quienes solamente tenían el deseo de destruir, tenían ambiciones de poder y dinero que intentaban cumplir por medio del terror y el poder de la alquimia.

—¿Y cómo los controlaban?